Cuando Amaury volvió a su cuarto encontró en derredor suyo en los
muebles, en los cuadros, hasta en el aire, recuerdos tan amargos que, no
pudiendo resistirlos y loco de dolor, se lanzó a la calle, saliendo a
pie, sin objeto, sin propósito deliberado, sin otra idea que la de
llevar lejos de allí a cualquier parte la pena que le abrumaba.
Eran las seis y media de la mañana.
Caminaba con la cabeza baja, y en medio de las tinieblas en que su alma
se agitaba sólo distinguía la figura de Magdalena envuelta en un
sudario, y en la soledad de su espíritu sólo oía un eco que sin cesar
repetía esta palabra: «¡Morir! ¡Morir!»
En el bulevar de los Italianos, a donde llegó sin saber cómo, le
cerraron el paso tres antiguos amigos, alegres camaradas de su vida de
soltero que con el cigarro en la boca y las manos en los bolsillos
revelaban bien a las claras hallarse en ese estado de expansiva
animación que raya en la embriaguez.
--¡Caramba, chico! ¡Pues no es Amaury!--exclamó uno de ellos con
estentórea voz, hija de su despreocupación del momento.--¿De dónde
sales, di? ¿Y adónde vas ahora? ¿Dónde te has metido en estos dos
meses, que no te has dejado ver en ninguna parte?
--¡Poco a poco!--dijo otro interrumpiendo al primero.--Todas esas
preguntas están muy en su punto; pero vayamos por partes. Ante todo
tenemos que justificarnos a los ojos de Amaury, que es hombre bien
nacido, de nuestro crimen. ¡Miren que andar por las calles a las siete
de la mañana! Chico, no vayas a imaginarte que hemos madrugado tanto: lo
que ocurre es que aún no nos hemos acostado, ¿entiendes? Ahora nos vamos
a la cama... Los tres hemos pasado... (es decir, tres y tres, ¿eh?)...
hemos pasado la noche en casa de Alberto, donde nos hemos regalado con
un festín digno de Sardanápalo y ahora nos volvemos santamente a
nuestras casas a pie, como puedes ver, para tomar un poco el aire de la
mañana.
--Todo lo cual demuestra--agregó el tercero, que estaba más borracho que
ninguno--la verdad que se encierra en aquel aforismo político (¡oh! ¡es
un gran apotegma!) de Talleyrand: _Cuando uno ha sido siempre feliz..._
Amaury les miraba aturdido y como alelado, sin entender lo que hablaban.
--Ya estás enterado--repuso el primero que había tomado la
palabra;--ahora estás tú en el deber de justificar tu madrugón y de
decirnos por qué te has eclipsado estos dos meses.
--¡Bah! Eso lo diré yo mismo, señores--saltó el segundo,--porque, a Dios
gracias, no ando mal de memoria, lo cual, dicho sea de paso, viene a
probar lo que digo hace ya rato y es que habiendo bebido por dos soy el
que está más sereno de los tres. Yo sé por qué no hemos visto a Amaury
en tanto tiempo y ahora lo diré. Recuerdo muy bien que nuestro amigo
está enamorado de la hija del doctor Avrigny y acaricia respecto a ella
proyectos matrimoniales.
--¡Ah, sí! ¡Yo también me acuerdo ahora! Y hasta me parece que el
suegro, el día del baile, señaló para hoy (¿no es hoy once de
septiembre?) la boda de su hija con Amaury.
--Sí; pero te olvidas de que aquella misma noche la novia se puso
enferma.
--Pero aquella indisposición sería pasajera y no habrá sido nada...
--No, señores--contestó Amaury.
--¿Ya está buena?
--Ha muerto.
--¿Cuándo?
--Hace una hora.
--¡Demonio!--exclamaron estupefactos los tres.
--¡Conque ha muerto! ¡Y hace una hora! ¡Qué fatal coincidencia! ¡Yo que
iba ahora mismo a pedirte que nos acompañaras a almorzar!...
--No puede ser. Yo, lejos de almorzar con mis amigos, les invito a mi
vez a que me acompañen mañana en el entierro de la que fue mi prometida.
Y, despidiéndose de ellos, se alejó con rapidez.
--Está loco rematado--dijo uno, al ver cómo se alejaba.
--O es demasiado discreto--repuso otro.
--¡Pchs!... Lo mismo da--agregó el llamado Alberto.
--En fin, no importa... Pero dejemos a un lado el género triste; hay que
convenir en que es muy poco agradable eso de tropezarse después de beber
bien, con un novio que acaba de enviudar.
--¿Asistirás al entierro?
--Creo que no podemos excusarnos--observó Alberto.
--No hay que olvidar que mañana la Grisse vuelve a cantar el _Otelo_.
--Tienes razón; ya no me acordaba. Concurriremos a la iglesia para que
nos vean; la cuestión es que Amaury no pueda quejarse de que faltamos.
