En su última y singular entrevista con el Sr. Dimmesdale, se quedó Ester
completamente sorprendida al ver el estado á que se hallaba reducido el
ministro. Sus nervios parecían del todo arruinados: su fuerza moral era
la de un niño: andaba arrastrando los pasos, aun cuando sus facultades
intelectuales conservaban su prístina fuerza, ó habían adquirido acaso
una mórbida energía, que solamente pudo haberles comunicado la
enfermedad. Conociendo ella toda la cadena de circunstancias que eran un
profundo secreto para los otros, podía inferir que, además de la acción
legítima de su propia conciencia, se había empleado, y se empleaba
todavía contra el reposo y bienestar del Sr. Dimmesdale, una maquinaria
terrible y misteriosa. Conociendo también lo que había sido en otros
tiempos este pobre hombre, ahora caído, su alma se llenó de compasión al
recordar el hondo sentimiento de terror con que le pidió á ella,--la
mujer despreciada,--que lo protegiese contra un enemigo que
instintivamente había descubierto; y decidió que el ministro tenía el
derecho de esperar de su parte todo el auxilio posible. Poco
acostumbrada, en su largo aislamiento y estado de segregación de la
sociedad, á medir sus ideas de lo justo ó de lo injusto según el rasero
común, Ester vió, ó creyó ver, que había en ella una responsabilidad
respecto á Dimmesdale, superior á la que tenía para con el mundo entero.
Los lazos que á este último la ligaron, cualquiera que hubiese sido su
naturaleza, estaban todos destruídos. Por el contrario, respecto al
ministro existía el férreo lazo del crimen mutuo, que ni él ni ella
podían romper, y que, como todos los otros lazos, traía aparejadas
consigo obligaciones ineludibles.
Ester no ocupaba ya precisamente la misma posición que en los primeros
tiempos de su ignominia. Los años se habían ido sucediendo, y Perla
contaba ya siete de edad. Su madre, con la letra escarlata en el pecho,
brillando con su fantástico bordado, era ahora una figura muy conocida
en la población; y como no se mezclaba en los asuntos públicos ó
privados de nadie, en nada ni para nada, se había ido formando una
especie de consideración general hacia Ester. En honra de la naturaleza
humana puede decirse que, excepto cuando interviene el egoísmo, está más
dispuesta á amar que á odiar. El odio, por medio de un procedimiento
silencioso y gradual, se puede transformar hasta en amor, siempre que á
ello no se opongan nuevas causas que mantengan vivo el sentimiento
primero de hostilidad. En el caso de Ester Prynne, no había ocurrido
nada que lo agravase, porque jamás ella se declaró en contra del
público, sino que se sometió, sin quejarse, á todo lo que éste quiso
hacer, sin demandar nada en recompensa de sus sufrimientos. Hay que
agregar la pureza inmaculada de su vida durante todos estos años en que
se había visto segregada del trato social y declarada infame, y esa
circunstancia influyó mucho en favor suyo. No teniendo ahora nada que
perder para con el mundo, y sin esperanzas, y acaso tampoco sin deseos
de ganar alguna cosa, su vuelta á la senda austera del deber sólo podría
atribuirse á un verdadero amor de la virtud.
Se había notado igualmente que si bien Ester jamás reclamó la más mínima
participación en los bienes y beneficios del mundo, excepto respirar el
aire común á todos y ganar el sustento para Perlita y para ella misma
con la labor de sus manos,--sin embargo, siempre se hallaba dispuesta á
servir á sus semejantes, cuando la ocasión se presentaba. No había nadie
que con tanta prontitud y buena voluntad compartiera sus escasas
provisiones con el pobre, aun cuando éste, en recompensa de los
alimentos llevados con toda regularidad á su puerta, ó de los vestidos
trabajados por aquellos dedos que habrían podido bordar el manto de un
monarca, le pagase con un sarcasmo ó una palabra ofensiva. En tiempos de
calamidad general, de epidemia, ó de escasez, nadie había tan llena de
abnegación como Ester: en los hogares invadidos por la desgracia, allí
entraba ella, no como huésped intruso é inoportuno, sino como quien
tiene pleno derecho á hacerlo; cual si las sombras que esparce el dolor
fueran el medio más adecuado para poder tratar con sus semejantes. Allí
brillaba la letra escarlata á manera de luz que derrama consuelo y
bienestar: símbolo del pecado en todas partes, en la cabecera del
enfermo era emblema de caridad y conmiseración. En casos tales, la
naturaleza de Ester se mostraba con todo el calor que le era innato, y
con aquella ternura y suavidad que nunca dejaban de producir el efecto
deseado en los afligidos que á ella acudían. Su seno, con el signo de
ignominia que en él lucía, puede decirse que era el regazo donde podía
reposar en calma la cabeza del infortunado. Era una hermana de la
caridad, ordenada por sí misma, ó mejor dicho, ordenada por la ruda mano
del mundo, cuando ni éste, ni ella, podían prever semejante resultado.
