Buenos Aires

1911

Existe en Francia una cosa tan peculiar, tan genuina del carácter

nacional, que con dificultad se encuentra en otro país cualquiera: la

conversación, en cuya especialidad no hay nadie que pueda competir con

los franceses.

En el resto del globo se discute, se argumenta, se perora; sólo en

Francia se conversa por costumbre.

No pocas veces, estando yo en Italia, en Alemania o en Inglaterra, me ha

ocurrido anunciar de pronto que al día siguiente me volvía a París. Si

alguno, admirado de tan súbita resolución, me preguntaba:

--¿A qué vas a París?

Yo le respondía sencillamente:

--A conversar.

Y no era flojo su asombro al saber que yo, ahito de conversación,

pensaba en hacer un viaje de centenares de leguas sólo por darme el

gusto de conversar.

Nadie podía explicarse un capricho semejante; sólo me comprendían los

franceses. Estos solían exclamar:

--¡Qué dicha! ¡qué placer!

Y sucedía a veces que alguno de ellos se venía conmigo.

A decir verdad no hay nada más grato que esas minúsculas tertulias que

en un salón elegante improvisan unas cuantas personas charlando a su

sabor, dando vueltas a una idea mientras dura el hechizo que produjo,

para abandonarla después de sacar de ella todo el partido posible,

cediendo al atractivo de otra nueva que a su vez surge en medio de las

bromas de unos, de los discreteos de otros y de las agudezas de todos,

lo cual no obsta para que súbitamente, al llegar al punto culminante de

su desenvolvimiento, se desvanezca como pompa de jabón tocada por la

dueña de la casa, que mientras sirve el te lleva de grupo en grupo el

hilo de la charla general, recopilando opiniones, pidiendo pareceres,

planteando problemas y obligando casi siempre a cada corrillo a verter

su correspondiente frase en ese tonel de las Danaides que se llama «la

conversación».

Por el estilo del salón que describo hay en París cinco o seis en los

cuales no se baila, ni se carta, ni se juega, y sin embargo no se sale

de ellos nunca antes del amanecer.

Cuéntase entre estos salones el de un buen amigo mío, el conde M... Digo

amigo mío y en realidad no haría mal en decir amigo de mi padre, pues es

el caso que el conde de M... quien por nada de este mundo es capaz de

confesar _motu proprio_ su edad (ni, por otra parte, tampoco hay quien

le pregunte sobre ella), no dejará de tener sus sesenta y tantos años

bien cabales, aunque no represente más allá de los cincuenta, gracias al

extremado esmero con que cuida su persona. Es uno de los últimos y más

genuinos representantes del tan calumniado siglo XVIII, lo cual debe sin

duda explicar la escasez de sus creencias, circunstancias que (dicho sea

en su honor), no le ha hecho caer, como a la mayoría de los incrédulos,

en el afán de empeñarse en que los demás dejen de creer también.

Puede decirse que hay en él dos principios, uno hijo del corazón y otro

del entendimiento, que mutuamente se repelen. Es egoísta por sistema y

generoso por naturaleza. Nacido en tiempo de nobles y filósofos, el

instinto aristocrático viene a equilibrar en su espíritu la

independencia del pensador. Conoció a los hombres más conspicuos del

pasado siglo. Fue bautizado por Rousseau con el título de ciudadano;

Voltaire le auguró que sería poeta; Franklin le recomendó simplemente

que fuese un hombre honrado y bueno.

Juzga el año terrible, el cruento 93, como juzgaba San Germán las

proscripciones de Sila y las matanzas de Nerón. Con escéptica mirada ha

presenciado el desfile de los asesinos, de los septembristas, y de los

guillotinadores, primero en carro y luego en carreta. Ha conocido a

Florián y a Andrés Chénier, a Demoustier y a Madama de Stael, a Bertin y

a Chateaubriand; ha rendido homenaje a madama Tallién, a madama

Récamier, a la princesa Borghése, a Josefina, y a la duquesa de Berry.

