Cuando Amaury entró en su casa encontró a un amigo que le estaba
aguardando. Era un joven abogado condiscípulo suyo en el colegio de
Santa Bárbara primero, y en la facultad de derecho más tarde. Tenía, con
poca diferencia, la misma edad que Amaury. Vivía con desahogo, pues
disfrutaba de una renta que podría estimarse en unos diez mil pesos;
pero no era, como su compañero, de esclarecido linaje.
Se llamaba Felipe Auvray.
Por el ayuda de cámara tuvo Amaury noticia de aquella visita inoportuna
y su primera intención fue subir directamente a su cuarto, dejando a
Felipe que esperara hasta que ya, aburrido, se marchase, cansado de
aguardar.
Pero Auvray era tan buen amigo que le dio lástima y entró en su
despacho, donde sabía por el criado que estaba esperándole Felipe.
--¡Gracias a Dios!--dijo éste al ver a Amaury.--Una hora hace que te
aguardo. Ya lo habría dejado para mejor ocasión si no fuese porque tengo
que pedirte un gran favor, contando con tu amistad.
--Ya sabes, Felipe--respondió Amaury,--que te considero como mi mejor
amigo. Así, no habrás de enojarte por lo que ahora te diré. ¿Tienes que
pagar una deuda de juego o batirte en duelo? Esas son las dos únicas
cosas que no admiten demora. ¿Has de pagar hoy? ¿Has de batirte mañana?
En cualquiera de esos casos dispón en el acto de mi bolsa y de mi
persona.
--Nada hay de lo que imaginas--respondió Felipe.--Venía a hablarte de un
asunto bastante más importante, pero no de tanta urgencia.
--Entonces debo decirte francamente que estoy en una situación de ánimo
nada a propósito para prestar atención a tus palabras, no obstante el
gran interés que me inspira todo cuanto te concierne.
--Siendo así, permíteme que te pregunte a mi vez si por mi parte puedo
prestarte ayuda de algún modo.
--No es fácil, por desgracia. Lo más que puedes hacer es diferir por dos
o tres días la confidencia que querías hacerme ahora. Necesito estar
solo.
--¡Es posible que no seas feliz tú, Amaury, con un apellido ilustre y
una fortuna que nada tiene que envidiar a las primeras de Francia! ¡Se
puede ser desgraciado siendo conde de Leoville y poseyendo cien mil
francos de renta! A fe mía que no lo creyera si no lo oyese de tu propia
boca.
--¡Y sin embargo, así es, amigo mío! soy desgraciado, ¡muy desgraciado!
y tengo para mí, que cuando a nuestros amigos les aqueja un infortunio
estamos en el caso de dejarlos a solas con su aflicción. Si no
comprendes esto, Felipe, será porque jamás te ha herido la desgracia.
--Puesto que me lo pides, lo haré, contra mis deseos.--¿Quieres estar
solo? pues solo te dejo. ¡Adiós, Amaury! ¡adiós, amigo mío!
--¡Adiós!--respondió Amaury, dejándose caer en un sillón.
Y añadió:
--Di a mi ayuda de cámara que no quiero ver a nadie y que no permita que
se me moleste sin que yo llame. No estoy para soportar la menor molestia
ni deseo contemplar un rostro humano.
Auvray cumplió el encargo, y salió devanándose los sesos por atinar con
la causa de aquella misantropía que de un modo tan brusco había hecho
presa en el alma de su amigo.
Este, perplejo y malhumorado, evocaba entretanto sus recuerdos, pugnando
por explicarse la razón del extremado rigor que el señor de Avrigny
había usado con él.
Según ya hemos dicho, Amaury era un hombre que podía considerarse, en
todos conceptos, nacido con buena estrella.
Dotado por la Naturaleza de elegancia, apostura y distinción, había
recibido de su padre un apellido glorioso, cuyos méritos contraídos
cerca de la monarquía habíanse acrecentado en las guerras del Imperio, y
una fortuna que pasaba de millón y medio, confiada a la intachable
administración del doctor Avrigny, uno de los médicos más renombrados de
la época y amigo íntimo y muy antiguo de la familia de Leoville.
A mayor abundamiento, su fortuna, manejada con gran tacto por tutor tan
cuidadoso, aumentó durante su menor edad en más de un tercio.
Pero el doctor no se había limitado a velar por el patrimonio de su
pupilo, sino que había dirigido personalmente su educación como pudiera
haberlo hecho tratándose de un hijo.
Resultó de ello que Amaury, criado junto a Magdalena, que era casi de su
edad, se había acostumbrado a querer entrañablemente y con amor más que
fraternal, a la que le miraba como un hermano.
Así, ambos concibieron desde niños, en la sencillez de su alma inocente
y en la pureza de su corazón, el proyecto halagador de no separarse
nunca.
