Andando como en un sueño, y quizá realmente bajo la influencia de una
especie de sonambulismo, el Sr. Dimmesdale llegó al lugar en que, años
atrás, Ester había sufrido las primeras horas de su ignominia pública.
El mismo tablado, negro y percudido por las lluvias, soles y tormentas
de siete largos años, con los escalones gastados por las pisadas de los
muchos reos que desde aquella época los habían subido, se elevaba allí
bajo el balcón de la iglesia ó casa de reunión. El ministro ascendió los
escalones.
Era una obscura noche de principios de Mayo. El cielo estaba cubierto en
toda su extensión con un manto espeso de nubes. Si la misma multitud que
presenció el castigo de Ester Prynne hubiera podido ser convocada ahora,
no le habría sido posible distinguir las facciones de rostro alguno en
el tablado, ni apenas los contornos de una forma humana en las profundas
tinieblas de la media noche. Pero la población toda estaba entregada al
sueño. No había peligro de que pudieran sus moradores descubrir nada. El
ministro podía permanecer allí de pie, si así le agradaba, hasta que la
mañana tiñera de rojo el oriente, sin correr otro riesgo sino el daño
que el aire frío y húmedo de la noche pudiera ocasionar á su organismo.
Ningún ojo alcanzaría á verle, excepto Aquél, siempre alerta y
despierto, que le había visto cuando estaba encerrado en su alcoba
retirada azotándose con las sangrientas disciplinas. ¿Por qué, pues,
había ido allí? ¿Era aquello acaso una parodia de penitencia? Sí, una
parodia, pero en la cual su alma se engañaba á sí misma mientras los
ángeles vertían triste llanto y el enemigo de los hombres se regocijaba.
Había ido allí arrastrado á impulsos del Remordimiento, que donde quiera
le acosaba, y cuya compañera era aquella Cobardía que invariablemente le
hacía retroceder en el momento mismo en que iba á desplegar los labios.
¡Pobre, infeliz hombre! ¿Qué derecho tenía de abrumar bajo el peso del
delito hombros tan flacos como los suyos? El crimen es para los fuertes
que ó pueden soportarlo en silencio, ó librarse de él descargando de una
vez su conciencia si encuentran el peso demasiado grave. Pero esta alma
tan extremadamente débil y sensible no podía hacer ni lo uno ni lo otro,
sino vacilar contínuamente entre los dos extremos, enredándose cada vez
más en los lazos inextricables de la agonía de un inútil arrepentimiento
y de un oculto delito.
Y así, mientras se hallaba en el tablado, ocupado en la tarea de esta
vana muestra de expiación, se vió Dimmesdale sobrecogido de un gran
horror, como si el universo entero estuviera contemplando una marca
escarlata en su seno desnudo, precisamente encima de la región del
corazón. Y en aquel lugar, en verdad, estaba, y allí había estado desde
hace largo tiempo, el roedor y emponzoñado diente del dolor físico. Sin
esfuerzo ninguno de su voluntad para impedirlo, y sin poder dominarse,
lanzó un grito agudo penetrante, que fué repercutiendo de casa en casa,
y que devolvieron las colinas lejanas, como si una comparsa de espíritus
malignos, conociendo cuanto horror y miseria encerraba aquel grito, se
hubiera divertido en hacer rebotar el sonido de un lado á otro.
¡Ya no hay remedio!--exclamó el eclesiástico cubriéndose el rostro con
las manos,--la ciudad toda se despertará y saldrá á la calle
apresuradamente y me hallará aquí.
Pero no fué así. El gritó resonó tal vez en sus asustados oídos con
mayor fuerza de la que realmente tuvo. La población no se despertó; ó si
algunos se despertaron, lo atribuyeron á algo horrible que pasó en un
sueño, ó al ruido de las brujas ó hechiceras cuyas voces, en aquella
época, se oían con frecuencia en los lugares solitarios cuando cruzaban
el aire en compañía de Satanás. El Sr. Dimmesdale, por lo tanto, no
oyendo nada que indicase una alarma general, separó las manos del rostro
y miró en torno suyo. En una de las ventanas de la casa del Gobernador,
que estaba á cierta distancia, vió la figura del anciano magistrado
envuelta en una blanca bata de dormir, con una lámpara en la mano y un
gorro de noche en la cabeza. Parecía una fantasma evocada en mal hora.
