Una tarde, hace mucho tiempo, el anciano Filemón y su mujer, Baucis,
también anciana, estaban sentados a la puerta de su cabaña, disfrutando
la tranquila y hermosa puesta de sol. Ya habían cenado frugalmente, y
querían pasar una o dos horas tranquilas antes de acostarse. Hablaban de
su huerto, de su vaca, de sus abejas y de su parra, que trepaba por la
pared de la choza, y cuyos racimos empezaban ya a ponerse color púrpura.
Pero del pueblo próximo llegaban hasta ellos gritos de chiquillos y
ladridos de perros, que cada vez iban siendo más fuertes; tanto, que
Filemón y Baucis apenas podían entenderse.
--Mujer--dijo Filemón--, temo que algún pobre viajero venga buscando
hospitalidad, y que nuestros vecinos, en vez de darle alimento y
posada, hayan soltado contra él los perros, como acostumbran.
--Sí--respondió Baucis--. Ya podían nuestros vecinos tener un poco más
de bondad con sus semejantes, y no educar a sus hijos en tan malos
sentimientos, animándoles a tirar piedras a los forasteros.
--Estos niños nunca harán nada bueno--dijo Filemón moviendo la cabeza ya
blanca--. A decir verdad, esposa mía, no me sorprenderá que el día menos
pensado suceda algo terrible a todas las gentes del pueblo, si es que no
se enmiendan. Pero tú y yo, mientras la Providencia nos dé un pedazo de
pan, estaremos dispuestos a repartirlo con cualquier pobre forastero que
lo necesite.
--Es verdad--dijo Baucis--. Así lo haremos.
Estos dos viejos eran muy pobres y tenían que trabajar mucho para vivir.
Filemón cultivaba cuidadosamente su huerto, mientras Baucis estaba
siempre hilando en su rueca o haciendo un poco de manteca y de queso con
la leche de su vaca, o arreglando la casa. Su alimento consistía casi
siempre en pan, leche y verduras, y algunas veces un poco de miel de su
colmena o un racimo de uvas de la parra. Pero eran dos personas de las
mejores del mundo, y con alegría se hubiesen quedado alguna vez sin
comer, con tal de no negar un pedazo de su pan moreno, una taza de leche
recién ordeñada y una cucharada de miel, al caminante cansado que pasase
por su puerta. Les parecía que tales huéspedes tenían una especie de
santidad, y que, por lo tanto, estaban obligados a tratarles mejor que a
sí mismos.
La cabaña estaba en una altura a alguna distancia del pueblo, que yacía
en un hondo valle de una media milla de ancho. Aquel valle, en tiempos
pasados, cuando el mundo era nuevo, probablemente había sido el lecho de
un lago. Allí habían vivido peces, y en las orillas habían crecido
juncos, y los árboles y las colinas habían visto reflejada su imagen en
el ancho y pacífico espejo. Pero cuando las aguas disminuyeron, los
hombres cultivaron el suelo y edificaron casas sobre él; de modo que a
la sazón era un terreno fértil y no quedaban más huellas del antiguo
lago que un arroyo que iba haciendo curvas por en medio del pueblo y
surtía de agua a los habitantes... Tanto tiempo hacía que el valle era
terreno seco, que habían nacido en él árboles, habían crecido robustos,
se habían muerto de viejos y habían sido sustituídos por otros que ya
eran tan altos y majestuosos como los primeros. Nunca ha habido valle
más hermoso ni más fértil. Sólo la vista de la abundancia que les
rodeaba hubiera debido hacer a sus habitantes buenos y compasivos,
dispuestos a demostrar su gratitud a la Providencia, haciendo bien a sus
semejantes.
Pero, triste es decirlo, los moradores de aquel hermoso valle no eran
dignos de vivir en lugar sobre el cual había sonreído el cielo con tal
benevolencia. Eran egoístas y duros de corazón, no tenían lástima de los
pobres ni simpatía hacia los desvalidos. Si alguien les hubiese dicho
que todo ser humano tiene una deuda de amor para con los demás hombres,
porque ese es el único modo de pagar el amor que a todos nos tiene la
Providencia, se hubiesen echado a reir. Trabajo os costará creer lo que
voy a contaros. Aquellas gentes malvadas enseñaban a sus hijos a ser
peores que ellos, y aplaudían para animarlos, viendo a los niños y a las
niñas correr detrás de algún forastero pobre, dando gritos y tirándole
piedras. Criaban perros grandes y feroces, y cuando un viajero se
atrevía a pasar por las calles del pueblo, aquellos animales le seguían,
ladrando y enseñando los dientes. Luego, si podían, le mordían una
pierna o la ropa, y si andrajoso estaba el infeliz antes de entrar en el
pueblo, cuando salía de él era una pura lástima. Cosa terrible para los
pobres caminantes, como podréis suponer, especialmente cuando acertaban
a estar enfermos
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o débiles, o eran cojos o viejos. Estos infelices (si sabían ya de antes
el modo de portarse que tenían aquellos niños y aquellos perros) eran
capaces de rodear leguas enteras por no volver a pasar por el pueblo.