El amor intensísimo que Avrigny había profesado a su esposa, arrebatada
a este mundo por la tisis, en la flor de su juventud, y que había
cifrado más tarde en su única hija, unido al cariño casi paternal que
Amaury le inspiraba, hacía que éste y Magdalena ni por pienso hubiesen
nunca dudado de obtener su aquiescencia.
Todo se aunaba para infundir en sus almas la esperanza de ver unidos sus
destinos, y éste era siempre el tema de sus coloquios desde que uno y
otro habían leído claro en el fondo de su pecho.
Las frecuentes ausencias del doctor, cuya persona reclamaba a cada
instante la clientela, el hospital que dirigía y el Instituto del cual
era miembro, dejábanles tiempo de sobra para forjarse hermosos sueños
que por la memoria del tiempo pasado y fiando en la esperanza del
venidero juzgaban realizables.
Así las cosas, acababan de cumplir, Magdalena veinte años y Amaury
veintidós cuando cambió súbitamente el humor del doctor Avrigny que
comenzó a mostrarse grave y severo desde entonces.
Al pronto se atribuyó este cambio de carácter a la circunstancia de
haberse muerto una hermana a la cual quería acendradamente, y que le
legaba, para que velase por ella, una hija de la edad de Magdalena, su
mejor amiga, y su inseparable compañera de estudios y de recreos. Pero,
con el transcurso del tiempo, el semblante del doctor fue acusando cada
vez más severidad y llegose a notar que su mal humor solía desahogarse,
deshaciéndose en reproches sobre Amaury. No pocas veces alcanzaba el
chubasco a Magdalena, a aquella hija adorada, a la cual había prodigado
a raudales un amor del que sólo parecía susceptible un corazón materno.
Desde entonces se observó que la jovial y aturdida Antoñita era la
predilecta del doctor y que ella y no Magdalena poseía el privilegio de
decirle cuanto le venía en gana.
Delante de Amaury, no cesaba el doctor de encomiar las cualidades de
Antoñita, dejando traslucir en más de una ocasión el agrado con que
vería que Amaury renunciase a los planes que él mismo había trazado
respecto a su pupilo y a Magdalena, para dedicarse a aquella sobrina que
había prohijado, y en la cual parecía haber concentrado ya todo el
afecto.
Para Amaury y Magdalena, a quienes la fuerza de la costumbre no les
dejaba ver la verdadera causa de las rarezas del doctor, no obedecían
éstas a otra causa, que a pasajeras contrariedades, y estaban muy lejos
de advertir la pesadumbre real que motivaba aquella metamorfosis.
Así, conservaban casi toda su confianza, cuando un día y mientras
jugaban como dos niños, corriendo alrededor de la mesa de billar por
haberse empeñado Amaury en quitarle una flor a Magdalena, se abrió de
pronto la puerta y entró el doctor, el cual se encaró con ellos y en
tono áspero exclamó:
--¿Qué niñerías son éstas? ¿Piensas tener aún doce años, Magdalena?
¿Crees no haber pasado de los quince, Amaury? ¿Te imaginas que corres
todavía por el parque del castillo de Leoville? ¿A qué viene ese empeño
en arrebatarle a Magdalena una flor que te niega con sobrada razón?
Hasta hoy, había creído que esos pasos coreográficos, sólo estaban
reservados a los pastorcillos de la Opera; pero por lo visto andaba yo
equivocado.
--¡Pero, papá!--osó decir Magdalena, que acababa de advertir que el
doctor hablaba en serio.--Ayer aún...
--Una cosa era ayer, y otra es hoy--replicó con sequedad
Avrigny.--Sujetarse de ese modo a lo pasado es renunciar a dirigir lo
futuro. Para sentir tal afición a las costumbres de la infancia no valía
la pena de haber abandonado las muñecas y juguetes. A aquel de los dos
que no alcance a comprender que el tiempo transforma los deberes y
conveniencias sociales, yo cuidaré de hacérselo bien presente.
--Permítame usted, querido tutor--repuso Amaury,--que le tache de ser
demasiado severo con nosotros. Hoy se queja de nuestras niñerías, y yo
recuerdo haberle oído decir muchas veces, que entre las plagas de
nuestro siglo se contaba el afán de los niños por echarla ya de hombres.
--¿Lo dije así? Sería indudablemente por esos mozalbetes recién salidos
del colegio, que la echan de políticos altruistas; por esos Richelieu de
veinte años que alardean de misántropos; por esos poetas en capullo para
quienes la desilusión es una décima musa. Pero tú, querido Amaury, ya
que no por tu edad, por tu posición, debes pretender algo más serio. Y
si en realidad no es así, aparéntalo siquiera. Pero he venido para
hablarte de cosas graves. Retírate, Magdalena.