La letra escarlata fué el símbolo de su vocación. Ester se volvió tan
útil, desplegó tal facultad de hacer el bien y de identificarse con los
dolores ajenos, que muchas personas se negaron á dar á la _A_ escarlata
su significado primitivo de "Adúltera," y decían que en realidad
significaba--"Abnegación." ¡Tales eran las virtudes manifestadas por
Ester Prynne!
Sólo las moradas en que el infortunio había arrojado un velo sombrío,
eran las que podían retenerla; desde el instante en que comenzaban á
iluminarlas los rayos de la felicidad, Ester desaparecía. El huésped
caritativo y servicial se alejaba, sin dar siquiera una mirada de
despedida en que recoger el tributo de gratitud que le era debido, si es
que existía alguna en los corazones de aquellos á quienes había servido
con tanto celo. Al encontrarlos en la calle, jamás levantaba la cabeza
para recibir su saludo; y si alguno se dirigía á ella resueltamente,
entonces indicaba en silencio la letra escarlata con un dedo, y
continuaba su camino. Esto podría atribuirse á orgullo, pero se
asemejaba tanto á la humildad, que producía en el espíritu del público
todo el efecto conciliador de esta virtud. El temperamento del público
es en lo general despótico, y capaz de denegar la justicia más
evidente, cuando se demanda con demasiada exigencia como de derecho;
pero concede frecuentemente más de lo que se pide, si, como sucede con
los déspotas, se apela enteramente á su generosidad. Interpretando la
conducta de Ester como una apelación de esta naturaleza, la sociedad se
hallaba inclinada á tratar á su antigua víctima con mayor benignidad de
la que ella misma deseaba ó tal vez merecía.
Los gobernantes de aquella comunidad tardaron más tiempo que el pueblo
en reconocer la influencia de las buenas cualidades de Ester. Las
preocupaciones que compartían en común con aquel, adquirían en ellos
mayor fuerza merced á una serie de razonamientos que dificultaba en
extremo la tarea de desentenderse de dichas prevenciones. Sin embargo,
día tras día, sus rostros avinagrados y rígidos se fueron desarrugando y
adquiriendo algo que, con el transcurso de los tiempos, se podría tomar
por una expresión de benevolencia. Así acontecía también con los hombres
de alto copete, que se consideraban los guardianes de la moralidad
pública. Los individuos privados habían perdonado ya completamente á
Ester Prynne su fragilidad; aún más, habían empezado á considerar la
letra escarlata, no como el signo que denunciaba una falta, tan larga y
duramente expiada, sino como el símbolo de sus muchas y buenas acciones.
"¿Véis esa mujer con la divisa bordada?"--decían á los extraños. "Es
nuestra Ester, la Ester de nuestra población, tan compasiva con los
pobres, tan servicial con los enfermos, tan consoladora para los
afligidos." Cierto es que entonces la propensión de la naturaleza humana
á referir lo malo cuando se trata de otro, les impelía también á contar
en voz baja el escándalo de otros tiempos. Y á pesar de todo, era un
hecho real que á los ojos de las mismas personas que así hablaban, la
letra escarlata producía un efecto parecido al de la cruz en el pecho de
una monja, comunicando á la que la llevaba una especie de santidad, que
le permitía atravesar con toda seguridad por en medio de cualquier clase
de peligro. Si hubiera caído entre ladrones, la habría protegido. Se
decía, y muchos lo creían, que un indio disparó una vez una flecha
contra la letra, y que, al tocarla, cayó la flecha al suelo hecha
pedazos, sin haberle causado el menor daño á la letra.
