Hasta ahora apenas hemos hablado de la niña; de la criaturita cuya
inocente vida parecía una bella é inmortal flor brotada en medio de la
excesiva lozanía de una pasión criminal. ¡Cuán extraña se presentaba esa
niña á los ojos de la triste mujer, á medida que ésta contemplaba el
desarrollo y la hermosura, cada vez más brillante, y la inteligencia que
iluminaba con sus trémulos rayos las delicadas facciones de su hija, de
su Perla! Tal era el nombre que le había dado Ester, no porque tuviese
analogía alguna con su aspecto, pues no tenía nada del blanco, tranquilo
y frío lustre que podría indicar la comparación; sino que la llamó
"Perla," por haberla obtenido á un gran precio, por haberla comprado en
realidad con todo lo que ella poseía, con lo que era su único tesoro.
¡Cuán singular era todo esto! El hombre había hecho patente la falta de
esta mujer por medio de una letra escarlata dotada de tan grande y
desastrosa eficacia, que impedía que aquella fuera objeto de las
simpatías humanas, á no ser de personas igualmente culpables. Pero la
naturaleza, en compensación de esta falta que el hombre había castigado,
la dotó de una niña encantadora, que reposaba en aquel mismo seno
infamado por la ley, para poner por siempre á la madre en relación con
la raza humana, y para que llegara al fin á ser un alma escogida en el
cielo. Sin embargo, estas ideas llenaban la mente de Ester con
sentimientos de temor más bien que de esperanza. Sabía que su acción
había sido mala, y por lo tanto no podía creer que sus resultados fueran
buenos. Con creciente sobresalto contemplaba el desarrollo de la
criatura, temiendo siempre descubrir alguna peculiaridad sombría y
extraña, que guardara correspondencia con la culpa á que debió el ser.
Defecto físico no había ninguno en la niña: por su forma perfecta, por
su vigor y la natural agilidad en el uso de sus tiernos miembros, era
digna de haber nacido en el Edén; de haber sido dejada allí para que
jugara con los ángeles, después de la expulsión de nuestros primeros
padres. Poseía una gracia ingénita que no siempre acompaña á la belleza
perfecta: su traje, á pesar de su sencillez, despertaba en el que la
veía la idea de que era precisamente el que más le convenía. Pero la
tierna Perlita no estaba vestida con silvestres hierbas. Su madre,
merced á cierta tendencia mórbida, que más adelante se comprenderá
mejor, había comprado las telas más ricas que pudieran procurarse y daba
rienda suelta á su fantasía creadora en el arreglo y adorno de los
vestidos de la niña, cada vez que ésta se presentaba en público. Tan
magníficamente lucía aquella criaturita ataviada de esa suerte, y era
tal el esplendor de la propia belleza de Perla, brillando al través de
los trajes vistosos que habrían podido apagar una hermosura mucho menos
radiante, que puede decirse que en torno suyo se formaba un círculo de
fulgente luz en el suelo de la obscura cabaña. El aspecto de Perla tenía
un encanto de infinita variedad: en aquella niña se compendiaban y
resumían muchos niños, comprendiendo desde la belleza á manera de flor
silvestre de un niño campesino, hasta la pompa, en escala menor, de una
princesita. En toda ella había sin embargo algo de apasionado, una
cierta intensidad de color de que nunca se despojaba; y si en alguno de
sus cambios ese color se hubiera vuelto más débil ó más pálido, habría
cesado de ser ella, no habría sido Perla.
Esta movilidad externa indicaba y expresaba completamente las diversas
condiciones de su vida interior. Parecía que en su naturaleza la
profundidad se hermanaba con la variedad; pero, á no ser que los temores
de Ester la engañasen, diríamos que le faltaba la facultad de adaptarse
al mundo en que había nacido. La niña no podía someterse á reglas fijas.
