Un día fué Ester á la morada del Gobernador Bellingham á llevarle un par
de guantes que había ribeteado y bordado por orden suya, y que debía de
usar en cierta ceremonia oficial, porque si bien no desempeñaba ya el
alto puesto de antes, aun ocupaba un destino honroso é influyente en la
magistratura colonial.
Pero algo más importante que la entrega de un par de guantes bordados,
obligó á Ester entonces á solicitar una entrevista con un personaje de
tanto poder y tan activo en los negocios de la colonia. Había llegado á
sus oídos el rumor de que algunos de los principales habitantes de la
población trataban de despojarla de su niña, deseosos de que imperaran
más rígidos principios en materias de religión y de gobierno. Suponiendo
estas buenas gentes, como ya se ha dicho, que Perla era de estirpe
diabólica, creyeron que para mayor beneficio del alma de la madre,
convenía quitarle ese obstáculo de su sendero; agregando, que si la niña
era realmente capaz de una educación religiosa y moral, y tenía en sí
los elementos de su futura salvación, gozaría indudablemente de todas
estas ventajas si se la separase de su madre y se confiara su educación
á persona mejor y más cuerda. Se decía también que entre los
promovedores de esta idea, era el Gobernador uno de los más activos.
Parecerá singular, y hasta ridículo, que un asunto de esta naturaleza
haya sido cuestión públicamente discutida, en la que tomaron parte en
pro y en contra varias personas eminentes del gobierno. Pero en aquella
época de prístina sencillez, negocios de menor importancia pública, y de
menor trascendencia que el bienestar de Ester y de su hija, tenían
cabida en las deliberaciones de los legisladores y en los actos del
Estado; y hasta se refiere que una disputa relativa al derecho de
propiedad de un cerdo dió margen, en una época anterior á la en que pasa
nuestra historia, á debates acalorados en el cuerpo legislativo de la
colonia, y ocasionó importantes modificaciones en el modo de ser de la
Legislatura.
Llena, pues, de temores, aunque con tan pleno convencimiento de su
derecho, que no le parecía desigual la lucha entre el público de una
parte y una mujer solitaria de la otra, Ester se puso en marcha saliendo
de su cabaña acompañada, como era de esperarse, de Perla. Esta había
alcanzado ya una edad que la permitía correr al lado de su madre, y como
estaba siempre en constante movimiento desde la mañana hasta la noche,
hubiera podido hacer una jornada mucho más larga. Sin embargo, á veces,
más por capricho que por necesidad, pedía que la llevaran en brazos;
pero á los pocos momentos quería que la dejasen andar, y continuaba
junto á Ester dando saltitos y tropezando á cada instante.
Hemos hablado de la belleza singular de Perla, belleza de tintes vivos
y profundos, de tez brillante, ojos que poseían á la vez fulgor é
intensidad meditativa, y un cabello de color castaño, lustroso, suave, y
que más tarde serían casi negros. Toda ella era fuego y parecía el fruto
de un momento de pasión impremeditada. La madre, al idear el traje de su
hija, había dado rienda suelta á las tendencias vistosas de su
imaginación, y la vistió con una túnica de terciopelo carmesí, de un
corte peculiar, abundantemente adornada con caprichosos bordados y
floreos de hilo de oro. Tal lujo de colores, que habrían dado un pálido
y macilento aspecto á mejillas menos brillantes, se adaptaba
admirablemente á la belleza de Perla, y la convertían en la más
reluciente llama que jamás se haya movido sobre la tierra.
Pero era una particularidad notable de este traje, y en realidad de la
apariencia general de la niña, la de traer irremediablemente á la
memoria del que la contemplaba el recuerdo del signo que Ester estaba
condenada á llevar en su vestido. Era la letra escarlata bajo otra
forma: la letra escarlata dotada de vida. La madre misma,--como si
aquella ignominia roja se hubiera grabado profundamente en su cerebro de
modo que todas sus ideas revistieran su aspecto,--la madre misma había
encontrado aquella semejanza, empleando muchas horas de mórbida
ingeniosidad en hallar una analogía entre el objeto de su cariño y el
emblema de su falta y de su tormento. Pero como en realidad Perla era al
mismo tiempo una y otra cosa, pudo Ester imaginarse perfectamente que la
apariencia de la niña guardaba completa semejanza con la letra
escarlata.
Al llegar madre é hija á los linderos de la población, los niños de los
puritanos, en medio de sus juegos, ó de lo que pasaba por juego entre
aquellos sombríos chicuelos, fijaron en ellas las miradas y dijeron:
--Ahí viene la mujer de la letra escarlata; y á su lado viene saltando
lo que también se parece á una letra escarlata. Vamos á arrojarles
fango.
