AMAURY A ANTONIA

«Ostende, 20 septiembre.

»Me encuentro en Ostende.

»Estando ella y yo en Ville d'Avray cuando ella sólo contaba nueve años

y yo doce concebimos un día un proyecto cuya sola idea nos llenaba de

temor y regocijo. Nos proponíamos ir solos y de ocultis al otro lado del

bosque, a casa de un floricultor de Glatigny en busca de un ramo para

ofrecérselo al doctor en el día de su santo.

»¿Se acuerda usted de Magdalena cuando tenía esa edad? ¿Se acuerda usted

de aquel querubín rubio y hermoso al que sólo parecía que le faltaban

las alas?

»¡Ay! ¡querida Magdalena!

»El proyecto era grave y demasiado seductor para que dejáramos de

ponerlo en planta; así, que la víspera de la fiesta, aprovechando la

ausencia del padre de Magdalena, que había tenido que ir a París por

asuntos de su profesión y favorecidos por la esplendidez del día,

salimos corriendo del jardín al parque y de éste al bosque sin que nadie

nos viese.

»Al vernos fuera de casa nos detuvimos medrosos, mirándonos el uno al

otro, como perplejos ante nuestro atrevimiento.

»Aún me parece estar viendo a Magdalena con su traje de seda blanca, con

su cinturón de color azul celeste.

»El camino no me era del todo desconocido, porque alguna vez había

paseado por él con la familia del doctor. Ella lo conocía menos porque

nunca se fijaba en el terreno que pisaba, entretenida en la caza de

mariposas, pájaros y flores silvestres. A pesar de todo nos internamos

en el bosque resueltos a atravesarlo, y yo, orgulloso de la

responsabilidad que aquel acto implicaba para mí, ofrecí el brazo a

Magdalena, que se apoyó en él temblorosa y quizá algo arrepentida de su

propia osadía. Pero los dos éramos demasiado presuntuosos para volver

atrás, y guiándonos por las indicaciones de los postes, seguimos nuestro

camino hacia Glatigny.

»Me acuerdo de que se nos antojó muy largo el camino; que tomamos a un

corzo por un lobo, y a unos pacíficos campesinos por feroces bandoleros.

Pero, como ni el lobo nos atacó ni los bandidos se preocuparon para nada

de nosotros, recobramos toda nuestra presencia de ánimo y andando a

buen paso, al cabo de una hora llegamos a Glatigny.

»Allí preguntamos dónde vivía el famoso jardinero y nos guiaron hasta su

casa, que estaba situada a un extremo del pueblo. Penetramos en ella y

nos encontramos en medio de preciosos _parterres_ y macizos de flores,

de entre los cuales salió un anciano de aspecto bondadoso, que al vernos

se sonrió y nos preguntó qué queríamos.

»--Venimos a comprar flores--contesté yo.

»Y sacando con majestad del bolsillo dos monedas de a cinco francos,

suma de nuestras dos fortunas reunidas, añadí:

»--Podemos gastar todo esto.

»Magdalena se había quedado detrás de mí, presa de la mayor turbación.

»--¿Todo ese dinero es para invertirlo en flores?--preguntó el

jardinero.

»--Sí--contestó Magdalena, adelantándose entonces,--y queremos que sean

las más hermosas que haya, para festejar con ellas a mi padre, el doctor

Avrigny en el día de su santo, que es mañana.

»--¡Ah! Si son para el señor doctor--repuso el buen viejo--por fuerza

han de ser las más hermosas. Ahora mismo voy a abrir los invernáculos

donde están las más raras y allí hay de sobra donde elegir, si no bastan

las de los parterres.

»--¡Ay, qué gusto!--exclamé palmoteando de alegría.--¿Y podemos

llevarnos las que queramos?

»--¿Todas, todas?--preguntó Magdalena.

»--Todas... mientras haya fuerzas para cargar con ellas, hijos míos.

»--¡Oh! ¡Es que tenemos más fuerza de la que usted cree!

»--Sí; pero el camino es largo de aquí a Ville d'Avray.

»Nosotros ya no escuchábamos al jardinero. Habíamos comenzado a hacer

nuestra cosecha de flores y sólo nos preocupábamos de cobrar un buen

botín en aquel saqueo que debió dejar arruinadas a mariposas y abejas.

»A cada instante volvíamos la cabeza para preguntar al jardinero:

»--¿Puedo cortar ésta?

»--Sí.

»--¿Y ésta?

»--También.

»--¿Y esta otra?

»--También; y lo mismo las demás.

