CAPÍTULO CLVIII.

CÓMO LLEGÓ AL PUERTO DE LA VILLA-RICA UN CRISTÓBAL DE TAPIA QUE VENIA

PARA SER GOBERNADOR.

Pues como Cortés hubo despachado los capitanes y soldados por mí ya

dichos á pacificar y poblar provincias, en aquella sazon vino un

Cristóbal de Tapia, veedor de la isla de Santo Domingo, con provisiones

de su majestad, guiadas y encaminadas por D. Juan Rodriguez de Fonseca,

Obispo de Búrgos y Arzobispo de Rosano, porque ansí se llamaba, para

que le admitiesen á la gobernacion de la Nueva-España; y demás de las

provisiones, traia muchas cartas misivas del mismo Obispo para Cortés y

para otros muchos conquistadores y capitanes de los que habian venido

con Narvaez, para que favoreciesen al Cristóbal de Tapia; y demás

de las cartas que traia cerradas y selladas del Obispo, traia otras

en blanco para que el Tapia en la Nueva-España pusiese todo lo que

quisiese y le pareciese, y en todas ellas traia grandes prometimientos

que nos haria muchas mercedes si dábamos la gobernacion al Tapia, y

por otra parte muchas amenazas, y decia que su majestad nos enviaria á

castigar.

Dejemos desto, que Tapia presentó sus provisiones en la Villa-Rica

de la Veracruz delante de Gonzalo de Albarado, hermano de Pedro de

Albarado, que estaba en aquella sazon por teniente de Cortés, porque

un Rodrigo Rangel, que solia estar allí por alcalde mayor, no sé qué

desatinos habia hecho cuando allí estaba, y le quitó Cortés el cargo;

y presentadas las provisiones, el Gonzalo de Albarado las obedeció y

puso sobre su cabeza como provisiones y mando de su rey y señor; é que

en cuanto al cumplimiento, que se juntarian los alcaldes y regidores

de aquella villa é que platicarian y verian cómo y de qué manera

eran ganadas y habidas aquellas provisiones, é que todos juntos las

obedecian, porque él solo era una persona, y tambien porque querian

ver si su majestad era sabidor que tales provisiones enviasen; y

esta respuesta no le cuadró bien al Tapia, y aconsejáronle que se

fuese luego á Méjico, adonde estaban Cortés con todos los capitanes

y soldados, y que allá las obedecerian; y demás de presentar las

provisiones, como dicho tengo, escribió á Cortés de la manera que venia

por gobernador; y como Cortés era muy avisado, si muy buenas cartas

le escribió el Tapia, y vió las ofertas y ofrecimientos del Obispo

de Búrgos, y por otra parte las amenazas; si muy buenas palabras y

muy llenas de cumplimientos él le escribió, otras muy mejores y más

halagüeñas y blandosamente y amorosas y llenas de cumplimientos le

escribió Cortés en respuesta; y luego Cortés rogó y mandó á ciertos de

nuestros capitanes que se fuesen á ver con el Tapia, los cuales fueron

Pedro de Albarado y Gonzalo de Sandoval y Diego de Soto el de Toro y un

Valdenebro y el capitan Andrés de Tapia, á los cuales envió á llamar

por la posta que dejasen de poblar por entónces las provincias en que

estaban, é que fuesen á la Villa-Rica, donde estaba el Cristóbal de

Tapia, y con ellos mandó que fuese un fraile que se decia fray Pedro

Melgarejo de Urraca.

