INTRODUCCIÓN Á LA LETRA ESCARLATA

No deja de ser singular que, á pesar de mi poca afición á hablar de mi

persona y de mis asuntos, ni aun á mis amigos íntimos cuando estoy en mi

hogar, al amor de la lumbre, se haya sin embargo apoderado de mí, en dos

ocasiones distintas, una verdadera comezón autobiográfica al dirigirme

al público. Fué la primera hará cosa de tres ó cuatro años cuando, sin

motivo justo que lo excusara, ni razón de ninguna especie que pudieran

imaginar el benévolo lector ó el autor intruso, obsequié á aquel con una

descripción de mi género de vida en la profunda quietud de la "Antigua

Mansión."[2] Y ahora, porque entonces, sin méritos que lo justificaran,

tuve uno ó dos oyentes, echo de nuevo mano al público por el ojal de la

levita, por decirlo así, y quieras que no quieras, me pongo á charlar de

mis vicisitudes durante los tres años que pasé en una Aduana. Parece, no

obstante, que cuando un autor da sus páginas á la publicidad, se dirige,

no á la multitud que arrojará á un lado el libro, ó jamás lo tomará en

las manos, sino á los muy contados que lo comprenderán mejor que la

mayoría de sus condiscípulos de colegio ó sus contemporáneos. Y no

faltan autores que en este punto vayan aún más lejos, y se complazcan en

ciertos detalles confidenciales que pueden interesar sólo, y

exclusivamente, á un corazón único y á una inteligencia en perfecta

simpatía con la suya, como si el libro impreso se lanzara al vasto mundo

con la certeza de que ha de tropezar con el sér que forma el complemento

de la naturaleza del escritor, completando el círculo de su existencia

al ponerlos así en mutua comunicación. Sin embargo, no me parece

decoroso hablar de sí mismo sin reserva alguna, aun cuando se haga

impersonalmente. Pero como es sabido que si el orador no se pone en

completa é íntima relación con su auditorio, los pensamientos carecerán

de vida y color, y la frase quedará desmayada y fría, es de perdonarse

que nos imaginemos que un amigo, sin necesidad de que sea muy íntimo,

aunque sí benévolo y atento, está prestando oídos á nuestra plática; y

entonces, desapareciendo nuestra reserva natural, merced á esta especie

de intuición, podremos charlar de las cosas que nos rodean, y aun de

nosotros mismos, pero siempre dejando que el recóndito _Yo_ no se haga

demasiado visible. Hasta ese extremo, y dentro de estos límites, se me

alcanza que un autor puede ser autobiográfico, sin violar ciertas leyes

y respetando ciertas prerrogativas del lector y aun las consideraciones

debidas á su persona.

Ya se echará de ver que este bosquejo de la Aduana no carece de

oportunidad, por lo menos de esa oportunidad apreciada siempre en la

literatura, puesto que explica la manera como llegaron á mis manos

muchas de las páginas que van á continuación, á la vez que presenta una

prueba de la autenticidad de la historia que en ellas se refiere. En

realidad, la única razón que he tenido para ponerme en comunicación

directa con el público, viene á ser el deseo de presentarme como autor

de la más larga de mis narraciones; y al paso que realizaba mi objeto

principal, me pareció que podría permitírseme, por medio de unas cuantas

pinceladas, dar una vaga idea de un género de vida hasta ahora no

descrito, bosquejando los retratos de algunas de las personas que se

mueven en ese círculo, entre las cuales la casualidad ha hecho que se

contara el autor.

Había en mi ciudad natal de Salem, hará cosa de medio siglo, un muelle

muy lleno de animación, y que hoy sucumbe bajo el peso de almacenes de

madera casi podrida. Apenas se ven otras señales de vida comercial que

uno que otro bergantín ó barca, atracado al costado del melancólico

muelle, descargando cueros, ó alguna goleta de Nueva Escocia en que se

está embreando un cargamento de leña que ha de servir para hacer fuego

en las chimeneas. Donde comienza este dilapidado muelle, á veces

cubierto por la marea, se alza un espacioso edificio de ladrillos, desde

cuyas ventanas se puede disfrutar de la vista de la escena poco animada

que presentan las cercanías, y de la abundante hierba que crece por

todas partes, y han dejado tras sí los muchos años y el escaso

movimiento comercial. En el punto más alto del techo del espacioso

edificio de que se ha hecho mención, y precisamente durante tres horas

y media de cada día, á contar del mediodía, flota al aire ó se mantiene

tranquila, según que la brisa sople ó esté encalmada, la bandera de la

república, pero con las trece estrellas en posición vertical y no

horizontal, lo que indica que aquí existe un puesto civil, y no militar,

del gobierno del Tío Samuel.[3] Adorna la fachada un pórtico formado de

media docena de pilares de madera que sostienen un balcón, debajo del

cual desciende hacia la calle una escalera con anchas gradas de granito.

Encima de la entrada se cierne un enorme ejemplar del águila americana,

con las alas abiertas, un escudo en el pecho y, si la memoria no me es

infiel, un haz de rayos y dardos en cada garra. Con la falta

acostumbrada de carácter peculiar á esta malaventurada ave, parece, á

juzgar por la fiereza que despliegan su pico y ojos y la general

ferocidad de su actitud, que está dispuesta á castigar al inofensivo

vecindario, previniendo especialmente á todos los ciudadanos que estimen

en algo su seguridad personal, que no perjudiquen la propiedad que

proteje con sus alas. Sin embargo, á pesar de lo colérico de su aspecto,

muchas personas están tratando, ahora mismo, de guarecerse bajo las alas

del águila federal, imaginando que su pecho posee toda la blandura y

comodidad de una almohada de edredón. Pero su ternura no es grande, en

verdad, aun en sus horas más apacibles, y tarde ó temprano,--más bien lo

último que lo primero,--puede arrojar del nido á sus polluelos, con un

arañazo de las garras, un picotazo, ó una escocedora herida causada por

sus dardos.

El suelo alrededor del edificio que acabo de describir--que una vez por

todas llamaré la Aduana del Puerto--tiene las grietas llenas de hierbas

tan altas y en tal abundancia, que bien á las claras demuestra que en

los últimos tiempos no se ha visto muy favorecido con la numerosa

presencia de hombres de negocios. Sin embargo, en ciertos meses del año

suele haber alguno que otro mediodía en que presenta un aspecto más

animado. Ocasiones semejantes pueden traer á la memoria de los

ciudadanos ya entrados en años, el tiempo aquel antes de la última

guerra con Inglaterra[4] en que Salem era un puerto de importancia, y no

desdeñado como lo es ahora por sus propios comerciantes y navieros, que

permiten que sus muelles se destruyan, mientras sus transacciones

mercantiles van á engrosar, innecesaria é imperceptiblemente, la

poderosa corriente del comercio de Nueva York ó Boston. En uno de esos

días, cuando han llegado casi á la vez tres ó cuatro buques, por lo

común de África ó de la América del Sur, ó cuando están á punto de salir

con ese destino, se oye el frecuente ruido de las pisadas de los que

suben ó bajan á toda prisa los escalones de granito de la Aduana. Aquí,

aun antes de que su esposa le haya saludado, podemos estrechar la mano

del capitán del buque recién llegado al puerto, con los papeles del

barco en deslustrada caja de hojalata que lleva bajo el brazo. Aquí

también se nos presenta el dueño de la embarcación, de buen humor ó mal

talante, afable ó áspero, á medida que sus esperanzas acerca de los

resultados del viaje se habían realizado ó quedado fallidas; esto es, si

las mercancías traídas podían convertirse fácilmente en dinero, ó si

eran de aquellas que á ningún precio podrían venderse. Aquí igualmente

se veía el germen del mercader de arrugado ceño, barba gris y rostro

devorado de inquietud, en el joven dependiente, lleno de viveza, que va

adquiriendo el gusto del comercio, como el lobezno el de la sangre, y

que ya se aventura á remitir sus mercancías en los buques de su

principal, cuando sería mejor que estuviera jugando con barquichuelos en

el estanque del molino. Otra de las personas que se presenta en escena

es el marinero enganchado para el extranjero, que viene en busca de un

pasaporte; ó el que acaba de llegar de un largo viaje, todo pálido y

débil, que busca un pase para el hospital. Ni debemos tampoco olvidar á

los capitanes de las goletas que traen madera de las posesiones inglesas

de la América del Norte; marinos de rudo aspecto, sin la viveza del

yankee, pero que contribuyen con una suma no despreciable á mantener el

decadente comercio de Salem.

La reunión de estas individualidades en un grupo, lo que acontecía á

veces, juntamente con la de otras personas de distinta clase, infundía á

la Aduana cierta vida durante algunas horas convirtiéndola en teatro de

escenas bastante animadas. Sin embargo, lo que con más frecuencia se

veía á la entrada del edificio, si era en verano, ó en las habitaciones

interiores, si era en invierno, ó reinaba mal tiempo, era una hilera de

venerables figuras sentadas en sillones del tiempo antiguo cuyas patas

posteriores estaban reclinadas contra la pared. Con frecuencia también

se hallaban durmiendo; pero de vez en cuando se les veía departir unos

con otros en una voz que participaba del habla y del ronquido, y con

aquella carencia de energía peculiar á los internos de un asilo de

pobres y á todos los que dependen de la caridad pública para su

subsistencia, ó de un trabajo en que reina el monopolio, ó de cualquiera

otra ocupación que no sea un trabajo personal é independiente. Todos

estos ancianos caballeros,--sentados como San Mateo cuando cobraba las

alcabalas, pero que de seguro no serán llamados como aquel á desempeñar

una misión apostólica,--eran empleados de Aduana.

Al entrar por la puerta principal del edificio se vé á mano izquierda un

cuarto ú oficina de unos quince pies cuadrados de superficie, aunque de

mucha altura, con dos ventanas en forma de arco, desde donde se domina

el antedicho dilapidado muelle, y una tercera que da á una estrecha

callejuela, desde donde se vé también una parte de la calle de Derby. De

las tres ventanas se divisan igualmente tiendas de especieros, de

fabricantes de garruchas, vendedores de bebidas malas, y de velas para

embarcaciones. Delante de las puertas de dichas tiendas generalmente se

ven grupos de viejos marineros y de otros frecuentadores de los muelles,

personajes comunes á todos los puertos de mar, charlando, riendo y

fumando. El cuarto de que hablo está cubierto de muchas telarañas y

embadurnado con una mano de pintura vetustísima; su pavimento es de

arena parduzca, de una clase que ya en ninguna parte se usa; y del

desaseo general de la habitación bien puede inferirse que es un

santuario en que la mujer, con sus instrumentos mágicos, la escoba y el

estropajo, muy rara vez entra. En cuanto á mueblaje y utensilios, hay

una estufa con un tubo ó cañón voluminoso; un viejo pupitre de pino con

un taburete de tres pies; dos ó tres sillas con asientos de madera,

excesivamente decrépitas y no muy seguras; y--para no olvidar la

Biblioteca--unos treinta ó cuarenta volúmenes de las Sesiones del

Congreso de los Estados Unidos y un ponderoso Digesto de las Leyes de

Aduana, todo esparcido en algunos entrepaños. Hay, además, un tubo de

hoja de lata que asciende hasta el cielo de la habitación,

atravesándolo, y establece una comunicación vocal con otras partes del

edificio. Y en el cuarto descrito, habrá de esto unos seis meses,

paseándose de rincón á rincón, ó arrellanado en el taburete, de codos

sobre el pupitre, recorriendo con la vista las columnas del periódico de

la mañana, podrías haber reconocido, honrado lector, al mismo individuo

que ya te invitó en otro libro[5] á su reducido estudio, donde los rayos

del sol brillaban tan alegremente al través de las ramas de sauce, al

costado occidental de la Antigua Mansión. Pero si se te ocurriera ahora

ir allí á visitarle, en vano preguntarías por el Inspector de marras. La

necesidad de reformas y cambios motivada por la política, barrió con su

empleo, y un sucesor más meritorio se ha hecho cargo de su dignidad, y

también de sus emolumentos.