»Estábamos trastornados de alegría. En poco rato reunimos no dos ramos,

sino dos gavillas de flores.

»--¿Y quién va a cargar con todo eso?--me dijo el jardinero.

»--Nosotros. Vea usted--replicamos levantando en alto cada uno su ramo.

»--Pero eso de atravesar solos el bosque... ¡Es extraño que el señor de

Avrigny haya concedido tal libertad a sus hijos!...

»--¿Y por qué no?--repuse con mucho orgullo.--Ya saben en casa que yo

conozco el camino.

»--De todos modos no estaría de más el volver acompañados.

»--¡Oh! Muchas gracias, pero es inútil. No hay necesidad de que nadie se

moleste por nosotros que sabremos regresar lo mismo que hemos sabido

venir.

»--Bien, bien, amiguitos: no hay más que hablar. ¡Feliz viaje! Sólo

quiero que el doctor sepa que le envía esas flores el jardinero de

Glatigny, cuya hija vive porque él le salvó la vida.

»Con los brazos cargados de flores y el corazón rebosante de alegría

salimos de casa del jardinero y emprendimos el camino hacia la quinta de

Ville d'Avray.

»Ya lo ve usted, Antoñita: el doctor Avrigny, que en cierta ocasión supo

salvar a la hija de aquel hombre, no ha logrado salvar ahora a su propia

hija.

»Una idea tan sólo nos preocupaba llevando cierta intranquilidad a

nuestro ánimo: la de que hubiese vuelto el doctor y al preguntar por

nosotros se hubiera descubierto la escapatoria... Nos habíamos

entretenido unas dos horas en casa del jardinero; por lo tanto hacía más

de tres que faltábamos de la nuestra.

»Para colmo de desdichas se me ocurrió la mala idea de echar por un

atajo que nos debía ahorrar buena parte del camino. Magdalena no tenía

ya miedo y además confiaba en mí de un modo absoluto; así, que no hizo

la menor observación y me siguió sin temor por una senda que yo creía

conocer, la cual me condujo a otra, y ésta a una encrucijada, para ir

por fin a perdernos en un dédalo de caminos muy pintorescos, pero no

menos desiertos. Anduvimos una hora al azar, y al fin no tuve más

remedio que confesar que me había extraviado, que no sabía dónde

estábamos ni qué dirección había que seguir.

»Magdalena rompió a llorar.

»¡Figúrese usted cómo estaría yo, Antoñita! La tarde declinaba; debía

ser ya la hora de comer y los dos empezábamos a sentirnos fatigados

bajo el peso de los ramos que agotaban nuestras fuerzas.

»Yo pensaba en Pablo y Virginia, en aquellos dos muchachos extraviados

también como nosotros, pero que siquiera contaban con Domingo y su

perro. Cierto es que los bosques de la isla de Francia son más

solitarios que los de Ville d'Avray; pero para nosotros, dada nuestra

situación de ánimo, en aquel instante, no había entre aquéllos y éstos

la menor diferencia.

»Con todo, convencidos de que las lamentaciones no nos sacarían del

apuro, sacamos fuerzas de flaqueza y caminamos una hora más. Pero todo

fue inútil; nuestro intrépido esfuerzo se estrelló contra la fatalidad

que nos había metido en aquel laberinto cada vez más intrincado.

Magdalena acabó por caer rendida al pie de un árbol y yo comencé a

sentir que mis fuerzas también me abandonaban.

»Hacía un cuarto de hora que estábamos así desesperados, abatidos, sin

saber qué partido tomar, cuando oímos un rumor a nuestra espalda y

volviendo la cabeza vimos a una pordiosera que venía hacia nosotros con

un niño de la mano.

»No pudimos contener un grito de alegría juzgándonos ya en salvo. Me

levanté y corrí hacia ella rogándole que nos enseñara el camino que

teníamos que seguir; pero la impaciencia de la miseria se sobrepuso a la

del miedo, pues en lugar de responderme y casi sin dejarme hablar, me

interrumpió para implorar con voz lastimera:

»--¡Caballero, señorita, tengan ustedes compasión de mí y de mi hijo!

¡Una limosna por el amor de Dios, y que El les premie a ustedes su

caridad como se merecen!

»Me eché mano al bolsillo y lo mismo hizo Magdalena, pero habíamos

gastado en flores todo nuestro dinero y no nos quedaba nada. Al darnos

cuenta de ello nos miramos los dos con cierto embarazo que la mendiga

debió tomar por vacilación, porque continuó diciendo:

»--¡Tengan piedad de nosotros! Enviudé hace tres meses; la enfermedad de

mi esposo acabó con nuestros pocos ahorros y hoy no puedo mantener a

este niño y a un hermanito suyo que he dejado en la cuna. ¡Pobrecillo!

