«Mi partida se ha fijado para dentro de seis días y la misma Magdalena
ha sido quien me ha rogado que parta. No me había, pues, engañado el
doctor al prevenírmelo así.
»Ayer por la mañana estábamos reunidos en la misma sala en que ocurrió
la escena aquella del piano (que afortunadamente no dio malos
resultados, pues Magdalena cada día está mejor), cuando el señor de
Avrigny, después de hablar mucho rato de usted con ella en términos que
no repetiré por no herir su rara modestia, anunció que el lunes
regresaría usted de Ville d'Avray.
»Al oírlo se estremeció Magdalena y palideció densamente. Miré al
doctor, y viendo que tenía una mano de ella entre las suyas comprendí
que aquella sensación no debía haber pasado para él inadvertida.
»Al otro día debía Magdalena bajar al jardín para disfrutar allí, entre
las flores, el aire y los aromas que con tanto afán apetecía en los
días, anteriores. Pero vea usted, Antoñita, cuán razonable era la
comparación que su tío establecía entre los enfermos y los niños: ya no
parecía causarle impresión alguna la promesa que le había hecho su
padre; semejante a una nube, había pasado sobre su espíritu, y ya su
pensamiento se hallaba exclusivamente ocupado por un solo objetivo.
»Proponíame yo aprovechar el primer momento en que estuviese a solas con
ella para preguntarle qué era lo que causaba su ensimismamiento, cuando
entró José trayéndome una carta que abrí en seguida. El ministro de
Negocios Extranjeros me escribía rogándome que pasase a su despacho
porque tenía que hablarme.
»Apenas leí la carta se la entregué a Magdalena. Mientras ella la leía a
su vez sentía yo cierta inquietud. Comprendía la correlación que podía
tener aquella carta con lo que el doctor me había dicho la víspera a
propósito de mi viaje, y no podía menos de temblar, mirando a Magdalena.
¡Pero cuál no sería mi asombro cuando vi que se alegraba su semblante!
»Creí que en el mensaje no había, visto otra cosa que un suceso
ordinario y no quise revelarle la verdad. Me despedí, diciendo que
volvería en seguida, y salí dejándola a solas con su padre.
»No me engañaban mis presentimientos. El ministro, que se mostró conmigo
tan amable y complaciente como siempre, me dijo que me llamaba porque
había querido manifestarme personalmente que mi comisión, por virtud de
imprevistos acontecimientos políticos, se había hecho muy urgente y yo
debía disponerme para el viaje; pero, defiriendo a mis compromisos
contraídos con la familia de Avrigny me concedía, fiando en mi
discreción, el tiempo que necesitase para preparar a mi novia y a su
padre.
»Le dí las gracias por sus atenciones y le prometí responderle el mismo
día fijando la fecha de mi partida.
»Volví a casa muy preocupado, no sabiendo cómo darle a Magdalena tal
noticia. Cierto es que confiaba en el doctor, porque me había prometido
librarme de este apuro; pero casualmente acababa de salir hacía muy poco
rato y Magdalena había dado orden de que cuando yo llegara me hiciesen
entrar en su habitación.
»Yo escuchaba perplejo estas explicaciones que me daba la doncella,
cuando sonó la campanilla de Magdalena, que preguntaba si había yo
regresado.
»No había excusa posible; así, que me dirigí en el acto a su aposento.
Ella debió conocerme por el rumor de mis pasos, porque al entrar yo la
vi con los ojos fijos en la puerta, revelando en su»mirada la más
profunda ansiedad. Al verme llegar, me dijo:
»--Ven, ven, Amaury. ¿Has visto ya al ministro?
»--Sí--le contesté, con cierta vacilación.
»--Ya sé para qué te ha llamado: para decirte lo mismo que le dijo ayer
a papá a quien vio en palacio: que debías partir en seguida.
»--¡Magdalena! ¡amada mía!--exclamé.--¡Te juro que estoy dispuesto a
renunciar a esta comisión y aun a mi propia carrera, si es preciso,
antes que abandonarte!
»--¿Qué dices, Amaury?--replicó Magdalena, con viveza.--¡Eso es una
locura! No, no, Amaury; hay que tener juicio y pensar con sensatez.