Y lo peor de todo era que cuando acertaba a pasar por allí algún viajero
que llevase coche con buenos caballos, y sirvientes con ricas libreas
acompañándole, no había gentes más amables y obsequiosas que los
habitantes de aquel pueblo. Se quitaban todos el sombrero y hacían
profundas reverencias. Y si los niños chillaban por costumbre, de seguro
se ganaban un buen pellizco; y si un solo perro se atrevía a ladrar, su
amo le daba una paliza y le ataba sin darle de cenar; todo lo cual
hubiera estado muy bien, a no ser porque demostraba que los aldeanos se
preocupaban mucho del dinero que los forasteros pudieran llevar en el
bolsillo, y nada del alma humana, que lo mismo vive en el mendigo que en
el príncipe.
Ahora podéis comprender por qué el anciano Filemón y su mujer, Baucis,
hablaban con tanta tristeza al oir los gritos y ladridos que les
llegaban desde el extremo de la calle del pueblo.
--Nunca he oído a los perros ladrar tan fuerte--observó el buen anciano.
--Ni a los chiquillos gritar tanto--respondió su mujer.
Se miraban cabeceando, y el ruido se acercaba cada vez más, hasta que al
pie mismo de la altura sobre la cual estaba edificada su casita, vieron
a dos caminantes que se acercaban. Los perros les seguían de cerca,
ladrando. Un poco detrás venía corriendo multitud de chiquillos que
chillaban y tiraban piedras a los dos forasteros. Una o dos veces, el
más joven de los dos (era delgado y de aspecto muy vivo) se volvió y
golpeó a los perros con un bastón que llevaba en la mano. Su compañero,
que era muy alto, andaba despacio, como si no se dignase reparar en los
chiquillos ni en los perros.
Los dos viajeros iban pobremente vestidos, y parecía que no tuviesen
dinero bastante en el bolsillo para pagar el alojamiento de una noche.
Por eso, sin duda, los del pueblo habían consentido a sus hijos y a sus
perros que les tratasen tan mal.
--Vamos, mujer--dijo Filemón--, salgamos al encuentro de esas pobres
gentes. Sin duda les falta valor para subir hasta aquí.
--Anda tú--dijo la mujer--, mientras yo voy dentro y veo si encuentro
algo que darles de comer. Una buena taza de sopas de leche me parece que
les sentaría admirablemente.
Diciendo esto, entró en la casa. Filemón, por su parte, se adelantó y
alargó la mano con aire tan hospitalario, que no era menester decir lo
que, sin embargo, dijo con el tono más amable que podáis figuraros.
--¡Bien venidos, señores forasteros, bien venidos!
--Gracias--respondió el más joven con tono jovial, a pesar de su
cansancio y su molestia--. Éste es un recibimiento muy distinto del que
hemos encontrado en el pueblo. ¿Cómo vives en tan mala vecindad?
--¡Ah!--observó Filemón con tranquila y bondadosa sonrisa--, creo que la
Providencia me ha puesto aquí, entre otras razones, para que pueda
desagraviaros por la falta de hospitalidad de mis vecinos.
--¡Bien dicho, viejo!--exclamó el viajero echándose a reir--. Y a decir
verdad, desagravios necesitamos mi compañero y yo. Esos chiquillos,
¡grandísimos tunantes!, nos han puesto perdidos de barro, y uno de los
perros me ha rasgado la capa, que ya estaba la pobre bastante andrajosa.
Pero le he dado en el hocico con el bastón. Me figuro que le habréis
oído aullar desde aquí.
Filemón se alegró al verle tan contento. En realidad, nadie hubiese
dicho, por su risueño aspecto y sus modales, que venía cansado por todo
un largo día de viaje, ni que estaba descorazonado por el mal trato que
encontró para fin de jornada. Iba vestido de modo más bien extraño, y
llevaba una especie de gorro, cuyas alas sobresalían a los lados. Aunque
era tarde de verano, llevaba capa y se envolvía estrechamente en ella,
acaso porque la ropa que llevaba debajo estaba demasiado rota. A Filemón
le sorprendió también la forma extraña de sus zapatos; pero estaba
anocheciendo, y como el anciano tenía ya la vista cansada, no pudo darse
cuenta exacta de en qué consistía la rareza. Una cosa le intrigaba sobre
todo: el viajero era tan extraordinariamente ligero y activo, que
parecía como si los pies se le levantasen del suelo por sí mismos y
tuviese que sujetarlos a la fuerza.
--En mi juventud tenía yo también los pies ligeros--dijo Filemón al
caminante--, pero recuerdo que al llegar la noche solía tenerlos un poco
cansados.
--No hay nada como un buen bastón para aligerar el camino--respondió el
forastero--, y el mío es excelente, como puedes ver.
El bastón, en efecto, era el más extraño que Filemón había visto en su
vida. Estaba hecho de madera de olivo y tenía en el puño como un par de
alitas. Dos serpientes, talladas en la madera, se retorcían en derredor
del palo, y estaban tan bien esculpidas, que al anciano Filemón (cuyos
ojos, como ya he dicho, estaban un poco torpes) casi le parecieron
vivas.
--Curioso trabajo, en verdad--dijo--. ¡Un bastón con alas! No haría mal
caballito de palo para un niño.
Filemón y sus huéspedes habían ya llegado a la puerta de la casa.
--Amigos--dijo el viejo--, sentaos y descansad en este banco. Mi mujer,
Baucis, ha ido a ver qué puede daros de comer. Somos pobres, pero
vuestro es todo lo que haya en la alacena.
El más joven de los viajeros se tendió descuidadamente en el banco y
dejó caer el bastón. Y sucedió una cosa maravillosa. El bastón pareció
levantarse del suelo con movimiento propio, y extendiendo su par de
diminutas alas fué medio volando, medio saltando, a apoyarse en la
pared. Allí se estuvo quieto, pero las serpientes se retorcían. Esto vió
Filemón; pero, a mi parecer, los ojos cansados le hacían ver visiones.
Antes de que pudiesen preguntar nada, el viajero de más edad distrajo su
atención del bastón, diciéndole:
--¿No había aquí, en tiempos muy antiguos, un lago que cubría el lugar
donde ahora está la aldea?
La voz del forastero era extraordinariamente grave.
--No en mis días, amigo--respondió Filemón--, y eso que, como ves, soy
ya viejo. Siempre hubo, como ahora, los mismos campos y las mismas
praderas, y los árboles viejos, y el arroyo que murmura en medio del
valle. Ni mi padre ni el padre de mi padre vieron cosa distinta, y sin
duda todo estará lo mismo cuando el viejo Filemón esté ya muerto y
olvidado.
--Eso ya no se puede asegurar--observó el forastero, y en su voz había
severidad extraordinaria. Movió la cabeza, sacudiendo con el movimiento
su cabello negro y rizado--. Puesto que los habitantes de este valle han
olvidado los afectos y simpatías de su naturaleza, más valdría que el
lago cayese de nuevo sobre sus moradas.
El viajero parecía tan serio, que Filemón casi se asustó; tanto más,
cuanto que al fruncir él el ceño, el crepúsculo pareció obscurecerse de
pronto, y cuando movió la cabeza sonó un trueno en el aire.
Pero, un momento después, el rostro del viajero volvió a ser tan amable
y bondadoso, que el anciano olvidó su terror casi por completo. Sin
embargo, no pudo menos de pensar que aquel caminante no era un ser
vulgar, aunque iba vestido tan modestamente y viajaba a pie. No es que
Filemón le tomase por algún príncipe disfrazado o cosa por el estilo;
más bien creyó que sería algún hombre muy sabio, que andaba por el mundo
en tan pobre atavío despreciando la riqueza y los bienes terrenos, y
buscando por todas partes algo que pudiese aumentar su sabiduría. Esta
idea parecía más probable, porque cuando Filemón alzó los ojos hasta el
rostro del viajero, le pareció ver más pensamiento en una sola mirada de
las suyas, que todo el que hubiese podido dar una vida entera consagrada
al estudio.
Mientras Baucis estaba preparando la comida, los viajeros empezaron
a charlar con Filemón muy amablemente. El más joven era
extraordinariamente locuaz, y hacía observaciones tan agudas e
ingeniosas, que el buen hombre no podía menos de echarse a reir, y
pensaba que nunca había tropezado con persona más divertida.
--Amigo--le preguntó, cuando ya fué tomando más confianza--, ¿cómo te
llamas?
--Soy bastante vivo, como ves--respondió el viajero--; así es que puedes
llamarme Azogue; creo que el nombre no me estará mal.
--¿Azogue?--repitió Filemón, mirando cara a cara al viajero, por ver si
se estaba burlando de él--. Sí que es nombre raro. Y tu compañero,
¿también tiene uno por el estilo?
--Pregunta al trueno y te lo dirá--respondió Mercurio misteriosamente--.
No hay voz bastante fuerte para pronunciarle.
Esta observación, fuese en serio o en broma, hubiese asustado un tanto a
Filemón, si al mirar al forastero de más edad no hubiese reparado en la
expresión extraordinariamente bondadosa de su rostro. Sin duda era la
figura más grandiosa que había visto nunca.
Cuando hablaba, lo hacía con gravedad y de tal modo, que Filemón se
sentía irresistiblemente impulsado a decirle todo lo que tenía en el
corazón. Esto es lo que las gentes sienten siempre cuando se encuentran
con una persona lo suficientemente sabia y prudente para comprender todo
el bien y el mal, y no despreciar ni lo uno ni lo otro.
