«Lille, 16 de septiembre.
»Por una casualidad, querida Antoñita, me veo precisado a detenerme en
Lille unas cuantas horas y aprovecho la ocasión para escribirle esta
carta.
»Cuando entrábamos en la ciudad se ha roto el eje del coche, y a causa
de este contratiempo he tenido que meterme en la posada más cercana. Vea
usted por qué mi egoísmo aumenta hoy su pena haciendo gravitar sobre
ella todo el peso de la que a mí me devora.
»Antes de salir de París, sentí que no podía alejarme sin ir a
despedirme de Magdalena; así, después de traspasar la barrera, he hecho
que mi carruaje diese la vuelta a los _bulevares_ exteriores y a las dos
horas estaba yo en Ville d'Avray.
»Llegué al cementerio, que, como usted sabe, está rodeado por una tapia
muy baja. No queriendo yo enterar a nadie de mi visita escalé la tapia
en lugar de ir a pedir la llave al sacristán.
»Serían las ocho y media de la noche y reinaba en el fúnebre recinto la
oscuridad más completa. Avancé con sigilo en las tinieblas procurando
orientarme y llegué hasta la tumba de Magdalena... Pero, ¡cuál no sería
mi sorpresa cuando vi una sombra humana tendida sobre la sepultura! Dí
un paso más y reconocí al doctor. He de confesarle, Antoñita, que sentí
un impulso de cólera al ver que aquel hombre, que mientras vivió su hija
no se separaba de ella, me la disputaba ahora hasta en el sepulcro.
»Me apoyó en un ciprés y resolví aguardar a que él se hubiese marchado.
»De rodillas, con la cabeza inclinada casi hasta tocar en tierra, el
señor de Avrigny, murmuraba:
»--Magdalena, si es verdad que hay otra vida, si el alma no muere con el
cuerpo que le sirve de envoltura, si por la misericordia divina les es
permitido a los muertos visitar a los vivos, yo te suplico que te me
aparezcas tan pronto y tan frecuentemente como puedas, porque hasta el
momento en que haya de ir a reunirme contigo yo, hija mía, te aguardaré
a todas horas esperando siempre verte.
»Lo que el doctor estaba diciendo a su hija, era lo mismo que yo quería
pedirle. ¡Oh! Siempre aquel hombre había de anticipárseme en todo.
»Pronunció algunas palabras más en voz baja; se levantó y yo no pude
contener mi asombro al verle dirigirse en derechura hacia mí. Me había
visto y me había conocido.
»--Querido Amaury--me dijo,--aquí te dejo a solas con Magdalena, pues me
doy perfecta cuenta de esos celos que tienes de mis lágrimas y comprendo
el egoísmo de tu dolor que te hace desear mi partida para arrodillarte
tú también sobre la tumba. Tengo además en cuenta que tú te vas y no
podrás verla ya hasta tu vuelta, mientras que yo vivo ahí cerca y podré
ver esa sepultura mañana, pasado, todos los días y en todos los
instantes que yo quiera. ¡Adiós, Amaury, adiós!
»Y alejándose con lentitud sin aguardar mi respuesta, desapareció en la
oscuridad.
»A mi vez me arrojé sobre la tumba, y repetí su plegaria, no con su voz
grave y resignada, sino con el llanto y los sollozos de mi desesperación
y mi dolor.
»¡Oh, Antonia! ¡Qué alivio tan grande me proporcionó aquella explosión
de mi pena! Me era indispensable aquella postrera crisis y sólo al
recordarla, lloro y sollozo tanto que no sé si podrá usted leer esta
carta cuyas líneas llegarán a sus manos empapadas en mis lágrimas
ardientes.
»Ignoro cuánto tiempo estuve en el cementerio, quizás no habría salido
de aquel sagrado recinto si el postillón, desde lo alto de la tapia, no
me hubiera avisado que ya era hora de que volviese a mi coche.
»Entonces rompí una rama de los rosales que adornan el sepulcro, y me
alejé de allí, cubriendo de besos aquellas flores en cuyo aroma creía yo
respirar el puro aliento de mi pobre Magdalena.»