Ya que el Tapia iba camino de Méjico á se ver con Cortés, encontró con

nuestros capitanes y con el fraile por mí nombrados, y con palabras

y ofrecimientos que le hicieron, volvió del camino para un pueblo

que se decia Cempoal, y allí le demandaron que mostrase otra vez las

provisiones, y que verian cómo y de qué manera lo mandaba su majestad,

y si venia en ellas su real firma ó era sabidor dello, é que los pechos

por tierra las obedecerian en nombre de Hernando Cortés y de toda la

Nueva-España, porque traian poder para ello; y el Tapia les tornó á

notificar y mostrar las provisiones; y todos aquellos capitanes á

una las obedecieron y pusieron sobre sus cabezas como provisiones de

nuestro rey y señor, é que en cuanto al cumplimiento, que suplicaban

dellas para ante el Emperador nuestro señor; y dijeron que no era

sabidor dellas ni de cosa ninguna, é que el Cristóbal de Tapia no

era suficiente para ser gobernador, é que el Obispo de Búrgos era

contra todos los conquistadores que serviamos á su majestad, y andaba

ordenando aquellas cosas sin dar verdadera relacion á su majestad, y

por favorecer al Diego Velazquez, y al Tapia por casar con uno dellos

á una doña Fulana de Fonseca, sobrina del mismo Obispo; y luego que

el Tapia vió que no aprovechaban palabras ni provisiones ni cartas de

ofertas ni otros cumplimientos, adoleció de enojo; y aquellos nuestros

capitanes le escribian á Cortés todo lo que pasaba, y le avisaron

que enviase tejuelos de oro y barras, é que con ellos amansaria la

furia de Tapia; lo cual el oro vino por la posta, y le compraron unos

negros y tres caballos y el un navío, y se volvió á embarcar en el otro

navío y se fué á la isla de Santo Domingo, de donde habia salido; é

cuando allá llegó, la audiencia real que en ella residia y los frailes

jerónimos que estaban por gobernadores notaron muy bien su vuelta de

aquella manera, y se enojaron con él porque ántes que saliese de la

isla para ir á la Nueva-España le habian mandado expresamente que en

aquella sazon no curase de venir, porque seria causa de quebrar el

hilo y conquistas de Méjico, y no les quiso obedecer; ántes, con favor

del Obispo de Búrgos, D. Juan Rodriguez de Fonseca, se resolvió; que

no osaban hacer otra cosa los oidores sino lo que el Obispo de Búrgos

mandaba, porque era presidente de Indias, porque su majestad estaba en

aquella sazon en Flandes, que no habia venido á Castilla.

Dejemos esto del Tapia, y digamos cómo luego envió Cortés á Pedro de

Albarado á poblar á Tustepeque, que era tierra rica de oro.

Y para que bien lo entiendan los que no saben los nombres destos

pueblos, uno es Tutepeque, adonde fué Gonzalo de Sandoval, y otro

es Tustepeque, adonde en esta sazon va Pedro de Albarado; y esto

declaro porque no me culpen que digo que dos capitanes fueron á poblar

una provincia de un nombre, y son dos provincias; y tambien habia

enviado á poblar el rio de Pánuco, porque Cortés tuvo noticia que un

Francisco de Garay hacia grande armada para venirla á poblar; porque,

segun pareció, se lo habia dado su majestad al Garay por gobernacion

y conquista, segun más largamente lo he dicho y declarado en los

capítulos pasados cuando hablaba de todos los navíos que envió adelante

Garay, que desbarataron los indios de la misma provincia de Pánuco, é

hízolo Cortés porque si viniese el Garay la hallase por Cortés poblada.

Dejemos desto, y digamos cómo Cortés envió otra vez á Rodrigo Rangel

por teniente de Villa-Rica, y quitó al Gonzalo de Albarado, y le mandó

que luego le enviase á Pánfilo de Narvaez donde estaba poblando Cortés

en Cuyoacan, que aún no habia entrado á poblar á Méjico hasta que se

edificasen todas las casas y palacio adonde habia de vivir; y envió por

el Pánfilo de Narvaez porque, segun le dijeron, que cuando el Cristóbal

de Tapia llegó á la Villa-Rica con las provisiones que dicho tengo, el

Narvaez habló con él y en pocas palabras le dijo:

—«Señor Tapia, paréceme que tan buen recaudo traeis y tal le llevaréis

como yo; mirad en lo que yo he parado trayendo tan buena armada, y

mirad por vuestra persona, no os maten, y no os cureis de perder

tiempo; que la ventura de Cortés é sus soldados no es acabada; entended

en que os dén algun oro por esas cosas que traeis, é idos á Castilla

ante su majestad, que allá no faltará quien os ayude, y diréis lo que

pasa, en especial teniendo, como teneis, al señor Obispo de Búrgos; y

esto es mejor consejo.»