Esta antigua ciudad de Salem,--mi ciudad natal,--y no obstante haber

vivido mucho tiempo lejos de ella, tanto en mi infancia como más entrado

en años, es, ó fué objeto de un cariño de parte mía de cuya intensidad

jamás pude darme cuenta en las temporadas que en ella residí. Porque, en

honor de la verdad, si se considera el aspecto físico de Salem, con su

suelo llano y monótono, con sus casas casi todas de madera, con muy

pocos ó casi ningún edificio que aspire á la belleza arquitectónica,--con

una irregularidad que no es ni pintoresca, ni rara, sino simplemente

común,--con su larga y soñolienta calle que se prolonga en toda la

longitud de la península donde está edificada,--y que estos son los

rasgos característicos de mi ciudad natal, tanto valdría experimentar un

cariño sentimental hacia un tablero de ajedrez en desorden. Y sin

embargo, aunque más feliz indudablemente en cualquiera otra parte, allá

en lo íntimo de mi sér existe un sentimiento respecto de la vieja ciudad

de Salem, al que, por carecer de otra expresión mejor, me contentaré con

llamarlo apego, y que acaso tiene su origen en las antiguas y profundas

raíces que puede decirse ha echado mi familia en su suelo. En efecto,

hace ya cerca de dos siglos y cuarto que el primer emigrante británico

de mi apellido hizo su aparición en el agreste establecimiento rodeado

de selvas, que posteriormente se convirtió en una ciudad. Y aquí han

nacido y han muerto sus descendientes, y han mezclado su parte terrenal

con el suelo, hasta que una porción no pequeña del mismo debe de tener

estrecho parentesco con esta envoltura mortal en que, durante un corto

espacio de tiempo, me paseo por sus calles. De consiguiente, el apego y

cariño de que hablo, viene á ser simplemente una simpatía sensual del

polvo hacia el polvo.

Pero sea de ello lo que fuere, ese sentimiento mío tiene su lado moral.

La imagen de aquel primer antepasado, al que la tradición de la familia

llegó á dotar de cierta grandeza vaga y tenebrosa, se apoderó por

completo de mi imaginación infantil, y aún puedo decir que no me ha

abandonado enteramente, y que mantiene vivo en mí una especie de

sentimiento doméstico y de amor á lo pasado, en que por cierto no entra

por nada el aspecto presente de la población. Se me figura que tengo

mucho más derecho á residir aquí, á causa de este progenitor barbudo,

serio, vestido de negra capa y sombrero puntiagudo, que vino ha tanto

tiempo con su Biblia y su espada, y holló esta tierra con su porte

majestuoso, é hizo tanto papel como hombre de guerra y hombre de

paz,--tengo mucho más derecho, repito, merced á él, que el que podría

reclamar por mí mismo, de quien nadie apenas oye el nombre ni vé el

rostro. Ese antepasado mío era soldado, legislador, juez: su voz se

obedecía en la iglesia; tenía todas las cualidades características de

los puritanos, tanto las buenas como las malas. Era también un

inflexible enemigo, de que dan buen testimonio los cuákeros en sus

historias, en las que, al hablar de él, recuerdan un incidente de su

dura severidad para con una mujer de su secta, suceso que es de temerse

durará más tiempo en la memoria de los hombres que cualquiera otra de

sus buenas acciones, con ser estas no pocas. Su hijo heredó igualmente

el espíritu de persecución, y se hizo tan conspícuo en el martirio de

las brujas,[6] que bien puede decirse que la sangre de éstas ha dejado

una mancha en su nombre. Ignoro si estos antepasados míos pensaron al

fin en arrepentirse y pedir al cielo que les perdonara sus crueldades; ó

si aún gimen padeciendo las graves consecuencias de sus culpas, en otro

estado. De todos modos, el que estas líneas escribe, en su calidad de

representante de esos hombres, se avergüenza, en su nombre, de sus

hechos, y ruega que cualquiera maldición en que pudieran haber

incurrido,--de que ha oído hablar, y de que parece dar testimonio la

triste y poco próspera condición de la familia durante muchas

generaciones,--desaparezca de ahora en adelante y para siempre.

No hay, sin embargo, duda de que cualquiera de esos sombríos y severos

puritanos habría creído que era ya suficiente expiación de sus pecados,

ver que el antiguo tronco del árbol de la familia, después de

transcurridos tantos y tantos años que lo han cubierto de venerable

musgo, haya venido á producir, como fruto que adorna su cima, un ocioso

de mi categoría. Ninguno de los objetos que más caros me han sido, lo

considerarían laudable; cualquiera que fuese el buen éxito obtenido por

mí,--si es que en la vida, excepto en el círculo de mis afectos

domésticos, me ha sonreído alguna vez el buen éxito,--habría sido

juzgado por ellos como cosa sin valor alguno, si no lo creían realmente

deshonroso. "¿Qué es él?"--pregunta con una especie de murmullo una de

las dos graves sombras de mis antepasados á la otra. "¡Un escritor de

libros de historietas! ¿Qué clase de ocupación es esta? ¿Qué manera será

esta de glorificar á Dios, y de ser durante su vida útil á la humanidad?

¡Qué! Ese vástago degenerado podría con el mismo derecho ser un rascador

de violín." ¡Tales son los elogios que me prodigan mis abuelos al través

del océano de los años! Y á pesar de su desdén, es innegable que en mí

hay muchos de los rasgos característicos de su naturaleza.

Plantado, por decirlo así, con hondas raíces el árbol de mi familia por

esos dos hombres serios y enérgicos en la infancia de la ciudad de

Salem, ha subsistido ahí desde entonces; siempre digno de respeto;

nunca, que yo sepa, deshonrado por ninguna acción indigna de alguno de

sus miembros; pero, rara vez, ó nunca, habiendo tampoco realizado,

después de las dos primeras generaciones, hecho alguno notable ó que por

lo menos mereciere la atención del público. Gradualmente la familia se

ha ido haciendo cada vez menos visible, á manera de las casas antiguas

que van desapareciendo poco á poco merced á la lenta elevación del

terreno, en que parece como que se van hundiendo. Durante más de cien

años, padres é hijos buscaron su ocupación en el mar: en cada generación

había un capitán de buque encanecido en el oficio, que abandonaba el

alcázar del barco y se retiraba al antiguo hogar de la familia, mientras

un muchacho de catorce años ocupaba el puesto hereditario junto al

mástil, afrontando la ola salobre y la tormenta que ya habían azotado á

su padre y á su abuelo. Andando el tiempo, el muchacho pasaba del

castillo de proa á la cámara del buque: allí corrían entre tempestades

y calmas los años de su juventud y de su edad viril, y regresaba de sus

peregrinaciones por el mundo á envejecer, morir, y mezclar su polvo

mortal con el de la tierra que le vió nacer. Esta prolongada asociación

de la familia con un mismo lugar, á la vez su cuna y su sepultura, crea

cierta especie de parentesco entre el hombre y la localidad, que nada

tiene que ver con la belleza del paisaje ni con las condiciones morales

que le rodean. Puede decirse que no es amor sino instinto. El nuevo

habitante,--procedente de un país extranjero, ya fuere él, ó su padre, ó

su abuelo,--no posee títulos á ser llamado Salemita; no tiene idea de

esa tenacidad, parecida á la de la ostra, con que un antiguo morador se

apega al sitio donde una generación tras otra generación se ha ido

incrustando. Poco importa que el lugar le parezca triste; que esté

aburrido de las viejas casas de madera, del fango y del polvo, del

viento helado del Este y de la atmósfera social aun más helada,--todo

esto, y cualesquiera otras faltas que vea ó imagine ver, nada tienen que

hacer con el asunto. El encanto sobrevive, y tan poderoso como si el

terruño natal fuera un paraíso terrestre. Eso es lo que ha pasado

conmigo. Yo casi creía que el destino me forzaba á hacer de Salem mi

hogar, para que los rasgos de las fisonomías y el temple del carácter

que por tanto tiempo han sido familiares aquí,--pues cuando un

representante de la raza descendía á su fosa, otro continuaba, por

decirlo así, la acostumbrada facción de centinela en la calle

principal,--aún se pudieran ver y reconocer en mi persona en la antigua

población. Sin embargo, este sentimiento mismo viene á ser una prueba de

que esa asociación ha adquirido un carácter enfermizo, y que por lo

tanto debe, al fin, cesar por completo. La naturaleza humana, lo mismo

que un árbol, no florecerá ni dará frutos si se planta y se vuelve á

plantar durante una larga serie de generaciones en el mismo terreno ya

cansado. Mis hijos han nacido en otros lugares, y hasta donde dependiere

de mí, irán á echar raíces en terrenos distintos.

Al salir de la Antigua Mansión, fué principalmente este extraño, apático

y triste apego á mi ciudad natal, lo que me trajo á desempeñar un empleo

oficial en el gran edificio de ladrillos que he descrito, y servía de

Aduana, cuando hubiera podido ir, quizá con mejor fortuna, á otro punto

cualquiera. Pero estaba escrito. No una vez, ni dos, sino muchas, había

salido de Salem, al parecer para siempre, y de nuevo había regresado á

la vieja población, como si Salem fuera para mí el centro del universo.

Pues bien, una mañana, muy bella por cierto, subí los escalones de

granito de que he hablado, llevando en el bolsillo mi nombramiento de

Inspector de Aduana, firmado por el Presidente de los Estados Unidos, y

fuí presentado al cuerpo de caballeros que tenían que ayudarme á

sobrellevar la grave responsabilidad que sobre mis hombros arrojaba mi

empleo.

Dudo mucho, ó mejor dicho, creo firmemente, que ningún funcionario

público de los Estados Unidos, civil ó militar, haya tenido bajo sus

órdenes un cuerpo de veteranos tan patriarcales como el que me cupo en

suerte. Cuando los ví por vez primera, quedó resuelta para mí la

cuestión de saber dónde se hallaba el vecino más antiguo de la ciudad.

Durante más de veinte años, antes de la época de que hablo, la posición

independiente del Administrador había conservado la Aduana de Salem al

abrigo del torbellino de las vicisitudes políticas que hacen

generalmente tan precario todo destino del Gobierno. Un militar,--uno de

los soldados más distinguidos de la Nueva Inglaterra,--se mantenía

firmemente sobre el pedestal de sus heroicos servicios; y,

considerándose seguro en su puesto, merced á la sabia liberalidad de los

Gobiernos sucesivos bajo los cuales había mantenido su empleo, había

sido también el áncora de salvación de sus subordinados en más de una

hora de peligro. El general Miller no era, por naturaleza, amigo de

variaciones: era un hombre de benévola disposición en quien la costumbre

ejercía no poco influjo, apegándose fuertemente á las personas cuyo

rostro le era familiar, y con dificultad se decidía á hacer un cambio,

aun cuando éste trajera aparejada una mejora incuestionable. Así es que

al tomar posesión de mi destino, hallé no pocos empleados ancianos.

