AMAURY A ANTONIA

«15 de octubre.

»Estoy ahora en Amsterdam.

»Por mucha que sea mi indiferencia hacia el mundo exterior, querida

Antonia, por honda que sea mi abstracción, por atraído que me sienta

hacia el abismo en que se hundieran todas mis ilusiones, no puedo menos

de admirar a este pueblo holandés tan activo y flemático, metódico y

codicioso, sedentario y nómada al mismo tiempo, que tan fácilmente se

traslada a las costas asiáticas, pero que antes va a Java, al Malabar o

al Japón que a París.

»Los holandeses vienen a ser los chinos de Europa y los castores de la

humanidad.

»Recibí en Amberes su carta, cuya lectura fue muy grata para mi, querida

Antoñita. Sus consuelos son muy tiernos y mi herida muy profunda. Mas no

importa: siga usted escribiéndome y hábleme de su persona. Le suplico

que así lo haga. Hace usted mal en creer que me pueda ser indiferente

aquello que le concierne.

»Dice usted que su tío está cambiado. No debe usted inquietarse por eso,

Antoñita. A cada cual se le ha de desear lo que más apetece, y siendo

así que cuanto más abatido se siente él está más contento, tenga usted

por seguro que cuanto peor le parezca que se encuentra tanto mejor

juzgará estar el doctor.

»Quiere usted que le hable de Magdalena, y si he de decir verdad no

sabría de qué hablar si no hablo de ella; nada hay capaz de alegrar mi

entristecido corazón tanto como su recuerdo, que siempre vive en mi

pecho.

»¿Quiere usted que le explique cómo nos revelamos mutuamente nuestro

amor al mismo tiempo que este sentimiento se nos reveló a nosotros

mismos?

»Hace de esto unos dos años y medio.

»Era una tarde de primavera. Estábamos los dos sentados en el jardín, en

la plazoleta de los tilos que usted puede ver a todas horas desde la

ventana de su cuarto. Ambos nos sentíamos con humor para charlar y tras

de recordar todo el pasado nos complacíamos en tratar de adivinar lo que

nos reservaba el porvenir.

»Ya sabe usted que mi amada Magdalena ocultaba bajo su melancólica

apariencia un corazón que no estaba reñido con la jovialidad y la

alegría. No tardamos mucho rato en venir a parar al tema eterno y

hablamos del matrimonio, aunque sin hablar ni una palabra de amor.

»¿Qué cualidades había que poseer para conquistar el corazón de

Magdalena? ¿A qué encantos podría rendirse el mío?

»Contestando a estas preguntas enumerábamos las perfecciones que

exigiríamos en la persona objeto de nuestro amor y pudimos comprobar que

se asemejaban mucho.

»--Ante todo--decía yo,--querría conocer a fondo a la persona elegida y

saber de memoria todas las circunstancias de su existencia.

»--Yo también--repuso Magdalena.--Cuando pretende nuestro amor un

desconocido, éste oculta bajo su negro frac un tipo convencional y no

pudiendo nosotras leer en un rostro humano, si no logramos adivinar lo

que encubre su máscara resulta que no conocemos al marido hasta después

de casadas.

»--Entonces, eso es cosa resuelta--agregué yo.--A mí me gustaría

cerciorarme, por una prolongada intimidad, de todas las cualidades que

poseyera la dueña de mi corazón. No hay que decir que exigiría (y soy

parco) las tres esenciales, a saber: hermosura, bondad e inteligencia;

no se puede pedir menos.

»--Ni podría desearse más--repuso Magdalena.

»--¿Sabes que lo que dices acusa poca modestia?

»--No la creas. Yo, por mi parte, no me atrevería a exigir de un esposo

las condiciones correspondientes a las que quieres tú exigir de una

mujer: elegancia, abnegación y superioridad de espíritu.

»--¡Ya te costaría tiempo el encontrar las tres juntas!

»--Hasta en la modestia es mala la afectación... Pero, en fin, acaba de

trazar el retrato de tu novia ideal.

»--¡Oh! No tengo que añadir sino dos o tres rasgos secundarios. Quizá mi

deseo sea una puerilidad, pero me agradaría que hubiera nacido como yo

en noble cuna.

»--Si hablases de eso a mi padre, él, que a la nobleza de su estirpe une

la distinción de su talento, te expondría algunas teorías sociales

elevadas, a las que yo me adhiero instintivamente, deseando para mí un

esposo cuya ilustre prosapia no desdiga de la mía.

»--Y por último--agregué--aunque no peco de codicioso querría, en pro de

nuestra igualdad moral, a fin de evitar todas aquellas cuestiones

afectas a intereses materiales, que la elegida de mi corazón fuese poco

más o menos tan rica como yo. ¿No piensas también así, Magdalena?

»--Sí, Amaury; aunque nunca me he preocupado por eso, toda vez que mis

riquezas bastarían para los dos, comprendo por lo que dices que está muy

puesto en razón.

»--Sólo una cosa me falta saber ahora.

»--¿Y qué es?

»--Si al encontrar al hada de mis ensueños y hacerla reina de mi

albedrío querrá ella que reine yo en el suyo.

»--¿Por qué no?

»--¿Serías tú capaz de responderme de eso?

»--En absoluto: yo te respondo por ella. Pero y a mí ¿él me querría?

»--Te adorará, Magdalena: yo te lo aseguro.

»--Veamos. Llevemos esta ilusión al campo de la realidad; busquemos en

torno nuestro. Dime si entre las personas que nos tratan hay alguna de

quién tú sepas positivamente que reúne las circunstancias que cada cual

exigimos. Yo...

»Se interrumpió ruborosa y ambos instintivamente cruzamos una mirada.

Nuestro espíritu comenzaba a vislumbrar la verdad. Fijé mis ojos en los

de Magdalena y repetí, como si a mí mismo me hiciese aquella pregunta:

»--Una amiga muy conocida y muy querida desde la niñez...

»--Un amigo cuyo corazón no tuviese secreto para mí...--dijo Magdalena.

»--Buena, cariñosa, inteligente.

»--Elegante, generoso, de superiores dotes...

»--Rica y noble...

»--Noble y rico...

»--En suma: todas tus perfecciones y todos tus encantos, Magdalena.

»--En suma, todas tus cualidades, Amaury.

»--¡Oh!--exclamé con el corazón palpitante de gozo.--¡Si me amase una

mujer como tú!...

»--¡Dios mío!--exclamó Magdalena palideciendo.--¡Habías pensado en mí!

»--¡Magdalena!

»--¡Amaury!

»--¡Sí! ¡sí! ¡Te amo, Magdalena!

»--¡Te amo, Amaury!

»Esta doble exclamación abrió nuestras almas y ambos leímos a un tiempo

en nuestros corazones, rebosantes de amor.

»¡Ay! ¡Qué mal hago, Antoñita, en evocar estos recuerdos! ¡Son muy

gratos, pero son muy dolorosos también!

»Tenga usted la bondad, cuando me conteste, de dirigirme la carta a

Colonia, desde donde le escribiré mi próxima.

»¡Adiós, hermana mía! Ámeme un poco y compadezca mucho a su hermano,

_»Amaury»_

--¡Es muy singular lo que me sucede!--decía para sí Amaury mientras

cerraba la carta repitiendo _in mente_ su contenido.--De cuantas mujeres

conozco, Antoñita sería la única capaz de dar realidad a los ensueños

que acariciaba yo en otro tiempo, si esos ensueños no hubiesen dejado de

existir con Magdalena. También Antonia es una amiga de la infancia,

hermosa, buena, inteligente, noble y rica... Pero, no es menos

cierto--añadió con melancólica sonrisa--que ni yo amo a Antoñita ni ella

me ama a mí.

Amaury · 第 68 / 90 题