La joven salió, dirigiendo a su padre una mirada preñada de súplicas que
en otro tiempo hubiera desarmado su enojo por completo. Indudablemente
recordó el doctor por quién intercedían aquellos hermosos ojos, pues
permaneció irritado e inmutable. Dio algunos paseos por el aposento sin
pronunciar palabra, mientras que Amaury le seguía anhelosamente con la
vista. Por último se paró ante su pupilo y, sin atenuar la expresión de
severidad, manifiesta en su rostro, le dijo:
--Escúchame, Amaury. Quizás he tardado más de lo conveniente en decirte
lo que vas a oír, y es que un joven de veintidós años, como tú, no puede
vivir bajo un mismo techo que dos señoritas con las que no le une ningún
vínculo de parentesco. Esta separación es para mí muy penosa.
Difiriéndola por más tiempo, incurriría yo en una falta imperdonable.
Ahórrate reflexiones que serían de todo punto inútiles y no se te ocurra
hacer objeción alguna, pues mi resolución es inquebrantable.
--Pero, querido tutor--dijo Amaury con acento conmovido,--creía yo que
la costumbre de verme a su lado y de llamarme hijo le había hecho ya
considerarme como individuo de su familia, o por lo menos como digno de
ingresar en ella. ¿Me habrá cabido la desgracia de ofenderle
involuntariamente? ¿Me condena a alejarme de aquí por haberme retirado
su estimación?
--Querido Amaury--repuso el doctor,--siempre he creído, que una vez ya
arregladas contigo las cuentas de la tutela, quedábamos en paz.
--Pues se equivoca usted, señor de Avrigny--replicó Amaury,--porque al
menos yo no creeré nunca haberle pagado. Ha sido usted para mí más que
un tutor fiel un padre cariñoso y previsor; me ha educado, ha hecho de
mí lo que soy, me ha inculcado los sentimientos más nobles y generosos;
ha sido a la vez, tutor, padre, mentor, guía y amigo. Así, debo ante
todo obedecerle con respeto, y en virtud de ello me retiro. Adiós, padre
mío; confío en que algún día se acordará usted de su hijo.
Diciendo estas palabras, se acercó Amaury al doctor, tomole la mano casi
a la fuerza, y después de besársela salió.
Al otro día hízose anunciar en casa de su tutor, como si hubiera sido un
extraño, y esforzándose por aparecer sereno, participole con firmeza
desmentida a las claras por sus húmedos ojos, que había alquilado un
pequeño palacio en la calle de los Maturinos y que su visita era ya de
despedida.
Magdalena, que presenciaba esta entrevista, dobló la cabeza, abatida por
el paternal capricho, como lirio que troncha el cierzo helado, y cuando
alzó la vista para mirar a Amaury, su padre la vio tan demudada que se
estremeció de espanto.
Quizás comprendió el señor de Avrigny que su inexplicable rigor había de
parecer odioso a su hija, pues deponiendo su actitud severa tendió la
mano al joven, diciéndole:
--Amaury, no has interpretado bien mi pensamiento. Tu partida no reviste
el carácter de un destierro. Aquí estarás siempre en tu casa y cuando
vengas a vernos te recibiremos con los brazos abiertos.
Un destello de alegría brilló en los hermosos ojos de Magdalena y por
sus descoloridos labios vagó una débil sonrisa al oír las palabras de su
padre.
Pero Amaury, adivinando que el doctor hacía esta concesión
exclusivamente a su hija, saludó con humildad a su tutor y besó la mano
de Magdalena, revelando su semblante tan profunda tristeza que en esta
acción el amor parecía ceder su puesto al pesar.
Sólo a partir de aquel día, sólo cuando se vieron separados,
comprendieron ambos jóvenes cuánto se amaban y hasta qué punto la
intensidad de su afecto hacía que el uno fuese indispensable a la
existencia del otro.
Los vehementes deseos de volverse a ver después de separarse, la
sensación de grata sorpresa al encontrarse de nuevo, las pueriles
tristezas y las misteriosas alegrías, síntomas de esa enfermedad del
alma que llaman amor, todo lo fueron sucesivamente experimentando los
dos jóvenes, sin que ni una sola circunstancia escapara a la escrutadora
mirada, del doctor, quien en más de una ocasión había parecido como que
se arrepentía de haber sido condescendiente con Amaury, cuando ocurrió
la escena que queda relatada.
El joven recordaba, uno por uno todos estos acontecimientos, y hacía mil
conjeturas sin lograr hallar, por más que consultase su conciencia y
sondeara su memoria, una explicación razonable de aquel cambio
repentino.
Ocurriósele entonces la única idea que podía explicar de una manera
plausible la conducta de su tutor, esto es, supuso que, como por
considerar que su enlace con Magdalena, era ya asunto resuelto, no había
hablado nunca de ello al doctor, éste podía haber creído que su pupilo,
viniendo en su casa primero y frecuentándola después, abrigaba
propósitos muy diferentes de los que al principio se había imaginado.
Creyó que esta informalidad había ofendido al señor de Avrigny, y se
decidió a escribirle oficialmente pidiéndole la mano de Magdalena.
Tan pronto como se resolvió a hacerlo, puso manos a la obra, escribiendo
esta epístola: