Hace mucho, mucho tiempo, cuando el mundo estaba en su tierna infancia,
hubo un niño, llamado Epimeteo, que no había tenido ni padre ni madre, y
para que no estuviese tan solo, le enviaron desde un país lejano una
niña, también sin padre y sin madre, que viviese con él y fuese su
compañera de juegos y su ayuda. Llamábase la niña Pandora.
Lo primero que vió Pandora, cuando entró en la casita donde vivía
Epimeteo, fué una caja grande. Y casi lo primero que le preguntó en
cuanto pasó el umbral, fué esto:
--Epimeteo, ¿qué tienes guardado en esa caja?
--Querida Pandora--respondió Epimeteo--, es un secreto y debes tener la
bondad de no preguntarme nada respecto de él. Han dejado aquí la caja
para que esté bien guardada, y yo mismo no sé lo que tiene dentro.
--Pero, ¿quién te la ha dado a guardar?--preguntó Pandora--. ¿Y de dónde
ha venido?
--También eso es un secreto--respondió Epimeteo.
--¡Qué fastidio!--exclamó Pandora haciendo una mueca--. ¡Me gustaría que
la dichosa caja estuviese a cien leguas de aquí!
--¡No pienses más en eso!--exclamó Epimeteo--. Vamos fuera, a jugar con
los demás niños.
Hace miles de años que vivieron Pandora y Epimeteo. Y el mundo ahora es
muy diferente de lo que era en su tiempo. Entonces todo el mundo era
niño. No hacían falta padres ni madres para cuidar de las criaturas,
porque no había peligros ni males de ninguna clase, no había ropa que
coser, y siempre se encontraba de comer y beber en abundancia. Siempre
que un niño necesitaba alimento, lo encontraba colgado de algún árbol. Y
si miraba al árbol por la mañana, veía en flor la comida que se le
estaba preparando para la noche, y al anochecer veía el tierno capullo
de su almuerzo del día siguiente. Era una vida muy agradable. No había
tareas que hacer ni lecciones que estudiar; no había más que juegos y
danzas, y dulces voces de niños que hablaban o cantaban como pájaros, o
saltaban como fuentes de alegre risa durante todo el largo día.
Y lo mejor de todo es que los niños no disputaban, ni tomaban rabietas,
ni se recordaba, desde que empezó el tiempo, que ninguno se hubiese ido
a un rincón refunfuñando.
¡Qué tiempo más bueno para vivir en él! La verdad es que esos horribles
y diminutos monstruos con alas que se llaman _Molestias_, y que ahora
abundan tanto como los mosquitos, no se habían visto nunca en la tierra.
Y es posible que la mayor inquietud que hubiese experimentado un niño
nunca, fuese la mortificación de Pandora por no poder descubrir el
secreto de la caja misteriosa.
Esto fué en un principio la ligera sombra de una molestia; pero cada día
se hizo más y más real, hasta que, pasado algún tiempo, la casita de
Epimeteo fué menos alegre que la de los demás niños.
--¿De dónde puede haber venido esa caja?--decía a todas horas Pandora--.
¿Y qué tendrá dentro?
--¡Siempre hablando de la dichosa caja!--dijo, por fin, Epimeteo, porque
había llegado a cansarse de oir siempre lo mismo--. Me gustaría, querida
Pandora, que hablásemos de otro asunto. Anda, vamos a coger unos cuantos
higos bien maduros, y a comérnoslos debajo de un árbol, porque ya es
hora de merendar. Y también sé dónde está una viña que tiene las uvas
más dulces que has probado nunca.
--¡Siempre hablando de uvas y de higos!--dijo Pandora con malhumor.
--Bueno, entonces--dijo Epimeteo, que era muchacho de muy buen genio,
como muchísimos niños de aquellos tiempos--, vamos a correr y a jugar
con nuestros compañeros.
--Estoy cansada de tanto juego y no jugaré más--respondió Pandora--. No
tengo humor para juegos. ¡Esa caja tan fea! No puedo dejar de pensar en
ella. Me tienes que decir, por fuerza, lo que hay dentro.
--Ya te he dicho cincuenta veces que no lo sé--respondió Epimeteo, ya un
poco molesto--. ¿Cómo quieres que te diga lo que hay dentro, si no lo he
visto?
--Puedes abrirla--dijo Pandora, mirando de reojo a Epimeteo--, y así lo
vemos.
--Pandora, ¿en qué estás pensando?--exclamó Epimeteo.