Eran, en su mayor parte, antiguos capitanes de buque, que después de

haber rodado por todos los mares y haber resistido firmemente los

huracanes de la vida, habían al fin echado el ancla en este tranquilo

rincón del mundo, en donde con muy poco que los perturbara, excepto los

terrores periódicos de una elección presidencial, que podría dejarlos

cesantes, tenían asegurada la subsistencia y hasta casi una prolongación

de la vida; porque si bien tan expuestos como los otros mortales á los

achaques de los años y sus enfermedades, tenían evidentemente algún

talismán, amuleto ó algo por el estilo, que parecía demorar la

catástrofe inevitable. Se me dijo que dos ó tres de los empleados que

padecían de gota y reumatismo, ó quizá estaban clavados en sus lechos,

ni por casualidad se dejaban ver en la Aduana durante una gran parte del

año; pero una vez pasado el invierno, se arrastraban perezosamente al

calor de los rayos de Mayo ó Junio, desempeñando lo que ellos llamaban

su deber, y tomando de nuevo cama cuando mejor les parecía. Tengo que

confesar que abrevié la existencia oficial de más de uno de estos

venerables servidores de la República. Á petición mía, se les permitió

que descansaran de sus arduas labores; y poco después,--como si el único

objeto de su vida hubiera sido su celo por el servicio del

país,--pasaron á un mundo mejor. No deja sin embargo de servirme de

piadoso consuelo la idea de que, gracias á mi intervención, se les

concedió tiempo suficiente para que se arrepintieran de las malas y

corruptas costumbres en que, como cosa corriente, se supone que tarde ó

temprano cae todo empleado de Aduana, pues sabido es que de dicha

institución no arranca senda alguna que nos lleve derechamente al

Paraíso.

La mayor parte de mis subordinados pertenecía á un partido político

distinto del mío. Y no fué poca fortuna para aquella venerable

fraternidad, que el nuevo Inspector no fuera lo que se llama un

politicastro, ni hubiera recibido su empleo en recompensa de servicios

prestados en el terreno de la política. De lo contrario, al cabo de un

mes de haber subido el ángel exterminador las escaleras de la Aduana, ni

un solo hombre del antiguo personal de funcionarios hubiera quedado en

pie. Y en remate de cuentas, no habría hecho ni más ni menos que

conformarse á la costumbre establecida en casos semejantes por la

política. Bien visible era que aquellos viejos lobos marinos temían que

yo hiciera algo parecido; y no poca pena, mezclada con cierta risa,

produjeron en mí los terrores á que dió origen mi llegada, al notar cómo

aquellos rostros curtidos por medio siglo de exposición á las

tempestades del mar, palidecían al ver á un individuo tan inofensivo

como yo; ó al percibir, cuando alguno me hablaba, el temblor de una vez

que, en años ya remotos, acostumbraba resonar en la bocina del buque tan

ronca y vigorosa que habría causado espanto al mismísimo Bóreas. Muy

bien sabían aquellos excelentes ancianos que, según las prácticas

usuales, y, respecto de algunos de ellos en razón de su falta de aptitud

para los negocios, deberían haber cedido sus puestos á hombres más

jóvenes, de distinto credo político, y más adecuados para el servicio de

nuestro Gobierno. Yo también lo sabía, pero no pude resolverme á

proceder de acuerdo con ese conocimiento. Por lo tanto, con grande y

merecido descrédito mío, y considerable detrimento de mi conciencia

oficial, continuaron, durante mi época de mando arrastrándose, como

quien dice, por los muelles, y subiendo y bajando las escaleras de la

Aduana. Una parte del tiempo, no poca en honor de la verdad, la pasaban

dormidos en sus rincones acostumbrados, con las sillas reclinadas contra

la pared, despertando sin embargo una ó dos veces al mediodía para

aburrirse mutuamente refiriéndose, por la milésima vez, sus viejas

historias marítimas y sus chistes ó enmohecidas jocosidades que ya todos

se sabían de memoria.

Me parece que no tardaron en descubrir que el nuevo jefe era hombre de

buena pasta, de quien no había mucho que temer. De consiguiente, con

corazones contentos y con la íntima convicción de creerse empleados de

utilidad y provecho,--á lo menos en beneficio propio, si no en el de

nuestra amada patria,--estos santos varones continuaron desempeñando,

nominalmente, en realidad de verdad, sus varios empleos. ¡Con qué

sagacidad, auxiliados por sus grandes espejuelos, dirigían una mirada al

interior de las bodegas de los buques! ¡Qué gresca armaban á veces con

motivo de nimiedades, mientras otras, con maravillosa estupidez, dejaban

pasar por alto cosas verdaderamente dignas de toda atención! Cuando algo

por el estilo acontecía, por ejemplo, cuando un carromato cargado de

valiosas mercancías había sido trasbordado subrepticiamente á tierra, en

pleno mediodía, bajo sus mismas narices, sin que se lo olieran, era de

ver entonces la energía y actividad que desplegaban, cerrando á doble

llave todas las escotillas y aperturas del buque delincuente, redoblando

la vigilancia, de tal modo, que en vez de recibir una reprimenda por su

anterior negligencia, parecía que eran más bien acreedores á todo elogio

por su celo y sus medidas precautorias, después que el mal estaba hecho

y no tenía remedio.

Á no ser que las personas con quienes tenga yo algún trato, sean en

extremo displicentes y desagradables, es mi costumbre, tonta si se

quiere, cobrarles afecto; pues las cualidades mejores de mis compañeros,

caso que las tengan, son las que comunmente noto, y constituyen el rasgo

saliente que me hace apreciar al hombre. Como la mayor parte de aquellos

viejos empleados del resguardo tenían buenas cualidades, y como mi

posición respecto de ellos era casi paternal y protectora, y favorable

por lo tanto al desarrollo de sentimientos amistosos, pronto se

granjearon todos mi cariño. En el verano, al mediodía, cuando los

fuertes calores que casi hacían derretir al resto del género humano

apenas si vivificaban sus soñolientos organismos, era sumamente grato

oirlos charlar recostados todos en hilera, como de costumbre, contra la

pared, trayendo á la memoria los chistes ya helados de pasadas

generaciones que se referían, medio balbuciendo, entre sonoras

carcajadas. He notado que, exteriormente por lo menos, la alegría de los

ancianos tiene muchos puntos de contacto con la de los niños, en cuanto

que ni la inteligencia ni un profundo sentimiento humorístico entran por

algo en el asunto. Tanto en el niño como en el anciano viene á ser á

manera de un rayo de sol que juguetea sobre la superficie, impartiendo

un aspecto luminoso y risueño, lo mismo á la rama verde del árbol, que

al tronco decaído y seco. Sin embargo, en uno es un verdadero rayo de

sol; en el otro, se asemeja más bien al brillo fosforescente de la

madera carcomida.

Sería realmente injusto que el lector llegase á creer que todos mis

excelentes viejos amigos estaban chocheando. En primer lugar, no todos

eran ancianos: había, entre mis compañeros subordinados, hombres en toda

la lozanía y fuerza de la edad: hábiles, inteligentes, enérgicos, y en

todo y por todo superiores á la ocupación rutinaria á que los había

condenado su mala estrella. Además, las canas de más de uno cubrían un

cerebro dotado de inteligencia conservada en muy buenas condiciones.

Pero respecto á la mayoría de mi cuerpo de veteranos, no cometo

injusticia alguna si la califico, en lo general, de conjunto de seres

fastidiosos que de su larga y variada experiencia de la vida no habían

sacado nada que valiera la pena de conservarse. Se diría que, habiendo

esparcido á todos los vientos los granos de oro de la sabiduría práctica

que tuvieron tantas oportunidades de atesorar, habían conservado, con el

mayor esmero, tan sólo la inútil é inservible cáscara. Hablaban con

mayor interés y abundancia de corazón de lo que habían almorzado aquel

día, ó de la comida del anterior, ó de la que harían el siguiente, que

del naufragio de hace cuarenta ó cincuenta años, y de todas las

maravillas del mundo que habían visto con sus ojos juveniles.

El abuelo de la Aduana, el patriarca, no sólo de este reducido grupo de

empleados, sino estoy por decir que de todo el personal respetable de

todas las Aduanas de los Estados Unidos, era cierto funcionario

inamovible. Podría apellidársele, con toda exactitud, el hijo legítimo

del sistema aduanero, nacido y criado en el regazo de esta noble

institución, como que su padre, coronel de la guerra de la

Independencia, y en otro tiempo Administrador de Aduana, había creado

para él un destino en una época que pocos de los hombres que hoy viven

pueden recordar. Cuando conocí á este empleado, tendría á cuestas sus

ochenta años, poco más ó menos: con las mejillas sonrosadas; cuerpo

sólido y trabado; levita azul de brillantes botones; paso vigoroso y

rápido, y aspecto sano y robusto, parecía, si no joven, por lo menos una

nueva creación de la Madre Naturaleza en forma de hombre, con quien ni

la edad ni los achaques propios de ella, nada tenían qué hacer. Su voz

y su risa, que resonaban constantemente en todos los ámbitos de la

Aduana, no adolecían de ese sacudimiento trémulo á manera de cacareo de

gallina tan común en la vejez: parecíase al canto de un gallo ó al

sonido de un clarín. Considerándole simplemente desde el punto de vista

zoológico,--y tal vez no había otro modo de considerarlo,--era un objeto

realmente interesante, al observar cuan saludable y sana era su

constitución, y la aptitud que en su avanzada edad tenía para gozar de

todos ó de casi todos los placeres á que siempre había aspirado. La

certidumbre de tener la existencia asegurada en la Aduana, viéndose

exento de cuidados, y casi sin temores de ser dado de baja, junto con el

salario que recibía puntualmente, habían sin duda contribuído á que los

años pasaran por él sin dejar ninguna huella. Sin embargo, había causas

mucho más poderosas, que consistían en la rara perfección de su

naturaleza física, la moderada proporción de su inteligencia, y el papel

tan reducido que desempeñaban en él las cualidades morales y

espirituales, que para decir la verdad, á duras penas bastaban para

impedir que el anciano caballero imitase en la manera de andar al rey

Nabucodonosor durante los años de su transformación. La fuerza de su

pensamiento era nula; la facultad de experimentar afectos, ninguna; y en

cuanto á sensibilidad, cero. En una palabra, en él no había sino unos

cuantos instintos que, auxiliados por el buen humor que era el resultado

inevitable de su bienestar físico, hacían las veces de corazón. Se había

casado tres veces, y otras tantas había enviudado: era el padre de

veinte niños, la mayor parte de los cuales había pagado, á diversas

edades, el tributo común á la madre tierra. Esto es bastante para

hacernos suponer que la naturaleza más feliz, el hombre más contento con

su suerte, tenía que dar cabida á un dolor suficiente para engendrar

cierto sentimiento de melancolía. ¡Nada de esto con nuestro anciano

empleado! En un breve suspiro se exhalaba toda la tristeza de estos

recuerdos; y al momento siguiente estaba tan dispuesto y alegre como un

niño; mucho más que el escribiente más joven de la Aduana que, á pesar

de no contar sino diez y nueve años de edad, era con todo un hombre más

grave y reposado que el octogenario oficial del resguardo.