Dejémonos desta plática y diré cómo Narvaez fué su camino á Méjico, y

vió aquellas grandes ciudades y poblaciones; y cuando llegó á Tezcuco

se admiró, y cuando vió á Cuyoacan, mucho más, y desque vió la gran

laguna y ciudades que en ella están pobladas, y despues la gran ciudad

de Méjico, y como Cortés supo que venia, le mandó hacer mucha honra;

y llegado ante él, se hincó de rodillas y le fué á besar las manos,

y Cortés no lo consintió y le hizo levantar, y le abrazó y le mostró

mucho amor, y le hizo asentar cabe sí, y entónces el Narvaez le habló y

le dijo:

—«Señor capitan, agora digo de verdad que la menor cosa que hizo

vuestra merced y sus valerosos soldados en esta Nueva-España fué

desbaratarme á mí y prenderme, y aunque trajera mayor poder del que

traje, pues he visto tantas ciudades y tierras que ha domado y sujetado

al servicio de Dios nuestro Señor y del Emperador Cárlos V; y puédese

vuestra merced alabar y tener en tanta estima, que yo ansí lo digo, y

dirán todos los capitanes muy nombrados que el dia de hoy son vivos,

que en el universo se puede anteponer á los muy afamados é ilustres

varones que ha habido; y otra tan fuerte ciudad como Méjico no la

hay; y vuestra merced y sus muy esforzados soldados son dignos que su

majestad les haga muy crecidas mercedes.»

Y le dijo otras muchas alabanzas; y Cortés le respondió que nosotros

no éramos bastantes para hacer lo que estaba hecho, sino la gran

misericordia de Dios nuestro Señor, que siempre nos ayudaba, y la buena

ventura de nuestro gran César.

Dejémonos desta plática y de las ofertas que hizo Narvaez á Cortés

que le seria servidor, y diré cómo en aquella sazon se pasó Cortés á

poblar la insigne y gran ciudad de Méjico, y repartió solares para las

iglesias y monasterios y casas reales y plazas, y á todos los vecinos

les dió solares; y por no gastar más tiempo en escribir segun y de la

manera que agora está poblada, que, segun dicen muchas personas que se

han hallado en muchas partes de la cristiandad, otra más populosa y

mayor ciudad y de mejores casas y muy bien pobladas no se ha visto.

Pues estando dando la órden que dicho tengo, al mejor tiempo que

estaba Cortés algo descansando, le vinieron cartas del Pánuco que toda

la provincia estaba levantada é puesta en armas, y que era gente muy

belicosa y de muchos guerreros, porque habian muerto muchos soldados

que habia enviado Cortés á poblar, y que con brevedad enviase el mayor

socorro que pudiese; y luego acordó Cortés de ir él mismo en persona,

porque todos los capitanes habian ido á sus conquistas; y llevó todos

los más soldados que pudo y hombres de á caballo y ballesteros y

escopeteros, porque ya habian llegado á Méjico muchas personas de las

que el veedor Tapia traia consigo, y otros que allí estaban de los de

Lúcas Vazquez de Aillon, que habian ido con él á la Florida, y otros

que habian venido de las islas en aquel tiempo; y dejando en Méjico

buen recaudo, y por capitan dél á Diego de Soto, natural de Toro,

salió Cortés de Méjico; y en aquella sazon no habia herraje, sino muy

poco, para los muchos caballos que llevaba, porque pasaban de ciento y

treinta de á caballo y ducientos y cincuenta soldados, y contados entre

los ballesteros y escopeteros y de á caballo, y tambien llevó diez mil

mejicanos; y en aquella sazon ya habia vuelto de Mechoacan Cristóbal

de Olí, porque dejó aquella provincia de paz y trajo consigo muchos

caciques y al hijo del cacique Conci, que ansí se llamaba, y era el

mayor señor de todas aquellas provincias, y trajo mucho oro bajo, que

lo tenian revuelto con plata y cobre; y gastó Cortés en aquella ida

que fué á Pánuco mucha cantidad de pesos de oro, que despues demandaba

á su majestad que le pagase aquella costa, y los oficiales de la real

hacienda no se los quisieron recebir en cuenta ni le quisieron pagar

cosa dello, porque respondieron que si habia hecho aquel gasto en la

conquista de aquella provincia, que lo hizo por se apoderar della,

porque Francisco de Garay, que venia por gobernador, no la hubiese,

porque ya tenia noticia que venia de la isla de Jamáica con gran

pujanza y armada.

