Monte arriba, por la vertiente cubierta de bosque, iban Eustaquio Bright
y sus compañeros. Los árboles no estaban aún completamente cubiertos de
hojas, pero tenían ya las bastantes para dar una sombra ligera, mientras
el sol los inundaba de luz verde. Había rocas cubiertas de musgo, medio
escondidas entre las pardas hojas secas; había troncos de árbol casi
podridos, tumbados a lo largo, en el mismo sitio en que se habían
derrumbado; había arbustos secos, que habían sido arrancados de raíz por
los vientos de invierno, y que estaban desparramados por el suelo. Pero,
aunque todas esas cosas parecían tan viejas, el aspecto del bosque era
de vida nueva, porque adonde quiera que se volviesen los ojos, se
encontraba algo fresco y verde que estaba brotando, dándose prisa a
prepararse para el verano.
Por fin la gente joven alcanzó el límite superior del bosque, y se
encontraron los excursionistas casi en la misma cumbre de la colina. No
era un pico, ni una gran cima redondeada, sino una planicie, o mejor
dicho meseta, bastante ancha; en ella había una casa y un cobertizo a
cierta distancia. La casa era hogar de una familia solitaria, y a veces
las nubes, de las cuales caía la lluvia o la nieve sobre el valle,
estaban por debajo de aquella habitación, sola y desamparada.
En el punto más alto de la colina había un montón de piedras, en cuyo
centro estaba clavado un gran mástil que sostenía una banderita.
Eustaquio condujo allí a los niños, y les mandó que mirasen en derredor
y viesen cuán gran espacio de hermoso mundo podían alcanzar con una
ojeada. Y a medida que miraban, parecía que se les iban agrandando los
ojos.
Se veía, al Sur, la altísima montaña que formaba generalmente el centro
del paisaje, pero que parecía haberse hundido, y ahora había pasado a
ser miembro de una gran familia de alturas. Detrás de ella, la sierra,
que desde la casa parecía lejana y no muy alta, había crecido y se había
elevado. El lindo lago se veía con todas sus pequeñas ensenadas, y no
estaba solo: que había más allá otros tres que abrían al sol sus ojos
azules. Varias aldeas blancas, cada una con su campanario, estaban
desparramadas en la lejanía. Había tantas granjas, con sus fanegas de
bosque, pastos y tierras de labranza, que los niños apenas podían hacer
sitio en sus cerebros para recibir tantos objetos distintos. Allí
también estaba Tanglewood, que hasta entonces le había parecido cosa tan
importante en el mundo.
Ahora ocupaba tan poco terreno, que buscándole no le encontraban, y su
vista iba mucho más allá de donde en realidad se encontraba.
Blancas y algodosas nubes colgaban en el aire, y lanzaban obscuras y
movedizas sombras aquí y allá sobre el paisaje. Pero a cada instante la
luz del sol brillaba precisamente donde acababa de estar la sombra, y la
sombra se había marchado a otra parte.
Al Oeste había otra serie de montañas azules.
--En aquella colina--dijo Eustaquio a los niños--había un lugar, donde
unos cuantos holandeses viejos estaban jugando eternamente a los bolos,
y donde un individuo holgazanísimo, llamado Rip Van Winkle, se había
quedado dormido y se había estado durmiendo veinte años de un tirón.
Los niños pidieron con afán a Eustaquio que les contase todo lo que
supiera de casos tan maravillosos.
Pero el estudiante replicó que ese cuento ya estaba contado hace mucho
tiempo, y mucho mejor de lo que pudiera contarlo él, y que nadie en el
mundo tenía derecho a cambiar una sola palabra en él, hasta que se
hubiese puesto tan viejo como «La cabeza de la Gorgona», «Las tres
manzanas de oro» y el resto de esas milagrosas leyendas.
--Pero, al menos, mientras estamos descansando aquí--dijo Margarita, y
mirando en derredor--, bien puedes contarnos una de las historias que tú
inventas.
--Sí, primo Eustaquio--exclamó Primavera--: te aconsejo que nos cuentes
aquí un cuento. Elige un asunto muy elevado, y a ver si tu imaginación
se pone a la altura necesaria. Acaso el aire de la montaña te ponga
poético siquiera una vez. Y no importa que la historia sea extraña y
maravillosa. Ahora que estamos entre las nubes, estamos dispuestos a
creerlo todo.
--¿Serás capaz de creer--preguntó Eustaquio--que hubo una vez un caballo
con alas?
--Sí--dijo la maliciosa Primavera--; pero temo que tú no vas a conseguir
cogerlo nunca.
--Lo que es eso, Primavera--dijo el estudiante--, no me parece muy
difícil. Creo que puedo apresar a Pegaso y cabalgar sobre su lomo, por
lo menos tan bien como una docena de individuos a quienes conozco. Por
lo menos, os contaré un cuento que se refiere a él, y el lugar más a
propósito del mundo para contarle es, sin duda, la cumbre de un monte.
Y así, sentándose en el montón de piedras, mientras los niños se
agrupaban a su alrededor, Eustaquio fijó la vista en una blanca nube que
iba flotando, y empezó como sigue.
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