Al darle la existencia, se había quebrantado una gran ley moral, y el
resultado fué un sér cuyos elementos tal vez eran bellos y brillantes,
pero en desorden, ó con un orden que les era peculiar, siendo difícil, ó
casi imposible, descubrir donde empezaban ó terminaban la variedad y el
arreglo. Ester únicamente podía darse cuenta del carácter de Perla, y
eso de una manera vaga é imperfecta, recordando lo que ella misma había
sido durante aquel período crítico en que el alma y el cuerpo de la niña
se estaban formando. El estado de agitación apasionada en que se hallaba
la madre había servido para transmitir á la criaturita por nacer los
rayos de su vida moral; y por claros y puros que fueran primitivamente,
habían adquirido ciertos tintes ya vivos y brillantes, ya intensos y
sombríos. Pero sobre todo, se había perpetuado en el alma de Perla
aquella violenta lucha que reinaba en el ánimo de Ester, quien podía
reconocer en su hija el mismo espíritu libre, inquieto, provocativo y
desesperado, y la misma ligereza de su carácter, y aun algo del mismo
abatimiento que se había apoderado de su corazón. Ahora todo eso estaba
iluminado por los rayos de la aurora que doran el cielo de la infancia,
pero más entrado el día de la existencia terrenal, pudiera ser fecundo
en torbellinos y tempestades.
La educación de la familia era en aquellos tiempos mucho más severa que
ahora. El entrecejo, la reprensión áspera y la aplicación de la correa ó
de las varillas, no tenían por objeto castigar solamente faltas
cometidas, sino que se empleaban como un medio saludable para el
desenvolvimiento de todas las virtudes infantiles. Sin embargo, Ester,
la madre solitaria de esta su única hija, corría poco riesgo de pecar
por demasiado severa. Teniendo plena conciencia de sus propios errores y
de sus infortunios, trató desde muy temprano de ejercer una estricta
vigilancia sobre la tierna alma cuyos destinos estaban á su cargo. Pero
esta tarea era superior á sus fuerzas, ó á su capacidad. Después de
probar tanto la sonrisa como el entrecejo, y viendo que nada ejercía una
influencia notable, decidió por fin dejar que la niña obedeciera á sus
propios impulsos. Por supuesto que la restricción ó la compulsión
producían su efecto mientras estaban vigentes; pero toda otra clase de
disciplina moral, ya se dirigiere á su inteligencia ó á su corazón, daba
ó no daba resultados según fuera la disposición caprichosa de su ánimo á
la sazón. Cuando Perla era todavía muy tierna, su madre había observado
en ella cierta expresión peculiar de la fisonomía, que era señal de que
entonces todo cuanto se hiciera para que la niña obedeciese sus órdenes
sería en vano. Aquella expresión era tan inteligente, y sin embargo tan
inexplicable, tan perversa, y á veces tan maligna, aunque en lo general
acompañada de una gran exuberancia de extravagante buen humor, que Ester
no podía menos de preguntarse si Perla era en realidad una criatura
humana. Parecía más bien un espíritu aéreo que, después de haberse
divertido con sus juegos fantásticos en el suelo de la cabaña,
desaparecería en los aires con una sonrisa burlona. Siempre que sus ojos
profundamente negros y brillantes tomaban esa expresión, la niña
semejaba á un sér intangible de indefinible extrañeza. Se diría que se
estaba cerniendo en el aire y que podría desvanecerse á manera de una
luz que no sabemos de dónde viene ni á dónde irá. Entonces Ester se veía
obligada á arrojarse sobre la niña, á perseguirla en la carrera que
invariablemente emprendía el pequeño duende, y á estrecharla contra el
seno cubriéndola de besos y caricias, no tanto por un efecto de excesivo
amor, sino para cerciorarse de que era la misma Perla en carne y hueso,
y no una forma completamente ilusoria. Pero la risa de Perla cuando se
veía atrapada, bien que armoniosa y rebosando contento, solo daba por
resultado aumentar las dudas de su madre.
Herida en el corazón por esta especie de misterio indescifrable y
desconcertador que con tanta frecuencia se interponía entre ella y su
único tesoro, tan caramente adquirido, y que era todo su universo,
Ester rompía á veces en amargo llanto. Entonces, y sin saber por qué,
Perla fruncía el entrecejo, cerraba el puño, y daba á su pequeño rostro
una expresión dura, severa y de seco descontento; ó bien prorrumpía de
nuevo en una risa más ruidosa que antes, como si fuera un sér incapaz de
sentir y comprender el pesar humano; ó acaso, aunque muy raramente,
experimentaba convulsiones de dolor, y en medio de sollozos y palabras
entrecortadas expresaba su amor hacia su madre, y parecía que deseaba
probar que tenía un corazón haciéndoselo pedazos. Sin embargo, Ester no
confiaba mucho en aquel exceso de ternura, que pasaba con tanta rapidez
como se había presentado. Pensando en todas estas cosas, la madre se
encontraba en la posición de una persona que ha evocado un espíritu,
como se lee en las historias fantásticas, pero que ignora la palabra
mágica con que debe mantener bajo sus órdenes y dominar aquel poder
misterioso. Sus únicas horas de completa tranquilidad eran cuando la
niña yacía en el reposo del sueño. Entonces estaba plenamente segura de
la criaturita, y gozaba de deliciosa y apacible felicidad hasta que,
acaso con aquella perversa expresión que se veía vislumbrar bajo los
entreabiertos párpados,--Perla despertaba.