Ha asistido al encumbramiento de Bonaparte y a la caída de Napoleón. El

padre Maury y Talleyrand le llaman discípulo: es un diccionario de

fechas, un catálogo de acontecimientos, un archivo de anécdotas, una

mina de agudezas.

Nunca ha querido escribir por temor de perder su preeminencia, pero en

cambio presume de _narrador_.

He ahí por qué su salón, como he dicho más arriba, es uno de los cinco o

seis salones de París en los que, sin haber juego, música, ni baile, se

pasan de un modo grato las horas hasta bien entrada ya la madrugada.

Cierto es que en las esquelas de invitación escribe de su puño y letra:

_Se conversará_, como otros estampan: _Se bailará_. Fórmula es ésta que

suele alejar a banqueros y agiotistas; pero que atrae a los hombres de

ingenio, siempre gustosos de hablar; a los artistas, dispuestos a

escuchar, y a los misántropos de todo género, que nunca complacieron a

la dueña de la casa bailando un solo, con el fútil pretexto de que la

contradanza recibe ese nombre por ser lo contrario de lo que se llama

danza.

Es innegable, además, que posee un admirable talento para cortar con una

sola palabra, ya el desarrollo de cualquiera teoría que esté en pugna

con el modo de pensar del auditorio, ya toda discusión que tienda a

hacerse pesada.

Cierto día, un joven melenudo y de barbuda faz hacía en su presencia

desmedidos elogios de Robespierre, declarándose acendrado partidario de

su sistema, lamentando su prematuro fin y augurando su rehabilitación

como un acto de justicia.

--Ese grande hombre no ha sido bien comprendido--dijo al terminar su

perorata.

--Pero sí guillotinado, afortunadamente--replicó el conde de M...

Esta frase dio fin a la conversación por aquel día.

Hace un mes próximamente asistí yo a una de estas reuniones. A última

hora se había hablado ya de tantas cosas que, agotados los temas, vínose

a tratar de amor. A la sazón, la conversación se había hecho general y

entre los grupos cruzábanse algunas palabras sueltas.

--¿Quién habla por ahí de amor?--preguntó el conde de M...

--El doctor P...--contestó una voz.

--¡Ah! ¡Es curioso! ¿Y qué dice el doctor?

--Que el amor es una congestión cerebral de carácter benigno que se

puede curar poniendo al enfermo a dieta, aplicándole sanguijuelas y

usando de sangrías moderadas.

--¿Así opina usted, doctor?

--Claro que sí; por más que conceptúo preferible la posesión. Ese sí que

es el remedio más eficaz.

--Está bien; pero supongamos que ésta no se consigue y que en tal trance

no acudimos a usted, que ha hallado la panacea universal, sino a alguno

de sus colegas, menos prácticos que usted en la terapéutica, y que le

espetamos esta pregunta concreta: «¿Podemos morirnos de amor?»

--Eso no se pregunta a los médicos, sino a los enfermos--repuso el

doctor.--Respondan ustedes, señoras, y ustedes también, caballeros.

Arduo por demás era el problema y, como no podía menos de esperarse,

dividiéronse las opiniones. Los jóvenes, que creían tener sobrado tiempo

para morir de desesperación, respondieron que sí; los viejos, cuya vida

pendía ya de un ataque de gota o de un simple catarro, contestaron que

no; las mujeres se limitaron a hacer un gesto de duda. Eran demasiado

altivas para negar y sobrado sinceras para afirmar.

A todo esto empeñábanse todos en explicar sus votos respectivos; así,

que no había manera de entenderse.

--¡Ea!--dijo el conde de M...--Yo voy a dilucidar la cuestión.

--¿Usted?

--Sí, señores, yo mismo.

--¿Cómo?

--Explicándoles a ustedes el amor que mata y el amor que no trunca la

existencia.