Pero Filemón, hombre sencillo y bondadoso, no tenía muchos secretos que
descubrir. Habló, sí, gárrulamente, de los acontecimientos de su vida
pasada, en cuyo transcurso nunca se alejara unas cuantas leguas de aquel
lugar. Su mujer, Baucis, y él, habían vivido desde su juventud en
aquella casita, ganando el pan con su trabajo honrado, siempre pobres,
pero siempre contentos. Dijo cuán excelentes eran el queso y la manteca
que hacía Baucis, y cuán sabrosas las verduras que cultivaba él en el
huerto. También dijo que por lo mucho que se querían, su único deseo era
que la muerte no les separase, y que anhelaban morir juntos, como habían
vivido. Cuando oyó esto el forastero, una sonrisa iluminó su rostro, y
su expresión se hizo tan suave como grandiosa.
--Eres un buen viejo--dijo a Filemón--y tienes una excelente mujer por
compañera. Justo es que se logre vuestro deseo.
Y parecióle a Filemón, precisamente entonces, como si las nubes de la
puesta del sol se encendiesen repentinamente hacia Poniente, iluminando
en fugitiva llama todo el cielo.
Baucis había preparado ya la comida, y saliendo a la puerta comenzó a
disculparse por la pobreza de los manjares que podía ofrecer a sus
huéspedes.
--Si hubiéramos sabido que veníais--dijo--, mi marido y yo no hubiésemos
probado bocado, para que pudieseis encontrar mejor cena. Pero he gastado
casi toda la leche en hacer queso, y el último pan casi nos le hemos
comido. ¡Ay de mí: nunca siento ser pobre, más que cuando un necesitado
llama a mi puerta!
--Todo se arreglará; no te apures, mujer--repuso el forastero de más
edad, bondadosamente--. Un recibimiento honrado y cordial hace
maravillas y es capaz de convertir los manjares más humildes en néctar y
ambrosía.
--Recibimiento cordial sí le tendréis--exclamó Baucis--, y además un
poco de miel, que por casualidad me queda, y un racimo de uvas color de
púrpura.
--Pero, ¡madre Baucis, eso es un festín!--exclamó Azogue, riéndose--.
¡Un festín completo! Y ya verás qué bien represento yo mi papel de
invitado. ¡Creo que en mi vida he tenido más hambre!
--¡Los dioses nos ayuden!--dijo por lo bajo Baucis a su marido--. ¡Si
este joven trae el hambre que dice, temo que va a quedarse a medio
cenar!
Todos entraron en la cabaña.
Y ahora, oyentes míos, ¿queréis que os cuente algo que os hará abrir los
ojos de par en par? Verdaderamente es una de las cosas más extrañas de
toda esta historia. Recordaréis que el bastón de Mercurio se había
apoyado en la pared de la casa. Bueno; pues cuando su dueño entró en
ella, dejándole olvidado, ¿qué hizo el bastón? Abrir inmediatamente las
alas y subir, dando saltos, los escalones de la puerta. Tap, tap, tap
iba haciendo por el suelo de la cocina, y no se quedó quieto hasta que
llegó a colocarse, con gran seriedad y decoro, junto a la silla de
Azogue. El anciano Filemón y su mujer estaban tan atareados atendiendo a
sus huéspedes, que no repararon en lo que estaba haciendo el bastón.
Como Baucis había dicho, la comida era escasa para dos caminantes
hambrientos. En medio de la mesa había un trozo de pan negro con un
pedacito de queso, y en un plato un panal con miel. Había un gran racimo
de uvas para cada uno de los huéspedes. Y un cantarillo de barro, casi
lleno de leche, estaba en un extremo de la mesa; pero cuando Baucis hubo
llenado dos tazones y los hubo colocado delante de los forasteros, sólo
quedaba un poco de leche en el fondo del cantarillo. ¡Ay, es triste cosa
cuando un corazón generoso se encuentra apretado por la escasez! La
pobre Baucis hubiera deseado pasar hambre toda una semana, con tal de
que pudiera hacerse el milagro de dar a los hambrientos viajeros cena
más abundante.
Y ya que la cena era tan escasa, no podía menos de desear que hubiesen
tenido un poco menos de apetito. En cuanto se sentaron, los viajeros se
bebieron del primer sorbo casi toda la leche de los tazones.
--Un poco más de leche, madre--dijo Azogue--. El día ha sido caluroso y
estoy sediento.
--¡Ay de mí!--respondió Baucis, confusa--. ¡Me da tanta pena y tanta
vergüenza! Pero la verdad es que apenas queda en el cántaro una sola
gota. ¡Ay, marido, marido!, ¿por qué no nos habremos pasado sin cenar?
--Me parece--dijo Azogue, levantándose y cogiendo el cantarillo por el
asa--, me parece que no andan las cosas tan mal como dices. De seguro
hay más leche en el cántaro.