Yo estudiaba y observaba á este personaje patriarcal con una curiosidad

mayor que la que hasta entonces me hubiera inspirado ningún sér humano;

pues era, en realidad, un raro fenómeno: tan perfecto y completo, desde

un punto de vista, como superficial, ilusorio, impalpable, y

absolutamente insignificante desde cualquiera otro. Llegué á creer á

puño cerrado que ese individuo no tenía ni alma, ni corazón, ni

intelecto, ni nada, como ya he dicho, excepto instintos; y sin embargo,

de tal manera estaba compaginado lo poco que en realidad había en él,

que no producía una impresión penosa de deficiencia; antes al contrario,

por lo que á mí hace, me daba por muy satisfecho con lo que en él había

hallado. Difícil sería concebir su existencia espiritual futura, en

vista de lo completamente terrenal y material que parecía; pero es lo

cierto que su existencia en este mundo nuestro, suponiendo que terminara

con su último aliento, no le había sido concedida bajo duras

condiciones: su responsabilidad moral no era mayor que la de los seres

irracionales, aunque poseyendo mayores facultades que ellos para gozar

de la vida, y viéndose exento igualmente de los achaques y tristezas de

la vejez.

En un particular les era vasta, inmensamente superior: en la facultad de

recordar las buenas comidas de que había disfrutado y que constituían no

pequeña parte de su felicidad terrenal. Era un gastrónomo consumado.

Oirle hablar de un asado, bastaba ya para despertar nuestro apetito; y

como nunca poseyó otras dotes superiores, ni pervirtió ni sacrificó

ningún don espiritual anteponiéndolo á la satisfacción de su paladar y

de su estómago, me causaba siempre gran placer oirle discurrir acerca

del pescado, de la volatería, de los mariscos, y de la diversidad de

carnes, espaciándose en lo referente al mejor modo de condimentarlos y

servirlos en la mesa. Sus reminiscencias de una buena comida, por

antigua que fuera su fecha, eran tan vivas que parecía que estaba

realmente aspirando el olor de un lechoncito asado ó de un pavo trufado.

Su paladar conservaba todavía el sabor de manjares que había comido

hacía sesenta ó setenta años, como si se tratara de las chuletas de

carnero del almuerzo de aquel día. Recordaba con verdadero deleite, con

fruición sin igual, un pedazo de lomo asado, ó un pollo especial, ó un

pavo digno de particular elogio, ó un pescado notable, ú otro manjar

cualquiera que adornó su mesa allá en los días de su primera juventud;

mientras los grandes acontecimientos de que había sido teatro el mundo

durante los largos años de su existencia, habían pasado por él como pasa

la brisa, sin dejar la menor huella. Hasta donde me ha sido dable

juzgar, el acontecimiento más trágico de su vida, fué cierto percance

con un pato que dejó de existir hace treinta ó cuarenta años, pato cuyo

aspecto auguraba momentos deliciosos; pero que una vez en la mesa,

resultó tan inveteradamente duro, que el trinchante no hizo mella alguna

en él, y hubo necesidad de apelar á una hacha y á un serrucho de mano

para dividirlo.

Pero es tiempo ya de terminar este retrato, aunque tendría el mayor

placer en dilatarme en él indefinidamente, pues de todos los hombres que

he conocido, este individuo me parece el más apropósito para vista de

Aduana. La mayoría de las personas, debido á causas que no tengo tiempo

ni espacio para explicar, experimentan una especie de detrimento moral

en consecuencia del género peculiar de vida de dicha profesión. El

anciano funcionario era incapaz de experimentarlo; y si pudiera

continuar desempeñando su empleo hasta el fin de los siglos, seguiría

siendo tan bueno como era entonces, y se sentaría á la mesa para comer

con tan excelente apetito como de costumbre.

Hay aún otra figura sin la cual mi galería de retratos de empleados de

la Aduana quedaría incompleta; pero que me contentaré simplemente con

bosquejar, porque mis oportunidades para estudiarla no han sido muchas.

Me refiero á nuestro Administrador, al bizarro y antiguo general Miller

quien, después de sus brillantes servicios militares y de haber

gobernado por algún tiempo uno de los incultos territorios del Oeste,

había venido, hacía veinte años, á pasar en Salem el resto de su

honorable y agitada vida. El valiente soldado contaba ya unos setenta

años de edad, y estaba abrumado de achaques que ni aun su marcial

espíritu, ni los recuerdos de sus altos hechos podían mitigar. Solo con

el auxilio de un sirviente, y asiéndose del pasamanos de hierro, podía

subir lenta y dolorosamente las escaleras de la Aduana; y luego,

arrastrándose con harto trabajo, llegar á su asiento de costumbre junto

á la chimenea. Allí permanecía observando con sereno semblante á los que

entraban y salían, en medio del rumor causado por la discusión de los

negocios, la charla de la oficina, el crujir de los papeles, etc., todo

lo cual parecía no influir en manera alguna en sus sentidos, ni mucho

menos penetrar, perturbándola, en la esfera de sus contemplaciones. Su

rostro, cuando el General se hallaba en semejante estado de quietud, era

benévolo y afable. Si alguno se le acercaba en demanda de algo,

iluminaba sus facciones una expresión de cortesía y de interés, que bien

á las claras demostraba que aun ardía interiormente el fuego sagrado, y

que sólo la corteza exterior se oponía al libre paso de su luz

intelectual. Cuanto más de cerca se le trataba, tanto más sana se

revelaba su inteligencia. Cuando no se veía como forzado á hablar ó á

prestar atención á lo que se le decía, pues ambas operaciones le

costaban evidentemente un esfuerzo, su rostro volvía á revestirse de la

tranquila placidez de costumbre. Debo agregar que su aspecto no dejaba

en el ánimo del que le contemplaba ninguna impresión penosa, pues nada

acusaba en él la decadencia intelectual propia de la vejez. Su armazón

corpórea, de suyo fuerte y maciza, no se estaba todavía desmoronando.

Bajo condiciones tan poco favorables, era difícil estudiar su verdadero

carácter y definirlo, como lo sería, por ejemplo, reconstruir, por medio

de la imaginación, una antigua fortaleza como la de Ticonderoga,

teniendo á la vista sólo sus ruinas. Aquí y acullá tal vez se encuentre

un paño de muralla casi completo; pero en lo general se vé únicamente

una masa informe, oprimida por su mismo peso, y á la que largos años de

paz y de abandono han cubierto de hierbas y abrojos.

Sin embargo, contemplando al viejo guerrero con afecto,--pues á pesar de

nuestro poco trato mutuo, los sentimientos que hacia él abrigaba, como

acontecía con cuantos le conocieron, no podían menos de ser

afectuosos,--pude discernir los rasgos principales de su carácter.

Descollaban en él las nobles y heroicas cualidades que ponían de

manifiesto que el nombre distinguido de que disfrutaba, no lo había

alcanzado por un mero capricho de la fortuna, sino con toda justicia. Su

actividad no fué hija de un espíritu inquieto, sino que necesitó siempre

algún motivo poderoso que le imprimiera el impulso; pero una vez puesta

en movimiento, y habiendo obstáculos que vencer, y un resultado valioso

que alcanzar, no fué hombre que cediera ni fracasara. El fuego que le

animó un tiempo, y que aún no estaba extinguido sino entibiado, no era

de esas llamaradas que toman cuerpo rápidamente, brillan y se apagan al

punto, sino una llama intensa y rojiza, como la de un hierro candente.

Solidez, firmeza, y peso: tal es lo que expresaba el reposado continente

del General en la época á que me refiero, aun en medio de la decadencia

que prematuramente se iba enseñoreando de su naturaleza; si bien puedo

imaginarme que, en circunstancias excepcionales, cuando se hallase

agitado por un sentimiento vivo que despertara su energía, que sólo

estaba adormecida, era capaz de despojarse de sus achaques, como un

enfermo de la ropa que le cubre, y arrojando á un lado el báculo de la

vejez, empuñar de nuevo el sable de batalla, y ser el guerrero de otros

tiempos. Y aun entonces su aspecto habría revelado calma.

Semejante exhibición de sus facultades físicas es solo para concebirse

con la fantasía, y no fuera de desearse que se realizara. Lo que ví en

él--fueron los rasgos de una tenaz y decidida perseverancia, que en su

juventud pudiera haber sido obstinación; una integridad que, como la

mayor parte de sus otras cualidades, era maciza, sólida, tan poco dúctil

y tan inmanejable como una tonelada de mineral de hierro; y una

benevolencia que, á pesar del impetuoso ardor con que al frente de sus

soldados mandó las cargas á la bayoneta en Chippewa ó el Fuerte Erie,

era tan genuina y verdadera como la que pueda mover á cualquier

filántropo de nuestro siglo. Más de un enemigo, en el campo de batalla,

perdió la vida al filo de su acero; y ciertamente que muchos y muchos

quedaron allí tendidos, como en el prado la hierba segada por la

guadaña, á impulsos de aquellas cargas á que su espíritu comunicó su

triunfante energía. Pero de todos modos, nunca hubo en su corazón

crueldad bastante para poder ni aun despojar á una mariposa del polvo

brillante de sus alas. No conozco á otro hombre en cuya innata bondad

tanto pudiera yo confiar.

Muchas de las cualidades características del General,--especialmente

las que habrían contribuído en sumo grado á que el bosquejo que voy

trazando se pareciese al original,--debían de haberse desvanecido ó

debilitado antes de que yo le hubiera visto por primera vez. Sabido es

que los atributos más delicados son también los que más pronto

desaparecen; ni tiene la naturaleza por costumbre adornar las ruinas

humanas con las flores de una nueva hermosura cuyas raíces yacen en las

grietas y hendeduras de los escombros de donde sacan su sustento, como

las que brotan en las arruinadas murallas de la fortaleza de

Ticonderoga; y sin embargo, en lo que toca á gracia y belleza, había en

él algo digno de atención. De vez en cuando iluminaba su rostro, de

agradable manera, un rayo de buen humor socarrón; mientras que también

podía notarse un rasgo de elegancia y gusto delicado natural, que no

siempre se vé en las almas viriles pasada la primera juventud, en el

placer que causaban al General la vista y fragancia de las flores. Es de

suponerse que un viejo guerrero estima, antes que todo, el sangriento

laurel para sus sienes; pero aquí se daba el ejemplo de un soldado que

participaba de las preferencias de una joven muchacha hacia las bellas

producciones de Flora.

Allí, junto á la chimenea, acostumbraba sentarse el anciano y valiente

General; mientras el Inspector, que si podía evitarlo, raras veces

tomaba sobre sí la difícil tarea de entablar con él una conversación, se

complacía en quedarse á cierta distancia observando aquel apacible

rostro, casi en un estado de semi-somnolencia. Parecía como si estuviera

en otro mundo distinto del nuestro, aunque le veíamos á unas cuantas

varas de nosotros; remoto, aunque pasábamos junto á su sillón;

inaccesible, aunque podríamos alargar las manos y estrechar las suyas.