Volvamos á nuestra relacion, y diré cómo Cortés llegó con todo

su ejército á la provincia de Pánuco y los halló de guerra, y los

envió á llamar de paz muchas veces, mas no quisieron venir; é tuvo

con ellos en algunos dias muchos rencuentros de guerra y en dos

batallas que le aguardaron le mataron tres soldados y le hirieron

más de treinta, y mataron cuatro caballos y hubo muchos heridos, y

murieron de los mejicanos sobre ciento, sin otros más de ducientos

que quedaron heridos; porque fueron los guastecas, que ansí se llaman

en aquellas provincias, sobre más de sesenta mil hombres guerreros

cuando aguardaron á nuestro capitan Cortés; mas quiso nuestro Señor que

fueron desbaratados, y todo el campo adonde fueron estas batallas quedó

lleno de muertos y heridos de los naguatecas naturales de aquellas

provincias; por manera que no se tornaron más á juntar por entónces

para dar guerra; y Cortés estuvo ocho dias en un pueblo que estaba

allí cerca, donde habian sido aquellas reñidas batallas, por causa

de que se curasen los heridos y se enterrasen los muertos, y habia

muchos bastimentos; y para tornarle á llamar de paz envió al Padre fray

Bartolomé de Olmedo, y diez caciques, personas principales, de los

que se habian prendido en aquellas batallas, y doña Marina y Jerónimo

de Aguilar, que siempre Cortés los llevaba consigo; y el Padre fray

Bartolomé de Olmedo les hizo un parlamento muy discreto, y les dijo

que «¿cómo se podian defender todos los de aquellas provincias de no

se dar por vasallos de su majestad, pues han visto y tenido nueva que

con el poder de Méjico, siendo tan fuertes guerreros, estaba asolada

la ciudad y puesta por el suelo? É que vengan luego de paz y no hayan

miedo, é que lo pasado de las muertes, que Cortés, en nombre de su

majestad, se lo perdonaria.»