Diciendo esto, ¡cuál fué el asombro de Baucis, al ver que el viajero
llenó no sólo su tazón, sino el de su compañero, con leche del cántaro
que ella se figuraba estar casi vacío! La buena mujer apenas podía creer
lo que estaba viendo. Seguramente había echado en los tazones casi toda
la leche, y había visto la poca que en el fondo del cántaro quedaba,
antes de volverle a dejar encima de la mesa.
--Como soy vieja--pensó Baucis--, ya no veo tan bien como antes. Me
habré equivocado. De todos modos, ahora sí que no puede menos de estar
vacío, después de haber llenado dos veces los tazones.
--¡Qué leche tan rica!--observó Azogue, después de sorberse el segundo
tazón--. Perdón, excelente huéspeda, si te pido un poquito más.
Baucis había visto claro, como la luz, que Azogue, al servirse, había
vuelto el cántaro completamente boca abajo, echando hasta la última gota
de leche al llenar el segundo tazón. Por lo tanto, no era posible que
quedase más. Y para hacérselo comprender así, levantó el cántaro e hizo
el movimiento de echar leche en el tazón de Azogue, sin la más remota
esperanza de que cayese nada. ¡Cuál fué, por lo tanto, su sorpresa,
cuando cayó en la taza tan abundante cascada, que el tazón se llenó
inmediatamente y la leche empezó a correr por la mesa! Las dos
serpientes, que estaban enroscadas en el bastón de Azogue, alargaron la
cabeza y empezaron a lamer la leche que se había vertido. Pero ni
Filemón ni Baucis repararon en esta circunstancia.
¡Y qué deliciosa fragancia tenía! Parecía como si las vacas de Filemón
hubiesen pastado aquel día la hierba más rica del mundo. ¡Cómo me
alegraría si cada uno de vosotros pudiese tomar un tazón de leche como
aquélla, a la hora de cenar!
--Y ahora, un poco de pan moreno, madre Baucis--dijo Azogue--, y un poco
de miel.
Baucis cortó una rebanada, y aunque el pan, cuando ella y su marido le
comieron, estaba ya duro y seco, ahora estaba tierno como si acabase de
salir del horno. Probando una miga que se había caído en la mesa, le
pareció el pan más delicioso que había comido en su vida, y apenas podía
creer que ella misma lo hubiese amasado y cocido. Y sin embargo, ¿de qué
otra hogaza podía ser?
¡Y la miel! Más vale que no intente describiros el color y el olor
exquisito que tenía: su color era el del oro más puro y transparente, y
olía a mil flores, pero flores como nunca han crecido en ningún jardín
de la tierra; para buscarlas, las abejas debieron haber volado muy por
encima de las nubes. Y lo maravilloso era que, después de revolotear
sobre jardines de tan deliciosa fragancia e inmortal florecimiento, se
hubiesen resignado a bajar otra vez a la humilde colmena del huerto de
Filemón. Nunca miel de este mundo ha tenido el color, el sabor y el
perfume de aquélla. El aroma flotaba en la cocina, y era tan delicioso
que, cerrando los ojos, instantáneamente hubieseis olvidado el techo
bajo y las paredes ahumadas, y hubieseis creído estar bajo una glorieta
de madreselvas. Aunque la pobre Baucis era mujer sencilla, no pudo menos
de pensar que allí estaba pasando algo extraordinario. Así es que,
después de servir a sus huéspedes el pan y la miel, se sentó al lado de
Filemón, y le dijo en voz baja lo que había visto.
--¿Has oído nunca cosa semejante?--le preguntó.
--No, nunca--respondió Filemón sonriendo--. Y creo más bien, vieja de mi
alma, que has estado soñando despierta. Si hubiese yo servido la leche,
hubiese visto lo que en realidad pasaba. Puede que hubiese en el cántaro
un poco más de la que tú creías; eso es todo.
--¡Ay, marido!--dijo Baucis--, di lo que quieras; pero éstas son gentes
muy extrañas.
--Bien, bien--respondió Filemón sin dejar de sonreir--, puede que lo
sean. Ciertamente, parece que en otros tiempos han debido estar en
mejor posición que ahora, y me alegro en el alma de ver que cenan con
tanto gusto.
Cada uno de los huéspedes había cogido su racimo de uvas. Baucis, que se
estaba restregando los ojos para ver más claro, se figuró que los
racimos habían crecido, y que cada uno de los granos estaba a punto de
estallar, maduros y jugosos. Y era completamente incomprensible para
ella cómo tales uvas hubieran podido producirse nunca en la parra vieja
que trepaba por las paredes de su casa.
--¡Admirables uvas!--observó Azogue, que las iba tragando una tras otra,
sin que, al parecer, el racimo disminuyese--. ¿De dónde las coges,
amable huésped?
--De mi parra--respondió Filemón--. Desde aquí se pueden ver las ramas
retorciéndose detrás de la ventana; pero mi mujer y yo nunca creímos que
fuesen muy buenas.