--¿Así, pues, hay varios amores?--preguntó una mujer que era tal vez, de

todas las presentes, la que menos debiera haber hecho tal pregunta.

--Sí, señora--respondió el conde.--Crea usted que costaría trabajo

enumerarlos. Pero vamos al asunto. Aún no son las doce; de modo que

disponemos de unas horas. Está cayendo una copiosa nevada; aquí nos

calentamos ante un fuego magnífico, y ustedes forman un auditorio muy de

mi gusto; conque, prepárense a oírme. ¡Augusto! Ordene usted que cierren

bien las puertas y tráigame aquel manuscrito que usted sabe.

Obedeció el interpelado, que era el secretario del conde, joven amable y

distinguido, del cual se susurraba que podía ser acreedor a un título

más íntimo; y, a la verdad, el paternal cariño que el conde le mostraba

parecía justificar esta creencia.

La palabra _manuscrito_ originó un movimiento de impaciente curiosidad y

todo el mundo se dispuso a escuchar con religiosa atención.

--Perdonen ustedes--dijo el conde.--No hay novela sin prólogo, y yo debo

concluir el mío. Adelantándome a toda sospecha he de advertir en primer

término que nunca inventé yo nada. Explicaré cómo ha venido a mis manos

ese manuscrito. Hace año y medio fui nombrado albacea de un amigo mío, y

al registrar y clasificar sus papeles me topé con unas Memorias. El,

como médico que era, escribió en ellas una especie de autopsia... (No

hay que asustarse, señoras; me refiero a una autopsia moral, a una de

esas autopsias del corazón que a ustedes les gustan tanto.) Con esas

Memorias encontré otro diario de distinta letra, unido a sus recuerdos

del mismo modo que la biografía de Kressler anda confundida con las

meditaciones del gato Muur. Yo conocía aquella letra: era la de un joven

a quien había visto muchas veces en casa de mi amigo, por ser éste tutor

del tal mancebo. Los dos manuscritos, que sueltos resultaban

incomprensibles, completábanse mutuamente constituyendo una historia que

me pareció muy... ¿cómo diré?... muy humana. Interesome mucho, a causa

tal vez del escepticismo que me atribuyen... ¡Felices aquéllos a quienes

se crea una reputación, sea cual fuere!... Decía, pues, que a causa del

escepticismo que se me atribuye, casi nunca encuentro cosas que me

interesen, y viendo que ese relato me había subyugado el corazón en

absoluto... (perdone usted, doctor; yo bien sé que propiamente hablando,

esa víscera nada tiene que ver en tales asuntos; pero por fuerza hay que

valerse del lenguaje corriente para hacerse entender). Juzgué pues, que

una historia que de tal modo me había cautivado tenía que embelesar

también a mis contemporáneos. Y además, ¿a qué ocultarlo? no era la

vanidad del todo ajena a mi propósito: ambicionaba el título de escritor

aunque para alcanzarlo hubiese de perder mi fama de hombre de ingenio,

como le sucedió a M... aquel consejero de Estado a quien todos ustedes

conocen. Me puse a la tarea de ordenar ambos diarios y enumerar sus

hojas colocándolas de modo que la narración fuese inteligible; borré

después los nombres propios, que sustituí por otros muy diferentes, y

puse todo el relato en tercera persona, acabando por encontrarme con dos

tomos bastante voluminosos...

--Que usted no hizo imprimir porque aún viven los personajes de esa

historia. ¿No es así?

--Ni por pienso. De los dos personajes principales, el uno murió ya hace

año y medio, y el otro salió de París hace dos semanas; y yo les creo a

ustedes sobrado atareados y olvidadizos para conocer a un muerto y a un

ausente, por mucha semejanza que exista en los retratos. Dista mucho de

ser ése el motivo que me ha impulsado a ocultar los nombres de ellos.

--¿Pues cuál es?

