CÓMO LLEGÓ AL PUERTO DE LA VILLA-RICA UN CRISTÓBAL DE TAPIA QUE VENIA
PARA SER GOBERNADOR.
Pues como Cortés hubo despachado los capitanes y soldados por mí ya
dichos á pacificar y poblar provincias, en aquella sazon vino un
Cristóbal de Tapia, veedor de la isla de Santo Domingo, con provisiones
de su majestad, guiadas y encaminadas por D. Juan Rodriguez de Fonseca,
Obispo de Búrgos y Arzobispo de Rosano, porque ansí se llamaba, para
que le admitiesen á la gobernacion de la Nueva-España; y demás de las
provisiones, traia muchas cartas misivas del mismo Obispo para Cortés y
para otros muchos conquistadores y capitanes de los que habian venido
con Narvaez, para que favoreciesen al Cristóbal de Tapia; y demás
de las cartas que traia cerradas y selladas del Obispo, traia otras
en blanco para que el Tapia en la Nueva-España pusiese todo lo que
quisiese y le pareciese, y en todas ellas traia grandes prometimientos
que nos haria muchas mercedes si dábamos la gobernacion al Tapia, y
por otra parte muchas amenazas, y decia que su majestad nos enviaria á
castigar.
Dejemos desto, que Tapia presentó sus provisiones en la Villa-Rica
de la Veracruz delante de Gonzalo de Albarado, hermano de Pedro de
Albarado, que estaba en aquella sazon por teniente de Cortés, porque
un Rodrigo Rangel, que solia estar allí por alcalde mayor, no sé qué
desatinos habia hecho cuando allí estaba, y le quitó Cortés el cargo;
y presentadas las provisiones, el Gonzalo de Albarado las obedeció y
puso sobre su cabeza como provisiones y mando de su rey y señor; é que
en cuanto al cumplimiento, que se juntarian los alcaldes y regidores
de aquella villa é que platicarian y verian cómo y de qué manera
eran ganadas y habidas aquellas provisiones, é que todos juntos las
obedecian, porque él solo era una persona, y tambien porque querian
ver si su majestad era sabidor que tales provisiones enviasen; y
esta respuesta no le cuadró bien al Tapia, y aconsejáronle que se
fuese luego á Méjico, adonde estaban Cortés con todos los capitanes
y soldados, y que allá las obedecerian; y demás de presentar las
provisiones, como dicho tengo, escribió á Cortés de la manera que venia
por gobernador; y como Cortés era muy avisado, si muy buenas cartas
le escribió el Tapia, y vió las ofertas y ofrecimientos del Obispo
de Búrgos, y por otra parte las amenazas; si muy buenas palabras y
muy llenas de cumplimientos él le escribió, otras muy mejores y más
halagüeñas y blandosamente y amorosas y llenas de cumplimientos le
escribió Cortés en respuesta; y luego Cortés rogó y mandó á ciertos de
nuestros capitanes que se fuesen á ver con el Tapia, los cuales fueron
Pedro de Albarado y Gonzalo de Sandoval y Diego de Soto el de Toro y un
Valdenebro y el capitan Andrés de Tapia, á los cuales envió á llamar
por la posta que dejasen de poblar por entónces las provincias en que
estaban, é que fuesen á la Villa-Rica, donde estaba el Cristóbal de
Tapia, y con ellos mandó que fuese un fraile que se decia fray Pedro
Melgarejo de Urraca.
Ya que el Tapia iba camino de Méjico á se ver con Cortés, encontró con
nuestros capitanes y con el fraile por mí nombrados, y con palabras
y ofrecimientos que le hicieron, volvió del camino para un pueblo
que se decia Cempoal, y allí le demandaron que mostrase otra vez las
provisiones, y que verian cómo y de qué manera lo mandaba su majestad,
y si venia en ellas su real firma ó era sabidor dello, é que los pechos
por tierra las obedecerian en nombre de Hernando Cortés y de toda la
Nueva-España, porque traian poder para ello; y el Tapia les tornó á
notificar y mostrar las provisiones; y todos aquellos capitanes á
una las obedecieron y pusieron sobre sus cabezas como provisiones de
nuestro rey y señor, é que en cuanto al cumplimiento, que suplicaban
dellas para ante el Emperador nuestro señor; y dijeron que no era
sabidor dellas ni de cosa ninguna, é que el Cristóbal de Tapia no
era suficiente para ser gobernador, é que el Obispo de Búrgos era
contra todos los conquistadores que serviamos á su majestad, y andaba
ordenando aquellas cosas sin dar verdadera relacion á su majestad, y
por favorecer al Diego Velazquez, y al Tapia por casar con uno dellos
á una doña Fulana de Fonseca, sobrina del mismo Obispo; y luego que
el Tapia vió que no aprovechaban palabras ni provisiones ni cartas de
ofertas ni otros cumplimientos, adoleció de enojo; y aquellos nuestros
capitanes le escribian á Cortés todo lo que pasaba, y le avisaron
que enviase tejuelos de oro y barras, é que con ellos amansaria la
furia de Tapia; lo cual el oro vino por la posta, y le compraron unos
negros y tres caballos y el un navío, y se volvió á embarcar en el otro
navío y se fué á la isla de Santo Domingo, de donde habia salido; é
cuando allá llegó, la audiencia real que en ella residia y los frailes
jerónimos que estaban por gobernadores notaron muy bien su vuelta de
aquella manera, y se enojaron con él porque ántes que saliese de la
isla para ir á la Nueva-España le habian mandado expresamente que en
aquella sazon no curase de venir, porque seria causa de quebrar el
hilo y conquistas de Méjico, y no les quiso obedecer; ántes, con favor
del Obispo de Búrgos, D. Juan Rodriguez de Fonseca, se resolvió; que
no osaban hacer otra cosa los oidores sino lo que el Obispo de Búrgos
mandaba, porque era presidente de Indias, porque su majestad estaba en
aquella sazon en Flandes, que no habia venido á Castilla.
Dejemos esto del Tapia, y digamos cómo luego envió Cortés á Pedro de
Albarado á poblar á Tustepeque, que era tierra rica de oro.
Y para que bien lo entiendan los que no saben los nombres destos
pueblos, uno es Tutepeque, adonde fué Gonzalo de Sandoval, y otro
es Tustepeque, adonde en esta sazon va Pedro de Albarado; y esto
declaro porque no me culpen que digo que dos capitanes fueron á poblar
una provincia de un nombre, y son dos provincias; y tambien habia
enviado á poblar el rio de Pánuco, porque Cortés tuvo noticia que un
Francisco de Garay hacia grande armada para venirla á poblar; porque,
segun pareció, se lo habia dado su majestad al Garay por gobernacion
y conquista, segun más largamente lo he dicho y declarado en los
capítulos pasados cuando hablaba de todos los navíos que envió adelante
Garay, que desbarataron los indios de la misma provincia de Pánuco, é
hízolo Cortés porque si viniese el Garay la hallase por Cortés poblada.
Dejemos desto, y digamos cómo Cortés envió otra vez á Rodrigo Rangel
por teniente de Villa-Rica, y quitó al Gonzalo de Albarado, y le mandó
que luego le enviase á Pánfilo de Narvaez donde estaba poblando Cortés
en Cuyoacan, que aún no habia entrado á poblar á Méjico hasta que se
edificasen todas las casas y palacio adonde habia de vivir; y envió por
el Pánfilo de Narvaez porque, segun le dijeron, que cuando el Cristóbal
de Tapia llegó á la Villa-Rica con las provisiones que dicho tengo, el
Narvaez habló con él y en pocas palabras le dijo:
—«Señor Tapia, paréceme que tan buen recaudo traeis y tal le llevaréis
como yo; mirad en lo que yo he parado trayendo tan buena armada, y
mirad por vuestra persona, no os maten, y no os cureis de perder
tiempo; que la ventura de Cortés é sus soldados no es acabada; entended
en que os dén algun oro por esas cosas que traeis, é idos á Castilla
ante su majestad, que allá no faltará quien os ayude, y diréis lo que
pasa, en especial teniendo, como teneis, al señor Obispo de Búrgos; y
esto es mejor consejo.»
Dejémonos desta plática y diré cómo Narvaez fué su camino á Méjico, y
vió aquellas grandes ciudades y poblaciones; y cuando llegó á Tezcuco
se admiró, y cuando vió á Cuyoacan, mucho más, y desque vió la gran
laguna y ciudades que en ella están pobladas, y despues la gran ciudad
de Méjico, y como Cortés supo que venia, le mandó hacer mucha honra;
y llegado ante él, se hincó de rodillas y le fué á besar las manos,
y Cortés no lo consintió y le hizo levantar, y le abrazó y le mostró
mucho amor, y le hizo asentar cabe sí, y entónces el Narvaez le habló y
le dijo:
—«Señor capitan, agora digo de verdad que la menor cosa que hizo
vuestra merced y sus valerosos soldados en esta Nueva-España fué
desbaratarme á mí y prenderme, y aunque trajera mayor poder del que
traje, pues he visto tantas ciudades y tierras que ha domado y sujetado
al servicio de Dios nuestro Señor y del Emperador Cárlos V; y puédese
vuestra merced alabar y tener en tanta estima, que yo ansí lo digo, y
dirán todos los capitanes muy nombrados que el dia de hoy son vivos,
que en el universo se puede anteponer á los muy afamados é ilustres
varones que ha habido; y otra tan fuerte ciudad como Méjico no la
hay; y vuestra merced y sus muy esforzados soldados son dignos que su
majestad les haga muy crecidas mercedes.»
Y le dijo otras muchas alabanzas; y Cortés le respondió que nosotros
no éramos bastantes para hacer lo que estaba hecho, sino la gran
misericordia de Dios nuestro Señor, que siempre nos ayudaba, y la buena
ventura de nuestro gran César.
Dejémonos desta plática y de las ofertas que hizo Narvaez á Cortés
que le seria servidor, y diré cómo en aquella sazon se pasó Cortés á
poblar la insigne y gran ciudad de Méjico, y repartió solares para las
iglesias y monasterios y casas reales y plazas, y á todos los vecinos
les dió solares; y por no gastar más tiempo en escribir segun y de la
manera que agora está poblada, que, segun dicen muchas personas que se
han hallado en muchas partes de la cristiandad, otra más populosa y
mayor ciudad y de mejores casas y muy bien pobladas no se ha visto.
Pues estando dando la órden que dicho tengo, al mejor tiempo que
estaba Cortés algo descansando, le vinieron cartas del Pánuco que toda
la provincia estaba levantada é puesta en armas, y que era gente muy
belicosa y de muchos guerreros, porque habian muerto muchos soldados
que habia enviado Cortés á poblar, y que con brevedad enviase el mayor
socorro que pudiese; y luego acordó Cortés de ir él mismo en persona,
porque todos los capitanes habian ido á sus conquistas; y llevó todos
los más soldados que pudo y hombres de á caballo y ballesteros y
escopeteros, porque ya habian llegado á Méjico muchas personas de las
que el veedor Tapia traia consigo, y otros que allí estaban de los de
Lúcas Vazquez de Aillon, que habian ido con él á la Florida, y otros
que habian venido de las islas en aquel tiempo; y dejando en Méjico
buen recaudo, y por capitan dél á Diego de Soto, natural de Toro,
salió Cortés de Méjico; y en aquella sazon no habia herraje, sino muy
poco, para los muchos caballos que llevaba, porque pasaban de ciento y
treinta de á caballo y ducientos y cincuenta soldados, y contados entre
los ballesteros y escopeteros y de á caballo, y tambien llevó diez mil
mejicanos; y en aquella sazon ya habia vuelto de Mechoacan Cristóbal
de Olí, porque dejó aquella provincia de paz y trajo consigo muchos
caciques y al hijo del cacique Conci, que ansí se llamaba, y era el
mayor señor de todas aquellas provincias, y trajo mucho oro bajo, que
lo tenian revuelto con plata y cobre; y gastó Cortés en aquella ida
que fué á Pánuco mucha cantidad de pesos de oro, que despues demandaba
á su majestad que le pagase aquella costa, y los oficiales de la real
hacienda no se los quisieron recebir en cuenta ni le quisieron pagar
cosa dello, porque respondieron que si habia hecho aquel gasto en la
conquista de aquella provincia, que lo hizo por se apoderar della,
porque Francisco de Garay, que venia por gobernador, no la hubiese,
porque ya tenia noticia que venia de la isla de Jamáica con gran
pujanza y armada.
Volvamos á nuestra relacion, y diré cómo Cortés llegó con todo
su ejército á la provincia de Pánuco y los halló de guerra, y los
envió á llamar de paz muchas veces, mas no quisieron venir; é tuvo
con ellos en algunos dias muchos rencuentros de guerra y en dos
batallas que le aguardaron le mataron tres soldados y le hirieron
más de treinta, y mataron cuatro caballos y hubo muchos heridos, y
murieron de los mejicanos sobre ciento, sin otros más de ducientos
que quedaron heridos; porque fueron los guastecas, que ansí se llaman
en aquellas provincias, sobre más de sesenta mil hombres guerreros
cuando aguardaron á nuestro capitan Cortés; mas quiso nuestro Señor que
fueron desbaratados, y todo el campo adonde fueron estas batallas quedó
lleno de muertos y heridos de los naguatecas naturales de aquellas
provincias; por manera que no se tornaron más á juntar por entónces
para dar guerra; y Cortés estuvo ocho dias en un pueblo que estaba
allí cerca, donde habian sido aquellas reñidas batallas, por causa
de que se curasen los heridos y se enterrasen los muertos, y habia
muchos bastimentos; y para tornarle á llamar de paz envió al Padre fray
Bartolomé de Olmedo, y diez caciques, personas principales, de los
que se habian prendido en aquellas batallas, y doña Marina y Jerónimo
de Aguilar, que siempre Cortés los llevaba consigo; y el Padre fray
Bartolomé de Olmedo les hizo un parlamento muy discreto, y les dijo
que «¿cómo se podian defender todos los de aquellas provincias de no
se dar por vasallos de su majestad, pues han visto y tenido nueva que
con el poder de Méjico, siendo tan fuertes guerreros, estaba asolada
la ciudad y puesta por el suelo? É que vengan luego de paz y no hayan
miedo, é que lo pasado de las muertes, que Cortés, en nombre de su
majestad, se lo perdonaria.»
Y tales palabras les dijo el buen fray Bartolomé de Olmedo con amor, y
otras llenas de amenazas, que, como estaban hostigados y habian visto
muertos muchos de los suyos, y abrasados y asolados todos sus pueblos,
vinieron de paz, y todos trajeron joyas de oro, aunque no de mucho
precio, que presentaron á Cortés, y él con halagos y mucho amor les
recibió de paz; y dende allí se fué Cortés con la mitad de sus soldados
á un rio que se dice Chile, que está de la mar obra de cinco leguas,
y volvió á enviar mensajeros á todos los pueblos de la otra parte del
rio á llamalles de paz, y no quisieron venir; porque, como estaban
encarnizados de los muchos soldados que habian muerto en obra de dos
años que habian pasado de los capitanes que Garay envió á poblar aquel
rio, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, ansí creyeron
que harian á nuestro Cortés; y como estaban entre grandes lagunas y
rios y ciénagas, que es muy grande fortaleza para ellos; y la respuesta
que dieron fué matar á los mensajeros que Cortés les habia enviado á
hablar sobre las paces, y á estos de agora tuvieron presos ciertos
dias, y estuvo Cortés aguardando para ver si podria acabar con ellos
que mudasen su mal propósito; y como no vinieron, mandó buscar todas
las canoas que en el rio pudo haber, y con ellas y unas barcas que
se hicieron de madera de navíos viejos de los de Garay, y pasaron de
noche de la otra parte del rio ciento y cincuenta soldados, y los más
dellos ballesteros y escopeteros, y cincuenta de á caballo; y como los
principales de aquellas provincias velaban sus pasos y rios, como los
vieron, dejáronlos pasar, y estaban aguardando de la otra parte; y si
muchos guastecas se habian juntado en las primeras batallas que dieron
á Cortés, muchos más estaban juntos esta vez, y vienen como leones
rabiosos á se encontrar con los nuestros; y á los primeros encuentros
mataron dos soldados é hirieron sobre treinta, y tambien mataron tres
caballos é hirieron otros quince, y muchos mejicanos; más tal prisa
les dieron los nuestros, que no pararon en el campo, é luego se fueron
huyendo, y quedaron dellos muertos y heridos gran cantidad; y despues
que pasó aquella batalla, los nuestros se fueron á dormir á un pueblo
que estaba despoblado, que se habian huido los moradores dél, y con
buenas velas, y escuchas, y rondas y corredores del campo estuvieron,
y de cenar no les faltó; y cuando amaneció, andando por el pueblo,
vieron estar en un cu é adoratorio de ídolos, colgados muchos vestidos
y caras de soldados, adobadas como cueros de guantes, y con sus barbas
y cabellos, que eran de los soldados que habian muerto á los capitanes
que habia enviado Garay á poblar el rio de Pánuco, y muchas dellas
fueron conocidas de otros soldados, que decian que eran sus amigos, y
á todos se les quebró los corazones de lástima de las ver de aquella
manera, y luego las quitaron de donde estaban y las llevaron para
enterrar; y desde aquel pueblo se pasaron á otro lugar, y como conocian
que toda la gente de aquella provincia era muy belicosa, siempre
iban muy recatados y puestos en ordenanza para pelear, no les tomase
descuidados y desapercibidos; y los descubridores de todo aquel campo
dieron con unos grandes escuadrones de indios que estaban en celadas,
para que cuando estuviesen los nuestros en las casas apeados dar en los
caballos y en ellos; y como fueron sentidos, no tuvieron lugar de hacer
todo lo que querian; más todavía salieron muy denodadamente y pelearon
con los nuestros como valientes guerreros, y estuvieron más de media
hora que los de á caballo y los escopeteros no les podian hacer retraer
ni apartar de sí, y mataron dos caballos y hirieron otros siete, y
tambien hirieron quince soldados y murieron tres de las heridas.
Una cosa tenian estos indios: que ya que los llevaban de vencida,
se tornaban á rehacer, y aguardaron tres veces en la pelea, lo cual
pocas veces se ha visto acaecer entre estas gentes; y viendo que los
nuestros les herian y mataban, se acogieron á un rio caudaloso é
corriente, y los de á caballo y peones sueltos fueron en pos dellos
é hirieron muchos; é otro dia acordaron de correrles el campo é ir
á otros pueblos que estaban despoblados, y en ellos hallaron muchas
tinajas de vino de la tierra puestas en unos soterraños á manera de
bodegas; y estuvieron en estas poblaciones cinco dias corriéndoles las
tierras, y como todo estaba sin gentes y despoblados, se volvieron al
rio de Chile; y Cortés tornó luego á enviar á llamar de paz á todos los
mismos pueblos que estaban de guerra en aquella parte del rio, y como
les habian muerto mucha gente, temieron que volverian otra vez sobre
ellos, y á esta causa enviaron á decir que vendrian de ahí á cuatro
dias, que buscaban joyas de oro para le presentar; y Cortés aguardó
todos los cuatro dias que habian dicho que vendrian, y no vinieron
por entónces; y luego mandó á un pueblo muy grande que estaba cabe
una laguna, que era muy fuerte por sus ciénagas y rio, que de noche
obscuro y medio lloviznando, que en muchas canoas que luego mandó
buscar, atadas de dos en dos, y otras sueltas, y en barcas bien hechas,
pasasen aquella laguna á una parte del pueblo en parte y paraje que no
fuesen vistos ni sentidos de los de aquella poblacion, y pasaron muchos
amigos mejicanos, y sin ser vistos, dan en el pueblo, el cual pueblo
destruyeron, y hubo muy gran despojo y estrago en él; allí cargaron
los amigos de todas las haciendas de los naturales que dél tenian; y
desque aquello vieron, todos los más pueblos comarcanos dende á cinco
dias acordaron de venir de paz, excepto otras poblaciones que estaban
muy á trasmano, que los nuestros no pudieron ir á ellos en aquella
sazon; y por no me detener en gastar más palabras en esta relacion de
muchas cosas que pasaron, las dejaré de decir, sino que entónces pobló
Cortés una villa con ciento y treinta vecinos, y entre ellos dejó
veinte y siete de á caballo y treinta y seis escopeteros y ballesteros,
por manera que todos fueron los ciento y treinta; llamábase esta villa
Sant-Estéban del Puerto, y está obra de una legua de Chile; y en los
vecinos que en aquella villa poblaron repartió y dió por encomienda
todos los pueblos que habian venido de paz, y dejó por capitan dellos
y por su teniente á un Pedro Vallejo; y estando en aquella villa de
partida para Méjico, supo por cosa muy cierta que tres pueblos que
fueron cabeceras para la rebelion de aquella provincia, y fueron en
la muerte de muchos españoles, andaban de nuevo, despues de haber ya
dado la obediencia á su majestad y haber venido de paz, convocando y
atrayendo á los demás pueblos sus comarcanos, y decian que despues que
Cortés se fuese á Méjico con los de á caballo y soldados, que á los que
quedaban poblados que diesen un dia ó noche en ellos y que tendrian
buenas hartazgas con ellos; y sabida por Cortés la verdad muy de raíz,
les mandó quemar las casas; mas luego se tornaron á poblar.
Digamos que Cortés habia mandado ántes que partiese de Méjico para ir
á aquella entrada, que dende la Veracruz le enviasen un barco cargado
de vino y vituallas y conservas y bizcocho y herraje, porque en aquella
sazon no habia trigo en Méjico para hacer pan; é yendo que iba el barco
su viaje á la derrota de Pánuco, cargado de lo que fué mandado, parece
ser que hubo muy recios Nortes y dió con él en parte que se perdió,
que no se salvaron sino tres personas, que aportaron en unas tablas á
una isleta donde habia unos muy grandes arenales, seria tres ó cuatro
leguas de tierra, donde habia muchos lobos marinos, que salian de
noche á dormir á los arenales, y mataron de los lobos, y con lumbre
que sacaron con unos palillos como la sacan en todas las Indias las
personas que saben cómo se ha de sacar, tuvieron lugar de asar la carne
de los lobos, y cavaron en mitad de la isla é hicieron unos como pozos
y sacaron agua algo salobre, y tambien habia una fruta que parecian
higos, y con la carne de los lobos marinos y la fruta y agua salobre
se mantuvieron más de dos meses; y como aguardaban en la villa de
Sant-Estéban el refresco y bastimento y herraje, escribió Cortés á sus
mayordomos á Méjico que cómo no enviaban el refresco; y cuando vieron
la carta de Cortés, tuvieron por muy cierto que se habia perdido el
barco, y enviaron luego los mayordomos de Cortés un navío chico de poco
porte en busca del barco que se perdió, y quiso Dios que se toparon en
la isleta donde estaban los tres españoles de los que se perdieron, con
ahumadas que hacian de noche é de dia, é desque vieron el barco, se
alegraron, y embarcados, vinieron á la villa, y llamábase el uno dellos
Fulano Celiano, vecino que fué de Méjico.
Dejémonos desto, y digamos, como en aquella sazon nuestro capitan
Cortés se venia ya para Méjico, tuvo noticia que en unos pueblos
que estaban en unas sierras que eran muy agras se habian rebelado y
hacian grande guerra á otros pueblos que estaban de paz, y acordó de
ir allá ántes que entrase en Méjico; é yendo por su camino, los de
aquella provincia lo supieron é aguardaron en un paso malo, y dieron
en la rezaga del fardaje y le mataron ciertos tamemes y robaron lo que
llevaban; y como era el camino malo, por defender el fardaje los de á
caballos que los iban á socorrer reventaron dos caballos; y llegados
á las poblaciones, muy bien se lo pagaron; que, como iban muchos
mejicanos nuestros amigos, por se vengar de lo que les robaron en el
puerto y camino malo, como dicho tengo, mataron y cautivaron muchos
indios, y aun el cacique y su capitan murieron ahorcados despues que
hubieron vuelto lo que habian robado; y esto hecho, Cortés mandó á los
mejicanos que no hiciesen más daño, y luego envió á llamar de paz á
todos los principales y papas de aquella poblacion, los cuales vinieron
y dieron la obediencia á su majestad; y el cacicazgo mandó que lo
tuviese un hermano del cacique que habian ahorcado, y los dejó en sus
casas pacíficos y muy bien castigados, y entónces se volvió á Méjico.
Y ántes que pase adelante, quiero decir que en todas las provincias
de la Nueva-España otra gente más sucia y mala y de peores costumbres
no la hubo como esta de la provincia de Pánuco, y sacrificadores y
crueles en demasía, y borrachos y sucios y malos, y tenian otras
treinta torpezas; y si miramos en ello, fueron castigados á fuego y á
sangre dos ó tres veces, y otros mayores males les vino en tener por
gobernador á Nuño de Guzman, que desque le dieron la gobernacion, los
hizo casi á todos esclavos y los envió á vender á las islas, segun más
largamente lo diré en su tiempo y lugar.
Volvamos á nuestra relacion, y diré, despues que Cortés volvió á
Méjico, en lo que entendió é hizo.