EL INTERIOR DE UN CORAZÓN

Después del suceso últimamente referido, las relaciones entre Dimmesdale

y el médico, aunque en apariencia las mismas, eran en realidad de un

carácter distinto al que habían tenido antes. El médico veía ahora una

senda bien sencilla que seguir, aunque no precisamente la que él se

había trazado. Á pesar de lo tranquilo, apacible y frío que parecía, era

de temerse que existiera en él un fondo de malignidad, hasta entonces

latente, pero ahora activa, que le impulsaba á imaginar una venganza más

íntima que la que ningún otro mortal hubiera tomado jamás de su enemigo.

Aspiró á convertirse en el amigo fiel á cuyo corazón se confiara todo el

temor, el remordimiento, la agonía, el arrepentimiento inútil, la

repetida invasión de ideas pecaminosas que en vano había querido

rechazar. Todo aquel dolor culpable, oculto á las miradas del mundo y

del que éste se habría compadecido y le habría perdonado, debía

revelársele á él, el Implacable, á él, que no perdonaría jamás. ¡Todo

aquel tenebroso secreto tenía que mostrarse precisamente al hombre á

quien ninguna otra cosa podría colmar, como esta y de una manera tan

completa, el deseo de venganza!

La natural reserva y esquivez del joven ministro había sido un

obstáculo para este plan. El médico, sin embargo, no estaba dispuesto á

darse por satisfecho con el aspecto que, casi providencialmente, tomó el

asunto en sustitución á los negros planes que él se trazara. Podía decir

que se le había hecho una revelación; y poco le importaba que su

procedencia fuera celestial ó infernal. Gracias á esa inesperada

revelación, en todas sus relaciones subsecuentes con el Sr. Dimmesdale,

parecía que lo más recóndito del alma del joven ministro estaba visible

á los ojos del médico para que pudiese observar y estudiar sus más

íntimas emociones. Desde entonces se convirtió, no sólo en espectador,

sino también en actor principal de lo que pasaba en lo más recóndito del

pecho del pobre ministro. Podía hacer de él lo que quisiera. Si se le

antojaba despertarle con una sensación de agonía, ahí estaba su víctima

sobre el potro del tormento. Sólo necesitaba mover ciertos resortes de

su alma, que el médico conocía perfectamente. ¿Quería estremecerle con

un súbito temor? Como si obedeciese á la varilla de un mágico

prodigioso, surgían mil visiones de formas diferentes, que giraban en

torno del infeliz eclesiástico con los dedos apuntando á su pecho.

Todo esto lo ejecutaba con tan perfecta sutileza, que el ministro,

aunque constantemente con una vaga percepción de que algo maligno le

estaba vigilando, nunca pudo darse cuenta exacta de su verdadera

naturaleza. Es cierto que miraba con duda y temor, y aun á veces con

espanto é intensa aversión, al viejo médico. Sus gestos, sus

movimientos, su barba gris, sus acciones más insignificantes é

indiferentes, hasta el corte y la moda de su traje, le eran odiosos:

señal todo de una antipatía en el corazón del ministro más profunda de

lo que él se hallaba dispuesto á confesarse á sí mismo. Y como era

imposible asignar una causa á tal desconfianza y aversión, el Sr.

Dimmesdale, con la conciencia de que el veneno de algún punto mórbido en

su espíritu le estaba inficionando todo el corazón, atribuía á esto

todos sus presentimientos. Se empeñó, pues, en curarse de sus antipatías

hacia el viejo médico, y sin parar mientes en lo que debía haber

deducido de ellas, hizo cuanto pudo para extirparlas. Siéndole imposible

conseguirlo, continuó sus hábitos de relaciones familiares con el

anciano, proporcionándole de este modo oportunidades constantes para que

el vengativo médico,--pobre y mísera criatura más infeliz que su

víctima,--consiguiese el fin á que había dedicado toda su energía.

Mientras padecía corporalmente, con el alma corroída y atormentada por

alguna causa tenebrosa, y entregado por completo á las maquinaciones de

su más mortal enemigo, el Reverendo Sr. Dimmesdale había ido alcanzado

una brillante popularidad en su sagrado ministerio. En gran parte la

obtuvo seguramente merced á sus padecimientos. Sus dotes intelectuales,

sus percepciones morales, su facultad de comunicar á otros las emociones

que él mismo experimentaba, le mantenían en un estado de actividad

sobrenatural debido á la angustia é inquietud de su vida diaria. Su

fama, aunque todavía en constante ascenso, había dejado ya en la sombra

las reputaciones menos brillantes de algunos de sus colegas, entre los

cuales se contaban hombres que habían empleado en adquirir sus

conocimientos teológicos muchos más años que los que tenía de edad el

Sr. Dimmesdale, y que por lo tanto deberían de hallarse mucho más llenos

de sólida ciencia que su joven compañero. Había otros dotados de más

tenaz empeño, de mayor peso y gravedad, cualidades que, unidas á cierta

dosis de conocimientos teológicos, constituye una variedad eficiente y

altamente digna de respeto, aunque poco amable, de la especie clerical.