Era muy posible que allá, en las profundidades de sus pensamientos,

viviera una vida más real que no en medio de la atmósfera que le rodeaba

en la poco adecuada oficina de un Administrador de Aduana. Las

evoluciones de las maniobras militares; el tumulto y fragor de la

batalla; los bélicos sonidos de antigua y heroica música oída hacía

treinta años,--tales eran quizá las escenas y armonías que llenaban su

espíritu y se desplegaban en su imaginación. Entre tanto, los

comerciantes y los capitanes de buques, los dependientes de almacén y

los rudos marineros entraban y salían: en torno suyo continuaba el

mezquino ruido que producía la vida comercial y la vida de la Aduana:

pero ni con los hombres, ni con los asuntos que les preocupaban, parecía

que tuviera la más remota relación. Allí, en la Aduana, estaba tan fuera

de su lugar, como una antigua espada, ya enmohecida, después de haber

fulgurado en cien combates, pero conservando aun algún brillo en la

hoja, lo estaría en medio de las plumas, tinteros, pisapapeles y reglas

de caoba del bufete de uno de los empleados subalternos.

Había especialmente una circunstancia que me ayudó mucho en la tarea de

reanimar y reconstruir la figura del vigoroso soldado que peleó en las

fronteras del Canadá, cerca del Niágara, del hombre de energía sencilla

y verdadera. Era el recuerdo de aquellas memorables palabras suyas--"¡Lo

probaré, señor!"--pronunciadas en los momentos mismos de llevar á cabo

una empresa tan heroica cuanto desesperada, y que respiraban el

indomable espíritu de la Nueva Inglaterra. Si en nuestro país se

premiase el valor con títulos de nobleza, esa frase,--que parece tan

fácil de emitir, pero que solamente él, ante el peligro y la gloria que

le esperaban, ha llegado á pronunciar,--esa frase, repito, sería el mote

mejor, y el más apropiado, para el escudo de armas del General.

Mucho contribuye á la educación moral é intelectual de un hombre

hallarse en contacto diario con individuos de hábitos no parecidos á los

suyos, que no tienen interés alguno en sus ideas y ocupaciones, y que

nos fuerzan en cierto modo á salir de nosotros mismos, para poder

penetrar en la esfera en que se mueven sus pensamientos y sus aptitudes.

Los accidentes de mi vida me han proporcionado con frecuencia esta

ventaja; pero nunca de una manera tan completa y variada como durante el

tiempo que permanecí en la Aduana de Salem. Había allí, particularmente,

un hombre que me dió una nueva idea de lo que pudiera ser el talento,

gracias al estudio que hice de su carácter. Poseía realmente las dotes

que distinguen á un verdadero hombre de negocios: era vivo, muy listo, y

de clara inteligencia; de una rápida mirada veía donde estaba la

dificultad en los asuntos más embrollados, y tenía el don especial de

hacerla desaparecer como por encanto. Criado y desarrollado, como quien

dice, en la Aduana, era ésta el campo propio de su actividad; y las

muchas complicaciones de los negocios, tan molestas y enojosas para el

novicio, se presentaban á su vista con toda la sencillez de un sistema

perfectamente arreglado. Para mí, era ese individuo el ideal de su

clase, la encarnación de la Aduana misma, ó á lo menos el resorte

principal que mantenía en movimiento toda aquella maquinaria; porque en

una institución de este género, cuyos empleados superiores se nombran

merced á motivos especiales, y en que raras veces se tiene en cuenta su

aptitud para el acertado desempeño de sus deberes, es natural que esos

empleados busquen en otros las cualidades de que ellos carecen. Por lo

tanto, por una necesidad ineludible, así como el imán atrae las

partículas de acero, del mismo modo nuestro hombre de negocios atraía

hacia sí las dificultades con que cada uno tropezaba. Con una

condescendencia notable, y sin molestarse por nuestra estupidez,--que

para una persona de su género de talento debía de ser punto menos que un

crimen,--lograba en un momento hacernos ver claro como la luz del día,

lo que á nosotros nos había parecido incomprensible. Los comerciantes le

tenían en tanto aprecio como nosotros, sus compañeros de oficina. Su

integridad era perfecta; innata, más bien que resultado de principios

fijos de moralidad. Ni podía ser de otro modo, pues en un hombre de una

inteligencia tan lúcida y exacta como la suya, la honradez completa y la

regularidad suma en la administración de los negocios, tenían que ser

las cualidades dominantes. Una mancha en su conciencia, respecto á

cualquiera cosa que se relacionase con sus deberes de empleado, habría

atormentado á una persona semejante, del mismo modo, aunque en un grado

mucho mayor, que un error en el balance de una cuenta, ó un borrón de

tinta en la bella página de un libro del Registro. En suma, hallé en él

lo que raras veces he visto en el curso de mi vida,--un hombre que se

adaptaba perfectamente al desempeño de su empleo.

Tales eran algunos de los individuos con quienes me puse en contacto al

entrar en la Aduana. Acepté de buen talante una ocupación tan poco en

armonía con mis hábitos y mis inclinaciones, y me puse con empeño á

sacar de mi situación el mejor partido posible. Después de haberme visto

asociado á los trabajos y á los planes impracticables de mis soñadores

compañeros del _Brook Farm_;[7] después de haber vivido tres años bajo

el influjo sutil de una inteligencia como la de Emerson; después de

aquellos días pasados en Assabeth en fantásticas especulaciones en

compañía de Ellery Channing, junto á los trozos de leña que ardían en

nuestra chimenea; después de hablar con Thoreau acerca de los pinos y de

las reliquias de los indios, en su retiro de Walden; después de haberme

vuelto en extremo exigente, merced á la influencia de la elegante

cultura clásica de Hillard; después de haberme saturado de sentimientos

poéticos en el hogar de Longfellow,[8]--era en verdad tiempo de que

empezara á ejercer otras facultades del espíritu, y que me alimentase

con un manjar hacia el cual, hasta entonces no me sentía muy inclinado.

Hasta el octogenario oficial del resguardo de que he hablado antes, me

parecía, como cambio de dieta, muy apetecible para un hombre que había

conocido á Alcott.[9] Tengo para mí que, en cierto sentido, es prueba

evidente de una constitución bien equilibrada, y de una organización en

que no falta nada esencial, el hecho de que, á pesar de haberme asociado

algún tiempo con hombres tales como los que acabo de mencionar, hubiera

podido mezclarme después con individuos de cualidades completamente

distintas, sin quejarme del cambio.

La Literatura, su ejercicio y sus fines, eran á la sazón objetos de poca

monta para mí. En esa época no tenía por los libros interés alguno. La

naturaleza--excepto la humana--la naturaleza visible en cielo y tierra,

puede decirse que no existía para mis ojos; y toda aquella delicia con

que la imaginación la había idealizado en otros tiempos, se había

desvanecido en mi espíritu. Como suspensos é inanimados, si es que no me

habían abandonado por completo, se hallaban un cierto don y una cierta

facultad; y á no haber tenido la conciencia de que me era dado evocar,

cuando quisiera, todo lo que realmente tenía algún valor en lo pasado,

mi posición habría sido infinitamente triste y desconsoladora.

Seguramente era esta una clase de vida que no podía llevarse con

impunidad por mucho tiempo; de lo contrario, me habría convertido, de un

modo permanente, en algo distinto de lo que siempre había sido, sin

transformarme tampoco en algo que valiera la pena de aceptarse. Pero

nunca consideré aquel estado de vida sino transitorio, pues una especie

de instinto profético, una voz misteriosa me murmuraba continuamente al

oído, diciéndome que en una época, no lejana, y cuando para bien mío

fuera necesario un cambio, éste se efectuaría.

Entre tanto, ahí me estaba yo, todo un Inspector de Aduana, y hasta

donde me ha sido posible comprenderlo, tan bueno como se pueda desear;

porque un hombre que siente, que piensa, y que está dotado de

imaginación (aunque fueran sus facultades diez veces superiores á la del

Inspector) puede, en cualquiera tiempo, ser un hombre de negocios, si

quiere tomarse el trabajo de dedicarse á ellos. Mis compañeros de

oficina, los comerciantes y los capitanes de buques con quienes mis

deberes oficiales me pusieron en contacto, me tenían sólo por hombre de

negocios, y probablemente ignoraban por completo que fuera otra cosa.

Creo que ninguno había leído nunca una página de mis escritos, ni

hubiera pesado yo un adarme más en la balanza de su consideración,

aunque hubiesen leído todo lo que he borroneado: aun hay más, poco

habría importado que esas mal aventuradas páginas hubieran sido

escritas con la pluma de un Burns ó la de un Chaucer,[10] que en su

tiempo fueron como yo empleados de Aduana. No deja de ser una buena

lección, aunque á veces algo dura, para el que ha soñado con la fama

literaria y con la idea de crearse, por medio de sus obras, un nombre

respetado entre las celebridades del mundo, descubrir de buenas á

primeras que, fuera del círculo estrecho en que se tiene noticia de sus

méritos y presunciones, nada de lo que ha llevado á cabo, ni nada de

aquello á que aspira, tiene importancia ó significación alguna. No creo

que yo tenía una necesidad especial de recibir lección semejante, ni

siquiera como aviso preventivo y saludable, pero ello es que la recibí

por completo, bien que no me causó ningún dolor, ni me costó un solo

suspiro. Cierto es también que en materia de literatura, un oficial de

marina que entró á servir en la Aduana al mismo tiempo que yo, con

frecuencia echaba su cuarto á espadas conmigo en discusiones acerca de

uno de sus dos temas favoritos: Napoleón y Shakespeare; y que también

uno de los escribientes del Administrador, aun muy joven y que llenaba,

según se decía en voz baja, las blancas cuartillas de papel de la Aduana

con lo que á cierta distancia tenía la apariencia de versos, de cuando

en cuando me hablaba de libros, como de un asunto que quizá me sería

familiar. Á esto se reducía todo mi comercio literario, y debo confesar

que era más que suficiente para satisfacción de mis necesidades

intelectuales.

Pero aunque hacía tiempo que no trataba de que mi nombre recorriese el

mundo impreso en el frontis de un libro, ni me importaba, no podía sin

embargo menos de sonreirme al pensar que tenía entonces otra clase de

boga. El marcador de la Aduana lo imprimía, con un patrón y pintura

negra, en los sacos de pimienta, en las cajas de tabacos, en las pacas

de todas las mercancías sujetas á derechos, como testimonio de que estos

artículos habían pagado el impuesto y pasado por la Aduana. Llevado en

tan extraño vehículo de la fama, iba mi nombre á donde jamás había

llegado antes, y á donde espero que nunca irá de nuevo.

Pero el pasado no había muerto por completo. De vez en cuando, los

pensamientos que en otro tiempo parecían tan vitales y tan activos, pero

que se habían entregado al reposo de la manera más tranquila del mundo,

cobraban vida y vigor. Una de las ocasiones en que mis hábitos de otros

días renacieron, fué la que dió margen á que ofrezca al público el

bosquejo que estoy trazando.