Y dicho esto, prosiguieron su interrumpido camino.
Cuando Amaury se separó de ellos asaltó su cerebro una idea que ya otras
veces había acudido a su mente aunque con más vaguedad. El joven pensó
en morir.
¿Qué le quedaba que hacer en este mundo? Muerta Magdalena, ¿qué lazo
podía unirle a esta mísera existencia? ¿No lo había perdido todo con su
amada? No le restaba otra cosa que reunirse con ella, como ya se lo
había prometido a sí mismo tantas veces desde que estuvo seguro de que
no había remedio.
Amaury razonaba de este modo:
Una de dos: o hay otra vida o no la hay. Si es verdad que la hay,
volveré a ver a Magdalena y con ella recobraré la felicidad perdida. Y
si esa vida no existe, al extinguirse la mía todo acaba, mis lágrimas se
secan y yo no siento ya mi desdicha. De todos modos he de salir ganando,
pues nada perderé al dejar la vida que para mí nada vale.
Tomado ya este partido, le convenía a Amaury aparecer tranquilo y casi
alegre. No había por qué interrumpir su vida ordinaria y además no
quería que al saberse su muerte se dijera de él que se había suicidado a
impulsos de la desesperación, en un rapto de locura. Lejos de eso tenía
empeño en que todo el mundo considerase su acto bien premeditado, como
prueba de valor y no como signo de cobardía.
Según su plan debía ordenar sus asuntos, escribir sus últimas
disposiciones y visitar a sus amigos anunciándoles únicamente que iba a
emprender un viaje de larga duración. Asistiría al día siguiente al
entierro de su amada y por la noche concurriría al teatro para oír desde
su palco el último acto de _Otelo_, aquella romanza del _Sauce_, aquel
último canto del cisne, obra maestra de Rossini que tanto gustaba a
Magdalena. Después regresaría a casa y allí se levantaría la tapa de los
sesos.
Hay que advertir que Amaury poseía un alma recta, un corazón sincero y
sin doblez; así, que combinaba uno por uno los detalles de su próximo
fin, sin echar de ver la afectación que pudiera haber en tales
preparativos, sin fijarse en que había otros modos de morir, quizás
mucho más sencillos.
A sus años no podía menos de parecerle grande y a la vez muy natural
todo lo que pensaba hacer y buena prueba de ello es que, persuadido de
que ya no había de vivir más que dos días dominó su pena, y al volver a
casa se acostó, y, rendido por tantas y tantas emociones como el joven
acababa de sufrir, se durmió tranquilamente.
Despertose a las tres, se vistió con esmero, visitó a sus amigos,
anuncioles su viaje, abrazó a unos, estrechó la mano a otros, regresó a
casa y comió solo (pues no vio en todo el día al doctor ni a su
sobrina), aparentando en todos sus actos una calma tan terrible que los
criados dudaban de que estuviera en su juicio.
A las diez fue a su casa y se puso a redactar su testamento, dejando la
mitad de su fortuna a Antoñita, un legado de cien mil francos a Felipe,
que todos los días había ido a enterarse del curso de la enfermedad de
Magdalena, y distribuyendo el resto en diferentes mandas.
Después siguió escribiendo su diario, continuándolo hasta aquel mismo
instante y anunciando en él su propósito de quitarse la vida, sin perder
la tranquilidad, sin la menor emoción, con pulso firme.
Cuando acabó su tarea eran las ocho de la mañana. Tomó sus pistolas y
después de cargarlas con dos balas se las guardó bajo la levita, montó
en su carruaje y fue a casa del doctor. El señor de Avrigny no había
salido desde el día anterior de la habitación de su hija.
En la escalera tropezose Amaury con Antonia, que se dirigía a su cuarto
y tomándole la mano la besó en la frente sonriendo.
Su tranquilidad asustó a la joven, que le siguió con la vista hasta que
él hubo entrado en su aposento.
Amaury metió las pistolas en un cajón de la mesa, cerró éste y guardose
la llave en el bolsillo. Hecho esto se vistió para el entierro y al
bajar luego al salón se encontró con el doctor que había pasado la noche
velando el cuerpo de su hija. El infeliz padre, al salir del cuarto de
Magdalena con los ojos hundidos y el rostro lívido, como un espectro que
saliera del sepulcro, retrocedió cegado por el vivo resplandor de la luz
del día.
--Ya van pasadas veinticuatro horas--dijo con ademán meditabundo.
Y estrechó la mano a Amaury, contemplándole en silencio. Quizás pensaba
demasiadas cosas para poder expresarlas.
Sin embargo, el día anterior había dictado sus disposiciones con una
calma inaudita, con una impasibilidad aterradora. Según sus órdenes el
cuerpo de Magdalena, después de estar expuesto en una capilla ardiente a
la puerta de la casa, debía ser conducido a San Felipe, en donde al
mediodía se celebraría el oficio de difuntos, y de allí sería
transportado a Ville d'Avray.