El grito evidentemente le había asustado. En otra ventana de la misma
casa apareció la vieja Señora Hibbins, hermana del Gobernador, también
con una lámpara que, aun á la distancia en que se encontraba, dejaba ver
la expresión displicente y dura del rostro de la señora. Esta asomó la
cabeza por el postigo y miró hacia arriba con cierta ansiedad.
Seguramente la venerable hechicera había oído también el grito del Sr.
Dimmesdale y creyó que era, con la multitud de sus ecos y repercusiones,
el clamor de los demonios y de las brujas nocturnas con quienes, como es
sabido, tenía la costumbre de hacer excursiones á la selva.
Al notar la luz de la lámpara del Gobernador, la anciana señora apagó
prontamente la suya y desapareció probablemente entre las nubes. El
ministro no la volvió á ver. El magistrado, después de una escrupulosa
observación de las tinieblas, en las que por otra parte nada le habría
sido posible distinguir, se retiró de la ventana.
El ministro entonces se tranquilizó algo. Pronto distinguió, sin
embargo, el brillo de una luz lejana que se iba acercando gradualmente,
y que le permitía reconocer allá un objeto, más acá otro, tales como la
puerta arqueada de una casa, con aldabón de hierro, una bomba de agua,
etc., que fijaban su atención, á pesar de que estaba firmemente
convencido de que á medida que se aproximaba aquella luz, que pronto
daría de lleno en su rostro, se iba también acercando el momento en que
su suerte quedaría decidida y revelado el funesto secreto oculto por
tanto tiempo. Cuando la luz estuvo más cerca, pudo distinguir la figura
de su hermano en religión, ó para hablar con más propiedad, de su padre
espiritual al mismo tiempo que muy estimado amigo, el Reverendo Sr.
Wilson quien, como el Sr. Dimmesdale conjeturaba con razón, había estado
rezando á la cabecera de un moribundo. El bueno y anciano ministro venía
precisamente de la alcoba mortuoria del Gobernador Winthrop, que
acababa de pasar á mejor mundo, y se dirigía ahora á su casa
alumbrándose con una linterna. El brillo de ésta había hecho imaginar al
Sr. Dimmesdale que veía al buen padre Wilson rodeado de un halo ó corona
radiante como la de los santos varones de otros tiempos, lo que le daba
un aspecto de gloriosa beatitud en medio de esta noche sombría del
pecado. Dimmesdale se sonrió, mejor dicho, se echó á reir ante tales
ideas sugeridas por la luz de la linterna, y se preguntó si se había
vuelto loco.
Cuando el Reverendo Sr. Wilson pasó junto al tablado, envolviéndose muy
bien en los pliegues de su manto genovés con una mano, mientras sostenía
con la otra la linterna, el Sr. Dimmesdale apenas pudo reprimir el deseo
de hablar.
--Buenas noches, venerable padre Wilson; os ruego que subáis y que
paséis un rato en mi compañía.
¡Cielos! ¿Había hablado realmente el Sr. Dimmesdale? Así lo creyó él
mismo un instante; pero esas palabras fueron pronunciadas sólo en su
imaginación. El venerable padre Wilson continuó lentamente su camino,
teniendo el mayor cuidado en evitar mancharse con el lodo de la calle, y
sin volver siquiera la cabeza hacia el fatídico tablado. Cuando la luz
de su linterna se hubo desvanecido á lo lejos por completo, el joven
ministro se dió cuenta, por la especie de desmayo que le sobrecogió, de
que los últimos momentos habían sido para él una crisis de terrible
ansiedad, aunque su espíritu había hecho un esfuerzo involuntario para
salir de ella con la especie de apóstrofe semijocoso dirigido al Sr.