--¡Chitón! No se lo digan ustedes a Lamennais, ni a Béranger, ni a

Alfredo de Vigny, ni a Soulié, ni a Balzac, ni a Deschamps, ni a

Sainte-Beuve, ni a Dumas. Me han dicho que cuente con uno de los

primeros sillones que queden vacantes en la Academia a condición de que

siga sin escribir absolutamente nada. Así que esté nombrado, recobraré

mi libertad de acción y haré de mi capa un sayo. Augusto--prosiguió el

conde, dirigiéndose al joven, que acababa de entrar con el

manuscrito,--siéntese usted y lea: le escuchamos.

Obedeció Augusto, tomando asiento en el acto, y cuando todos nos hubimos

acomodado bien para ser, como suele decirse, todo oídos y no perder

detalle del relato, el joven comenzó así su lectura:

I

Al dar las diez de la mañana de uno de los primeros días de mayo del año

1838, se abrió la puerta cochera de un pequeño palacio de la calle de

los Maturinos para dar paso a un joven montado en magnífico corcel de

pura raza inglesa. Tras él y a la debida distancia salió un criado

vestido de negro y montado también en un caballo de pura sangre, pero

visiblemente inferior al primero.

No había más que ver a aquel jinete para clasificarlo entre los que,

sirviéndonos de una palabra de la época, llamaremos lechuguinos. Era un

joven que aparentaba tener unos veinticuatro años, y vestía con

estudiada sencillez, que revelaba en él esos hábitos aristocráticos que

se adquieren desde la cuna y que no puede crear la educación en aquellos

que no los posean ya de un modo natural.

Forzoso es reconocer que su fisonomía estaba en perfecta consonancia con

su apostura y su traje, y que no era fácil el imaginar facciones más

elegantes que las de su rostro orlado de negros cabellos y negras

patillas que le servían de marco y al que prestaba un carácter altamente

distinguido la mate y juvenil palidez que lo cubría. Cierto es que dicho

joven, último representante de una de las más linajudas familias de la

monarquía, llevaba uno de esos antiguos apellidos que van de día en día

extinguiéndose, hasta el punto de que muy pronto no figurarán ya sino en

la historia. Se llamaba Amaury de Leoville.

Si del examen externo, esto es, del aspecto físico, pasáramos al del

ente moral, veríamos en su sereno semblante reflejado fielmente su

espíritu. La sonrisa que de vez en cuando erraba por sus labios como si

a ellos quisieran asomarse las impresiones de su alma, era la sonrisa

del hombre feliz.

Vayamos en pos de ese hombre privilegiado que recibió de la suerte, con

el don de una ilustre prosapia, los de la fortuna, la distinción, la

belleza y la dicha, porque es el protagonista de nuestra historia.

Salió de su casa al trote corto, y a este paso llegó al bulevar: dejó

atrás la Magdalena, y tomando por el arrabal de San Honorato entró en la

calle de Angulema.

Allí acortó el paso mientras fijaba con persistencia su mirada, que

hasta entonces había vagado al azar, en un punto de la calle.

Lo que tanto atraía su atención era un lindo palacio situado entre un

florido patio y uno de los extensos jardines, ya muy raros en París, que

los ve desaparecer poco a poco para ceder el puesto a esos gigantes de

piedra sin aire, sin espacio y sin verdor, llamados casas, con notoria

impropiedad. Frente al edificio se detuvo el caballo, como obedeciendo a

la costumbre; pero el joven, tras de lanzar una intensa mirada a las

ventanas, que aparecían cerradas o imposibilitaban toda investigación

indiscreta, siguió su camino, volviendo de vez en cuando la cabeza y

consultando con frecuencia el reloj como queriendo asegurarse de que no

era aún la hora en que debían serle abiertas las puertas de aquella

hermosa mansión.

No le quedaba otro recurso que el de matar el tiempo de algún modo.

