CÓMO SE PRENDIÓ GUATEMUZ.

Pues como Cortés vido que el trabuco no aprovechó cosa ninguna, ántes

hubo enojo con el soldado que le aconsejó que lo hiciese, y viendo que

no queria paces ningunas Guatemuz y sus capitanes, mandó á Gonzalo de

Sandoval que entrase con los bergantines en el sitio y rincon de la

ciudad adonde estaban retraidos el Guatemuz con toda la flor de sus

capitanes y personas más nobles que en Méjico habia, y le mandó que

no matase ni hiriese á ningunos indios, salvo si no le diesen guerra,

é que aunque se la diesen, que solamente se defendiese, y no les

hiciesen otro mal, y que les derrocase las casas y muchas barbacanas

que habian hecho en la laguna; y Cortés se subió luego en el cu mayor

del Tatelulco para ver cómo entraba Sandoval con los bergantines, y les

fueron acompañando Pedro de Albarado y Luis Marin, y Francisco de Lugo

y otros soldados.

Y como el Sandoval entró con los bergantines en aquel paraje donde

estaban las casas de Guatemuz, cuando se vió cercado el Guatemuz, tuvo

temor no le prendiesen ó le matasen, y tenia aparejadas cincuenta

grandes piraguas para si se viese en aprieto salvarse en ellas y

meterse en unos carrizales, é ir desde allí á tierra, y esconderse en

unos pueblos de sus amigos; y asimismo tenia mandado á los principales

y gente de más cuenta que allí en aquel rincon tenia, y á sus

capitanes, que hiciesen lo mismo; y como vieron que les entraban en

las casas, se embarcan en las canoas, é ya tenian metida su hacienda

de oro y joyas y toda su familia, y se mete en ellas, y tira la laguna

adelante, acompañado de muchos capitanes y principales; y como en

aquel instante iba la laguna llena de canoas, y Sandoval luego tuvo

noticia que Guatemuz con toda la gente principal se iba huyendo, mandó

á los bergantines que dejasen de derrocar casas y siguiesen el alcance

de las canoas, é que mirasen que tuviesen tino é ojo á qué parte iba el

Guatemuz, y que no le ofendiesen ni le hiciesen enojo ninguno, sino que

buenamente procurasen de le prender.

Y como un Garci-Holguin, que era capitan de un bergantin, amigo

de Sandoval, y era muy gran velero su bergantin, y llevaba buenos

remeros, le mandó que siguiese hácia la parte que le habian dicho que

iba el Guatemuz y sus principales y las grandes piraguas, y le mandó

que si le alcanzase, que no le hiciese mal ninguno más de prendelle,

y el Sandoval siguió por otra parte con otros bergantines que le

acompañaban; é quiso Dios Nuestro Señor que el Garci-Holguin alcanzó á

las canoas é grandes piraguas en que iba el Guatemuz, y en el arte dél

y de los toldos é piragua, y aderezo dél y de la canoa, le conoció el

Holguin y supo que era el grande señor de Méjico, y dijo por señas que

aguardasen, y no querian, y él hizo como que les queria tirar con las

escopetas y ballestas, y hubo el Guatemuz miedo de ver aquello, y dijo:

—«No me tiren, que yo soy el Rey de Méjico y desta tierra, y lo que te

ruego es, que no me llegues á mi mujer ni á mis hijos, ni á ninguna

mujer, ni á ninguna cosa de lo que aquí traigo, sino que me tomes á mí

y me lleves á Malinche.»