--Nunca las he comido mejores--respondió el huésped--. Otra tacita de
esa leche deliciosa, y bien puedo decir que he cenado mejor que un
príncipe.
Esta vez fué Filemón el que se levantó y cogió el cántaro, porque tenía
curiosidad por saber si eran ciertas las maravillas que Baucis le había
contado. Bien sabía que su buena mujer era incapaz de mentir, y que
pocas veces se equivocaba en lo que suponía ser verdad. Pero era tan
peregrino el caso, que quería verlo con sus propios ojos. Al coger el
cántaro, miró hacia dentro y se convenció de que apenas contenía unas
cuantas gotas. De pronto, sin embargo, del fondo brotó como una
fuentecita blanca, que lo llenó hasta la boca de leche espumosa y
fragante. Suerte fué, y grande, que Filemón, en su sorpresa, no dejase
caer el cántaro milagroso.
--¿Quiénes sois, maravillosos viajeros?--exclamó mucho más asombrado que
lo había estado su mujer.
--Tus huéspedes, buen Filemón, y tus amigos--repuso el viajero de más
edad, con su voz grave y profunda, que al mismo tiempo parecía suave y
melodiosa--. Dame a mí también otra taza de leche, y así tu cántaro no
se vacíe nunca para la buena Baucis, para ti y para los caminantes
necesitados.
Habiendo terminado la comida, los forasteros pidieron que les indicaran
sitio donde poder descansar. Los viejecillos hubiesen querido estar un
rato más hablando con ellos, para expresar la admiración que sentían y
su alegría al ver que la cena, pobre y escasa, había resultado mucho
mejor y más abundante de lo que creían. Pero el forastero de más edad
les había inspirado tal respeto, que no se atrevieron a preguntarle
nada, y cuando Filemón llevó a Azogue a un lado y le preguntó cómo era
posible que hubiese brotado una fuente de leche dentro de un cántaro, el
viajero señaló su bastón.
--Ahí está todo el misterio--dijo Azogue--. Y si le puedes descifrar tú,
me alegraré muchísimo de que me comuniques lo que descubras. No puedo
contarte todo lo que hace ese bastón; siempre me está dando bromas de
éstas. Unas veces me trae la cena, otras me la roba. Si creyese yo en
semejantes tonterías, diría que está embrujado.
No dijo más; pero les miró de un modo tan extraño, que los viejos
pensaron que estaba burlándose de ellos. El bastón mágico fué tras de su
amo dando saltos, cuando Azogue salió de la habitación. Cuando se
quedaron solos los dos viejos, hablaron un rato de los acontecimientos
de la noche, y luego se echaron a dormir en el suelo, porque habían dado
su cama a los huéspedes y no tenían otra más que aquellas tablas, que
ojalá hubieran sido tan blandas como sus corazones.
El anciano y su mujer se levantaron temprano por la mañana, y los
viajeros también se levantaron con el sol y se prepararon a seguir su
camino.
Filemón, hospitalariamente, les pidió que se quedaran un poco más,
hasta que Baucis ordeñase la vaca y cociese un panecillo en el horno, y
acaso hasta les encontrase algunos huevos para el desayuno. Pero los
viajeros querían andar buena parte del camino antes de que apretase
demasiado el sol. Por lo tanto, insistieron en marcharse inmediatamente,
pero pidieron a Filemón y a Baucis que les acompañasen un rato, para
enseñarles el camino que debían tomar.
Así salieron los cuatro juntos de la casa, charlando como amigos
antiguos. Era, en verdad, notable lo de prisa que los dos ancianos
tomaron confianza con el viajero de más edad, y cómo sus almas honradas
y sencillas se perdían en la suya como dos gotas de agua se perderían en
el Océano sin límites. Y Azogue, con su ingenio agudo y regocijado,
parecía descubrir hasta el más pequeño pensamiento que apuntaba en sus
mentes, antes de que ellos mismos le hubiesen sospechado. A veces
deseaban, es verdad, que no fuese tan listo, y casi casi que tirase a
cien leguas su bastón, que tenía un aire tan endemoniadamente malicioso
con las serpientes, que no dejaban de retorcerse. Pero, pensándolo bien,
Azogue mostraba tan buen humor, que al fin y al cabo se hubiesen
alegrado de tenerle en casa a él, a su bastón y a sus serpientes,
mientras les durase la vida.
--¡Ay de mí!--exclamó Filemón cuando ya se hubieron alejado un poco de
la puerta--. Si nuestros vecinos supiesen lo bueno que es dar
hospitalidad a los forasteros, atarían sus perros y no volverían a
consentir a sus hijos que tirasen una sola piedra.
--Es un pecado y una vergüenza para ellos el portarse así--exclamó con
vehemencia Baucis--, y hoy mismo he de bajar al pueblo y he de decir
cuatro verdades a esos desalmados.
--Temo--observó Azogue, sonriendo maliciosamente--que no vas a encontrar
en casa a ninguno de ellos.