Desmontó, pues, en casa de Lepage y se entretuvo en romper algunos

muñecos, cuya suerte corrieron después varios huevos, sirviéndole por

último, de blanco, hasta las moscas.

Como los ejercicios de destreza aguijonean el amor propio, el joven, aun

sin otros espectadores que los criados, estuvo cerca de una hora

consagrado a este deporte. Después volvió a montar a caballo, dirigiose

al trote hacia el Bosque de Bolonia, y habiéndose tropezado con un amigo

en la alameda de Madrid le habló de las últimas carreras y de las

próximas a celebrarse en Chantilly, y así conversando transcurrió otra

media hora.

Encontráronse en la puerta de San Jaime con un tercer paseante, el cual,

recién llegado del Oriente, les relató de un modo tan interesante la

vida que había llevado en el Cairo y en Constantinopla, que en tan amena

conversación pasó una hora o quizá más. Entonces nuestro héroe ya

manifestó impaciencia, y despidiéndose de sus amigos, se dirigió al

galope a la esquina de la calle de Angulema que da a los Campos Elíseos.

Detúvose en aquel sitio, consultó el reloj, y viendo que señalaba la

una, se apeó, dejó el caballo a cargo del criado, adelantose hacia la

casa ante cuya fachada se había detenido tres horas, y llamó a la

puerta.

Si Amaury hubiese abrigado algún temor, no habría dejado de parecerle

bien extraño a quien hubiere observado la sonrisa con que le recibían

todos los criados, desde el conserje que acudió a abrirle la verja hasta

el ayuda de cámara que al pasar encontró en el vestíbulo, sonrisa

reveladora de que lo consideraban como miembro de la familia que

habitaba en el palacio.

Por eso al preguntar el joven si el señor de Avrigny estaba visible, le

contestó el criado, como quien habla a una persona con la cual no rezan

ciertas trabas impuestas por conveniencias sociales:

--No lo está, señor conde, pero en el saloncito encontrará usted a las

señoras.

Y como se dispusiese a adelantarse para anunciarle, el joven le indicó

que era cosa innecesaria. Amaury, a fuer de buen conocedor del terreno,

llegó en seguida a la puerta del saloncito en cuestión, que precisamente

estaba entreabierta, y antes de entrar permaneció un instante en el

umbral como fascinado por el cuadro que se ofrecía ante su vista.

Dos lindas jóvenes, que contarían de unos diez y ocho a veinte años,

bordaban en un mismo bastidor, casi enfrente la una de la otra mientras

que una inglesa, situada junto a la ventana, las contemplaba con

curiosidad cariñosa, olvidándose de reanudar la lectura del libro que

tenía en la mano a la sazón.

Justo es reconocer que nunca el arte pictórico reprodujo un grupo más

seductor que el que formaban, casi juntas, las cabezas de aquellas dos

criaturas, tan diametralmente opuestas en sus rasgos físicos y en su

carácter, que no parecía sino que el propio Rafael las había unido para

hacer un estudio de dos tipos graciosos en igual medida, aunque

ofreciendo con su unión el contraste más vivo.

Era la una, en efecto, rubia y pálida con largos bucles a la inglesa,

ojos de cielo y cuello de cisne; un tipo, en fin, que traía a la memoria

a aquellas delicadas y vaporosas vírgenes osiánicas prestas a deslizarse

sobre las nieblas que coronan las cimas de las áridas montañas escocesas

o a esfumarse entre las brumas que invaden las llanuras británicas; una

de esas visiones que tienen a un tiempo naturaleza de mujer y de hada,

sólo vislumbradas por el genio de Shakspeare, que logró transportarlas

del mundo de la fantasía al de la realidad; portentosas creaciones que

nadie había alcanzado adivinar antes que él, que nadie ha repetido

después, y a las que él puso los dulces nombres de Cordelia, Ofelia o

Miranda.