Wilson.
Poco después se deslizó nuevamente en Dimmesdale el sentimiento de lo
grotesco en medio de las solemnes visiones que se forjaba su cerebro.
Creyó que las piernas se le iban poniendo rígidas con el frío de la
noche, y empezó á imaginarse que no podría descender los escalones del
tablado. La mañana se acercaba entretanto y allí se encontraría él: los
vecinos empezarían á levantarse. El más madrugador, saliendo en la
semiobscuridad del crepúsculo, percibiría una vaga figura de pie en el
lugar consagrado á expiar los crímenes y delitos; y casi fuera de
juicio, movido de susto y de curiosidad, iría llamando de puerta en
puerta á todo el pueblo para que viniese á contemplar el espectro,--pues
así se lo figuraría,--de algún difunto criminal. En esto, la luz de la
mañana iría creciendo cada vez en intensidad: los ancianos patriarcas de
la población se irían levantando apresuradamente, cada uno envuelto en
su bata de franela, y las respetables matronas sin detenerse á cambiar
su traje de dormir. Toda la congregación de personas decentes y
decorosas, que jamás hasta entonces se habían dejado ver con un solo
cabello despeinado, se presentarían ahora con la cabellera y el vestido
en el mayor desorden. El viejo Gobernador Bellingham saldría con severo
rostro llevando sus cuellos de lechuguilla al revés; y la Señora
Hibbins, su hermana, vendría con algunos ramitos de la selva prendidos á
su traje, y con rostro más avinagrado que nunca, como que apenas había
podido dormir un minuto después de su paseo nocturno; y el buen padre
Wilson se presentaría también, después de haber pasado la mitad de la
noche junto á la cabecera de un moribundo, sin que le hubiera agradado
mucho que le turbaran el sueño tan temprano. Vendrían igualmente los
dignatarios de la iglesia del Sr. Dimmesdale y las jóvenes vírgenes que
idolatraban á su pastor espiritual y le habían erigido un altar en sus
puros corazones. Todos llegarían apresuradamente, dando tumbos y
tropiezos, y dirigiendo con espanto y horror las miradas hacia el
tablado fatídico. ¿Y á quién percibirían allí á la luz rojiza de la
aurora? ¡Á quién, sino al Reverendo Arturo Dimmesdale, medio helado de
frío, abrumado de vergüenza, y de pie donde había estado Ester Prynne!
Movido por el grotesco horror de este cuadro, el ministro, olvidándose
de su inquietud y alarma infinitas, prorrumpió en una carcajada, que fué
respondida inmediatamente por una risa ligera, aérea, infantil, en la
que con un estremecimiento del corazón--que no sabía si era de intenso
dolor, ó de placer extremo,--reconoció el acento de la pequeña Perla.
--¡Perla! ¡Perlita!--exclamó después de un momento de pausa; y luego,
con voz más baja, agregó:--Ester, Ester Prynne, ¿estáis ahí?
--Sí; es Ester Prynne,--replicó ella con acento de sorpresa;--y el
ministro oyó sus pisadas que se iban acercando.--Soy yo y mi pequeña
Perla.
--¿De dónde venís, Ester?--preguntó el ministro. ¿Qué os ha traído aquí?
--He estado velando á un moribundo,--respondió Ester,--he estado junto
al lecho de muerte del Gobernador Winthrop, he tomado las medidas para
su traje, y ahora me dirijo á mi habitación.
--Sube aquí, Ester; ven tu con Perlita, dijo el Reverendo Sr.
Dimmesdale. Ambas habéis estado aquí antes de ahora, pero yo no me
hallaba á vuestro lado. Subid aquí una vez más, y los tres estaremos
juntos.
Ester subió en silencio los escalones, y permaneció de pie en el
tablado, asiendo á Perla de la mano. El ministro tomó entre las suyas la
otra mano de la niña. No bien lo hizo, parece como si una nueva vida
hubiera penetrado en su sér, invadiendo su corazón á manera de un
torrente y esparciéndose por sus venas. Se diría que madre é hija
estaban comunicando su calor vital á la naturaleza medio congelada del
joven eclesiástico. Los tres formaban una cadena eléctrica.