Pero Perla, que era una niña intrépida, después de fruncir el entrecejo,
de golpear el suelo con el piececito y de apretar el puño con diversos
gestos amenazadores, se lanzó de repente contra el grupo de sus enemigos
y los puso á todos en fuga. Al mismo tiempo chilló y gritó con violencia
tal, que el corazón de los fugitivos tembló de espanto. Terminada su
victoria, Perla regresó tranquilamente al lado de su madre, á la que
dirigió una risueña mirada.
Sin otra aventura llegaron á la morada del Gobernador. Era ésta una gran
casa de madera, fabricada al estilo de las que aun se ven en las calles
de nuestras ciudades más antiguas; ahora cubiertas de musgo,
derrumbándose, y de aspecto melancólico, mudos testigos de las penas ó
alegrías de que fueron teatro sus obscuras habitaciones. Entonces, sin
embargo, había en su exterior la frescura de la juventud, y en sus
ventanas, iluminadas por el sol, parecía brillar aquel contento que
reina en las moradas humanas en que aun no ha entrado la muerte. La casa
del Gobernador tenía, á la verdad, una apariencia muy alegre: las
paredes estaban cubiertas con una especie de estuco con innumerables
fragmentos de vidrio, de modo que cuando el sol alumbraba oblicuamente
el edificio, brillaba y fulguraba como si sobre él se hubieran arrojado
diamantes á manos llenas, lo que le hacía parecer más propio para el
palacio de Aladino, que para mansión de un viejo y grave jefe puritano.
Estaba además adornado con figuras y diagramas extraños y al parecer
cabalísticos, de acuerdo con el raro gusto de la época, que habían sido
dibujados en el estuco cuando se acabó de poner, y se habían endurecido
con el tiempo, sin duda para que sirvieran de admiración á las edades
futuras.
Perla, cuando contempló esta especie de casa maravillosa, comenzó á
palmotear y á bailar, y pidió con acento decidido que arrancaran todo
aquel frente radiante del edificio, y se lo dieran para jugar con él.
--No, mi querida Perlita, le dijo su madre. Tú misma tienes que
procurarte tus rayos de sol; yo no tengo nada que darte.
Se acercaron á la puerta, que tenía la forma de un arco, y estaba
flanqueada á cada costado por una torre estrecha ó proyección del
edificio, con ventanas de enrejado de alambre y postigos de madera.
Levantando el aldabón de hierro, Ester dió un golpe al que respondió uno
de los siervos del Gobernador, inglés de nacimiento y libre, pero que á
la sazón era esclavo por siete años. Durante ese tiempo tenía que ser la
propiedad de su amo, lo mismo que si fuera un buey. El siervo llevaba el
traje azul que era el vestido ordinario de los siervos de aquella época,
como lo fué también mucho antes en las antiguas casas solariegas de
Inglaterra.
--¿Está en casa Su Señoría el Gobernador Bellingham? preguntó Ester.
--Ciertamente que sí, respondió el siervo, contemplando con tamaños
ojos la letra escarlata, pues habiendo llegado recientemente al país, no
la había visto todavía. Sí, Su Señoría está en casa; pero con él hay un
par de piadosos ministros, y al mismo tiempo un médico: no creo que
podáis verle ahora.
--Entraré, sin embargo, replicó Ester.
Y el siervo, juzgando tal vez por el tono decisivo con que pronunció
estas palabras, y el brillante símbolo que llevaba en el pecho, que era
una gran señora del país, no opuso resistencia alguna.
Madre é hija fueron, pues, admitidas en el vestíbulo. El Gobernador,
teniendo en cuenta la naturaleza de los materiales de construcción
disponibles, así como la diferencia del clima y costumbres sociales de
la colonia, había trazado el plano de su nueva morada á imitación de las
de los caballeros de moderados recursos en su país natal. Había por lo
tanto un ancho y elevado vestíbulo que se extendía hasta el fondo de la
casa y servía de medio de comunicación más ó menos directa con todas las
otras piezas. En una extremidad se hallaba alumbrada esta espaciosa
habitación por las ventanas de las dos torres; y en la otra, aunque
protegida por una cortina, lo estaba por una gran ventana abovedada,
provista de un asiento de almohadones, en el que había un volumen en
folio, probablemente de las Crónicas de Inglaterra ú otra literatura por
el estilo. El mueblaje consistía en algunas sillas macizas, en cuyos
respaldares había esculpidas guirnaldas de flores de roble; en el centro
había una mesa del mismo estilo que las sillas, todo del tiempo de la
Reina Isabel de Inglaterra, ó quizás anterior á él, y traído de la casa
paterna del Gobernador. Y en la mesa, como prueba de que la antigua
hospitalidad no había muerto, un gran jarro de peltre en el fondo del
cual el curioso podría haber visto la espuma de la cerveza bebida
recientemente.