Y tales palabras les dijo el buen fray Bartolomé de Olmedo con amor, y

otras llenas de amenazas, que, como estaban hostigados y habian visto

muertos muchos de los suyos, y abrasados y asolados todos sus pueblos,

vinieron de paz, y todos trajeron joyas de oro, aunque no de mucho

precio, que presentaron á Cortés, y él con halagos y mucho amor les

recibió de paz; y dende allí se fué Cortés con la mitad de sus soldados

á un rio que se dice Chile, que está de la mar obra de cinco leguas,

y volvió á enviar mensajeros á todos los pueblos de la otra parte del

rio á llamalles de paz, y no quisieron venir; porque, como estaban

encarnizados de los muchos soldados que habian muerto en obra de dos

años que habian pasado de los capitanes que Garay envió á poblar aquel

rio, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, ansí creyeron

que harian á nuestro Cortés; y como estaban entre grandes lagunas y

rios y ciénagas, que es muy grande fortaleza para ellos; y la respuesta

que dieron fué matar á los mensajeros que Cortés les habia enviado á

hablar sobre las paces, y á estos de agora tuvieron presos ciertos

dias, y estuvo Cortés aguardando para ver si podria acabar con ellos

que mudasen su mal propósito; y como no vinieron, mandó buscar todas

las canoas que en el rio pudo haber, y con ellas y unas barcas que

se hicieron de madera de navíos viejos de los de Garay, y pasaron de

noche de la otra parte del rio ciento y cincuenta soldados, y los más

dellos ballesteros y escopeteros, y cincuenta de á caballo; y como los

principales de aquellas provincias velaban sus pasos y rios, como los

vieron, dejáronlos pasar, y estaban aguardando de la otra parte; y si

muchos guastecas se habian juntado en las primeras batallas que dieron

á Cortés, muchos más estaban juntos esta vez, y vienen como leones

rabiosos á se encontrar con los nuestros; y á los primeros encuentros

mataron dos soldados é hirieron sobre treinta, y tambien mataron tres

caballos é hirieron otros quince, y muchos mejicanos; más tal prisa

les dieron los nuestros, que no pararon en el campo, é luego se fueron

huyendo, y quedaron dellos muertos y heridos gran cantidad; y despues

que pasó aquella batalla, los nuestros se fueron á dormir á un pueblo

que estaba despoblado, que se habian huido los moradores dél, y con

buenas velas, y escuchas, y rondas y corredores del campo estuvieron,

y de cenar no les faltó; y cuando amaneció, andando por el pueblo,

vieron estar en un cu é adoratorio de ídolos, colgados muchos vestidos

y caras de soldados, adobadas como cueros de guantes, y con sus barbas

y cabellos, que eran de los soldados que habian muerto á los capitanes

que habia enviado Garay á poblar el rio de Pánuco, y muchas dellas

fueron conocidas de otros soldados, que decian que eran sus amigos, y

á todos se les quebró los corazones de lástima de las ver de aquella

manera, y luego las quitaron de donde estaban y las llevaron para

enterrar; y desde aquel pueblo se pasaron á otro lugar, y como conocian

que toda la gente de aquella provincia era muy belicosa, siempre

iban muy recatados y puestos en ordenanza para pelear, no les tomase

descuidados y desapercibidos; y los descubridores de todo aquel campo

dieron con unos grandes escuadrones de indios que estaban en celadas,

para que cuando estuviesen los nuestros en las casas apeados dar en los

caballos y en ellos; y como fueron sentidos, no tuvieron lugar de hacer

todo lo que querian; más todavía salieron muy denodadamente y pelearon

con los nuestros como valientes guerreros, y estuvieron más de media

hora que los de á caballo y los escopeteros no les podian hacer retraer

ni apartar de sí, y mataron dos caballos y hirieron otros siete, y

tambien hirieron quince soldados y murieron tres de las heridas.

Una cosa tenian estos indios: que ya que los llevaban de vencida,

se tornaban á rehacer, y aguardaron tres veces en la pelea, lo cual

pocas veces se ha visto acaecer entre estas gentes; y viendo que los

nuestros les herian y mataban, se acogieron á un rio caudaloso é

corriente, y los de á caballo y peones sueltos fueron en pos dellos

é hirieron muchos; é otro dia acordaron de correrles el campo é ir

á otros pueblos que estaban despoblados, y en ellos hallaron muchas

tinajas de vino de la tierra puestas en unos soterraños á manera de

bodegas; y estuvieron en estas poblaciones cinco dias corriéndoles las

tierras, y como todo estaba sin gentes y despoblados, se volvieron al

rio de Chile; y Cortés tornó luego á enviar á llamar de paz á todos los

mismos pueblos que estaban de guerra en aquella parte del rio, y como

les habian muerto mucha gente, temieron que volverian otra vez sobre

ellos, y á esta causa enviaron á decir que vendrian de ahí á cuatro

dias, que buscaban joyas de oro para le presentar; y Cortés aguardó

todos los cuatro dias que habian dicho que vendrian, y no vinieron

por entónces; y luego mandó á un pueblo muy grande que estaba cabe

una laguna, que era muy fuerte por sus ciénagas y rio, que de noche

obscuro y medio lloviznando, que en muchas canoas que luego mandó

buscar, atadas de dos en dos, y otras sueltas, y en barcas bien hechas,

pasasen aquella laguna á una parte del pueblo en parte y paraje que no

fuesen vistos ni sentidos de los de aquella poblacion, y pasaron muchos

amigos mejicanos, y sin ser vistos, dan en el pueblo, el cual pueblo

destruyeron, y hubo muy gran despojo y estrago en él; allí cargaron

los amigos de todas las haciendas de los naturales que dél tenian; y

desque aquello vieron, todos los más pueblos comarcanos dende á cinco

dias acordaron de venir de paz, excepto otras poblaciones que estaban

muy á trasmano, que los nuestros no pudieron ir á ellos en aquella

sazon; y por no me detener en gastar más palabras en esta relacion de

muchas cosas que pasaron, las dejaré de decir, sino que entónces pobló

Cortés una villa con ciento y treinta vecinos, y entre ellos dejó

veinte y siete de á caballo y treinta y seis escopeteros y ballesteros,

por manera que todos fueron los ciento y treinta; llamábase esta villa

Sant-Estéban del Puerto, y está obra de una legua de Chile; y en los

vecinos que en aquella villa poblaron repartió y dió por encomienda

todos los pueblos que habian venido de paz, y dejó por capitan dellos

y por su teniente á un Pedro Vallejo; y estando en aquella villa de

partida para Méjico, supo por cosa muy cierta que tres pueblos que

fueron cabeceras para la rebelion de aquella provincia, y fueron en

la muerte de muchos españoles, andaban de nuevo, despues de haber ya

dado la obediencia á su majestad y haber venido de paz, convocando y

atrayendo á los demás pueblos sus comarcanos, y decian que despues que

Cortés se fuese á Méjico con los de á caballo y soldados, que á los que

quedaban poblados que diesen un dia ó noche en ellos y que tendrian

buenas hartazgas con ellos; y sabida por Cortés la verdad muy de raíz,

les mandó quemar las casas; mas luego se tornaron á poblar.