El angelito no ha probado bocado desde ayer, porque no encuentro ni

limosna ni trabajo. ¡Caballero, señorita, ustedes que deben ser

bondadosos, compadézcanse de estos desgraciados!

»Magdalena y yo estábamos conmovidos. Teníamos hambre, porque desde la

mañana no habíamos comido nada, y aquella pobre criatura, aquel niño

infeliz, de menos edad y más débil que nosotros, no había probado bocado

desde el día anterior.

»--¡Sí, que son muy desgraciados! ¡Dios mío!--exclamó Magdalena con los

ojos arrasados en lágrimas. Pero con su prontitud y su gracia peculiares

dijo poniéndose en pie:

»--Mire usted, buena mujer: nosotros no llevamos dinero encima y nos

hemos perdido en el camino de Glatigny a Ville d'Avray; pero, si usted

nos guía y nos acompaña a casa del doctor Avrigny, que es nuestro padre,

éste sabrá recompensarle tal favor, pues si hay alguien en el mundo

capaz de socorrerla, es él, créalo usted.

»--¡Dios mío! ¡Gracias, por mis hijos, señorita!--respondió la mujer con

reconocimiento.--Pero, ¿cómo han podido ustedes extraviarse? ¡Si están a

dos pasos de Ville d'Avray!... Tomando esa senda de la izquierda verán

en seguida las primeras casas de la población.

»Estas palabras nos devolvieron como por encanto la alegría y el humor,

si bien, a decir verdad, pronto nos echamos a temblar pensando en el

recibimiento que nos aguardaba. Confieso por mi parte sin empacho que

seguía cabizbajo y preocupado a mi intrépida compañera que me precedía

conversando con su protegida y haciéndole preguntas acerca de su

desdichada situación.

»Al entrar en el parque oímos la voz de la señora Braun que nos llamaba

con insistencia. Detúvose Magdalena y volviéndose hacia mí me dijo:

»--¿Qué vamos a hacer? ¿Qué diremos ahora?

»La señora Braun, que acababa de echarnos la vista encima, venía

corriendo hacia nosotros.

»--¡Hola, traviesos! ¡Ya es hora que nos veamos!--gritó,--¡Ay, Dios mío!

¡Qué mal rato he pasado!... ¡El señor de Avrigny, que acaba de llegar,

preguntando por sus hijos, mientras los caballeretes andan perdidos por

ahí de ceca en meca! Por fortuna todo ha pasado ya, y no hay necesidad

de decir ni una palabra. Si él se enterase de esta escapatoria se

enfadaría conmigo y me echaría una reprensión que no merezco, puesto que

no tengo la menor culpa de nada.

»--¡Qué suerte!--exclamé.

»--¿Y esa infeliz que ha venido con nosotros?--preguntó Magdalena.

»--¿Qué?

»--Que se le debe dar la recompensa que le hemos ofrecido, y para ello

no hay más remedio que confesar que nos habíamos perdido y que ella nos

ha guiado hasta nuestra casa.

»--Sí, pero nos va a reñir--dije yo.

»--Pero tanto ella como su hijo están hambrientos--replicó

Magdalena.--¿No vale más que nos riñan y que esos pobres coman? ¿No lo

crees tú así también?

»¡Oh, Magdalena! ¡amada mía! ¡Qué bien retratan su alma esas palabras!

»El doctor, en lugar de reprendernos, nos colmó de besos. Aquella pobre

viuda, después de obtener informes de ella, quedó colocada en la granja

de Maursan, en donde hoy hay tres corazones más que ruegan a Dios por el

alma de nuestra querida Magdalena.

»¡Y pensar que no han transcurrido más que diez años desde que tuvo

lugar esta aventura!

»Esto es todo lo que acierto a escribirle hoy, Antoñita, y cuenta que

tengo enfrente la inmensidad del mar...

»¡Ay! También es inmenso mi dolor que se recrea en estos recuerdos de la

niñez del mismo modo que el Océano infinito se recrea en juguetear con

esos pequeños seres que pululan a millares, entre las rocas que azota

con sus olas encrespadas...

»_Nessum maggior dolore_

_che ricordarsi del tempo felice_

_nella miseria!..._

»_Amaury_.»

Amaury · 第 64 / 90 题