En el segundo piso de la Aduana hay una vasta habitación cuyas vigas y

enladrillado nunca han sido cubiertos con torta y artesonado. El

edificio, que se ideó en una escala en armonía con el antiguo espíritu

comercial del puerto y la esperanza de una prosperidad futura que nunca

había de realizarse, tiene más espacio del que era necesario y al que no

se puede dar uso alguno. Por lo tanto, el gran salón que está encima de

las habitaciones del Administrador, se ha quedado por concluir, y á

pesar de las telarañas que adornan sus empolvadas vigas, parece como que

espera la mano del carpintero y del albañil. En una extremidad de dicha

habitación había cierto número de barriles, amontonados unos sobre

otros, y llenos de líos de documentos oficiales, de los cuales gran

número yacía también en el pavimento. ¡Tristeza causaba pensar en los

días, y semanas, y meses y años de trabajo que se habían empleado en

esos papeles enmohecidos, que eran ahora simplemente un estorbo, ó

estaban ocultos en un olvidado rincón donde jamás ojos humanos les

darían una mirada! Pero también, ¡cuántas resmas y resmas de otros

manuscritos, llenos, no de las fastidiosas fórmulas oficiales, sino de

los pensamientos de una clara inteligencia y de las ricas efusiones de

un corazón sensible, han ido á parar igualmente al olvido más completo!

Y lo más triste de todo, sin que en su tiempo, como las pilas de papeles

de la Aduana, hubieran proporcionado á aquellos que los borronearon las

comodidades y medios de subsistencia que obtuvieron los aduaneros con

los rasgos inservibles y comunes de sus plumas. Sin embargo, esto último

no es completamente exacto, pues no carecen de valor para la historia

local de Salem; y en esos papeles podrían descubrirse noticias y datos

estadísticos del antiguo tráfico del puerto, y recuerdos de sus grandes

comerciantes y otros magnates de la época, cuyas inmensas riquezas

comenzaron á ir á menos mientras sus cenizas estaban aún calientes. En

esos papeles pudiera hallarse el origen de los fundadores de la mayor

parte de las familias que constituyen ahora la aristocracia de Salem,

desde sus obscuros principios cuando se dedicaban á trafiquillos de poca

monta, hasta lo que hoy consideran sus descendientes una jerarquía

establecida de larga fecha.

Es lo cierto que hay una gran escasez de documentos oficiales relativos

á la época anterior á la Revolución, circunstancia que muchas veces he

lamentado, pues esos papeles podrían haber contenido numerosas

referencias á personas ya olvidadas, ó de que aún se conserva recuerdo,

así como á antiguas costumbres que me habrían proporcionado el mismo

placer que experimentaba cuando encontraba flechas de indios en los

campos cerca de la Antigua Mansión.

Pero un día lluvioso, en que no tenía mucho en que ocuparme, tuve la

buena fortuna de hacer un descubrimiento de algún interés. Revolviendo

aquella pila de papeles viejos, y huroneando entre ellos; desdoblando

alguno que otro documento, y leyendo los nombres de los buques que

luengos años ha desaparecieron en el fondo del océano, ó se pudrieron en

los muelles, así como los de los comerciantes que ya no se mencionan en

la Bolsa, ni aún apenas pueden descifrarse en las dilapidadas losas de

sus tumbas; contemplando esos papeles con aquella especie de

semi-interés melancólico que inspiran las cosas que no sirven ya para

nada, me vino á las manos un paquete pequeño cuidadosamente envuelto en

un pedazo de antiguo pergamino amarillo. Esta cubierta tenía el aspecto

de un documento oficial de un período remoto, cuando los escribientes

trazaban sus signos en materiales de mayor solidez que los nuestros.

Había en el paquete algo que despertó vivamente mi curiosidad y me llevó

á deshacer la cinta de un rojo desvanecido que lo ataba, animado de la

idea de que iba á sacar á luz un tesoro. Al desdoblar el rígido

pergamino, ví que era el nombramiento expedido por el Gobernador Shirley

en favor de un tal Jonatán Pue para el empleo de Inspector de las

Aduanas de Su Majestad en el puerto de Salem, en la Provincia de la

Bahía de Massachusetts. Recordé que había leído, creo que en los Anales

de Felt, la noticia del fallecimiento del Sr. Inspector Pue, ocurrido

hacía unos ochenta años; y que también en un periódico de nuestros días

había visto el relato de la extracción de sus restos mientras se

restauraba la Iglesia de San Pedro, en cuyo pequeño cementerio estaban

enterrados. Por más señas que sólo hallaron un esqueleto incompleto y

una enorme peluca bien conservada. Al examinar los papeles con mayor

detenimiento, ví que no eran oficiales, sino privados, y al parecer de

letra y puño del Inspector. La única explicación que pude darme del

porqué se encontraban en la pila de papeles de que he hablado, consiste

en que el Sr. Pue falleció repentinamente, y esos escritos, que

probablemente conservaba en su bufete oficial, nunca llegaron á manos de

sus herederos, por suponerse que tal vez se referían á asuntos del

servicio de la Aduana.

Se me figura que las ocupaciones anexas á su empleo dejaban al antiguo

Inspector en aquellos tiempos muchas horas libres que dedicar á

investigaciones históricas locales y á otros asuntos de igual

naturaleza. No pequeña parte de los datos que hallé en los papeles de

que hablo, me sirvieron de mucho para el artículo titulado la CALLE

PRINCIPAL incluído en uno de mis libros.

Pero lo que más me atrajo la atención en el misterioso paquete, fué algo

forrado con paño de un rojo hermoso, bien que bastante gastado y

desvanecido. Había también en el forro visibles huellas de un bordado de

oro, igualmente muy gastado, de tal modo que puede decirse que apenas

quedaba nada. Se conoce que había sido hecho á la aguja con sorprendente

habilidad; y las puntadas, como me aseguraron damas muy peritas en el

asunto, dan prueba patente de un arte ya perdido, que no es posible

restaurar, aunque se fueran sacando uno á uno los hilos del bordado.

Este harapo de paño color de escarlata,--pues los años y las polillas lo

habían reducido en realidad á un harapo, y nada más,--después de

examinado minuciosa y cuidadosamente parecía tener la forma de la letra

A. Cada una de las piernas ó trazos de la letra tenía precisamente tres

pulgadas y cuarto de longitud. No quedaba duda alguna que se había

ideado para adorno de un vestido; pero cómo debió de usarse, y cuál era

la categoría, dignidad ó empleo honorífico que en otros tiempos

significaba, era para mí un verdadero enigma que no tenía muchas

esperanzas de resolver. Y sin embargo, me produjo un extraño interés.

Mis miradas se fijaron tenazmente en la antigua letra de color

escarlata, y no querían apartarse de ella. Había con seguridad algún

sentido oculto en aquella letra, que merecía la pena de investigarse, y

que, por decirlo así, parecía emanar del símbolo místico, revelándose

sutilmente á mis sentimientos pero rehuyendo el análisis de la

inteligencia.

Mientras me hallaba así, todo perplejo, pensando, entre otras cosas, que

acaso esa letra habría sido uno de los adornos de que hacían uso los

blancos para atraerse la atención de los indios, me la puse casualmente

sobre el pecho. El lector sin duda se sonreirá cuando le diga, aunque es

la pura verdad, que me pareció experimentar una sensación, que si no

enteramente física, casi era la de un calor abrasante; como si la letra

no fuera un pedazo de paño rojo, sino un hierro candente. Me estremecí,

é involuntariamente la dejé caer al suelo.

La contemplación de la letra escarlata me había hecho descuidar el

examen de un pequeño rollo de papel negruzco al que servía de

envoltorio. Lo abrí al fin, y tuve la satisfacción de hallar, escrita de

puño y letra del antiguo Inspector de Aduana, una explicación bastante

completa de toda la historia. Había varios pliegos de papel de á folio

que contenían muchos particulares acerca de la vida y hechos de una tal

Ester Prynne, que parecía haber sido persona notable para nuestros

antepasados, allá á fines del siglo diez y siete. Algunos individuos,

muy entrados en años, que vivían aún en la época del Inspector Pue, y de

cuyos labios había éste oído la narración que confió al papel,

recordaban haberla visto cuando jóvenes, y cuando dicha Ester era ya muy

anciana, aunque no decrépita, y de aspecto majestuoso é imponente. De

tiempo inmemorial era su costumbre, según decían, recorrer el país como

enfermera voluntaria, haciendo todo el bien que podía, y dando consejos

en todas las materias, principalmente en las que se relacionaban con los

afectos del corazón, lo que dió lugar á que si muchos la reverenciaban

como á un ángel, otros la consideraran una verdadera calamidad.

Registrando más minuciosamente el manuscrito, hallé la historia de otros

actos y padecimientos de esta mujer singular, muchos de los cuales

encontrará el lector en la narración titulada "LA LETRA ESCARLATA";

debiendo tenerse presente, que las circunstancias principales de dicha

historia son auténticas, como que cuentan con la autoridad que les da el

manuscrito del Inspector Pue. Los papeles originales, juntamente con la

letra escarlata, que diré de paso es una reliquia muy curiosa, están aún

en mi poder, y se mostrarán á quienquiera que, incitado por el interés

de esta narrativa, deseare verlos. Mas no por eso se crea que al

compaginar esta novela, y al idear los motivos y pasiones que influyeron

en los personajes que en ella figuran, me he ceñido servilmente á lo que

reza la docena de páginas del antiguo manuscrito. Al contrario, me he

tomado en ciertos puntos casi tanta libertad como si el asunto fuera

enteramente de mi invención. Lo que deseo afirmar es la autenticidad de

los hechos fundamentales de la historia.

El incidente del manuscrito despertó en cierta manera mis antiguas

aficiones literarias. Me pareció ver en él la armazón de una novela. Fué

para mí, realmente, como si el antiguo Inspector, con su traje de hace

cien años, y su inmortal peluca, sepultada con él, pero que no pereció

en el sepulcro, me hubiera visitado en la desierta habitación de la

Aduana. Su porte tenía toda la dignidad de quien había desempeñado un

empleo de Su Majestad Británica, y estaba iluminado, por lo tanto, con

un rayo del esplendor que tan deslumbrantemente brilla en rededor del

trono. ¡Ah! ¡Cuán diferente es el aspecto de un empleado de la República

que, siendo un servidor del pueblo, se considera punto menos que un

cualquiera, é inferior al más ínfimo de sus señores! Imaginé que con su

mano espectral, la majestuosa figura del Inspector Pue me había dado el

símbolo escarlata y el pequeño manuscrito que lo explicaba; y que

también con su voz espectral me había exhortado á que, como una prueba

de deber filial y de respeto hacia él,--que podía considerarse

oficialmente mi antepasado,--diese al público sus lucubraciones ya

mohosas y roídas por la polilla.--"Haz esto,"--dijo el espectro del Sr.

Inspector Pue con un movimiento de cabeza que parecía tan imponente como

su imperecedera peluca,--"haz esto, y el lucro será todo tuyo. Pronto lo

necesitarás, pues estos tiempos no son como los míos en que los empleos

eran vitalicios, y á veces hereditarios. Pero te pido que en este asunto

de la anciana Señora Prynne, no olvides honrar como se debe la memoria

de tu predecesor."--Y yo respondí al espectro del Sr. Inspector

Pue:--"Lo haré."

Por consiguiente, dediqué mis pensamientos á la historia de Ester

Prynne, que fué objeto de mis meditaciones muchas y muchas horas,

mientras me paseaba á lo largo de mi habitación, ó atravesaba cien y

cien veces el espacio, nada corto por cierto, que mediaba entre la

puerta principal de la Aduana y una de las laterales. Grandes eran el

fastidio y la molestia que experimentaban el octogenario empleado y los

pesadores y aforadores, cuyo sueño se veía perturbado implacablemente

por la acompasada y constante resonancia de mis pasos, de ida y vuelta

en mi continuo andar. Mis subordinados, recordando sus antiguas

ocupaciones, acostumbraban decir que el Inspector se estaba paseando en

la toldilla del buque. Probablemente imaginaban que mi único objeto era

despertar el apetito. Y en puridad de verdad, el único resultado valioso

de mi infatigable ejercicio de piernas era el desarrollo de un buen

apetito, aguzado por las ráfagas del viento del Este, que generalmente

soplaba en aquel lugar. Pero tan poco favorable era la atmósfera de la

Aduana para el cultivo de las delicadas producciones del espíritu, que

si yo hubiera permanecido allí cuarenta años, dudo mucho que la historia

de LA LETRA ESCARLATA hubiese visto jamás la luz pública. Mi cerebro se

había convertido en un espejo empañado que no reflejaba las figuras con

que trataba de poblarlo, ó si lo hacía era vaga y confusamente. Los

personajes de mi narración no querían entrar en calor, ni podía yo

convertirlos en materia dúctil con ayuda del fuego que ardía en mi

imaginación. Ni me era posible conseguir que los inflamara la llama de

la pasión, ni que experimentasen la ternura de sentimientos delicados,

sino que conservaban toda la rigidez de cuerpos sin vida, que fijaban en

mí sus horribles miradas como si me retaran desdeñosamente. Parecía que

me apostrofaban diciéndome: "¿Qué tienes tú que ver con nosotros? La

escasa facultad que en un tiempo poseíste para manejar las creaciones de

la fantasía, ha desaparecido. La trocaste en cambio de un poco del oro

del público. Vete á ganar tu sueldo." En una palabra: las inertes

criaturas, hijas de mi imaginación, me tachaban de imbecilidad, y no sin

algún fundamento.

Y no solo durante las tres horas y media que consagraba diariamente al

desempeño de mis deberes en la Aduana sentía aquella especie de

parálisis, sino que me acompañaba en mis paseos por la orilla del mar y

por los campos, cuando, lo que no era frecuente, buscaba el vigorizador

encanto de la naturaleza que tanta frescura y actividad de pensamiento

me infundía desde el instante que traspasaba el umbral de la Antigua

Mansión. Ese mismo marasmo intelectual no me abandonaba en mi casa, ni

aún en la habitación que, sin saber á derechas por qué, llamaba yo mi

gabinete de estudio. Ni tampoco desaparecía cuando, muy entrada la

noche, me encontraba solo en mi salón desierto, iluminado únicamente por

el resplandor del fuego que ardía en la chimenea y la luz melancólica de

la luna, y trataba de representarme escenas imaginarias que me prometía

fijar al día siguiente en páginas de brillante descripción.

Si las facultades creadoras se niegan á funcionar á semejante hora, hay

que perder toda esperanza de que jamás puedan hacerlo. La luz de la

luna, en una habitación que nos es familiar, dando de lleno en la

alfombra y dejando ver con toda claridad las figuras en ella dibujadas,

y haciendo igualmente visibles todos los objetos, por pequeños que sean,

aunque de un modo diferente que á la luz de la mañana ó del

mediodía,--es la situación más apropiada para que un novelista entre en

conocimiento con sus huéspedes ilusorios. Ahí está el espectáculo

doméstico que conocemos perfectamente: las sillas, cada una con su

distinta individualidad; la mesa del centro, con uno ó dos volúmenes y

una lámpara apagada; el sofá; el estante de libros; el cuadro que cuelga

en la pared: todos estos detalles, que se ven de una manera tan

completa, se presentan sin embargo tan idealizados por la misteriosa luz

de la luna, que se diría que pierden su verdadera realidad para

convertirse en cosas espirituales. Nada hay que sea demasiado pequeño ó

insignificante para que se libre de esta transformación, adquiriendo

con ella cierta dignidad. El zapatito de un niño; la muñeca, sentada en

su cochecito; el caballito de madera,--en una palabra, cualquier objeto

que se hubiere usado ó con que se hubiere jugado durante el día, reviste

ahora un aspecto extraño y singular, aunque sea tan perfectamente

visible como con la claridad del sol. De este modo el suelo de nuestro

cuarto se ha convertido en una especie de terreno en que lo real y lo

imaginario se confunden; algo así como una región intermediaria entre

nuestro mundo positivo y el país de las hadas. Aquí podrían entrar los

espectros sin causarnos temor: y de tal manera se adaptarían al medio

ambiente, que no experimentaríamos sorpresa alguna si, al dirigir la

vista á nuestro alrededor, descubriéramos la forma de un sér querido,

aunque ya ausente de este mundo, sentada tranquilamente á la luz de este

mágico rayo de luna, con un aspecto tal, que nos haría dudar si es que

ha regresado de la región ignota, ó si nunca se alejó del hogar

doméstico.

La dudosa claridad que esparcen los carbones encendidos que arden en la

chimenea, tiende á producir el efecto que he tratado de describir.

Vierten una luz suave en toda la habitación, acompañada de una ligera

tinta rojiza en las paredes y en el cielo raso, y de un débil reflejo

del pulido barniz de los muebles. Esta luz, más caliente, se mezcla con

la frialdad de los rayos de la luna, y puede decirse que dota de

corazón, de ternura y de sensibilidad humana, las formas que evoca la

fantasía. De imágenes de nieve que son, las convierte en hombres y

mujeres. Dando una mirada al espejo, contemplamos la moribunda llama de

los carbones medio extinguidos, los pálidos rayos de la luna en el

pavimento, y una reproducción de toda la luz y sombra del cuadro, que

nos aleja más de lo real y nos acerca más á lo imaginario. En tal hora,

pues, y con semejante espectáculo á la vista, si un hombre sentado solo

en las altas horas de la noche, no puede idear cosas extrañas y

conseguir que tengan éstas un aire de realidad, debe abandonar para

siempre toda tentativa de escribir novelas.

Por lo que á mí hace, durante todo el tiempo que permanecí en la Aduana,

la luz del sol ó de la luna, ó el resplandor de la lumbre de la

chimenea, eran idénticos en sus efectos; y tanto importaban, para el

caso, como la mísera llama de una vela de sebo. Cierto género de

aptitudes y de sensibilidad, juntamente con un don especial para sacar

partido de ellas,--ni muy grande ni de mucho valor por lo demás, pero lo

mejor de que yo podía disponer,--había desaparecido por completo.

Creo, sin embargo, que si hubiera ensayado las fuerzas en otra clase de

composiciones, no habría hallado mis facultades tan obtusas é inertes.

Por ejemplo, podría haber puesto por escrito las narraciones de un

veterano capitán de buque, uno de los empleados del resguardo, con quien

me mostraría muy ingrato si no lo mencionara, pues apenas se pasaba un

día sin que me movieran á la vez á risa y admiración sus maravillosas

dotes de cuentista. Si hubiera podido conservar la fuerza pintoresca de

su estilo, y el colorido humorístico con que adornaba sus descripciones,

creo firmemente que el resultado habría sido algo nuevo en literatura. Ó

pudiera haberme dedicado fácilmente á una ocupación más seria. En medio

de mis diarias y prosaicas obligaciones era mi deseo, quizás insensato,

lanzarme en alas de la imaginación á siglos remotos, ó tratar de crear

las apariencias de la vida con materiales aéreos, cuando, á cada

instante, la impalpable belleza de mis burbujas de jabón se deshacía al

rudo contacto de algo real. Lo más cuerdo habría sido dedicar talento é

imaginación á los asuntos del día, y buscar resueltamente el verdadero é

indestructible valor que yace oculto en los pequeños y enojosos

incidentes y en los caracteres comunes que me eran familiares. La falta

fué mía. La página de la vida abierta ante mis ojos, me pareció vulgar y

fastidiosa, sólo por no haber penetrado yo más íntimamente su

significación. Allí había un libro mejor que el que jamás podré

escribir, que se me iba presentando hoja tras hoja, precisamente como

las llenaba la realidad de la hora fugitiva, y que se desvanecían con la

misma rapidez con que habían sido escritas, porque mi inteligencia

carecía de la profundidad necesaria para comprenderlas, y mi pluma de

habilidad suficiente para transcribirlas. Algún día recuerde quizás unos

cuantos fragmentos esparcidos por todas partes, y los reproduzca con

gran provecho mío, hallando que las letras se convierten en oro en las

páginas de mi libro.

Pero estas ideas se me ocurrieron demasiado tarde. Á la sazón, tenía tan

solamente la conciencia de que lo que en un tiempo había sido un placer

para mí, era ahora una tarea irrealizable. No era ocasión para entrar en

lamentaciones acerca del estado de las cosas. Había cesado de ser un

escritor de historietas y de artículos, bastante malos, para convertirme

en un Inspector de Aduana tolerablemente bueno. Ni más ni menos. Sin

embargo, no es nada agradable verse acosado por la sospecha de que

nuestra inteligencia se va extinguiendo; ó que se va desvaneciendo, sin

darnos cuenta de ello, como el éter en una redoma, que hallamos más y

más reducido á cada mirada que le dirigimos. No me quedaba duda alguna

del hecho; y al examinarme á mí mismo y á otros de mis compañeros,

llegué á conclusiones no muy favorables relativamente al efecto que

produce un empleo del gobierno en el carácter de los individuos. Acaso

algún día me extienda más sobre la materia; por ahora, baste decir que

un empleado del resguardo, de larga fecha, á duras penas puede ser

persona digna de elogios ó de mucho respeto, por numerosas razones;

entre otras, por las circunstancias á que debe su destino; y luego, por

la naturaleza especial del mismo, que si bien muy honroso, como creo, es

esta una opinión de que no participa todo el género humano.

Uno de los efectos que he notado, y creo que puede observarse más ó

menos en cada persona que haya tenido uno de esos destinos, es que al

paso que el hombre se reclina en el brazo poderoso de la República, su

propia fuerza individual le abandona. Si posee una gran suma de energía

natural, ó si el empleo público no ejerce en él su enervante influjo por

mucho tiempo, podrá recobrar sus facultades embotadas. El empleado que

ha perdido su destino, puede volver sobre sus pasos, y ser de nuevo todo

lo que era antes. Pero esto rara vez acontece, pues por lo regular

permanece en su puesto el tiempo necesario para que se efectúe su propia

perdición y decadencia, y entonces le ponen de patitas en la calle, para

que continúe su marcha por el camino de la vida como mejor pueda.

Teniendo conciencia de su propia debilidad, y de que todo el temple de

su espíritu ha desaparecido, en adelante sólo dirige miradas inquietas

en torno suyo en demanda de quien le auxilie. Su constante

esperanza,--que viene á ser una especie de alucinación que, á despecho

de todo lo que sea desalentador, y sin hacer alto en imposibilidades le

persigue mientras viva,--consiste en que al fin y al cabo, y en no

lejano tiempo, merced á una reunión de circunstancias felices, será

restablecido en su empleo. Esta esperanza, más que ninguna otra cosa,

mina por completo y hiere de muerte, desde sus principios, cualquiera

empresa que intente llevar á cabo. ¿Por qué trabajar y afanarse y tratar

de salir de la miseria en que se encuentra, si de un momento á otro el

brazo del Gobierno lo pondrá á flote? ¿Por qué procurar librarse la

subsistencia aquí con el sudor de su frente, ó ir á California á extraer

oro,[11] cuando no pasará mucho tiempo sin que ese mismo Gobierno le

haga feliz, poniendo en sus bolsillos, con intervalos mensuales, un

puñado de monedas brillantes procedentes de las arcas de la República?