Colgaba en la pared una hilera de retratos que representaban los
antepasados del linaje de Bellingham, algunos vestidos con petos y
armaduras y otros con cuellos alechugados y ropa talar. Como rasgo
característico, tenían todos aquella severidad y rigidez que
invariablemente hay en los antiguos retratos, como si en vez de pinturas
fueran los espíritus de hombres ilustres, ya muertos, que estuvieran
contemplando con dureza é intolerancia, criticándolos, las acciones y
placeres de los vivos.
Hacia el centro de los tableros de roble que cubrían las paredes del
vestíbulo había suspendida una cota de malla y sus accesorios, no una
reliquia hereditaria, como los retratos, sino de fecha más moderna,
fabricada por un hábil armero de Londres el año mismo en que el
Gobernador Bellingham vino á la Nueva Inglaterra. Allí había un yelmo,
una coraza, una gola y grebas, con un par de manoplas, y colgando debajo
una espada; todo, y especialmente el yelmo y la coraza, tan
perfectamente bruñido, que resplandecían con un blanco radiante,
iluminando el pavimento. Esta brillante panoplia no servía de simple
ornato, sino que el Gobernador se la había endosado más de una vez,
especialmente á la cabeza de un regimiento en la guerra contra los
indios, pues aunque por estudios y profesión era un abogado, las
exigencias del nuevo país habían hecho de él un soldado y un
Gobernante.
Perlita,--á quien agradó la resplandeciente armadura tanto como el
brillante frontispicio de la casa, se entretuvo algún tiempo mirando la
pulida superficie de la coraza que resplandecía como si fuera un espejo.
--¡Madre! gritó, madre, te veo aquí. ¡Mira! ¡mira!
Ester, por complacer á su hijita, dió una mirada á la coraza, y vió que,
debido al efecto peculiar de este espejo convexo, la letra escarlata
parecía reproducida en proporciones exageradas y gigantescas, de tal
modo que venía á ser lo más prominente de toda su persona. En realidad,
parecía como si Ester se ocultara detrás de la letra. Perla le llamó
también la atención á otra figura semejante en el yelmo, sonriendo á su
madre con aquella especie de expresión de duendecillo tan común á su
inteligente rostro. Esta mirada de traviesa alegría se reflejó
igualmente en el espejo, con tales proporciones y tal intensidad de
efecto, que Ester no creyó que pudiera ser la imagen de su propia hija,
sino la de algún trasgo ó duende que trataba de amoldarse á la forma de
Perla.
--Vamos, Perla, dijo la madre llevándosela consigo. Ven á ver este
hermoso jardín. Quizás haya en él flores más hermosas que las de los
bosques.
Perla se dirigió á la ventana abovedada en el fondo del vestíbulo, y
tendió la mirada á lo largo de las calles del jardín, alfombrado de
hierba recién cortada, y guarnecido con algunos arbustos, no muchos,
como si el dueño hubiera desistido de su idea de perpetuar en este lado
del Atlántico el gusto inglés en materia de jardines. Las coles crecían
á la simple vista, y una calabacera, plantada á alguna distancia, se
había extendido al través del espacio intermediario, depositando uno de
sus gigantescos productos directamente debajo de la ventana indicada.
Había, sin embargo, unos cuantos rosales, y cierto número de manzanos,
procedentes probablemente de los plantados por los primeros colonos.
Perla, al ver los rosales, empezó á clamar por una rosa encarnada, y no
quiso estarse tranquila.
--Cállate, niña, cállate, dijo la madre encarecidamente. No llores, mi
querida Perla. Oigo voces en el jardín. El Gobernador se acerca
acompañado de varios caballeros. Cállate.
En efecto, por la avenida del jardín se veía cierto número de personas
con dirección hacia la casa. Perla, sin hacer caso de las tentativas de
su madre para aquietarla, dió un grito agudísimo, y guardó entonces
silencio; no debido á un sentimiento de obediencia, sino á la viva y
móvil curiosidad de su naturaleza que hizo que todo su interés se
concentrara en la aparición de estos nuevos personajes.