¡Cuán pronto!--y realmente ¡con cuánta extraña rapidez!--alcanzó Perla
una edad en que ya era capaz de oir algo más que las palabras casi sin
sentido con que una madre habla á su pequeñuela. Y ¡qué felicidad habría
sido entonces para Ester poder oir la voz clara y sonora de Perla
mezclada al tumulto de otras voces infantiles, y distinguir y reconocer
los sonidos que emitiera su adorado tesoro entre la mezcla confusa de
la gritería de un grupo de niños juguetones! Pero semejante dicha le
estaba vedada. Perla, desde que nació, era una proscripta del mundo
infantil. Siendo un enjerto del mal, emblema y producto del pecado, no
tenía derecho á estar entre niños bautizados. Era muy notable el
instinto con que la niñita comprendía su soledad y el destino que había
trazado un círculo inviolable en derredor suyo; en una palabra, todo lo
peculiar de su posición respecto á otros niños. Jamás, desde que salió
de la cárcel, había arrostrado Ester la presencia del público sin ir
acompañada de Perla. En todas sus visitas á la población, iba Perla
también: primero, cuando tierna niña, la llevaba en brazos; luego, más
crecida, iba como una pequeña compañera de su madre, asida de un dedo y
dando saltitos. Veía á los niños del pueblo ora sobre la hierba que
crecía en las aceras de las calles, ya en los umbrales de las puertas de
sus casas, jugando de la manera que les permitía su educación puritana,
esto es: jugando á ir á la iglesia; ó á arrancar cabelleras en simulacro
de combates con los indios; ó bien asustándose mutuamente con algo en
que trataban de imitar actos de hechicería ó brujería. Perla lo veía
todo, lo contemplaba todo intensamente, pero jamás trató de trabar
conocimiento con ninguno de los niños. Si le hablaban, no respondía. Si
los niños la rodeaban, como acontecía á veces, Perla se volvía realmente
terrible en su cólera infantil, cogiendo piedras para arrojarlas á
aquellos, acompañando la acción con gritos y exclamaciones incoherentes
y penetrantes que hacían temblar á su madre, porque se asemejaban á los
acentos de una maldición que pronunciara una hechicera en algún idioma
desconocido.
La verdad del caso era que aquellos puritanitos en agraz, como dignos
vástagos de la casta más intolerante que jamás haya existido, abrigaban
una vaga idea de que había algo extraño, misterioso y fuera de lo común
y diario tanto en la madre como en la hija, y por lo tanto las
despreciaban en lo íntimo de su corazón, y con frecuencia las insultaban
de voz en cuello. Perla resentía la ofensa, y se vengaba con todo el
odio de que puede suponerse capaz un pecho infantil. Estas explosiones
de un carácter violento, tenían algún valor y aun servían de consuelo á
la madre, puesto que por lo menos revelaban cierta seriedad comprensible
en aquella manera de sentir, lo que no acontecía con los caprichos
fantásticos que tantas veces la llenaban de sorpresa y que no acertaba á
explicarse en algunas manifestaciones de su hija. Le aterraba, sin
embargo, discernir aquí y allí una especie de reflejo del mal que había
existido en ella misma. Todos estos sentimientos de enemistad y de
cólera los había heredado Perla de su madre: en el mismo estado de
exclusión de todo trato social, se encontraban la madre y la hija; y en
la naturaleza de esta última parecía que se perpetuaban todos aquellos
elementos de inquietud que tanto agitaron á Ester antes del nacimiento
de la niña, y que después habían comenzado á calmarse merced á la
influencia benéfica de la maternidad.
Al lado de su madre, en el hogar doméstico, Perla no tenía necesidad de
mucho trato social. Su imaginación prestaba los atributos de la vida á
millares de objetos inanimados, como una antorcha que enciende una llama
donde quiera que se le aplique: la rama de un árbol, unos cuantos
harapos, una flor, eran los juguetes en que se ejercitaba la magia
creadora de Perla; y sin que experimentasen ningún cambio exterior, se
adaptaban á todas las necesidades de su fantasía. Prestaba su voz
infantil á multitud de seres imaginarios, viejos y jóvenes, con quienes
emprendía de ese modo animados diálogos. Los antiguos pinos, negros y
solemnes, que emitían una especie de gruñido y otros rumores
melancólicos cuando los agitaba la brisa, convertíanse sin dificultad en
clérigos puritanos á los ojos de Perla; las hierbas más feas del jardín,
eran sus hijos; hierbas que la niña pisoteaba y arrancaba sin compasión.
Era en realidad sorprendente la vasta variedad de formas en que se
complacía su inteligencia, sin orden ni concierto, siempre en un estado
de actividad sobrenatural, sucediéndose unas á otras como las
emanaciones y despliegues caprichosos de la aurora boreal. En el mero
ejercicio de la fantasía y la festiva disposición de una mente en
desarrollo, tal vez no hubiera mucho más de lo que se podría observar en
otros niños dotados de facultades brillantes, excepto que Perla, por
verse privada de compañeros de juego, acudía, para reemplazarlos, á los
recursos que le prestaba su imaginación. Lo singular del caso consistía
en la actitud hostil que la niña desplegaba hacia esas criaturas hijas
de su fantasía y de su corazón. Jamás creó un amigo, sino que siempre, á
imitación del Cadmo de la fábula, parecía sembrar á derecha é izquierda
los dientes del dragón, de los que brotaban batallones de enemigos
armados á los cuales la niña declaraba al punto la guerra. Era en
extremo triste observar en un sér tan tierno esta idea constante de un
mundo adverso, y el fiero despliegue de energía que la preparaba para
las luchas del mundo; y fácil es de suponer el dolor intenso que todo
esto produciría en su madre, que hallaba en su mismo corazón la causa de
aquel fenómeno.
Contemplando á Perla, dejaba con frecuencia Ester caer la costura en el
regazo, y rompía á llorar con una aflicción que hubiera deseado ocultar,
y que se manifestaba con sollozos y palabras entrecortadas
exclamando:--"¡Oh Padre que estás en los cielos! si es que eres aun mi
Padre, ¿qué criatura es esta que he traído al mundo?"--Y Perla, al oir
esta exclamación, ó al percibir aquellos sollozos de angustia, volvía
hacia su madre la viva y preciosa carita, sonreía dulcemente y
continuaba su juego.
Nos resta hablar de una peculiaridad de esta niñita. La primer cosa que
notó en su vida, no fué la sonrisa de la madre respondiendo á lo que,
como en otros niños de tierna edad, puede tomarse por una sonrisa, ó
mejor dicho, embrión de sonrisa. No: el primer objeto que parece haber
llamado la atención de Perla, fué la letra escarlata en el seno de
Ester. Un día, al inclinarse ésta sobre la cuna, las miradas de la
niñita se fijaron en el brillo del bordado de oro que cercaba la letra,
y extendiendo las manecitas trató de asirla, sonriendo sin duda, aunque
con una extraña expresión que hizo que su rostro pareciera el de un niño
de mucha más edad. Entonces Ester, trémula y convulsa, apretó con la
mano el signo fatal, como si instintivamente quisiera arrancárselo del
seno. ¡Tan intensa fué la tortura que le causó la acción de aquella
criaturita! Y como si la agonía que revelaba el rostro de la madre, no
tuviera otro objeto que divertirla, la niñita fijó las miradas en ella y
se sonrió. Desde esa época, excepto cuando Perla estaba durmiendo, Ester
jamás tuvo un instante de seguridad, ni un momento en que gozara con
plena calma de la compañía de su hija. Cierto es que á veces
transcurrían semanas enteras sin que las miradas de la criaturita se
fijaran en la letra escarlata; pero también es cierto que lo contrario
acontecía cuando menos se esperaba, y siempre con aquella sonrisa
peculiar y la extraña expresión de los ojos de que ya se ha hablado.