El efecto de la divisa, ó mejor dicho, de la posición que ésta indicaba
con respecto á la sociedad, fué poderoso y peculiar en el ánimo de
Ester. Toda la gracia y ligereza de su espíritu habían desaparecido á
influjos de esta funesta letra, dejando solamente algo ostensiblemente
rudo y tosco, que habría podido hasta ser repulsivo para sus amigas ó
compañeras, á haberlas tenido. Los atractivos físicos de su persona
habían experimentado un cambio igual; quizá debido en parte á la
seriedad de su traje, y en parte á la sequedad de sus maneras. También
fué una triste transformación la que experimentó su hermosa y espléndida
cabellera que, ó había sido cortada, ó estaba tan completamente oculta
bajo su gorra, que ni siquiera se alcanzaba á ver uno solo de sus rizos.
En consecuencia de todas estas causas, pero aun mucho más debido á algo
desconocido, parecía que no había ya en el rostro de Ester nada que
pudiera atraer las miradas del amor; nada en la figura de Ester, aunque
majestuosa y semejante á una estatua, que despertara en la pasión el
anhelo de estrecharla entre sus brazos; nada en el corazón de Ester que
pudiera responder á los latidos amorosos de otro corazón. Algo había
desaparecido en ella, algo completamente femenino, como acontece con
frecuencia cuando la mujer ha pasado por pruebas de una severidad
peculiar: porque si ella es toda ternura, esto le costará la vida; y si
sobreviviere á estas pruebas, entonces esa ternura ó tiene que
extinguirse por completo, ó reconcentrarse tan hondamente en el corazón,
que jamás se podrá mostrar de nuevo. Tal vez esto último sea lo más
exacto. La que una vez fué una verdadera mujer, y ha cesado de serlo,
puede á cada instante recobrar sus atributos femeninos, si solamente
viene el toque mágico que efectúe la transfiguración. Ya veremos si
Ester Prynne recibió más tarde ese toque mágico y quedó transfigurada.
Mucha parte de la frialdad marmórea de que parecía estar dotada Ester,
debe atribuirse á la circunstancia de que se había operado un gran
cambio en su vida, reinando ahora el pensamiento donde antes reinaban la
pasión y los sentimientos. Estando sola en el mundo, sola en cuanto á
depender de la sociedad, y con la pequeña Perla á quien guiar y
proteger,--sola y sin esperanzas de mejorar su posición, aunque no
hubiera desdeñado semejante idea,--arrojó lejos de sí los fragmentos de
una cadena hecha pedazos. La ley universal no era la ley de su espíritu.
Vivía además en una época en que la inteligencia humana, recientemente
emancipada, había desplegado mayor actividad y entrado en una esfera más
vasta de acción que lo que había hecho durante muchos siglos. Nobles y
tronos habían sido derrocados por los hombres de la espada; y antiguas
preocupaciones habían sido destruídas por hombres aun más atrevidos que
aquellos. Ester se había penetrado de este espíritu puramente moderno,
adoptando una libertad de especulación, común entonces al otro lado del
Atlántico, pero que, á haber tenido noticia de ello nuestros
antepasados, lo habrían juzgado un pecado más mortal que el que
estigmatizaron con la letra escarlata. En su cabaña solitaria, á orillas
del mar, la visitaban ideas y pensamientos tales, como no era posible
que se atrevieran á penetrar en otra morada de la Nueva Inglaterra:
huéspedes invisibles, que habrían sido tan peligrosos para los que les
daban entrada en su espíritu, como si se les hubiera visto en trato
familiar con el enemigo del género humano.
Es digno de notarse que las personas que se entregan á las más atrevidas
especulaciones mentales, son con frecuencia también las que más
tranquilamente se conforman á las leyes externas de la sociedad. El
pensamiento les basta, sin que traten de convertirlo en acción. Así
parece que pasaba con Ester. Sin embargo, si no hubiera tenido á Perla,
las cosas habrían sido muy diferentes. Entonces tal vez su nombre
brillaría hoy en la Historia como la fundadora de una secta religiosa á
par de Ana Hutchinson:[17] quizás habría sido una especie de profetisa;
pero probablemente los severos tribunales de la época la habrían
condenado á muerte por intentar destruir los fundamentos en que
descansaba la colonia puritana. Pero en la educación de su hija, la
osadía de sus pensamientos había abatido en gran parte su entusiasta
vuelo. En la persona de su niñita, la Providencia le había asignado á
Ester la tarea de hacer que germinaran y florecieran, en medio de
grandes dificultades, los más dignos atributos de la mujer. Todo estaba
en contra de la madre: el mundo le era hostil; la naturaleza misma de la
niña tenía algo perverso en su esencia, que hacía recordar continuamente
que en su nacimiento había presidido la culpa,--el resultado de la
pasión desordenada de la madre,--y repetidas veces se preguntaba Ester
con amargura si esta criaturita había venido al mundo para bien ó para
mal.