Otros había, verdaderos Santos Padres, cuyas facultades se habían

desenvuelto con el paciente, constante é infatigable estudio de los

libros, y cuya pureza de vida puede decirse que los había puesto en

comunicación espiritual con un mundo superior. Pero todos estos hombres

carecían de aquel don divino que descendió sobre los discípulos del

Señor en lenguas de llamas el día de Pentecostés, simbolizando, no solo

la facultad de hablar en idiomas extraños y desconocidos, sino la de

dirigirse á todo el género humano en el idioma propio del corazón. Todos

estos ministros, por lo demás muy apostólicos, carecían de ese don

divino de una lengua de llamas. Vanamente habrían procurado, dado el

caso que lo intentaran, expresar las verdades más sublimes por medio de

voces é imágenes familiares.

Probablemente que á esta clase pertenecía el Sr. Dimmesdale tanto por

temperamento como por educación. Se habría remontado á las altas cimas

de la fe y de la santidad, á no habérselo impedido el peso del crímen,

de la angustia, ó de lo que fuere, que le arrastraba hacia abajo. Este

peso,--no obstante ser él un hombre de etéreos atributos cuya voz

hubieran escuchado tal vez los mismos ángeles,--le mantenía al nivel de

los más humildes; pero al mismo tiempo le ponía en más íntima relación

con la humanidad pecadora, de modo que su corazón vibraba al unísono del

de ésta, comprendiendo sus dolores, y haciendo compartir los suyos

propios á millares de corazones, por medio de su elocuencia melancólica

y persuasiva, aunque á veces terrible. El pueblo culpable conocía el

poder que de tal modo lo conmovía. Las gentes pensaban que el joven

ministro era un milagro de santidad: se imaginaban que por su boca

hablaba el cielo, ya para consolarlas, ya para reprobarlas ó bien para

decirles palabras de amor ó de sabiduría. Á sus ojos, el terreno que

pisaba estaba santificado. Las jóvenes doncellas de su iglesia se

volvían cada vez más pálidas en torno suyo, víctimas de una pasión tan

llena de sentimiento religioso, que imaginaban ser todo solamente

religión, y la ofrecían públicamente al pie de los altares como el más

aceptable de los sacrificios. Los miembros ancianos de su feligresía,

contemplando la delicada constitución física del Sr. Dimmesdale, y

comparándola con el vigor de las suyas, á pesar de la diferencia de

edad, creían que les precedería en su viaje á la región celestial, y

recomendaban á sus hijos que enterrasen sus viejos restos junto á la

santa fosa del joven ministro. Y mientras tanto, cuando el infortunado

Sr. Dimmesdale pensaba en su sepultura, se preguntaba si sería posible

que la hierba creciera sobre ella, puesto que allí había de enterrarse

una cosa maldecida.

¡Es inconcebible la angustia de que le llenaba esta veneración pública!

Adorar la verdad era en él un impulso genuino, así como considerar

vacío, vano y completamente desprovisto de todo peso y valor, lo que no

estaba vivificado por la verdad. ¿Qué era él, pues? ¿Algo corpóreo, ó la

más impalpable de las sombras? Anhelaba, por lo tanto, hablar una vez

por todas desde lo alto de su púlpito, y decir en alta voz, ante todo el

mundo, lo que él en realidad era:--"Yo, á quien veis vestido con este

negro traje del sacerdocio;--yo, que asciendo al sagrado púlpito y

levanto hacia el cielo el rostro pálido tratando de ponerme en relación,

en nombre vuestro, con el Todopoderoso;--yo, en cuya vida diaria creéis

discernir la santidad de Enoch;--yo, cuyas pisadas, como suponéis, dejan

una huella luminosa en mi sendero terrenal, que servirá á los peregrinos

que vengan después de mí para guiarlos á la región de los

bienaventurados;--yo, que he puesto el agua del bautismo sobre la cabeza

de vuestros hijos;--yo, que he repetido las últimas preces por las almas

de los que han partido para siempre;--yo, vuestro pastor, á quien tanto

reverenciáis y en quien tanto confiáis, yo no soy más que una mentira y

una profanación."

Más de una vez el Reverendo Dimmesdale había subido al púlpito con el

firme propósito de no descender hasta haber pronunciado palabras como

las anteriores. Más de una vez se había limpiado la garganta, y tomado

largo, profundo y trémulo aliento para librarse del tenebroso secreto de

su alma. Más de una vez,--no, más de cien veces,--había realmente

hablado. ¡Hablado! Pero ¿cómo? Había dicho á sus oyentes que él era un

sér completamente abyecto, el más abyecto entre los abyectos, el peor de

los pecadores, una abominación, una cosa de iniquidad increíble; y que

lo único digno de sorpresa era que no viesen su miserable cuerpo

calcinarse en su presencia por la ardiente cólera del Todopoderoso.