Jamás me perdonarla yo el haber interrumpido tu carrera precisamente
cuando ésta empieza a infundir las más lisonjeras esperanzas.
»Yo la miré asombrado, no atreviéndome a dar crédito a mis oídos. Ella
entonces me dijo, sonriendo:
»--¿Verdad que no aciertas a explicarte cómo te habla de un modo tan
razonable una mujer tan excéntrica y tan caprichosa como yo? Pues ahora
te diré lo que acabamos de acordar papá y yo.
»Me acerqué a ella, me senté a sus pies como siempre, y mientras
acariciaba sus demacradas manos entre las mías, prosiguió:
»--Aún no estoy bastante fuerte para soportar las fatigas del viaje,
pero papá asegura que dentro de quince días podré ponerme en camino sin
ningún inconveniente. Así, pues, tu marcharás y yo iré tras de ti;
mientras tú cumples en Nápoles tu comisión, yo iré a aguardarte a Niza,
adonde llegarás casi al mismo tiempo que yo, gracias al vapor. ¡Oh! ¡Qué
hermosa invención es la del vapor! ¿verdad? Para mí, Fulton ha sido el
hombre más grande de las edades modernas.
»--¿Y cuándo debo partir?--le pregunté.
»--El domingo por la mañana--respondió sin titubear Magdalena.
»Me acordé, Antoñita, de que usted llegaba el lunes de Ville d'Avray y
pensé en que no la vería antes de mi marcha. Iba a decirle esto a
Magdalena, cuando prosiguió diciendo:
»--Partes de aquí el domingo por la mañana; tomas la posta hasta Châlons
(escúchame: todo esto me lo ha explicado papá); desde Châlons sigues tu
viaje por el río hasta Marsella, y de aquí, en un buque del Estado que
sale el día primero de cada mes, vas a Nápoles en seis días. Te concedo
el plazo de diez días para desempeñar tu comisión. En diez días puede
hacerse mucho ¿no te parece? Al expirar ese plazo emprendes el viaje de
vuelta, y a fines de julio llegas a Niza, en donde estaremos
aguardándote desde el 15 o el 20. Sólo se trata de seis semanas de
ausencia, pasadas las cuales nos reuniremos bajo aquel hermoso cielo
para no volver a separarnos ya más. Niza constituirá nuestra tierra de
promisión, nuestro paraíso recobrado. Después que las suaves brisas de
Italia me hayan acariciado dulcemente devolviéndome la salud del cuerpo
y me haya restaurado tu amor el vigor del espíritu, nos casaremos;
entonces papá volverá a París y nosotros seguiremos nuestro viaje. ¿Qué
te parece? ¿Verdad que es un proyectó magnífico?
»--Si, Magdalena; solamente es de sentir que comience por una
separación.
»--Ya te lo he dicho antes, Amaury: esa separación la exige tu carrera y
yo acato esa exigencia con la abnegación debida.
»Yo estaba cada vez más sorprendido, sin acertar a explicarme en modo
alguno una serenidad y una sensatez como aquéllas en una niña tan mimada
y caprichosa como Magdalena; pero ni interrogándola ni pidiéndole toda
suerte de explicaciones, pude lograr esclarecer el misterio. Ella me
repitió sin cesar que por propia voluntad se sacrificaba para complacer
al ministro, merced al cual lograría yo ascensos en mi carrera.
»¿No le causa a usted todo esto tanta extrañeza como a mí, querida
Antoñita? A causa de ello he estado pensativo todo el día. ¡Yo no
hubiera osado hablar a Magdalena de ese viaje y ella se me anticipa,
salvando todo obstáculo y allanando toda dificultad!
»¡Oh! ¡Qué razón tienen los que dicen que el corazón de la mujer es un
arcano!
»Ayer pasamos todo el día ideando proyectos y trazando planes. Magdalena
recobra poco a poco el buen humor a medida que su salud y sus fuerzas se
restablecen.
»Su padre se mira en ella. Ya he visto dibujarse en sus labios algunas
sonrisas que han ensanchado mi corazón henchiéndole de gozo.»