Y su rostro expresó tal horror ante la idea de abrir la caja que se le
había confiado con condición de no abrirla nunca, que Pandora comprendió
que más valía no insistir. Pero no podía menos de seguir pensando en la
caja y hablando de ella.
[imagen]
[imagen]
--Por lo menos--dijo--, bien puedes decirme cómo ha venido aquí.
--La dejó en la puerta--respondió Epimeteo--, un momento antes de que
llegases tú, una persona muy sonriente y muy inteligente, al parecer, y
cuando la dejó en el suelo, apenas podía contener la risa. Estaba
envuelto en una capa muy extraña, y llevaba un gorrito que parecía estar
hecho, en parte, de plumas; tanto, que yo llegué a creer que tenía alas.
--¿Y qué bastón llevaba?--preguntó Pandora.
--El más curioso que he visto en mi vida--exclamó Epimeteo--. Era como
dos serpientes retorcidas alrededor de una vara, y estaba tan bien
tallado, que al principio creí que las serpientes estaban vivas.
--Le conozco--respondió Pandora, quedándose pensativa--. ¡Sólo él tiene
un bastón como ese: es Azogue, y él es quien me trajo aquí, como la
caja! ¡Sin duda la trajo para mí, y probablemente contiene trajes
bonitos para que yo me los ponga, o juguetes para que juguemos tú y yo,
o alguna golosina muy rica!
--Puede que sí--respondió Epimeteo, dando media vuelta--; pero hasta que
Azogue vuelva y nos lo diga, ni tú ni yo levantaremos la tapa.
--¡Que chico más estúpido!--murmuró Pandora cuando Epimeteo salió de la
casita--. Me gustaría que fuese un poco más atrevido, que tuviese un
poco más de valor.
Por primera vez desde que había llegado Pandora, Epimeteo se marchó sin
pedirle que le acompañase. Se fué solo, a coger higos y uvas, y a
divertirse luego como pudo en compañía de los otros niños. Estaba harto
de oir hablar de la caja y deseaba con todo su corazón que Azogue, o
como se llamase el mensajero que la trajo, la hubiese dejado en la
casita de cualquier otro niño, donde Pandora nunca la hubiese visto. ¡La
caja, la caja, siempre la caja! Parecía como si la caja estuviese
embrujada, y como si la casa no fuese lo bastante grande para
contenerla, sin que Pandora a todas horas estuviese tropezando en ella,
y haciendo que Epimeteo tropezase también.
Sí que era triste para el pobre niño tener una caja en los oídos de la
mañana a la noche; sobre todo, porque como los niños en aquel tiempo no
estaban acostumbrados a tener preocupaciones, no sabían cómo arreglarse
para soportarlas. Así es que una pequeña les daba entonces mucho más que
hacer de lo que en nuestros tiempos nos da una muy grande.
Cuando Epimeteo se marchó, Pandora se quedó mirando la caja. La había
llamado fea lo menos cien veces; pero, a pesar de cuanto había dicho
contra ella, era realmente un mueble muy bonito, y hubiese adornado
perfectamente cualquier habitación en que se hubiese colocado. Estaba
hecha de una hermosa clase de madera, con vetas obscuras y brillantes, y
la superficie era tan brillante, que Pandora podía verse la cara en
ella. Como la niña no tenía otro espejo, no comprendo cómo no le gustaba
más, sólo por ese motivo.
Los ángulos de la caja estaban esculpidos maravillosamente. Alrededor de
la tapa había graciosas figuras de hombres y de mujeres y los niños más
lindos que se han visto jamás, echados o jugando entre profusión de
flores y follaje; y esos varios objetos estaban tan exquisitamente
representados y agrupados con tal armonía, que flores, follaje y seres
humanos parecían combinarse en una guirnalda de belleza única. Pero aquí
y allí, asomando tras el esculpido follaje, a Pandora, una ó dos veces,
se le antojó que veía una cara no tan amable, y alguna otra desagradable
del todo, que deslucían por completo la belleza del conjunto. Sin
embargo, mirando más de cerca, y tocando con la punta del dedo, no
encontraba nada. Sin duda es que al mirar de lado alguna cara
verdaderamente bonita, le había parecido fea.