No deja de ser curioso, y triste al mismo tiempo, observar cuán pronto

se inficiona con esta enfermedad un pobre diablo, por poco que haya

probado el turrón de un destinillo. El dinero del Gobierno tiene, bajo

este concepto, una cualidad semejante á la de los pactos con el demonio:

quien lo toca, tiene que andar muy listo, ó de lo contrario al fin y al

cabo, si no pierde su alma, como con el pacto mencionado, perderá muchas

de sus mejores cualidades: la fuerza, el valor y constancia, la

sinceridad, la confianza en sí mismo, y todo lo que constituye un

carácter varonil.

¡Hermoso porvenir me esperaba por cierto! Y no porque el Inspector se

hubiese aplicado á sí propio la moral de la historia, ó pudiese admitir

que la continuación en su empleo, ó la cesantía, influiría en él de un

modo desastroso. Nada de eso: pero á pesar de todo, mis reflexiones

sobre el asunto no eran muy alentadoras. Comencé á volverme melancólico

é inquieto, examinando constantemente mi inteligencia para descubrir si

mis facultades estaban cabales, y ver qué detrimento habían

experimentado. Traté de calcular cuánto tiempo podría aun permanecer en

la Aduana, y salir de ella siendo todavía lo que se llama un hombre.

Para decir la verdad, comencé á temer que,--puesto que no habría sido

político declarar cesante á las calladas á un hombre de mi importancia,

ni es muy corriente en un empleado del Gobierno hacer dimisión de su

destino,--comencé á temer, repito, que podría darse conmigo el caso de

envejecer y hasta de volverme decrépito en mi puesto de Inspector,

convirtiéndome en algo parecido al octogenario empleado de marras. Y

¿por qué, en el curso de los largos años de la vida oficial que creía me

estaban aun reservados, no me sucedería al fin y á la postre lo mismo

que á mi venerable amigo; esto es, llegar á convertir la hora de la

comida en la más importante del día, y el resto del tiempo pasarlo

durmiendo á la sombra ó al calor del sol? ¡Triste perspectiva para un

hombre que hace consistir la felicidad en vivir en el pleno ejercicio

de sus facultades y de sus sentimientos! Pero durante todo este tiempo

me estuve atormentando inútilmente, porque la Providencia había

dispuesto la realización de cosas mucho mejores y benéficas para mí, que

las que yo mismo pude jamás idear.

En el tercer año de mi empleo de Inspector hubo un acontecimiento

notable, cual fué la elección del General Taylor á la Presidencia de los

Estados Unidos. Para que se comprendan perfectamente las tribulaciones

de la vida de un empleado del Gobierno, es preciso considerarlo en los

primeros tiempos de la Administración de un Presidente que pertenece á

un partido político distinto del suyo. Su posición es entonces realmente

la más dificultosa y hasta desagradable en que pueda hallarse un infeliz

mortal, casi sin alternativa alguna en buen sentido, aunque lo que él

juzga como lo peor que le puede acontecer, sea tal vez lo mejor. Mas

para un hombre digno y sensible es bien doloroso saber que sus intereses

dependen de personas que ni le estiman ni le comprenden, y quienes más

bien tratarán de hacerle daño que de beneficiarlo. Ni deja tampoco de

sorprenderle, y mucho, al que supo conservar toda su calma durante una

contienda electoral, ver la sed de sangre que se desarrolla en la hora

del triunfo, y tener la conciencia de que él es una de las víctimas en

que los vencedores tienen fijas las miradas. Pocas cosas hay tan feas en

la naturaleza humana como esta tendencia á la crueldad, tan sólo porque

se tiene el poder de hacer daño, que llegué entonces á notar en personas

que después de todo no eran peores que sus vecinos. Si en vez de ser

una expresión metafórica, aunque muy apropiada, fuera un hecho real lo

de la guillotina aplicada á los empleados del Gobierno, después de una

nueva Administración, creo sinceramente que los miembros del partido

victorioso, en los primeros momentos de la agitación causada por su

triunfo, nos habrían cortado la cabeza á todos los del partido opuesto.

Pero sea de ello lo que fuere, y á pesar de lo poco agradable que era mi

situación, hallé que tenía más de un motivo para congratularme de estar

del lado de los vencidos más bien que del de los vencedores. Si hasta

entonces no habían sido muy ardientes mis convicciones políticas, en

aquella hora de peligro y de adversidad comencé á sentir vivamente hacia

qué partido se inclinaban mis predilecciones; y no sin cierto dolor y

vergüenza llegué á vislumbrar que, según cálculos razonables, tenía yo

más probabilidades de conservar mi destino que mis otros

correligionarios políticos. Pero ¿quién puede ver en lo futuro más allá

de sus narices? Mi cabeza fué la primera que cayó.

Tengo para mí, que cuando á un empleado lo declaran cesante, ó, para

hablar metafóricamente, le cortan la cabeza, rara vez, ó nunca, es

aquella la época más feliz de su vida. Sin embargo, como sucede en la

mayor parte de nuestros grandes infortunios, aun ese grave

acontecimiento trae aparejado consigo su remedio y su consuelo, con tal

de que la víctima trate de sacar el mejor partido de su desgracia. Por

lo que á mí respecta, el consuelo lo tenía á la mano, y ya se me había

presentado en mis meditaciones mucho tiempo antes de que fuera

absolutamente necesario apelar á ese remedio. En la Aduana de Salem,

como anteriormente en la Antigua Mansión, pasé tres años; tiempo más que

suficiente para que descansara mi cerebro fatigado y para que rompiera

con antiguos hábitos intelectuales y adoptara otros nuevos; y tiempo

también demasiado largo para la vida que llevé, tan completamente ajena

á mis inclinaciones naturales, sin haber hecho en realidad nada que

fuera provechoso ó agradable á algún sér humano, habiéndome retraído de

una labor que, por lo menos, habría satisfecho los latentes deseos de mi

espíritu. Además, la manera poco ceremoniosa con que le declararon

cesante, y el haber sido considerado como enemigo por sus adversarios

políticos, fué en cierto modo agradable al ex-Inspector de Aduana,

puesto que su apatía en los asuntos de la política,--su tendencia á

divagar, á merced de su voluntad, por el vasto y apacible campo en que

todo el género humano puede codearse sin reparo, antes que ceñirse á los

estrechos senderos en que los hermanos de un mismo hogar tienen que

separarse unos de otros,--había hecho que sus mismos correligionarios le

mirasen con cierta sospecha, dudando si en realidad les pertenecía. Pero

ahora, después de haber obtenido la corona del martirio, la duda

desapareció. Por otra parte, á pesar de lo poco heroica que es su

naturaleza, parecía más decoroso verse también arrastrado en la caída

del partido á que estaba afiliado, que no permanecer de pie cuando

tantos hombres, mucho más meritorios, iban cayendo día tras día; y, por

último, era eso preferible á quedarse cuatro años más en su puesto, á la

merced de una Administración hostil, para verse á la postre obligado á

definir su posición de nuevo, y mendigar tal vez la buena voluntad de

los vencedores.[12]

Entretanto, la prensa periódica había tomado por su cuenta el asunto de

mi cesantía, y durante un par de semanas me exhibió ante el público en

mi nuevo estado de persona decapitada, deseando yo que me dejaran en paz

y me enterrasen al fin, como conviene á un hombre políticamente muerto.

Esto, hablando naturalmente en el sentido figurado, porque en la

realidad, todo este tiempo en que se trataba de mí en los periódicos

como del Inspector decapitado, tenía yo muy bien asegurada la cabeza en

los hombros, y había llegado á la excelente conclusión de que no hay mal

que por bien no venga; y empleando algunos cuantos reales en tinta,

papel y plumas, abrí mi olvidado escritorio, y me convertí de nuevo en

hombre de letras.

Entonces fué cuando dediqué toda mi atención á las lucubraciones de mi

antiguo predecesor el Inspector de Aduana Sr. Pue; y como mis facultades

intelectuales se hallaban un tanto entorpecidas por la falta de

conveniente uso durante largo tiempo, pasó también alguno antes de que

me fuera dado trabajar en mi narración de una manera algo satisfactoria.

Y con todo, á pesar de que la obra absorbía por completo mis

pensamientos, ésta se presenta á mi vista con un aspecto sombrío y

grave, sin que la alegre un festivo rayo de sol, sin que se hagan sentir

mucho en ella las dulces y familiares influencias que á menudo suavizan

casi todas las escenas de la naturaleza y de la vida real, y debieran

suavizar también la pintura que de ellas se hace. Este efecto poco

halagüeño es quizás el resultado del período de agitación é

incertidumbre en que la historia tomó forma; sin que indique carencia de

buen humor en el espíritu del novelista, pues era más feliz mientras

divagaba entre la lobreguez de estas tristes fantasías suyas, que en

ninguna otra época desde que salió de la Antigua Mansión. Pero

continuando con la metáfora de la guillotina política, si este bosquejo

de la Aduana, que voy á terminar, pareciere por ventura demasiado

autobiográfico para que lo publique en vida una persona que, como su

autor, no es de mucho viso, téngase en cuenta que procede de un

caballero que lo escribe desde ultratumba. ¡La paz sea con el mundo! ¡Mi

bendición para mis amigos! ¡Mi perdón para mis enemigos! ¡Me encuentro

en la región del reposo!

La vida de la Aduana yace en lo pasado, como si fuera un sueño. El

octogenario empleado del resguardo,--que, siento decirlo, murió hace

algún tiempo en consecuencia de la coz de un caballo, pues de lo

contrario habría vivido de seguro eternamente,--así como todos los demás

venerables personajes que se sentaban junto con él en la Aduana, se han

convertido para mí en sombras: imágenes de rostros arrugados y cabezas

blancas en canas, con quienes mi fantasía se ocupó algún tiempo y que ya

ha arrojado á lo lejos para siempre. Los comerciantes, cuyos nombres me

eran tan familiares hace sólo seis meses, estos hombres del tráfico que

parecía ocupaban una posición tan importante en el mundo,--¡cuán corto

tiempo se ha necesitado para separarme de todos ellos, y aun para

borrarlos de la memoria, hasta el punto de haberme sido preciso un

esfuerzo para recordar el rostro y nombre de alguno que otro!

Pronto, igualmente, mi antigua ciudad nativa se me presentará al través

de la bruma de los recuerdos que la envolverá por todas partes, como si

no fuera una porción de este mundo real y positivo, sino una gran aldea

allá en una región nebulosa, con habitantes imaginarios que pueblan sus

casas de madera, y pasean por sus feas callejuelas y su calle principal

tan uniforme y poco pintoresca. Desde ahora en adelante cesa de ser una

realidad de mi vida: soy un ciudadano de otro lugar cualquiera. No lo

sentirán mucho las buenas gentes de Salem, pues aunque me he empeñado en

llegar con mis tareas literarias á ser algo á los ojos de esos paisanos

míos, y dejar una memoria grata de mi nombre en esa que ha sido cuna,

morada y cementerio de tantos de mis antepasados,--nunca encontré _allí_

la atmósfera genial que requiere un hombre de letras para que se sazonen

debidamente los frutos de su inteligencia. Haré algo mejor entre otras

personas; y apenas tengo que añadir que aquellas, que me son tan

familiares, no echarán de menos mi ausencia.

La letra escarlata novela escrita en inglés · 第 10 / 59 题