Una vez, mientras Ester contemplaba su propia imagen en los ojos de su
hija, como es costumbre en las madres, brilló en ellos esa expresión
singular y fantástica; y como las mujeres que viven solitarias y cuyo
corazón está inquieto se hallan sujetas á innumerables ilusiones, se
imaginó de repente que veía, no su propia imagen en miniatura, sino otra
faz que se reflejaba en los ojos negros de Perla. Era un rostro enemigo,
lleno de malignas sonrisas, pero que sin embargo tenía gran semejanza
con facciones que había conocido muy bien, aunque raras veces las
animara una sonrisa y jamás una expresión malévola. Se diría que un
espíritu maligno se había posesionado de la niña, y se mostraba en sus
ojos. Después de ese suceso, Ester se vió atormentada varias veces con
la misma ilusión de sus sentidos, aunque no con tanta fuerza.
En la tarde de cierto día de verano, cuando ya Perla había crecido lo
bastante para poder andar sola, se divertía la niña en recoger flores
silvestres, arrojándolas una á una al regazo de su madre; y ejecutando
una especie de baile cada vez que una de las flores acertaba á dar en la
letra escarlata. El primer movimiento de Ester fué cubrir la letra con
ambas manos; pero fuese orgullo ó resignación, ó la idea de que la pena
á que había sido condenada la satisfaría más pronto por medio de este
dolor indecible, resistió el impulso y se irguió en su asiento, pálida
como la muerte, mirando con tristeza profunda á Perla cuyos ojos
brillaban de inusitado modo. Y siguió la niña lanzándole las flores que
invariablemente daban contra la letra, llenando el pecho maternal de
heridas para las que no podía hallar bálsamo en este mundo, ni sabía
cómo buscarlo en el otro. Al fin, cuando concluyó de arrojar las flores,
la niña permaneció en pie mirando á Ester precisamente como aquella
imagen burlona del enemigo que la madre creía ver en el abismo
insondable de los ojos negros de su hija.
--Hija mía ¿quién eres tú?--exclamó la madre.
--¡Oh! yo soy tu pequeña Perla, respondió.
Pero mientras Perla decía esto, se echó á reir y empezó á bailar con la
gesticulación petulante de un pequeño trasgo, cuyo próximo capricho
sería escaparse por la chimenea.
--¿Eres tú en realidad mi hija? le preguntó Ester.
Y no fué una pregunta ociosa la que hizo, sino que, en aquel momento,
así lo sentía; porque era tal la maravillosa inteligencia de Perla, que
su madre hasta llegaba á imaginarse que la niña conocía la secreta
historia de su existencia y se la revelaría ahora.
--Sí; yo soy tu pequeña Perla, repitió la niña continuando sus
cabriolas.
--¡Tú no eres mi hija! ¡Tú no eres mi Perla! dijo la madre con aire semi
risueño, porque frecuentemente en medio del más profundo dolor le venían
impulsos festivos.--Díme, pues, quién eres y quién te ha enviado aquí.
--Dímelo, madre mía,--respondió Perla con acento grave, acercándose á
Ester y abrazándose á sus rodillas,--dímelo, madre, dímelo.
--Tu Padre Celestial te envió, respondió Ester.
Pero lo dijo con una vacilación que no escapó á la viva inteligencia de
la niña; la cual, bien sea movida por su ordinaria petulancia, ó porque
un maligno espíritu la inspirara, levantando el dedito índice y tocando
la letra escarlata, exclamó con acento de convicción:
--No; Él no me envió. Yo no tengo Padre Celestial.
--¡Silencio, Perla, silencio! Tú no debes hablar así,--respondió la
madre suprimiendo un gemido. El Padre Celestial nos ha enviado á todos á
este mundo. Hasta me ha enviado á mí, tu madre; y con mucha mayor razón
á tí. Y si no ¿de dónde has venido tú, niña singular y caprichosa?
--Dímelo, dímelo,--repitió Perla, no ya con su carita seria, sino riendo
y dando brinquitos en el suelo. Tú eres quien debes decírmelo.
Pero Ester no pudo resolver la pregunta, encontrándose ella misma en un
laberinto de dudas. Recordaba, entre risueña y asustada, la charla de
las gentes del pueblo que, buscando en vano la paternidad de la niña, y
observando algunas de sus peculiaridades, habían dado en decir que
Perla procedía de un demonio, como ya había acontecido más de una vez en
la tierra; ni fué Perla la única á quien los puritanos de la Nueva
Inglaterra imputaron origen tan siniestro.