La más bella de todas estaba esculpida en lo que se llama altorrelieve,
en el centro de la tapa. No había más en toda ella; la madera bien
pulida y obscura, y en el centro aquella cara, con una guirnalda de
flores en la frente. Pandora había mirado aquella cara muchísimas veces
y se le antojaba que podía sonreir o ponerse seria, lo mismo que si
estuviera viva. Las facciones, en realidad, tenían una expresión viva y
casi maliciosa, y parecía que en algunos momentos quisiera hablar, y
como si los esculpidos labios fuesen a romper en palabras.
Si la boca hubiese hablado, probablemente hubiese dicho algo muy
parecido a esto:
--¡No temas, Pandora! ¿Qué mal puede haber en que abras la caja? ¡No
hagas caso a ese infeliz Epimeteo! Tú sabes mucho más que él y tienes
cien veces más talento que él. ¡Abre la caja, y ya verás qué cosas más
bonitas encuentras dentro!
La caja, he olvidado decíroslo, estaba cerrada, no con cerradura, ni
cosa parecida, sino con un nudo intrincadísimo de cuerda de oro. Parecía
un nudo sin principio ni fin. Nunca se ha visto nudo más ingeniosamente
enredado, ni con tantas lazadas y vueltas, que parecía desafiar
maliciosamente a que le desatasen a los dedos más hábiles. Y cuanta más
dificultad parecía haber en él, más tentación le entraba a Pandora de
examinarle, sólo para ver cómo estaba hecho. Dos o tres veces ya se
había detenido junto a la caja, cogiendo el nudo entre el índice y el
pulgar, pero sin intentar positivamente desatarle.
--Creo--se dijo a sí misma--que empiezo a comprender cómo está hecho. Me
parece que si lo deshago podré volverlo a hacer igual que estaba. En eso
sí que no habrá mal ninguno. Ni a Epimeteo se le ocurriría regañarme por
eso. No quiero abrir la caja y no lo haré nunca, si ese terco de chico
no consiente, aunque desate el nudo.
Más hubiera valido que Pandora hubiese tenido algo que hacer o algo en
qué pensar, para no haber tenido siempre el pensamiento en el mismo
asunto. Pero los niños llevaban tan buena vida antes de que las penas
apareciesen en el mundo, que en realidad les quedaba muchísimo tiempo de
sobra. No siempre podían estar jugando al escondite entre las zarzas
floridas, o a la gallina ciega con guirnaldas de flores sobre los ojos,
o a otros juegos que ya se habían inventado cuando la madre Tierra
estaba en la infancia. Cuando la vida es todo juego, el trabajo es el
juego en realidad. No había absolutamente nada que hacer. Barrer un poco
y quitar el polvo a la casita, supongo, y cortar flores frescas (que
abundaban por todas partes), y arreglarlas en los floreros, y ya estaba
hecho todo el trabajo del día de la pobre Pandora, y para todo el resto
del tiempo ¡allí estaba la caja!
Y después de todo, no estoy seguro de que en este sentido la caja no
fuese para ella una bendición. ¡Porque le suministraba tal variedad de
ideas en qué pensar y sobre qué hablar, en cuanto encontraba alguien que
la escuchase! Cuando estaba de buen humor, podía divertirse admirando el
brillante lustre de sus caras y la rica orla de hermosos rostros y
follaje que la rodeaba. O si estaba de mal humor, por casualidad, podía
darle un empujón o un puntapié. Y muchos recibió la caja (era una caja
malévola, como hemos de ver, y bien los merecía). Pero, después de todo,
si no hubiese sido por ella, Pandora, que tenía una inteligencia tan
viva, no hubiese sabido en qué pasar el tiempo.
Porque era, realmente, ocupación sin fin calcular qué habría dentro de
la caja. ¿Qué podría ser? Figuraos, queridos niños, qué ocupado
tendríais el entendimiento si en vuestra casa hubiese una caja muy
grande, que tuvieseis motivo para suponer que estaba llena de una
porción de cosas bonitas, que habían de daros como regalo el día de
vuestro cumpleaños. ¿Creéis que hubieseis sido menos curiosos que
Pandora? ¿Si os hubiesen dejado solos con la caja, no hubieseis sentido
siquiera una tentación chiquitita de levantar la tapa? ¡Ay, no, no! ¡Qué
cosa tan fea! Pero si pensabais que había juguetes dentro, ya os
hubiese costado trabajo perder la ocasión de echar una miradita. En
realidad, no sé si Pandora esperaba encontrar juguetes, porque aún no se
había empezado a hacer ninguno en aquellos días, en que el mundo mismo
era un juguete grande para los niños que vivían en él. Pero Pandora
estaba convencida de que en la caja había algo muy bueno y muy bonito. Y
por lo tanto, estaba tan impaciente por verlo, como lo estaría
cualquiera de las niñas que me rodean. Y hasta puede que un poco más,
pero de eso no estoy completamente seguro.
Aquel día de que estamos hablando, su curiosidad aumentó tanto, tanto,
que por fin se acercó a la caja. Casi estaba decidida a abrirla, si
podía. ¡Ay, Pandora curiosa!
Primero intentó levantarla. Pesaba mucho para las pocas fuerzas de una
niña como Pandora. Levantó uno de los lados unas cuantas pulgadas del
suelo, y la dejó caer de nuevo: la caja dió un buen golpe. Un momento
después se le figuró que había oído algo dentro de la caja. Acercó el
oído lo más que pudo, y escuchó. ¡Sí, sí: dentro había una especie de
murmullo! ¿Sería sólo el ruido de los oídos de Pandora o el latido de su
corazón? La niña no pudo convencerse de si había oído algo o no, pero su
curiosidad era más fuerte que nunca.
Cuando volvió la cabeza, cayó su vista sobre el nudo de cuerda de oro.
--Si que debe ser persona habilidosa la que ha hecho este nudo--pensó--.
Pero creo que, a pesar de todo, yo soy capaz de desatarlo. Por lo menos,
quiero encontrar los dos cabos de la cuerda.
Tomó el nudo de oro entre las manos, y se puso a mirarle lo más
atentamente que pudo. Casi sin intentarlo se encontró con que estaba
empezando a desatarse. Entretanto, el sol entraba por la ventana
abierta, y con él las voces de los niños que jugaban lejos, y acaso
entre ellas la voz de Epimeteo. Pandora se detuvo para escuchar. ¡Qué
hermoso día! ¿No sería mejor dejar en paz aquel nudo molesto, no volver
a pensar en la caja, e ir a reunirse con sus compañeros, y jugar y ser
feliz?
Durante todo este tiempo, sin embargo, sus dedos, medio
inconscientemente, estaban ocupados con el nudo, y mirando a la cabeza
ceñida con guirnalda de flores que estaba en la tapa de la caja
encantada, le pareció que le hacía una mueca.
--Esta cara parece que me mira con malicia--pensó Pandora--. Puede que
se ría porque estoy haciendo una cosa mal hecha. ¡Me dan unas ganas de
echar a correr!...
Pero precisamente entonces, por casualidad, dió al nudo una vuelta, que
produjo un resultado maravilloso. La cuerda de oro se desató sola, como
por magia, y dejó la caja sin cierre de ninguna clase.
--¡Qué cosa más extraña!--dijo Pandora--. ¿Qué va a decir Epimeteo? ¿Y
cómo me las voy a arreglar para hacer otra vez el nudo?
Intentó una o dos veces volver a anudarlo, pero pronto comprendió que no
tenía habilidad para tanto. Se había desatado tan repentinamente, que no
podía recordar cómo estaba hecho; y cuando intentaba recordar su forma y
aspecto primitivos, parecía escapársele por completo de la memoria. No
podía hacer otra cosa que dejar la caja como estaba, hasta que Epimeteo
volviese.
--Pero--dijo Pandora--cuando se encuentre el nudo desatado, querrá saber
quién lo desató. ¿Cómo le voy a hacer creer que no he mirado lo que hay
dentro de la caja?
Entonces, en su corazoncillo perverso nació la idea de que, puesto que
de todos modos habían de sospechar que había mirado dentro de la caja,
más valía mirar de verdad. ¡Oh, loca y curiosa Pandora! Podías haber
pensado en hacer lo que era debido y en dejar como estaba lo que ya
habías hecho, y no en lo que tu compañero Epimeteo fuera a decir o a
pensar. Y así hubiera sucedido, tal vez, si la cara encantada de la
tapa de la caja no la hubiese mirado de modo tan incitante y tan
persuasivo, y si no le hubiera parecido oir más claro que nunca el
murmullo de vocecitas dentro. No podía saber si era imaginación o no,
pero en sus oídos había como un pequeño tumulto de murmullos... Acaso
era su curiosidad misma la que murmuraba:
--¡Déjanos salir, querida Pandora...; por favor, déjanos salir! ¡Si
vieras qué buenos compañeros vamos a ser para ti! ¡Déjanos salir y
verás!
--¿Qué será?--pensó Pandora--. ¿Habrá algo vivo en la caja? ¡Sea lo que
quiera, estoy decidida a verlo! ¡Sólo una miradita, y luego vuelvo a
cerrar la caja como antes! ¿Qué mal puede haber en que mire un poquito?
Pero ya es hora de que sepamos qué estaba haciendo Epimeteo.
Aquélla era la primera vez, desde que había llegado su compañera, que
había intentado divertirse sin que ella le acompañase. Pero nada le
salía a su gusto, ni era tan feliz como los demás días.
No podía encontrar frutas maduras y dulces, y si las encontraba le
empalagaban. No había regocijo en su corazón, ni su voz surgía alegre
como otras veces, al unirse a las de sus compañeros en sus bulliciosos
juegos. En una palabra: se puso tan molesto y tan disgustado, que los
otros niños no podían comprender lo que le pasaba. Tampoco él lo
comprendía del todo. Porque debéis recordar que en el tiempo de que
vamos hablando, todo el mundo tenía la costumbre de ser constantemente
feliz. El mundo aún no había aprendido a ser de otra manera. Ni un solo
cuerpo había estado enfermo, ni una sola alma había estado triste, desde
que aquellos niños fueron enviados a la hermosa Tierra para divertirse y
gozar de ella.
Por fin, descubriendo que algo le sucedía, fuese lo que fuese, dejó de
jugar, y le pareció lo mejor ir a buscar a Pandora, que siquiera estaba
de humor parecido al suyo. Pero con esperanza de darle una alegría,
cogió unas cuantas flores, hizo con ellas una guirnalda y pensó
ponérsela en la cabeza. Las flores eran muy bonitas--rosas y azucenas y
flores de azahar, y otras muchas que iban dejando a su paso un rastro de
fragancia--. Y la guirnalda estaba todo lo bien hecha que cabe por manos
de un niño. Los dedos de las niñas, al menos a mí me lo ha parecido
siempre, tienen más habilidad para hacer guirnaldas de flores; pero los
niños de aquellos tiempos eran más hábiles que los de los nuestros.
Y aquí llega el momento de decir que una gran nube negra hacía ya algún
tiempo que andaba por el cielo, aunque todavía no había ocultado la luz
del sol. Pero cuando Epimeteo entró en su casita, la nube interceptó la
luz, y produjo una repentina y triste obscuridad.
Entró Epimeteo despacito, porque quería, a ser posible, llegar sin que
le sintiese Pandora, y ponerle en la cabeza la guirnalda de flores,
antes de que ella se hubiese dado cuenta de su presencia. Pero no había
necesidad de entrar tan despacio. Aunque hubiese dado pasos pesados y
ruidosos, tan ruidosos como los de un hombre, casi iba a decir como los
de un elefante, es probable que Pandora no le hubiese oído llegar.
Estaba demasiado absorta en sus malos propósitos. En el momento en que
Epimeteo entró en la casita, la chiquilla había puesto la mano en la
tapa, y estaba a punto de abrir la caja. Epimeteo la miró. Si hubiese
dado un grito, Pandora probablemente hubiese retirado la mano, y el
misterio tremendo de la caja no se hubiese sabido nunca.
Pero Epimeteo, aunque nunca hablaba de ello, tenía también su poquito de
curiosidad por saber lo que había dentro. Comprendiendo que Pandora
estaba resuelta a descubrir el secreto, decidió que su compañera no
había de ser la única en enterarse de él. Y si dentro de la caja había
algo bonito o que valiese la pena, también él quería tener su parte.
Así es que, después de tantos prudentes consejos a Pandora para que
demorase su curiosidad, Epimeteo se volvió casi tan insensato como ella,
y casi tan culpable como su compañera. De modo que si echamos la culpa a
Pandora de lo que sucedió, no debemos dejar de echársela también a
Epimeteo.
Cuando Pandora levantó la tapa, la casita se quedó muy obscura y muy
triste, porque la nube negra había ocultado por completo el sol y
parecía haberlo enterrado vivo. Desde hacía un rato venían oyéndose
truenos lejanos, que de repente se hicieron terribles. Pero Pandora, sin
oirlos, levantó la tapa y miró al interior de la caja. Parecióle que un
enjambre de criaturitas aladas salía de ella volando, y en el mismo
instante oyó la voz de Epimeteo en tono lamentable, como si le doliese
algo.
--¡Ay, me han mordido!--exclamó--, ¡me han mordido! Pandora, Pandora,
¿por qué has abierto esa caja maldita?
Pandora dejó caer la tapa, y volviéndose rápidamente, miró a ver qué
había sucedido a Epimeteo. La tormenta había obscurecido de tal modo la
habitación, que no podía ver bien dónde estaba. Pero oyó un zumbido
desagradable, como si muchas moscas muy grandes o muchos mosquitos
gigantescos estuviesen volando en derredor suyo. Y cuando se le
acostumbraron los ojos a la escasa luz, vió multitud de feísimas y
diminutas formas con alas de murciélago, que parecían encolerizadísimas
y armadas de terribles aguijones en la cola. Una de ellas era la que
había picado a Epimeteo. No pasó mucho tiempo sin que Pandora empezase a
llorar con no menos dolor y susto que su compañero, y haciendo muchísimo
más ruido que él. Uno de aquellos odiosos monstruos diminutos se le
había posado en la frente, y no sé hasta cuándo la hubiese estado
picando, si Epimeteo no hubiese corrido a espantarle.
Y ahora, si queréis saber quiénes podían ser aquellos feísimos
animalejos que se habían escapado de la caja, os diré que eran la
familia entera de los _males del mundo_. Eran todas _las malas
pasiones_. Eran las muchísimas especies de _cuidados_. Eran más de
ciento cincuenta _penas_ distintas; eran las _enfermedades_, en gran
número, de miserables y dolorosas formas; eran muchas más clases de
_calamidades_ de las que yo puedo deciros.
En resumen: todo cuanto desde entonces ha afligido los cuerpos y las
almas de la Humanidad, estaba encerrado en la misteriosa caja, y se les
había entregado a Epimeteo y a Pandora para que lo custodiasen
cuidadosamente, para que los felices niños del mundo no sintiesen nunca
la menor molestia. Si hubieran cumplido fielmente su encargo, todo
hubiese ido bien. Ninguna persona mayor hubiese estado triste nunca;
ninguna niña hubiese tenido nunca motivo para derramar una sola lágrima,
desde aquella hora hasta este momento.
Pero--y por esto podéis comprender cómo una mala acción de un solo
mortal es una calamidad para el mundo entero--, por haber Pandora
levantado la tapa de la caja, y por no habérselo impedido Epimeteo,
aquellos males se han instalado entre nosotros, y me parece que no
tienen prisa de volver a marcharse. Porque era imposible, como
comprenderéis, que los dos niños tuvieran encerrado el enjambre feísimo
dentro de su casita. Por el contrario, lo primero que hicieron fué abrir
de par en par las ventanas, a ver si podían librarse de ellos, y allá
salieron volando los males, y de tal modo atormentaron y afligieron a
toda la gente menuda que fueron encontrando al paso, que en mucho tiempo
ninguno de los niños volvió a sonreir. Y, lo que es más extraño, todas
aquellas flores llenas de rocío de la tierra, ninguna de las cuales se
había marchitado hasta entonces, ahora empezaron a marchitarse y a
deshojarse, y ninguna dura más de un día o dos. Los niños también, que
parecían inmortales en su infancia, empezaron desde entonces a crecer
día por día, y pronto se hicieron jóvenes, y luego hombres y mujeres, y
ancianos, antes de poder darse cuenta del triste cambio.
Entretanto la malvada Pandora y el no menos malvado Epimeteo se quedaron
en su casita. Los dos habían sido picados dolorosamente y tenían
bastante dolor, que les parecía más intolerable porque era el primero
que habían sentido desde que empezó el mundo. Como no tenían costumbre
alguna de sufrir, no podían comprender lo que el sufrimiento
significaba. Además, estaban de muy mal humor uno contra otro, y cada
uno contra sí mismo. Epimeteo se sentó en un rincón de espaldas a
Pandora, y Pandora se tiró al suelo y apoyó la cabeza en la caja fatal y
abominable. Lloraba y sollozaba como si fuera a rompérsele el corazón.
De repente oyó un ruidito suave dentro de la caja.
--¿Qué dirá?--preguntó Pandora, levantando la cabeza.
Pero Epimeteo no había oído el ruido, o estaba de demasiado mal humor
para darse por enterado: el caso es que no respondió.
--¡Qué poco amable eres!--dijo Pandora volviendo a sollozar--; ya no
quieres hablarme.
¡Otra vez el ruido! Sonaba como si los nudillos de una manecita de hada
golpeasen ligeramente, y por juego, el interior de la caja.
[imagen]
--¿Quién eres?--preguntó Pandora con un poco de su antigua curiosidad--.
¿Quién eres tú, que aún estás dentro de esta maldita caja?
Una vocecilla dulce respondió desde dentro:
--Levanta la tapa, y lo verás.
--No, no--respondió Pandora echándose a llorar de nuevo--. No quiero
volver a levantar la tapa. Dentro de la caja estás, maligna criatura, y
dentro te quedarás. Bastantes de tus feísimos hermanos y hermanas andan
ya volando por el mundo. No pienses que voy a ser tan loca que a ti
también te deje salir.
Miró hacia Epimeteo al decir esto, acaso esperando que la alabase por su
prudencia. Pero el niño, enojado, dijo que a buena hora se acordaba de
tener prudencia.
--¡Ah!--dijo la dulce voz--, más os valdría dejarme salir. No soy de
esas malignas criaturas que tienen aguijones en la cola. No eran
hermanos ni hermanas míos los que han salido, como veréis si queréis
mirarme. Ven, ven, Pandora mía. Estoy segura de que me vas a dejar
salir.
Había una especie de amable hechicería en el tono de la voz, que hacía
imposible negar nada de lo que pidiera. El corazón de Pandora se había
ido aliviando insensiblemente a cada palabra que salía de la caja.
También Epimeteo, aunque sin salir de su rincón, se había vuelto un
poco, y parecía estar de mejor humor que antes.
--Mi querido Epimeteo--exclamó Pandora--, ¿has oído esa vocecita?
--Sí la he oído, sí--respondió Epimeteo con no muy buenos modos--. ¿Qué
tenemos con eso?
--¿Quieres que vuelva a levantar la tapa?--preguntó Pandora.
--Haz lo que te parezca--dijo Epimeteo--. Ya has hecho tanto daño, que
puede que no importe que hagas un poco más. Un mal, añadido al enjambre
que has echado a volar por el mundo, no significa nada.
--Podías hablarme con mejores modos--murmuró Pandora, limpiándose los
ojos.
--¡Ah, niño, niño!--exclamó la voz dentro de la caja en tono medio
serio, medio de burla--. De sobra sabes tú que estás deseando verme.
Ven, Pandora, ven; levanta la tapa. Tengo prisa por consolaros. Déjame
que respire un poco el aire libre, y ya veréis cómo las cosas no son tan
tristes como os parecen.
--Epimeteo--exclamó Pandora--, pase lo que pase, estoy decidida a abrir
la caja.
--Y como me parece que la tapa pesa mucho--exclamó Epimeteo corriendo
por la habitación--, te ayudaré.
Así, de común acuerdo, los dos niños levantaron de nuevo la tapa. Salió
volando una radiante y sonriente mujercita, que revoloteó por toda la
habitación, arrojando luz por dondequiera que pasaba. ¿No habéis hecho
bailar nunca un rayo de sol con un pedazo de espejo? Pues eso parecía el
alado regocijo de aquella mujercita como un hada, en la obscuridad
triste de la habitación. Voló hacia Epimeteo y puso ligeramente el dedo
en el sitio en que el mal le había picado, e inmediatamente cesó el
dolor. Luego besó a Pandora en la frente, y también curó el daño.
Después de realizar esta buena obra, la alegre desconocida revoloteó
juguetonamente sobre las cabezas de los dos niños, y los miró tan
dulcemente, que ambos empezaron a creer que no era realmente tan malo
haber abierto la caja, puesto que, de otro modo, su gozosa huéspeda se
hubiese quedado prisionera para siempre entre aquellos malvados duendes
con sus aguijones en la cola.
--¿Quién eres, hermosa criatura?--preguntó Pandora.
--¡Hay que llamarme Esperanza!--respondió la mujercita--. Y porque soy
tan alegre y sé dar tanto ánimo, aunque soy tan pequeña, me encerraron
en la caja, para consolar al género humano de todo el enjambre de males
que estaba destinado a caer sobre ellos. ¡No temáis! Ya veréis cómo lo
pasamos muy bien, a pesar de todos.
--Tus alas tienen muchos colores, como el arco iris--exclamó Pandora--.
¡Qué bonitas son!
--Sí, son como el arco iris--dijo la Esperanza--, porque aunque soy
alegre por naturaleza, estoy hecha tanto de lágrimas como de sonrisas.
--¿Y te quedarás con nosotros?--preguntó Epimeteo--. ¿Siempre y para
siempre?
