ANTONIA A AMAURY

«3 de octubre.

»Nada tengo, Amaury, que decirle a usted de mí. Solamente le hablaré de

mi tío, de Magdalena y de usted.

»Anteayer, 1.º de octubre, vi a mi tío, cumpliendo con el acuerdo que,

como usted recordará, tomamos, de vernos el día 1.º de cada mes.

»Pero con frecuencia me da noticias suyas el anciano José que viene a

París enviado por él para llevarle las mías.

»En nuestra entrevista hablamos poco. Mi tío parecía distraído, y yo,

temiendo contrariarle, me contentaba con mirarle de vez en cuando a

hurtadillas.

»Está muy cambiado, aunque para las personas indiferentes tal vez

pasaría inadvertido este cambio. Pero a mí no se me oculta: yo veo más

arrugas en su frente, menos brillo en su mirada y más preocupación en

toda su actitud. Aunque parece increíble, se ha desmejorado aun más de

lo que estaba cuando murió Magdalena, después de abatir su cuerpo y su

espíritu los dos meses mortales que duró la enfermedad.

»Cuando me vio, me dio un abrazo, y preguntóme si tenía algo que

contarle de mi nueva vida. Yo le respondía que nada, que únicamente

había recibido dos cartas de usted; y al querer entregarle la segunda,

diciéndole que en toda ella encontraría recuerdos de Magdalena, se negó

a tomarla a pesar de mi insistencia, y me dijo:

»--Ya sé yo lo que dice. Amaury vive como yo en el pasado; pero como le

llevo treinta y cinco años de delantera es indudable que llegaré yo

primero.

»Después de esto sólo me dirigió la palabra para hablarme de asuntos

generales. ¡Santo Dios! Me da miedo su abstracción; me espanta el ver su

indiferencia hacia las cosas relacionadas hasta con su propia vida.

»Cuando acabó la comida durante la cual casi no hablamos, le abracé

llorosa y él me acompañó hasta el coche que a la señora Braun y a mí nos

volvió a nuestra casa de París.

»Tal fue, Amaury, la entrevista que celebré con mi tío. Siempre que José

viene a París, le pregunto por su amo, y como mi tío, para quien todo es

indiferente, no le ha prohibido que responda a mis preguntas, me entero

de lo que hace y sé cómo vive.

»Todas las mañanas, sin preocuparse para nada del tiempo que pueda

hacer, baja al cementerio para dar, según él dice, los buenos días a

Magdalena.

»Después de pasar una hora junto a la tumba, vuelve a casa, se desayuna,

se retira a su despacho y abre los cuadernos en que desde que es hombre

viene escribiendo el diario de su vida. En ellos, durante los veinte

años que ha vivido Magdalena, no se ha olvidado nunca de apuntar las

acciones de su hija juntamente con las suyas, puesto que la vida del uno

ha sido la del otro. De ese modo puede decir a todas horas: «Hoy hace

tantos años que estaba aquí o allá, que hicimos tal cosa juntos; que

hablamos de tal asunto, etc.»

»Así vuelven a pasar ante su vista todas las escenas del pasado, cuyos

recuerdos le hacen llorar y sonreír a un tiempo; por más que siempre

acaba por llorar, porque la conclusión siempre es la misma: él recuerda

sus gracias, su hermosura, sus encantos, y siempre ha de acabar pensando

en que todos esos dones se han desvanecido al soplo de la muerte. Y si

alguna vez le parece eso increíble, bástale abrir la ventana y la vista

de su tumba le muestra la cruel realidad.

»Así se pasa las horas mi pobre tío saboreando las emociones que le

causa esta penosa revista. Ninguna noche se acuesta sin despedirse de

Magdalena; cuando se levanta va a darle los buenos días y en el resto

del día siempre lleva en la mano una rosa blanca cortada de los rosales

de su tumba y que al retirarse a descansar conserva hasta la mañana

siguiente en un jarro de Bohemia que Magdalena tenía siempre en su

cuarto.

»Con frecuencia habla también al retrato de su hija, a aquel famoso

retrato de Champmartín por cuya posesión manifestaba usted tanto

interés.

»Nunca abre un libro, ni una carta, ni lee periódicos, ni recibe a

nadie. Ha muerto para el mundo de los vivos: únicamente vive él para la

muerta.

»Ya está usted tan enterado como yo de lo que ocurre en Ville d'Avray.

Allí llora mi tío a Magdalena como yo la lloro en mi casa de la calle de

Angulema, como usted, allí donde se encuentra, la llora del mismo modo.

¿Quién sería capaz de haberla conocido y no llorarla?

»Mucho le agradezco a usted que me hable de ella; hábleme siempre de

ella, usted que la ha conocido mejor que yo.

