Era el día 1.º de agosto. Los dos esposos, instalados en su lindo
palacio de la calle de los Maturinos, no observaban en medio de su
arrulladora conversación de recién casados, que el día avanzaba a pasos
agigantados.
--Oye, Amaury--dijo de pronto Antoñita.--Tenemos que marcharnos; ya son
cerca de las doce y mi tío nos aguarda.
--Ya no les aguarda, señorita--dijo a su espalda la voz de José.--El
señor de Avrigny, que sintiendo agravarse su enfermedad estos días me
prohibió en absoluto comunicárselo a ustedes para no entristecerlos,
dejó de existir ayer a las cuatro de la tarde.
A aquella misma hora, Antoñita y Amaury habían recibido la bendición
nupcial en la iglesia de Santa Cruz de Autin.
* * *
Al concluir el secretario del conde de M... la lectura del manuscrito,
reinó un sepulcral silencio que al fin hubo de romper el conde para
decir:
--Ya ven ustedes ahora cuál es el amor del cual se muere y cuál es aquél
que no consigue matarnos.
--Sí--repuso un joven,--pero, ¿y si yo dijese que cuando ustedes quieran
puedo contarles una historia en la cual el novio muere sin remedio y el
padre es allí el superviviente?
--Eso nos demostraría--dijo el conde riendo--que, si las historias
pueden probar mucho en literatura, no prueban en moral absolutamente
nada.