--¡Ministro!--susurró la pequeña Perla.
--¿Qué deseas decir, niña?--le preguntó el Sr. Dimmesdale.
--¿Quieres estar aquí mañana al mediodía con mi madre y
conmigo?--preguntó Perla.
--No; no así, Perlita mía,--respondió el ministro; porque con la nueva
energía adquirida en aquel instante, se apoderó de él todo el antiguo
temor de revelación pública que por tanto tiempo fué la agonía de su
vida, y ya estaba temblando, aunque con una mezcla de extraña alegría,
al fijarse en la situación en que se encontraba en la actualidad.--No,
no así, niña mía, continuó. Estaré de pie contigo y con tu madre otro
día; sí, otro día; pero no mañana.
Perla se rió é intentó desasir la mano que le tenía asida el ministro,
pero éste la mantuvo firme.
--Un instante más, niña mía,--dijo.
--Pero ¿quieres prometerme que mañana al mediodía nos tomarás de la mano
á mi madre y á mí?--le preguntó Perla.
--No, no mañana, Perla,--dijo el ministro,--pero otro día.
--¿Qué día?--persistió la niña.
--En el gran día del Juicio Final,--murmuró el eclesiástico, que se vió
como obligado á responder de este modo á la niña en su carácter sagrado
de ministro del altar.--Entonces, y allí ante el Juez Supremo, continuó,
tendremos que comparecer tu madre, tú y yo, al mismo tiempo. Pero la luz
del sol de este mundo no habrá de vernos reunidos.
Perla empezó á reir de nuevo.
Pero antes de que el Sr. Dimmesdale hubiera terminado de hablar, brilló
una luz en toda la extensión del obscuro horizonte. Fué sin duda uno de
esos meteoros que el observador nocturno puede ver á menudo, que se
inflaman, brillan y se extinguen rápidamente en las regiones del
espacio. Tan intenso fué su esplendor, que iluminó por completo la densa
masa de nubes entre el firmamento y la tierra. La bóveda celeste
resplandeció de tal modo, que dejó ver la calle como si estuviera
alumbrada por la luz del mediodía, pero con la extrañeza que siempre
comunica á los objetos familiares una claridad no acostumbrada. Las
casas de madera, con sus pisos que sobresalían y sus curiosos caballetes
rematados en punta; las escaleras de las puertas y los quicios con las
primeras hierbas de la primavera que empezaban á brotar en las
cercanías; los bancos de tierra de los jardines que parecían negros con
la tierra removida recientemente;--todo se volvió visible, pero con una
singularidad de aspecto que parecía darle á los objetos una
significación diferente de la que antes tenían. Y allí estaba el
ministro con la mano puesta sobre el corazón; y Ester Prynne, con la
letra bordada brillando en su seno; y la pequeña Perla que era en sí
misma un símbolo y el lazo de unión entre aquellos dos seres. Allí
estaban de pie al fulgor de aquella extraña y solemne luz, como si ésta
fuera la que había de revelar todos los secretos, y fuera también la
alborada que había de reunir todos los que mutuamente se pertenecían.
En los ojos de Perla había cierta expresión misteriosa, y en su rostro,
cuando lo alzó para mirar al ministro, aquella sonrisa maliciosa que la
hacía comparar á un trasgo. Retiró su mano de la del Sr. Dimmesdale, y
señaló al otro lado de la calle. Pero él cruzó las manos sobre el pecho
y levantó las miradas hacia el cielo.
