CÓMO VINIERON CARTAS Á CORTÉS DE ESPAÑA, DEL CARDENAL DE SIGÜENZA DON
GARCÍA DE LOYOSA, QUE ERA PRESIDENTE DE INDIAS Y LUEGO FUÉ ARZOBISPO DE
SEVILLA, Y DE OTROS CABALLEROS, PARA QUE EN TODO CASO SE FUESE LUEGO Á
CASTILLA, Y LE TRUJERON NUEVAS QUE ERA MUERTO SU PADRE MARTIN CORTÉS, Y
LO QUE SOBRE ELLO HIZO.
Ya he dicho en el capítulo pasado lo acaecido entre Cortés y el
tesorero y el factor y veedor, é por qué causa lo desterró de Méjico,
y cómo vino dos veces el obispo de Tlascala á entender en amistades,
y Cortés nunca quiso responder á cartas ni á cosa ninguna que le
dijesen, y se apercibió para ir á Castilla; y le vinieron cartas del
presidente de Indias don García de Loyosa, y del duque de Béjar y de
otros caballeros, en que le decian que, como estaba ausente, daban
quejas delante de su majestad, y decian en las quejas muchos males y
muertes que habia hecho dar á los gobernadores que su majestad enviaba,
y que fuese en todo caso á volver por su honra; y le trujeron nuevas
que su padre Martin Cortés era fallecido; y como vió las cartas, le
pesó mucho, ansí de la muerte de su padre como de las cosas que dél
decian que habia hecho, no siendo ansí; y se puso luto, puesto que lo
traia en aquel tiempo por la muerte de su mujer doña Catalina Suarez
la Marcayda, é hizo gran sentimiento por su padre, y las honras lo
mejor que pudo; y si mucho deseo tenia de ántes de ir á Castilla, dende
allí adelante se dió mayor priesa, porque luego mandó á su mayordomo,
que se decia Pedro Ruiz de Esquivel, natural de Sevilla, que fuese
á la Veracruz, y de dos navíos que habian llegado, que tenian fama
que eran nuevos y veleros, que los comprase; y estaba apercibiendo
bizcocho y cecina y tocinos y lo perteneciente para el matalotaje muy
cumplidamente, como convenia para un gran señor y rico que Cortés era,
y cuantas cosas se pudieron haber en la Nueva-España que eran buenas
para el mar, y conservas que á Castilla vinieron; y fueron tantas y de
tanto género, que para dos años se pudieran mantener otros dos navíos,
aunque tuvieran mucha más gente, con lo que en Castilla les sobró.
Pues yendo el mayordomo por la laguna de Méjico en una canoa grande
para ir á un pueblo que se dice Ayotcingo, que es donde desembarcan
las canoas, que por ir más presto á hacer lo que Cortés le mandaba
fué por allí, y llevó seis indios mejicanos remeros y un negro, é
ciertas barras de oro para comprar los navíos; y quien quiera que fué,
le aguardó en la misma laguna y le mató, que nunca se supo quién ni
quién no, ni pareció canoa ni indios ni el negro que la remaba, salvo
que dende allí á cuatro dias hallaron al Esquivel en una isleta de la
laguna, el medio cuerpo comido de aves carniceras.
Sobre la muerte deste mayordomo hubo grandes sospechas, porque unos
decian que era hombre que se alababa de cosas que decia él mismo que
pasaba con damas é con otras señoras, é decian otras cosas malas que
diz que hacia; é á esta causa estaba malquisto, y ponian sospechas de
otras muchas cosas que aquí no declaro; por manera que no se supo de su
muerte, ni aun se pesquisó muy de raíz quién le mató, perdónele Dios;
y luego Cortés volvió á enviar de presto á otros mayordomos para que
le tuviesen aparejados los navíos é metido el bastimento é pipas de
vino, y mandó dar pregones que cualesquier personas que quisieren ir
á Castilla les dará pasaje y comida de balde, yendo con licencia del
gobernador.
Y luego Cortés, acompañado de Gonzalo de Sandoval y de Andrés de Tapia
y de otros caballeros, se fué á la Veracruz, y como se hubo confesado y
comulgado se embarcó; y quiso nuestro Señor Dios dalle tal viaje, que
en cuarenta y un dias llegó á Castilla sin parar en la Habana ni en
isla ninguna, y fué á desembarcar cerca de la villa de Pálos, junto á
Nuestra Señora de la Rávida; y como se vieron en salvamento en aquella
tierra, hincan las rodillas en tierra y alzan las manos al Cielo,
dando muchas gracias á Dios por las mercedes que siempre les hacia; y
llegaron á Castilla en el mes de Diciembre de 1527 años.
Y pareció ser que Gonzalo de Sandoval iba muy doliente, y á grandes
alegrías hubo tristezas, que fué Dios servido dende ahí á pocos dias de
le llevar desta vida en la villa de Pálos, y en la posada que estaba
era de un cordonero de hacer jarcias y cables y maromas, y ántes
que muriese le hurtó el huésped trece barras de oro; lo cual vió el
Sandoval por sus ojos que se las sacaron de una caja, porque aguardó
el cordonero que no estuviese allí persona ninguna en compañía del
Sandoval; é tuvo tales astucias, que envió á sus criados del Sandoval
que fuesen por la posta á la Rávida á llamar á Cortés; y el Sandoval,
puesto que lo vió, no osó dar voces, porque, como estaba muy debilitado
y flaco y malo, temió que el cordonero, que le pareció mal hombre, no
le echase el colchon ó almohada sobre la boca y le ahogase; y luego se
fué el huésped á Portugal, huyendo con las barras de oro y no se pudo
cobrar cosa ninguna.
Volvamos á Cortés, que cuando supo que estaba muy malo el Sandoval vino
luego por la posta adonde estaba, y el Sandoval le dijo la maldad que
su huésped le habia hecho, y cómo le hurtó las barras de oro y se fué
huyendo; en lo cual, puesto que pusieron gran diligencia para que se
cobrasen, como se pasó en Portugal, se quedó con ello; y el Sandoval
cada dia iba empeorando de su mal, y los médicos que le curaban le
dijeron que luego se confesase y recibiese los Santos Sacramentos é
hiciese testamento, y él lo hizo con grande devocion, y mandó muchas
mandas ansí á pobres como á monasterios, y nombró por su albacea á
Cortés y heredera á una hermana ó hermanas; é la una hermana, el tiempo
andando, se casó con un hijo bastardo del conde de Medellin; y como
hubo ordenado su alma y hecho testamento, dió el ánima á nuestro Señor
Dios, que la crió, y por su muerte se hizo gran sentimiento, y con
toda la pompa que pudieron le enterraron en el monasterio de nuestra
Señora de la Rávida; y Cortés, con todos los caballeros que iban en su
compañía, se pusieron luto; perdónele Dios, amen.
Y luego Cortés envió correo á su majestad y al Cardenal de Sigüenza, y
al duque de Béjar y al conde de Aguilar y á otros caballeros, é hizo
saber cómo habia llegado á aquel puerto y de cómo Gonzalo de Sandoval
habia fallecido, é hizo relacion de la calidad de su persona y de los
grandes servicios que habia hecho á su majestad, y que fué capitan
de mucha estima ansí para mandar ejércitos como para pelear por su
persona; y como aquellas cartas llegaron ante su majestad, recibió
alegría de la venida de Cortés, puesto que le pesó de la muerte del
Sandoval, porque ya tenia noticia de su generosa persona, y ansimismo
le pesó al Cardenal don García de Loyosa y al Real Consejo de Indias;
pues el duque de Béjar y el conde de Aguilar y otros caballeros se
holgaron en gran manera, puesto que á todos les pesó de la muerte de
Sandoval.
Y luego fué el duque de Béjar, juntamente con el conde de Aguilar, á
dar más relacion dello á su majestad, puesto que ya tenia la carta de
Cortés, y dijo que bien sabia la gran lealtad de quien habia fiado, y
que caballero que tan grandes servicios le habia hecho, que en todo
lo demas lo habia de mostrar en lealtad, como era obligado á su Rey y
señor, lo cual se ha parecido bien ahora por la obra; y esto dijo el
duque porque en el tiempo que ponian las acusaciones y decian muchos
males contra Cortés delante de su majestad, puso tres veces su cabeza
y estado por fiador de Cortés y de los soldados que estábamos en su
compañía, que éramos muy leales y grandes servidores de su majestad
y dignos de grandes mercedes, porque en aquel tiempo no estaba
descubierto el Pirú ni habia la fama de lo que despues hubo; y luego su
majestad envió á mandar que por todas las ciudades y villas por donde
Cortés pasase le hiciesen mucha honra, y el duque de Medina-Sidonia le
hizo gran recebimiento en Sevilla y le presentó caballos muy buenos;
y despues que reposó allí dos dias, fué á jornadas largas á Nuestra
Señora de Guadalupe para tener novenas.
Y fué su ventura tal, que en aquella sazon habia allí llegado la señora
doña María de Mendoza, mujer del comendador mayor de Leon don Francisco
de los Cóbos, y habia traido en su compañía muchas señoras de grande
estado, y entre ellas una señora doncella, hermana suya, que de ahí á
dos años casó con el adelantado de Canaria; y como Cortés lo supo, hubo
gran placer, y luego como llegó, despues de haber hecho oracion delante
de Nuestra Señora y dado limosna á pobres y mandar decir Misa, puesto
que llevaba luto por su padre y su mujer y por Gonzalo de Sandoval,
fué muy acompañado de los caballeros que llevó de la Nueva-España y
con otros que se le habian allegado para su servicio, y fué á hacer
gran acato á la señora doña María de Mendoza, y á una señora doncella,
su hermana, que era muy hermosa, y á todas las demas señoras que con
ellas venian, y como Cortés en todo era muy cumplido y regocijado, y
la fama de sus grandes hechos volaba por toda Castilla, pues plática y
agraciada expresiva no le faltaba, y sobre todo, mostrarse muy franco y
tener riquezas de que dar, comenzó á hacer grandes presentes de muchas
joyas de oro de diversas hechuras á todas aquellas señoras, y despues
de las joyas, dió penachos de plumas verdes llenas de argentería de oro
y de perlas, y en todo lo que dió fué muy aventajada la señora doña
María de Mendoza y la señora su hermana.
Y despues que hubo hecho aquellos ricos presentes, dió por sí sola á
la señora doncella ciertos tejuelos de oro muy fino para que hiciese
joyas, y tras esto, mandó dar mucho liquidámbar y bálsamo para que
se sahumasen; y mandó á los indios maestros de jugar el palo con los
piés, que delante de aquellas señoras les hiciesen fiesta y trujesen
el palo de un pié al otro, que fué cosa de que se contentaron y aun se
admiraron de lo ver; y demas de todo esto, supo Cortés que de la tierra
por donde habia venido la señora doncella se le mancó una acémila,
y secretamente mandó comprar dos muy buenas y que las entregasen
á los mayordomos que traian cargo de su servicio; y aguardó en la
villa de Guadalupe hasta que partiesen para la córte, que en aquella
sazon estaba en Toledo, y fuéles acompañando y sirviendo é haciendo
banquetes y fiestas, y tan gran servidor se mostró, que lo sabia muy
bien hacer y representar, que la señora doña María de Mendoza le trató
casamiento con su hermana; y si Cortés no fuera desposado con la señora
doña Juana de Guzman, sobrina del duque de Béjar, ciertamente tuviera
grandísimos favores del comendador mayor de Leon y de la señora doña
María de Mendoza, su mujer, y su majestad le diera la gobernacion de la
Nueva-España.
Dejemos de hablar en este casamiento, pues todas las cosas son guiadas
y encaminadas por la mano de Dios, y diré cómo escribió la señora doña
María de Mendoza al comendador mayor de Leon, su marido, sublimando en
gran manera las cosas de Cortés, y que no era nada la fama que tiene
de sus heróicos hechos para lo que ha visto y conocido de su persona
y conversacion y franqueza, y le representó otras gracias que en él
habia conocido y los servicios que le habia hecho, y que le tenga por
su muy gran servidor, y que á su majestad le haga sabidor de todo y le
suplique que le haga mercedes.
Y como el comendador mayor vió la carta de su mujer, se holgó con ella;
y como era el más privado que hubo en nuestros tiempos del Emperador,
llevóle la misma carta á su majestad, y de su parte le suplicó que en
todo le favoreciese, y ansí su majestad lo hizo, como adelante diré; é
dijo el duque de Béjar y el almirante al Cortés, como por pasatiempo,
cuando hubo llegado á la córte, que habian oido decir á su majestad,
cuando supo que habia venido á Castilla, que tenia deseos de ver y
conocer á su persona, que tantos y tan buenos servicios le ha hecho, y
de quien tantos males le han informado que hacia con mañas y astucias.
Pues llegado Cortés á la córte, su majestad le mandó señalar posada.
Pues por parte del duque de Béjar y del conde de Aguilar y de otros
grandes señores, sus deudos, le salieron á recebir y se le hizo mucha
honra; y otro dia, con licencia de su majestad, fué á le besar sus
Reales piés, llevando en su compañía por sus intercesores, por más
le honrar, al Almirante y al duque de Béjar y al comendador mayor de
Leon; y Cortés, despues de demandar licencia para hablar, se arrodilló
en el suelo, y su majestad le mandó levantar, y luego representó sus
muchos y notables servicios, todo lo acontecido en las conquistas é
ida de Honduras, y las tramas que hubo en Méjico del factor y veedor,
y recontó todo lo que llevaba en la memoria; y porque era muy larga
relacion, y por no embarazar más á su majestad, entre otras pláticas,
dijo:
—«Ya vuestra majestad estará cansado de me oir, y para un tan gran
Emperador y Monarca de todo el mundo, como vuestra majestad es, no es
justo que un vasallo como yo tenga tanto atrevimiento, y mi lengua no
está acostumbrada á hablar con vuestra majestad, y podria ser que mi
sentido no diga con aquel tan debido acato que debo todas las cosas
acaecidas; aquí tengo este memorial, por donde vuestra majestad podrá
ver, si fuese servido, todas las cosas muy por extenso cómo pasaron.»
Y entónces se hincó de rodillas para besarle los piés por las mercedes
que fué servido hacerle en le haber oido, y el Emperador nuestro señor
le mandó levantar; y el Almirante y el duque de Béjar dijeron á su
majestad que era digno de grandes mercedes, y luego le hizo marqués
del Valle y le mandó dar ciertos pueblos, y aun le mandaba dar el
hábito de señor Santiago, y como no se lo señalaron con renta, se calló
por entónces; que esto yo no lo sé bien de qué manera fué; y le hizo
capitan general de la Nueva-España y mar del Sur, y Cortés se tornó á
humillar para besarle sus Reales piés, y su majestad le mandó que se
levantase.
Y despues de hechas estas grandes mercedes, donde ahí á pocos dias
que habia llegado á Toledo adoleció Cortés, que llegó á estar tan al
cabo, que creyeron que se muriera; y el duque de Béjar y el comendador
mayor don Francisco de los Cóbos suplicaron á su majestad que, pues
que Cortés tan grandes servicios le habia hecho, que le fuese á
visitar ántes de su muerte á su posada; y su majestad fué acompañado
de duques, marqueses y condes y del don Francisco de los Cóbos, y le
visitó; que fué muy grande favor, y por tal se tuvo en la córte; y
despues que estuvo Cortés bueno, como se tenia por tan grande privado
de su majestad, y el conde de Nasao le favorecia, y el duque de Béjar
y el almirante de Castilla, un domingo yendo á Misa, ya su majestad
estaba en la iglesia mayor, acompañado de duques y marqueses y condes,
y estaban asentados en sus asientos conforme al estilo y calidad que
entre ellos se tenia por costumbre de se asentar, vino Cortés algo
tarde á Misa, sobre cosa pensada, y pasó por delante de aquellos
ilustrísimos señores con su falda de luto alzada, y se fué á asentar
cerca del conde de Nasao, que estaba su asiento el más cercano del
Emperador; y de que ansí lo vieron pasar delante de aquellos grandes
señores de salva, murmuráronlo de su grande presuncion y osadía, y
tuviéronlo por desacato, y que no se le habia de atribuir á la policía
de lo que dél decian; y entre aquellos duques y marqueses estaba el
duque de Béjar y el almirante de Castilla y el duque de Aguilar, y
dijeron que aquello no se le habia de tener á Cortés á mal miramiento,
porque su majestad por le honrar le habia mandado que se fuese á sentar
cerca del conde de Nasao: y que ademas de aquello, que su majestad
mandó que mirasen y tuviesen noticia que Cortés, con sus compañeros,
habia ganado tantas tierras, que toda la cristiandad le era en cargo;
que ellos, los estados que tenian que los habian heredado de sus
antepasados por servicios que habian hecho, y que por estar desposado
Cortés con su sobrina su majestad le mandaba honrar.
Volvamos á Cortés, y diré que, viéndose tan sublimado en privanza
con el Emperador y el duque de Nasao y con el duque de Béjar, y aun
del almirante, é ya con título de marqués, comenzó á tenerse en
tanta estima, que no tenia cuenta, como era razon con quien le habia
favorecido é ayudado para que su majestad le diese el marquesado, ni al
Cardenal Fray García de Loyosa ni á Cóbos, ni á la señora doña María
de Mendoza ni á los del Real consejo de Indias, que todo se le pasaba
por alto, y todos sus cumplimientos eran con el duque de Béjar y conde
Nasao y el almirante; é creyendo que tenia muy bien entablado su juego
con tener privanza con tan grandes señores, comenzó á suplicar con
mucha instancia á su majestad que le hiciese merced de la gobernacion
de la Nueva-España, y para ello representó otra vez sus servicios, y
que siendo gobernador entendia descubrir por la mar del Sur islas é
tierras muy ricas, y se ofreció con otros muchos cumplimientos; y aun
echó otra vez por intercesores al conde Nasao y al duque de Béjar y al
almirante; y su majestad le respondió que se contentase que le habia
dado el marquesado de mucha renta, y que tambien habia de dar á los que
le ayudaron á ganar la tierra, que eran merecedores dello; que pues lo
conquistaron, que lo gocen.
Y dende allí adelante comenzó de caer de la grande privanza que tenia;
porque, segun dijeron muchas personas, el Cardenal, que era presidente
del Real consejo de Indias, y los del Real consejo de Indias habian
entrado en consulta con su majestad sobre las cosas y mercedes de
Cortés, y les pareció que no fuese gobernador; otros dijeron que el
comendador mayor y la señora doña María de Mendoza le fueron algo
contrarios porque no hacia cuenta dellos; ora sea por lo uno ó por lo
otro, el Emperador no le quiso más oir, por más que le importunaban,
sobre la gobernacion.
Y en este instante se fué su majestad á embarcar á Barcelona para pasar
á Flandes, y fueron acompañándole muchos duques y marqueses, y siempre
él echaba por intercesores aquellos duques y marqueses para suplicar
á su majestad que le diese la gobernacion; y su majestad respondió al
conde Nasao que no le hablase más en aquel caso, que ya le habia dado
un marquesado que tenia más renta de la que el conde Nasao tenia con
todo su estado.
Dejemos á su majestad embarcado con buen viaje, y volvamos á Cortés y
las grandes fiestas que se hicieron á sus velaciones, y de las ricas
joyas que dió á la señora doña Juana de Zúñiga su mujer; é fueron
tales, que, segun dijeron quien las vió, y la riqueza dellas, que en
toda Castilla no se habian dado más estimadas; y de algunas dellas la
serenísima Emperatriz doña Isabel, nuestra señora, tuvo voluntad de las
haber, segun lo que dellas le contaban los lapidarios, y aun dijeron
que ciertas piedras que Cortés le hubo presentado, que se descuidó ó no
quiso dalle de las más ricas, como las que dió á la marquesa, su mujer.
Quiero traer á la memoria otras cosas que á Cortés le acaecieron en
Castilla el tiempo que estuvo en la córte, y fué, que triunfaba con
mucha alegría, y segun dijeron muchas personas que vinieron de allá,
que estaban en su compañía, que hubo fama que la serenísima Emperatriz
doña Isabel, nuestra señora, no estaba tan bien en los negocios de
Cortés como al principio que llegó á la córte, cuando alcanzó á saber
que habia sido ingrato al Cardenal y al Real Consejo de Indias, y aun
al comendador mayor de Leon y con la señora doña María de Mendoza, y
alcanzó á saber que tenia otras muy ricas piedras, mejores que las que
le hubo dado; y con todo esto que le informaron, mandó á los del Real
Consejo de Indias que en todo fuese ayudado; y entónces capituló Cortés
que enviaria por ciertos años por la mar del Sur dos navíos de armada
bien abastecidos, y con setenta soldados y capitanes con todo género de
armas, á su costa, á descubrir islas é otras tierras, y que de lo que
descubriese le harian ciertas mercedes; á las cuales capitulaciones me
remito, porque ya no se me acuerdan.
Y tambien en aquel instante estaba en la córte un don Pedro de
la Cueva, comendador mayor de Alcántara, hermano del duque de
Alburquerque, porque este caballero fué el que su majestad habia
mandado que fuese á la Nueva-España con gran copia de soldados á
cortar la cabeza á Cortés si le hallase culpado, é á otras cualesquier
personas que hubiesen hecho alguna cosa en deservicio de su majestad; y
como vió á Cortés, y supo que su majestad le habia hecho marqués, y era
casado con la señora doña Juana de Zúñiga, se holgó mucho dello, y se
comunicaba cada dia el comendador don Pedro de la Cueva con el marqués
don Fernando Cortés; y dijo al mismo Cortés que si por ventura fuera
á la Nueva-España y llevara los soldados que su majestad le mandaba,
que por más leal y justificado que le hallase, que por fuerza habia de
pagar la costa de los soldados, y aun su huida, y que fueran más de
trescientos mil pesos; y que lo hizo mejor de venir ante su majestad.
Y porque tuvieron otras muchas pláticas, que aquí no relato, las
cuales de Castilla nos escribieron personas que se hallaron presentes
á ellas, y de todo lo demas por mí relatado en el capítulo que dello
habla; y demas desto, nuestros procuradores lo escribieron, y aun el
mismo marqués escribió los grandes favores que de su majestad alcanzó,
y no declaró la causa por que no le dieron la gobernacion.
Dejemos esto, y digo que desde ahí á pocos dias despues que fué marqués
envió á Roma á besar los santos piés de nuestro muy Santo Padre el Papa
Clemente; porque Adriano, que hacia por nosotros, ya habia fallecido
tres ó cuatro años habia, y envió por su embajador á un hidalgo que
se decia Juan de Herrada, y con él envió un rico presente de piedras
ricas é joyas de oro, y dos indios maestros de jugar el palo con los
piés; y le hizo relacion de su llegada á Castilla y de las tierras
que habia ganado, y de los servicios que hizo á Dios primeramente y á
nuestro gran Emperador, y le dió toda la relacion por un memorial de
las tierras, como son muy grandes y la manera que en ellas hay, y que
todos los indios eran idólatras y que se han vuelto cristianos, y otras
muchas cosas que convenian decir á nuestro muy Santo Padre; y porque
yo no lo alcancé á saber tan por extenso como en la carta iba, lo
dejaré aquí de decir, y aun esto que aquí digo, despues lo alcanzamos á
saber del mismo Juan de Herrada cuando vino de Roma á la Nueva-España;
é supimos que enviaba á suplicar á nuestro muy Santo Padre que se
quitasen parte de los diezmos.
Y para que bien entiendan los curiosos lectores quién es este Juan de
Herrada, fué un buen soldado que hubo ido en nuestra compañía á las
Honduras cuando fué Cortés; y despues que vino de Roma fué al Pirú, y
le dejó D. Diego de Almagro por ayo de su hijo D. Diego el mozo; y este
fué tan privado de D. Diego de Almagro, é fué el capitan de los que
mataron á don Francisco Pizarro el viejo, y despues maese de campo de
Almagro el mozo.
Volvamos á decir lo que le aconteció en Roma al Juan de Herrada, que
despues que fué á besar los santos piés de Su Santidad, y presentó
los dones que Cortés le envió y los indios que traian el palo con los
piés, Su Santidad lo tuvo en mucho, y dijo que daba gracias á Dios, que
en sus tiempos tan grandes tierras se hubiesen descubierto y tantos
números de gentes se hubiesen vuelto á nuestra santa fe; y mandó hacer
procesiones, y que todos diesen gracias por ello, á Dios nuestro Señor;
y dijo que Cortés y todos sus soldados habiamos hecho grandes servicios
á Dios primeramente, y al Emperador don Cárlos, nuestro señor, y á toda
la cristiandad, y que éramos dignos de grandes mercedes; y entónces
nos envió bulas para nos absolver á culpa y á pena de todos nuestros
pecados, é otras indulgencias para los hospitales é iglesias, con
grandes perdones; y dió por muy bueno todo lo que Cortés habia hecho
en la Nueva-España, segun y como su antecesor el Papa Adriano; y en
lo de los diezmos no sé si le hizo cierta merced; y escribió á Cortés
en respuesta de su carta, y lo que en ella se contenia yo no lo supe,
porque, como dicho tengo, deste Juan de Herrada y de un soldado que
se decia Campo, que volvieron dende Roma, alcancé á saber lo que aquí
escribo; porque, segun dijeron, despues que hubo estado en Roma diez
dias, y habian los indios maestros de jugar el palo con los piés estado
delante de Su Santidad y de los sacros Cardenales, que se holgaron
mucho de lo ver, Su Santidad le hizo merced al Juan de Herrada de le
hacer conde palatino y le mandó dar cierta cantidad de ducados para que
se volviese, y una carta de favor para el Emperador nuestro señor, que
le hiciese su capitan y le diese buenos indios de encomienda.
Y como Cortés ya no tenia mando en la Nueva-España, y no le dió cosa
ninguna de lo que el Santo Padre mandaba, se pasó al Pirú, donde fué
capitan.