Tenía la otra, en cambio, negros cabellos cuya doble trenza servía de

orla al ovalado rostro; con sus ojos brillantes, sus labios purpurinos y

sus vivos y resueltos ademanes, semejaba una de aquellas doncellas

doradas por el sol del Mediodía, a las cuales reunía Bocaccio en la

villa Palmieri para leerles los alegres cuentos de su _Decamerón_.

Rebosaba su cuerpo vida y salud; chispeábale en la mirada el donaire

cuando éste no brotaba de sus labios; su tristeza, si alguna vez la

sentía, nunca llegaba a velarle por completo la expresión risueña que

animaba habitualmente su rostro, y aun al través de su melancolía

dejábase adivinar su sonrisa como se presiente el sol tras una nube de

estío.

Así eran las dos jóvenes que, inclinadas sobre el mismo bastidor, hacían

surgir sobre el lienzo un ramo de flores en el cual, fieles a su

temperamento, ponía la una lirios y jacintos de suave blancura, mientras

la otra lo adornaba con claveles y tulipanes que le prestaban animación

con sus encendidos tonos.

Pasados unos instantes de muda contemplación, empujó Amaury la puerta, y

penetró en la sala.

Al oír el ruido las dos jóvenes volvieron la cabeza, lanzando un grito

como gacelas sorprendidas por el cazador, al tiempo que animó un

fugitivo rubor las mejillas de la rubia y una suave palidez blanqueó

ligeramente el rostro de la morena.

--Ya veo que he hecho mal en no dejar que me anunciasen--dijo el joven,

adelantándose hacia la rubia, sin cuidarse de su amiga--pues te he

asustado, Magdalena. Perdona mi ligereza: siempre me conceptúo hijo

adoptivo del señor de Avrigny y procedo en esta casa como si todavía

fuese uno de sus comensales.

--Haces muy bien, Amaury--respondió Magdalena.--Además, creo que aunque

quisieras obrar de otro modo no sabrías, pues no se pierden así en pocas

semanas las costumbres adquiridas en el transcurso de diez y ocho años.

Pero, ¿no le dices nada a Antoñita?...

Amaury se apresuró a estrechar la mano a la morena, diciéndole

sonriente:

--Perdóneme usted, querida Antoñita; ante todo tenía que presentar mis

disculpas a la que había asustado mi torpeza: he oído el grito de

Magdalena e instintivamente he corrido hacia ella.

Y volviéndose hacia el aya, añadió:

--Señora Braun, tengo el honor de saludarla.

Con cierta expresión de tristeza sonrió Antoñita al estrechar la mano

del joven, pensando que también ella había gritado, sin que su voz

llegase a los oídos de Amaury.

La institutriz no había visto nada, o mejor dicho, lo había visto todo,

pero habíase detenido su mirada en la superficie de las cosas sin querer

profundizar.

--No se excuse, conde--dijo;--antes bien, convendría que con frecuencia

se hiciese lo que usted hizo, para curar a esa criatura de su

impresionabilidad nerviosa. Debe eso consistir en su cavilosa

imaginación. Creo yo que se ha construido para sí un mundo aparte en el

cual busca refugio tan pronto como dejan de sujetarla al mundo material.

No sé qué es lo que pasa en ese mundo; pero si esto continúa acabará de

seguro por abandonar los dos, y entonces su existencia será el sueño y

en sueño se convertirá su vida.

Magdalena clavó en el rostro del joven una amorosa mirada que parecía

decirle:

--De sobras sabes tú en quién pienso cuando estoy tan abstraída:

¿verdad, Amaury?

Antonia, que sorprendió esta mirada se levantó, pareció quedar perpleja

un instante y después, abandonando definitivamente su interrumpida

labor, sentose al piano y se puso a ejecutar de memoria una fantasía de

Thalberg.

Magdalena continuó bordando y Amaury ocupó un asiento a su lado.

Amaury · 第 6 / 90 题