Nada era tan común en aquellos tiempos como interpretar todas las
apariciones meteóricas, y todos los otros fenómenos naturales, que
ocurren con menos regularidad que la salida y la puesta del sol y de la
luna, como otras tantas revelaciones de origen sobrenatural. Así es que
una lanza brillante, una espada de llamas, un arco, ó un haz de flechas,
pronosticaban una guerra con los indios. Era sabido que una lluvia de
luz carmesí indicaba una epidemia. Dudamos mucho que haya acontecido
algo notable en la Nueva Inglaterra, desde los primeros días de su
colonización hasta el tiempo de la guerra de la Independencia, de que
los habitantes no hubieran tenido un previo aviso merced á un
espectáculo de esta naturaleza. Á veces había sido visto por la
multitud; pero con mucha mayor frecuencia, todo reposaba en el mero
dicho de un solitario espectador que había contemplado el maravilloso
fenómeno al través del trastornador vidrio de aumento de su imaginación,
dándole más tarde una forma más precisa. Era sin duda una idea grandiosa
pensar que el destino de las naciones debía revelarse en estos
sorprendentes geroglíficos en la bóveda celeste. Entre nuestros
antepasados era una creencia muy extendida, indicando que su naciente
comunidad estaba bajo la custodia especial del cielo. Pero ¿qué diremos
cuando un individuo descubre una revelación en ese mismo libro
misterioso dirigida á él solamente? En ese caso, sería únicamente el
síntoma de una alteración profunda del espíritu, si un hombre, en
consecuencia de un dolor prolongado, intenso y secreto, y de la
costumbre mórbida de estarse estudiando constantemente, ha llegado á
asociar su personalidad á la naturaleza entera, hasta el extremo de que
el firmamento no venga á ser sino una página adecuada para la historia
del futuro destino de su alma.
Por lo tanto, á esta enfermedad de su espíritu atribuímos la idea de que
el ministro, al dirigir sus miradas hacia el cielo, creyese contemplar
en él la figura de una inmensa letra,--la letra A,--dibujada con
contornos de luz de un rojo obscuro. En aquel lugar, y ardiendo
opacamente, solo se había dejado ver un meteoro al través de un velo de
nubes; pero no con la forma que su culpable imaginación le prestaba, ó á
lo menos, de una manera tan poco definida, que otra conciencia
delincuente podría haber visto en él otro símbolo distinto.
Había una circunstancia especial que caracterizaba el estado psicológico
del Sr. Dimmesdale en aquel momento. Todo el tiempo que estuvo mirando
al zenit, tenía la plena conciencia de que Perla estaba apuntando con
el dedo en dirección del viejo Rogerio Chillingworth, que se hallaba en
pie no muy distante del tablado. El ministro parecía verle con la misma
mirada con que discernía la letra milagrosa. Así como á los demás
objetos, la luz meteórica comunicaba una nueva expresión á las facciones
del médico; ó bien pudiera suceder que éste no se cuidaba en esta
ocasión, como siempre lo hacía, de ocultar la malevolencia con que
miraba á su víctima. Ciertamente, si el meteoro iluminó el espacio é
hizo visible la tierra con un fulgor solemne que obligó á recordar al
clérigo y á Ester el día del Juicio Final, en ese caso Rogerio
Chillingworth debió parecerles el gran enemigo del género humano, que se
presentaba allí con una sonrisa amenazadora reclamando lo que le
pertenecía. Tan viva fué aquella expresión, ó tan intensa la percepción
que de ella tuvo el ministro, que le pareció que permanecía visible en
la obscuridad, aun después de desvanecida la luz del meteoro, como si la
calle y todo lo demás hubiera desaparecido por completo.
--¿Quién es ese hombre, Ester?--preguntó Dimmesdale con voz trémula,
sobrecogido de terror.--Me estremezco al verlo. ¿Conoces á ese hombre?
Le odio, Ester.
Ella recordó su juramento y permaneció en silencio.
--Te repito que mi alma se estremece en su presencia,--murmuró el
ministro de nuevo.--¿Quién es? ¿Quién es? ¿No puedes hacer nada por mí?
Ese hombre me inspira un horror indecible.
--Ministro, dijo Perlita, yo puedo decirte quién es.
--Pronto, niña, pronto,--dijo el ministro inclinando el oído junto á
los labios de Perla.--Pronto, y tan bajo como te sea posible.