--Siempre que me necesitéis, me tendréis--dijo la Esperanza con su
placentera sonrisa--, y me necesitaréis mientras estéis en el mundo.
Prometo no abandonaros nunca. Vendrán tiempos y ocasiones, de cuando en
cuando, en que me he desvanecido por completo. Pero otra vez, y otra
vez, y otra y otra, cuando menos lo penséis, veréis el resplandor de mis
alas en el techo de vuestra cabaña. Sí, hijos míos, y sé que luego os
van a dar una cosa muy buena y muy bonita.
--¡Oh, dinos qué es!--exclamaron los niños--, ¡dinos qué es!
--No me preguntéis--repuso la Esperanza, poniéndose un dedo en los
labios de rosa--. Pero no desesperéis de alcanzarlo, aunque no os llegue
mientras viváis en la tierra. ¡Creed en mi promesa, porque es verdad!
--¡Te creemos!--exclamaron a un tiempo Pandora y Epimeteo.
Y así lo hicieron. Y no sólo ellos, sino todo el que ha vivido, ha
creído en la Esperanza. Y para deciros la verdad, no puedo menos de
alegrarme (aunque desde luego fué cosa muy mal hecha), no puedo menos de
alegrarme, digo, de que nuestra loca Pandora levantase la tapa de la
caja. Sin duda... sin duda... los males siguen revoloteando por el
mundo, y han aumentado en multitud, en vez de disminuir, y son una serie
de duendes feísimos, y llevan en la cola los aguijones más envenenados.
Yo he tropezado con ellos y me han picado, y espero que me picarán mucho
más, según vaya siendo más viejo. Pero, ¿y la luciente y amable figura
de la Esperanza? ¿Qué haríamos en el mundo sin ella? La Esperanza
espiritualiza la tierra. La hace siempre nueva; y aunque miremos el
mundo en su aspecto mejor y más brillante, la Esperanza nos dice que
toda esa luz no es sino la sombra de una bienaventuranza infinita que
hemos de encontrar después.
--Primavera--preguntó Eustaquio, tirándole de una oreja--, ¿te gusta mi
pequeña Pandora? ¿No piensas que es tu vivo retrato? Pero tú no hubieras
vacilado tanto antes de abrir la caja.
--Bien castigada hubiese estado por mi maldad--replicó la chiquilla
agudamente--, porque lo primero que hubiese salido de ella al levantar
la tapa, hubiese sido el señor Eustaquio Bright, en forma de Calamidad.
--Primo Eustaquio--dijo Amapola--, ¿contenía la caja todo el mal que ha
sucedido en el mundo?
--¡Sin faltar una miga!--respondió Eustaquio--. Esta misma nevada, que
ha echado a perder mi partida de patines, estaba allí encerrada.
--¿Y qué tamaño tenía la caja?--preguntó Romero.
--Unos tres pies de largo--dijo Eustaquio--, dos de ancho y dos y medio
de alto.
--¡Ah!--dijo el niño--, ¡te estás burlando de mí, primo Eustaquio! No
hay males en el mundo para llenar una caja tan grande. Y lo que es la
nevada, no es mal, que es diversión; de modo que no estaba en la caja,
de seguro.
--¡Miren ustedes el chiquillo!--exclamó Primavera con aire de
superioridad--. ¡Qué poco sabe de los males del mundo! ¡Pobrecillo! ¡Ya
hablará de otro modo cuando tenga tanta experiencia de la vida como yo!
Y diciendo esto, empezó a saltar a la comba.
Entretanto el día iba llegando a su fin. Fuera, el paisaje tenía aspecto
tenebroso. Había a lo lejos, en el crepúsculo que se acercaba, como un
rebaño de nubes grises que pasaban corriendo; en la tierra se habían
borrado todos los caminos, y la nieve que se había amontonado sobre los
escalones del Pórtico demostraba que nadie había entrado ni salido
durante muchas horas. Si un niño solo hubiese estado en la ventana
mirando el paisaje invernal, acaso se hubiese entristecido. Pero media
docena de chiquillos juntos, aunque no puedan convertir el mundo en un
Paraíso, pueden desafiar al invierno y a todas sus tormentas, que no
serán capaces de entristecerlos. Eustaquio Bright, además, aguijoneado
por las circunstancias, inventó varios juegos nuevos, que les
conservaron llenos de alegría hasta la hora de irse a la cama, y
sirvieron para pasar con felicidad la tormenta del día siguiente.
[imagen]