El entrecejo de su compañero adquirió precisamente entonces tan grave,
austera y terrible grandiosidad, sin perder su serenidad por ello, que
ni Filemón ni Baucis se atrevieron a pronunciar palabra. Le miraron a la
cara con reverencia, como si hubiesen mirado al cielo.
--Cuando los hombres no quieren portarse con el más humilde de los
extraños como si fuese hermano suyo--dijo el viajero en tono tan
profundo que su voz sonaba como la música de un órgano--, no son dignos
de existir sobre la Tierra, que fué creada para morada de la gran
hermandad humana.
--Y ahora que hablamos de eso, viejos de mi alma--dijo Azogue con la
mirada más regocijada del mundo--, ¿dónde está el pueblo de que vamos
hablando? ¿A la derecha o a la izquierda? Me parece que no le veo por
ninguna parte.
Filemón y su mujer se volvieron hacia el valle, donde, al ponerse el sol
el día antes, habían visto las praderas, las casas, los huertos, los
macizos de árboles, la calle ancha, los niños jugando y todas las
señales de trabajo, regocijo y prosperidad. Pero, ¡cuál fué su asombro!
¡No había allí ni asomo de aldea! Hasta el fértil valle, en cuyo hueco
yacía, había dejado de existir. En su lugar se veía la superficie amplia
y azul de un lago que llenaba la inmensa cuenca del valle de orilla a
orilla, y reflejaba las colinas circundantes con imagen tan tranquila
como si hubiese estado allí desde el principio del mundo. Un instante,
el lago permaneció completamente quieto. Luego una brisa pasó sobre él e
hizo bailar el agua y centellear y brillar a los tempranos rayos del
sol, y chocar con agradable murmullo contra la orilla.
El lago parecía tan familiar en aquel sitio, que los dos viejos se
quedaron asombrados, como si pensaran que habían estado soñando con un
pueblo que nunca hubiera existido. Pero en seguida recordaron las casas
desaparecidas, y las caras y los caracteres de los habitantes, y
comprendieron que no soñaban. ¡El pueblo había estado allí ayer, pero ya
no estaba!
--¡Ay!--exclamaron los dos ancianos bondadosos--. ¿Qué ha sido de
nuestros pobres vecinos?
--Ya no existen como hombres y mujeres--dijo el viajero de más edad con
su voz profunda, y un trueno pareció hacerle eco en la lejanía--. No
había en sus vidas ni utilidad ni belleza, porque nunca suavizaron ni
dulcificaron el duro destino de la Humanidad con el ejercicio de afectos
bondadosos entre hombres y hombres. No conservaron en su pecho la imagen
de una vida mejor, y por eso el lago que estaba aquí hace siglos, se ha
tendido de nuevo para reflejar el cielo.
--Y en cuanto a aquellas gentes necias--dijo Azogue con su maliciosa
sonrisa--, todas se han convertido en peces. Poco han tenido que
cambiar, porque ya eran un puñado de pillos con escamas en el corazón y
sangre completamente fría. De modo, madre Baucis, que si tú o tu marido
tenéis capricho de comer una trucha a la parrilla, podéis echar un
anzuelo y pescar media docena de vuestros antiguos vecinos.
--¡Ah!--exclamó Baucis estremeciéndose--. ¡Por todo el oro del mundo no
pondría una sola en la sartén!
--No--añadió Filemón haciendo un gesto de desagrado--; ¡no las podríamos
atravesar!
--En cuanto a ti, buen Filemón--continuó el viajero de más edad--, y tú,
amable Baucis, con vuestros escasos medios habéis puesto tanta
cordialidad para recibir a unos pobres caminantes, que la leche se ha
convertido en inextinguible fuente de néctar, y el pan y la miel en
ambrosía. Así las divinidades han tenido en vuestra casa los mismos
manjares que forman sus banquetes en el Olimpo. Habéis hecho bien,
queridos amigos. Por lo tanto, pedid lo que más deseéis conseguir, y
está concedido.
Filemón y Baucis se miraron, y luego no sé cuál de los dos habló; pero
lo que uno dijo era el deseo de sus dos corazones.
--Queremos vivir juntos hasta nuestro último día, y salir de este mundo
en el mismo instante, cuando muramos. ¡Porque siempre nos hemos amado!
--¡Así sea!--repuso el viajero con majestuosa bondad--. Y ahora, mirad
vuestra casa.
Así lo hicieron; pero, ¡cuál fué su sorpresa al encontrarse con un gran
edificio de mármol blanco, con grandioso pórtico, que ocupaba el sitio
donde hasta hace un momento estaba su humilde morada!
--Esa es vuestra casa--dijo el viajero sonriendo benévolamente--.
Ejercitad la hospitalidad en este palacio tan cordialmente como en la
pobre choza donde ayer tarde nos recibisteis.
Los ancianos se arrodillaron para darle las gracias; pero ya ni él ni
Azogue estaban allí.