Digamos que Cortés habia mandado ántes que partiese de Méjico para ir

á aquella entrada, que dende la Veracruz le enviasen un barco cargado

de vino y vituallas y conservas y bizcocho y herraje, porque en aquella

sazon no habia trigo en Méjico para hacer pan; é yendo que iba el barco

su viaje á la derrota de Pánuco, cargado de lo que fué mandado, parece

ser que hubo muy recios Nortes y dió con él en parte que se perdió,

que no se salvaron sino tres personas, que aportaron en unas tablas á

una isleta donde habia unos muy grandes arenales, seria tres ó cuatro

leguas de tierra, donde habia muchos lobos marinos, que salian de

noche á dormir á los arenales, y mataron de los lobos, y con lumbre

que sacaron con unos palillos como la sacan en todas las Indias las

personas que saben cómo se ha de sacar, tuvieron lugar de asar la carne

de los lobos, y cavaron en mitad de la isla é hicieron unos como pozos

y sacaron agua algo salobre, y tambien habia una fruta que parecian

higos, y con la carne de los lobos marinos y la fruta y agua salobre

se mantuvieron más de dos meses; y como aguardaban en la villa de

Sant-Estéban el refresco y bastimento y herraje, escribió Cortés á sus

mayordomos á Méjico que cómo no enviaban el refresco; y cuando vieron

la carta de Cortés, tuvieron por muy cierto que se habia perdido el

barco, y enviaron luego los mayordomos de Cortés un navío chico de poco

porte en busca del barco que se perdió, y quiso Dios que se toparon en

la isleta donde estaban los tres españoles de los que se perdieron, con

ahumadas que hacian de noche é de dia, é desque vieron el barco, se

alegraron, y embarcados, vinieron á la villa, y llamábase el uno dellos

Fulano Celiano, vecino que fué de Méjico.

Dejémonos desto, y digamos, como en aquella sazon nuestro capitan

Cortés se venia ya para Méjico, tuvo noticia que en unos pueblos

que estaban en unas sierras que eran muy agras se habian rebelado y

hacian grande guerra á otros pueblos que estaban de paz, y acordó de

ir allá ántes que entrase en Méjico; é yendo por su camino, los de

aquella provincia lo supieron é aguardaron en un paso malo, y dieron

en la rezaga del fardaje y le mataron ciertos tamemes y robaron lo que

llevaban; y como era el camino malo, por defender el fardaje los de á

caballos que los iban á socorrer reventaron dos caballos; y llegados

á las poblaciones, muy bien se lo pagaron; que, como iban muchos

mejicanos nuestros amigos, por se vengar de lo que les robaron en el

puerto y camino malo, como dicho tengo, mataron y cautivaron muchos

indios, y aun el cacique y su capitan murieron ahorcados despues que

hubieron vuelto lo que habian robado; y esto hecho, Cortés mandó á los

mejicanos que no hiciesen más daño, y luego envió á llamar de paz á

todos los principales y papas de aquella poblacion, los cuales vinieron

y dieron la obediencia á su majestad; y el cacicazgo mandó que lo

tuviese un hermano del cacique que habian ahorcado, y los dejó en sus

casas pacíficos y muy bien castigados, y entónces se volvió á Méjico.

Y ántes que pase adelante, quiero decir que en todas las provincias

de la Nueva-España otra gente más sucia y mala y de peores costumbres

no la hubo como esta de la provincia de Pánuco, y sacrificadores y

crueles en demasía, y borrachos y sucios y malos, y tenian otras

treinta torpezas; y si miramos en ello, fueron castigados á fuego y á

sangre dos ó tres veces, y otros mayores males les vino en tener por

gobernador á Nuño de Guzman, que desque le dieron la gobernacion, los

hizo casi á todos esclavos y los envió á vender á las islas, segun más

largamente lo diré en su tiempo y lugar.

Volvamos á nuestra relacion, y diré, despues que Cortés volvió á

Méjico, en lo que entendió é hizo.

Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) · 第 55 / 67 题