¿Podía darse un lenguaje más claro que éste? ¿No se levantarían los

oyentes de sus asientos, por impulso simultáneo, y le harían descender

del púlpito que estaba contaminando con su presencia? No; de ningún

modo. Todos oyeron eso, y todos le reverenciaron mucho más. No tenían la

menor sospecha del terrible alcance de estas palabras con que él mismo

se condenaba. "¡El excelente joven!--se decían unos á otros. ¡El santo

sobre la tierra! ¡Ay! si en la pureza de armiño de su alma puede él

percibir semejante iniquidad, ¡qué horrible espectáculo no verá en la

tuya ó en la mía!"

Bien sabía Dimmesdale,--hipócrita sutil, aunque lleno de

remordimientos,--de qué modo se consideraría esta vaga confesión. Había

tratado de forjarse una especie de ilusión, exponiendo al público el

espectáculo de una conciencia culpable, pero consiguió solamente

recargarse con un nuevo pecado, y agregar una nueva vergüenza á la

antigua, sin obtener siquiera el momentáneo consuelo de engañarse á sí

mismo. Había hablado la pura verdad, transformándola sin embargo en la

falsedad más completa. Y no obstante esto, por instinto, por educación,

por principios, amaba la verdad y aborrecía la mentira como pocos

hombres. Pero ante todas cosas, y más que todo, se detestaba á sí

propio.

Sus angustias íntimas le habían llevado á adoptar prácticas más en

armonía con las de la iglesia católica, que no con las de la protestante

en que había nacido y se había educado. Encerrándose en su alcoba, bajo

llave, se entregaba al empleo de la disciplina en su enfermo cuerpo.

Con frecuencia este ministro protestante y puritano se las había

aplicado á las espaldas, riéndose amargamente de sí mismo al mismo

tiempo, y fustigándose aun más implacablemente á causa de esta risa

amarga. Como otros muchos piadosos puritanos tenía por costumbre ayunar;

aunque no como ellos para purificar el cuerpo y hacerlo más digno de la

inspiración celestial, sino de una manera rigorosa, hasta que le

temblaban las rodillas, y como un acto de penitencia. Pasaba también en

vela noche tras noche, algunas veces en completa obscuridad; otras

alumbrado sólo por la luz vacilante de una lámpara; y otras

contemplándose el rostro en un espejo iluminado por la luz más fuerte

que le era posible obtener, simbolizando de este modo el constante

examen interior con que se torturaba, pero con el cual no podía

purificarse.

En estas prolongadas vigilias su cerebro se turbaba, y entonces creía

ver visiones que flotaban ante sus ojos; quizás las percibía

confusamente á la débil luz que de ellas irradiaba, en la parte más

remota y obscura de su habitación, ó más distintamente, y á su lado,

reflejándose en el espejo. Ya era una manada de formas diabólicas que

hacían visajes al pálido ministro, mofándose de él é invitándole á

seguirlas; ya un grupo de brillantes ángeles que se remontaban al cielo,

llenos de dolor, tornándose más etéreos á medida que ascendían. Ó eran

los amigos de su juventud, ya muertos, y su padre, de blanca barba,

frunciendo piadosamente el entrecejo, y su madre, que le volvía el

rostro al pasar por su lado. ¡Espíritu de una madre! Creo que habría

arrojado una mirada de compasión á su hijo. Y luego, al través de la

habitación que hacían tan horrible estas visiones espectrales, se

deslizó Ester Prynne, llevando de la mano á Perlita, en su traje color

de escarlata, y señalando con el índice, primeramente la letra que

brillaba en su seno, y luego el pecho del joven eclesiástico.

Ninguna de estas visiones le engañó jamás por completo. En cualquier

instante, con un esfuerzo de su voluntad, podía convencerse de que no

eran sustancias corpóreas sino creaciones de su inquieta imaginación;

pero á pesar de todo, en cierto sentido, eran las cosas más verdaderas y

reales con que el pobre ministro tenía ahora que hacer. En una vida tan

falsa como la suya, el dolor más indecible consistía en que las

realidades que nos rodean, destinadas por el cielo para sustento y

alegría de nuestro espíritu, se veían privadas de lo que constituye su

propia vida y esencia. Para el hombre falso, el universo entero es

falso, impalpable, y todo lo que palpa se convierte en nada. Y él mismo,

mostrándose bajo un falso aspecto, se convierte en una sombra, ó acaso

cesa de existir. La única verdad que continuaba dando al Sr. Dimmesdale

una existencia real en este mundo, era la agonía latente en lo más

recóndito de su alma, y la no disfrazada expresión de la misma en todo

su aspecto exterior. Si hubiera hallado una vez la facultad de sonreir,

y presentar un rostro alegre, no habría sido el hombre que era.

En una de esas terribles noches que hemos tratado vanamente de

describir, el ministro se levantó sobresaltado de su asiento. Una nueva

idea se le había ocurrido. Podría haber un momento de paz en su alma.

Vistiéndose con el mismo esmero que si fuera á desempeñar su sagrado

ministerio, y precisamente de la misma manera, descendió las escaleras

sin hacer ruido, abrió la puerta y salió á la calle.

La letra escarlata novela escrita en inglés · 第 30 / 59 题