»Al recordarla ahora se me figura una aparición celeste que me visita en

sueños. ¿Acaso no era una santa que Dios nos presentaba para servirnos

de ejemplo? Usted, Amaury, conoce una de sus buenas acciones; pero yo,

podría citarle mil que le ayudé a practicar, y no son pocos los pobres

que a estas horas deben bendecir su nombre.

»Antes, sólo elevaba mis oraciones a Dios; ahora, le ruego a Dios, pero

también le ruego a ella.

»Hábleme de Magdalena con frecuencia, con mucha frecuencia, pero hábleme

también de usted. ¡Ay! Le hago esta recomendación con el corazón

palpitante y temblándome la mano porque temo ofenderle o incurrir en su

desagrado. Quizás la achacará usted a curiosidad o a indiscreción de mi

parte.

»Para poner las manos en una heridas como las suyas hay que tenerlas muy

suaves y muy delicadas. Magdalena habría escrito esta carta con gracia

incomparable, con sin igual ternura; pero, ¿en dónde se podría encontrar

otra como ella? Yo sólo puedo hablarle con el instinto de mi corazón y

con mi amistad antigua y sincera, con mi hondo afecto de hermana.

»¡Oh, Dios mío! ¿Qué no daría yo por ser en realidad su hermana? ¡Ah! Si

lo fuera, me escucharía usted cuando yo le dijera:

»--Amaury, hermano mío, no seré yo quien te aconseje que olvides y

traiciones un recuerdo sagrado. Sé que tu corazón ha muerto para el amor

y que ninguna mujer habrá ya de conmoverte. Justo es que seas fiel a tu

muerta adorada; así obras con lealtad y así debes portarte. Pero aun

siendo el amor la cosa más sublime que existe sobre la tierra, ¿no hay

nada ya fuera de él? ¿Acaso no valen nada el arte, la ciencia, la

política y tantas y tantas manifestaciones de la actividad humana en que

se cifran las mas nobles ambiciones?

»--Sí, Amaury, piénselo bien. Usted es joven, es rico, disfruta de una

posición brillante y por lo mismo tiene grandes deberes que cumplir para

con sus semejantes; ha de procurar ser útil a la humanidad. Aun

concretándose simplemente a hacer limosnas podría considerar que la

caridad es una de las múltiples formas del amor, cuya manifestación

reviste tantos matices.

»Usted puede hacer la felicidad de muchos, porque es rico, y lo es ahora

doblemente porque su hermana Antoñita lo es también. No me he atrevido a

rechazar de un modo categórico la proposición de mi tío por no causarle

aflicción; pero mi vida es muy triste para consentir en asociarla con

otra. De ninguna manera podría yo emplear esta fortuna mejor que en

otorgar beneficios o estimular nobles ambiciones; y para ello, ¿a quién

he de confiarla sino a usted? En ningunas manos puede estar mejor que en

las suyas, hermano mío. Yo...

»Pero hablemos de usted y no de mí. ¡Qué no daría, yo por saber

enternecerle!

»¿No es verdad que ha abandonado ya su idea de morir? Eso sería

horrible; cometería usted un crimen. Mi tío llega ya al término de su

vida, mientras que usted está aún al principio de la suya. Pocos

conocimientos tengo yo en estos asuntos, pero creo que entre la suerte

de ambos y entre los deberes respectivos de uno y otro, media una

enorme distancia. Ya sé que usted no ha de amar, pero aun puede ser

amado y ¡debe ser tan grato el verse amado!

»No muera usted, Amaury, no muera usted. Piense constantemente en

Magdalena; pero cuando se encuentre a orillas del Océano contemple ese

Océano al mismo tiempo que recuerda su dolor. ¡Dios mío! ¿Por qué he de

carecer de elocuencia para poder convencerle? Déjese convencer siquiera

por las grandes cosas que admiran sus ojos, por esa eterna Naturaleza

cuyos inviernos son nuncio de primavera y la muerte es siempre en ella

el prólogo de una resurrección esplendorosa.

»¿No es verdad que, al parecer, bajo esas nieves y esos hielos

invernales no puede estar latente la vida para hacer su aparición

pujante y vigorosa algo más tarde? Pues así también palpita con ardiente

actividad la vida humana bajo las penas que inútilmente pugnan por

aniquilarla y destruirla. No sea usted ingrato rechazando los dones que

Dios le envíe; déjese consolar si le agrada que le consuelen; permítase

a sí mismo vivir y obedézcale si le ordena que viva.

»Perdóneme usted, Amaury, si le hablo de un modo tan expansivo y con tan

abierta franqueza. Al pensar que está tan lejos, tan desesperado y solo,

siento en mi alma una compasión y una ternura fraternales (iba a decir

maternales), y estos afectos que su desgracia me inspira, me infunden

fuerza y valor para dirigir esta súplica al amigo de mi niñez, para

lanzar este grito al novio de Magdalena:

»¡No muera usted, Amaury! ¡No muera usted!

»_Antonia de Valgenceuse._»

Amaury · 第 66 / 90 题