Así, Filemón y Baucis se instalaron en el palacio de mármol, y pasaron
días y días con gran satisfacción en recibir y agasajar a cuantos
viajeros pasaban por aquel camino. No debo olvidar deciros que el
cántaro conservó su virtud maravillosa de no estar nunca vacío cuando
hacía falta que estuviese lleno. Siempre que un huésped honrado, de buen
genio y de buen corazón, bebía un trago de aquel cántaro, comprendía que
era el líquido más agradable y nutritivo que hubiese bebido nunca. Pero
si un pillo de mal carácter, terco o malintencionado, acertaba a beber
de él, seguro estaba de hacer una mueca de desagrado, diciendo que la
leche estaba agria.
Así el matrimonio, ya tan viejo, vivió en su palacio y envejeció más y
más. Por fin llegó una mañana de verano, en que Filemón y Baucis no
aparecieron sonrientes, como de costumbre, para llamar a sus huéspedes
de la noche anterior al desayuno. Los huéspedes los buscaron por todas
partes de arriba abajo, en el espacioso palacio, pero inútilmente.
Por fin, después de mucha perplejidad, vieron frente al pórtico dos
venerables árboles, que nadie pudo recordar haber visto allí el día
antes. Allí estaban, con las raíces fuertemente hundidas en tierra, y
anchas copas, cuyo follaje daba sombra a toda la fachada del edificio:
uno era un tilo, otro un roble. Sus ramas--y era extraño y hermoso el
verlo--estaban mezcladas, y se enlazaban unas con otras; así es que cada
uno de los árboles parecía vivir en el seno de su compañero mucho más
que en el suyo propio.
Mientras los huéspedes se maravillaban viendo cómo aquellos árboles, que
hubiesen necesitado casi un siglo para crecer así, podían haberse hecho
tan altos y venerables en una sola noche, se levantó un poco de viento y
movió las ramas entrelazadas. Y entonces hubo en el aire un profundo
murmullo, como si los dos misteriosos árboles estuviesen hablando.
--Yo soy el viejo Filemón--murmuró el roble.
--Y yo Baucis--murmuró el tilo.
Y como el viento se hizo más fuerte, los dos árboles hablaron a un
tiempo--¡Filemón! ¡Baucis! ¡Baucis! ¡Filemón!--, como si ambos fuesen
uno solo y hablasen juntos desde lo más hondo de su corazón. Fácil era
de comprender que la anciana pareja había renovado su vida e iba a pasar
lo menos cien años tranquilos y deleitosos: Filemón convertido en roble
y Baucis en tilo. ¡Oh, qué hospitalaria la sombra que daban! Siempre que
un caminante se detenía
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bajo ella, oía un placentero murmullo de las hojas sobre su cabeza, y se
maravillaba al escuchar cómo el rumor aquél se parecía a un sonar de
palabras que dijese:
--¡Bien venido, bien venido, viajero!
Y algún alma buena, que sabía lo que hubiese agradado a Filemón y a
Baucis, construyó un banco circular alrededor de su tronco, donde mucho
tiempo después, los cansados, los hambrientos y los sedientos,
acostumbraban a descansar y a beber leche abundante del cántaro
milagroso.
--¡Ojalá nosotros le tuviéramos aquí ahora!
--¿Cuánto cabía el cántaro?--preguntó Trébol.
--Dos cuartillos escasos--respondió el estudiante--; pero podías estar
sacando leche de él hasta llenar una artesa. La verdad es que manaba sin
cesar, y no se secaba ni en pleno verano, lo cual no le sucede a ese
arroyito que ahora corre, haciendo tanto ruido, vertiente abajo.
--Y ¿dónde está ahora el cántaro?--preguntó el niño.
--Se rompió, siento decirlo, pero es verdad, hace unos veinticinco mil
años--respondió el primo Eustaquio--. Le compusieron lo mejor posible;
pero aunque siguió sirviendo para contener leche, ya nunca volvió a
llenarse solo. Así es que no tenía ya más mérito que cualquier otro
cántaro viejo y rajado.
--¡Qué lástima!--exclamaron a un tiempo todos los chiquillos.
El respetable perro _Ben_ había acompañado a los excursionistas, así
como también un perrillo pequeño de Terranova, que respondía al nombre
de _Bruin_, porque era negro como un oso. Como _Ben_ era el de más edad
y el de costumbres más circunspectas, el primo Eustaquio le rogó
respetuosamente que se quedase con los pequeños para guardarles de todo
mal. En cuanto al negro _Bruin_, que era ni más ni menos que un
chiquillo, el estudiante juzgó más prudente llevarle consigo, por temor
a que en sus turbulentos juegos con los otros chiquillos les echase a
rodar colina abajo, aconsejando, pues, a la gente menuda que se
estuviesen quietos y sentaditos en el sitio donde los dejaba; el
estudiante, con Primavera y demás niños grandes, empezó a subir, y
pronto se perdieron todos de vista entre los árboles.