Verdad es que la misma pregunta se hacía respecto al género humano en
general. ¿Valía la pena aceptar la existencia, aun á los más felices
entre los mortales? Por lo que á ella misma tocaba, tiempo hacía que la
había contestado por la negativa, dando el punto por completamente
terminado. La tendencia á la especulación, aunque puede verter la calma
en el espíritu de la mujer, como sucede con el hombre, la vuelve sin
embargo triste, pues acaso vé ante sí una tarea irrealizable.
Primeramente, todo el edificio social tiene que derribarse, y
reconstruirse todo de nuevo; luego, la naturaleza del hombre tiene que
modificarse esencialmente antes de permitírsele á la mujer que ocupe lo
que parece ser una posición justa y adecuada; y, finalmente, aun después
de allanadas todas las otras dificultades, la mujer no podrá
aprovecharse de todas estas reformas preliminares hasta que ella misma
haya experimentado un cambio radical, en el cual, quizá, la esencia
etérea, que constituye el alma verdaderamente femenina, se habría
evaporado por completo. Una mujer nunca resuelve estos problemas con el
mero uso del pensamiento: son irresolubles, ó solamente pueden
resolverse de una manera. Si por casualidad prepondera el corazón, los
problemas se desvanecen. Ester, cuyo corazón, por decirlo así, había
perdido su ritmo regular y saludable, vagaba errante, sin luz que la
guiase, en el sombrío laberinto de su espíritu; y á veces se apoderaba
de ella la duda terrible de si no sería mejor enviar cuanto antes á
Perla al cielo, y presentarse ella también á aceptar el destino á que la
Eterna Justicia la creyese acreedora. La letra escarlata no había
llenado el objeto á que se la destinó.
Ahora, sin embargo, su entrevista con el Reverendo Sr. Dimmesdale en la
noche de la vigilia de éste, la había proporcionado nueva materia de
reflexiones, presentándole en perspectiva un objeto digno de toda clase
de esfuerzos y sacrificios para conseguirlo. Había presenciado el
suplicio intenso bajo el cual luchaba el ministro, ó, para hablar con
más propiedad, había cesado de luchar. Vió que se encontraba al borde de
la locura, si es que ya su razón no se había hundido. Era imposible
dudar que, por mucha que fuese la eficacia dolorosa de un punzante y
secreto remordimiento, un veneno mucho más mortífero le había sido
administrado por la misma mano que pretendía curarle. Bajo la capa de
amigo y favorecedor médico, había constantemente á su lado un secreto
enemigo que se aprovechaba de las oportunidades que así se le
presentasen para tocar, con malvada intención, todos los resortes de la
naturaleza delicada del Sr. Dimmesdale. Ester no podía menos de
preguntarse si no fué desde el principio una falta de valor, de
sinceridad y de lealtad de parte suya, permitir que el ministro se
encontrara en una situación de la que nada bueno, y sí mucho malo,
podría esperarse. Su única justificación era la imposibilidad en que
había estado de hallar otro medio de librarle de una ruina aun más
terrible de la que á ella le había caído en suerte. Lo único posible fué
acceder al plan del disfraz de Rogerio Chillingworth. Movida de esta
idea, se decidió, entonces, como ahora lo comprendía, por el partido
peor que pudiera haber adoptado. Determinó, por lo tanto, remediar su
error hasta donde le fuera posible. Fortalecida por años de rudas
pruebas, ya no se sentía tan incapacitada para luchar con Rogerio como
la noche aquella en que, abatida por el pecado, y medio loca por la
ignominia á que acababa de ser expuesta, tuvo con él la entrevista en el
cuarto de la prisión. Desde entonces, su espíritu se había ido
remontando á mayores alturas; mientras que el anciano médico había ido
descendiendo al nivel de Ester, ó quizás muy por debajo de ella, merced
á la idea de venganza de que se hallaba poseído.
En una palabra, Ester resolvió tener una nueva entrevista con su antiguo
marido, y hacer cuanto estuviera en su poder para salvar á la víctima de
que evidentemente se había apoderado. La ocasión no tardó en
presentarse. Una tarde, paseándose con Perla en un sitio retirado en las
cercanías de su cabaña, vió al viejo médico con un cesto en una mano, y
un bastón en la otra, buscando hierbas y raíces para confeccionar sus
remedios y medicinas.