Perla murmuró algo á su oído que resonaba á manera de lenguaje humano,
cuando no era en realidad sino la jerigonza ininteligible y sin sentido
alguno que usan á veces los niños para divertirse cuando están juntos.
De todos modos, no le comunicó ninguna noticia secreta acerca del viejo
facultativo. Era un idioma desconocido para el erudito clérigo, que sólo
sirvió para aumentar la confusión de su espíritu. La niña entonces
prorrumpió en una carcajada.
--¿Te burlas de mí ahora?--dijo el ministro.
--No has sido valiente, no has sido sincero,--respondió la niña,--no
quisiste prometerme que nos tomarías de la mano á mí y á mi madre mañana
al mediodía.
--¡Digno señor!--exclamó el médico que se había adelantado hasta el pie
del tablado,--piadoso Sr. Dimmesdale, ¿sóis realmente vos? Sí, sí,
seguramente que sí. ¡Vaya! ¡Vaya! Nosotros, hombres de estudio, que
tenemos la cabeza metida en nuestros libros, necesitamos que se nos
vigile. Soñamos despiertos, y nos paseamos durmiendo. Venid, buen señor
y amigo querido; dejadme que os conduzca á vuestra casa.
--¿Cómo supiste que yo estaba aquí?--preguntó Dimmesdale con temor.
--En realidad de verdad, respondió el médico, no sabía nada de esto.
Gran parte de la noche la he pasado á la cabecera del digno Gobernador
Winthrop haciendo en su beneficio lo que mi poca habilidad me permitía.
Á un mundo mejor ha partido, y yo me dirigía á mi morada, cuando brilló
esa luz extraordinaria. Os ruego que vengáis, reverendo señor; de otro
modo no os hallaréis en estado de cumplir vuestros deberes mañana
domingo. ¡Ah! ¡Ved cómo los libros perturban el cerebro! ¡Estos libros,
estos libros! Debéis estudiar menos, buen señor, y procuraros algún
recreo, si no queréis que estas cosas se repitan.
--Iré con vos á mi casa,--dijo el Sr. Dimmesdale. Completamente abatido,
con una sensación de frío, como el que despierta de una pesadilla,
acompañó al médico, y partieron juntos.
El día siguiente, domingo, predicó sin embargo un sermón que se
consideró el mejor, el más vigoroso y más lleno de unción celeste que
hasta entonces hubieran pronunciado sus labios. Se dijo que más de un
alma se sintió regenerada con la eficacia de aquel discurso, y que
fueron muchos los que juraron eterna gratitud al Sr. Dimmesdale por el
bien que les había hecho. Pero, cuando bajó del púlpito, le detuvo el
anciano sacristán presentándole un guante negro que el ministro
reconoció por suyo.
--Se encontró esta mañana,--dijo el sacristán,--en el tablado en que se
expone á los malhechores á la vergüenza pública. Satanás lo dejó caer
allí deseando sin duda jugar una mala pasada á su Reverencia. Pero ha
procedido con el mismo desacierto y ligereza de siempre. Una mano limpia
y pura no necesita guante que la cubra.
--Gracias, buen amigo,--dijo el ministro con gravedad, pero muy
sobresaltado, pues tan confusos eran sus recuerdos, que casi creía que
los acontecimientos de la noche pasada eran solo un sueño.--Sí, agregó,
parece que es mi guante.
--Y puesto que Satanás ha creído conveniente robároslo, en adelante
Vuestra Reverencia debe tratar á ese enemigo sin miramientos de ninguna
clase. Duro con él;--dijo el anciano sacristán con horrible sonrisa.
Pero, ¿ha oído Vuestra Reverencia hablar del portento que se vió anoche?
Se dice que apareció en el cielo una gran letra roja, la letra A, que
hemos interpretado significa Ángel. Y como nuestro buen Gobernador
Winthrop falleció también anoche, y fué convertido en ángel, de seguro
que se creyó conveniente publicar la noticia de algún modo.
--No; nada he oído acerca de ese particular,--contestó el ministro.