Y como el Holguin le oyó, se gozó en gran manera y le abrazó, y le

metió en el bergantin con mucho acato, á él, á su mujer y á veinte

principales que con él iban, y les hizo asentar en la popa en unos

petates y mantas, y les dió de lo que traia para comer; y á las

canoas en que iba su hacienda no les tocó en cosa ninguna, sino que

juntamente las llevó con su bergantin; y en aquella sazon el Gonzalo

de Sandoval se puso á una parte para ver los bergantines, y mandó

que todos se recogiesen á él, y luego supo que Garci-Holguin habia

prendido al Guatemuz, y que le llevaba á Cortés; y como el Sandoval lo

supo, mandó á los remeros que llevaba en su bergantin que remasen á

la mayor priesa que pudiesen, y cuando alcanzó á Holguin le dijo que

le diese el prisionero, y el Holguin no se lo quiso dar, porque dijo

que él lo habia prendido, y no el Sandoval; y el Sandoval dijo que así

era verdad, y que él era general de los bergantines, y que el Holguin

venia debajo de su dominio é mando, y que por ser su amigo se lo habia

mandado, y tambien porque era su bergantin muy ligero, más que los

otros; é mandó que le siguiesen y le prendiesen, y que al Sandoval,

como á su general, le habia de dar el prisionero; y el Holguin todavía

porfiaba que no queria; y en aquel instante fué otro bergantin á gran

priesa á Cortés á demandalle albricias, que, como dicho tengo, estaba

muy cerca, en el Tatelulco, mirando desde el cu mayor cómo entraba el

Sandoval; y entónces le contaron la diferencia que traia Sandoval con

el Holguin sobre tomalle el prisionero; y cuando Cortés lo supo, luego

despachó al capitan Luis Marin y á Francisco de Lugo para que luego

hiciesen venir al Gonzalo de Sandoval y al Holguin, sin más debatir, é

que trajese al Guatemuz, y á la mujer y familia con mucho acato, porque

él determinaria cúyo era el prisionero y á quien se habia de dar la

honra dello; y entre tanto que le fueron á llamar, hizo aderezar Cortés

un estrado lo mejor que pudo con petates y mantas y otros asientos, y

mucha comida de lo que Cortés tenia para sí, y luego vino el Sandoval

y Holguin con el Guatemuz, y le llevaron ante Cortés; y cuando se vió

delante dél le hizo mucho acato, y Cortés con alegría le abrazó, y le

mostró mucho amor á él y á sus capitanes; y entónces el Guatemuz dijo á

Cortés:

—«Señor Malinche, ya yo he hecho lo que estaba obligado en defensa de

mi ciudad y vasallos, y no puedo más; y pues vengo por fuerza y preso

ante tu persona y poder, toma luego ese puñal que traes en la cinta y

mátame luego con él.»

Y esto cuando se lo decia lloraba muchas lágrimas con sollozos, y

tambien lloraban otros grandes señores que consigo traia; y Cortés

le respondió con doña Marina y Aguilar, nuestras lenguas, y dijo muy

amorosamente que por haber sido tan valiente y haber vuelto y defendido

su ciudad se le tenia en mucho y tenia en más á su persona, y que no

es digno de culpa ninguna, é que ántes se lo ha de tener á bien que á

mal; é que lo que Cortés quisiera, fué que, cuando iban de vencida,

que porque no hubiera más destruicion ni muerte en sus mejicanos, que

vinieran de paz y de su voluntad; é que pues ya es pasado lo uno y lo

otro, y no hay remedio ni enmienda en ello, que descanse su corazon y

de sus capitanes; é que mandará á Méjico y á sus provincias como de

ántes lo solian hacer; y Guatemuz y sus capitanes dijeron que se lo

tenian en merced; y Cortés preguntó por la mujer y por otras grandes

señoras mujeres de otros capitanes, que le habian dicho que venian

con Guatemuz; y el mismo Guatemuz respondió y dijo que habia rogado

á Gonzalo de Sandoval y á Garci-Holguin que les dejase estar en las

canoas en que estaban, hasta ver lo que el Malinche ordenaba; y luego

Cortés envió por ellas, y les mandó dar de comer de lo que habia lo

mejor que pudo en aquella sazon; y luego, porque era tarde y queria

llover, mandó Cortés á Gonzalo de Sandoval que se fuese á Cuyoacoan, y

llevase consigo á Guatemuz y á su mujer y familia y á los principales

que con él estaban; y luego mandó á Pedro de Albarado y á Cristóbal de

Olí que cada uno se fuese á sus estancias y reales, y luego nosotros

nos fuimos á Tacuba, y Sandoval dejó á Guatemuz en poder de Cortés en

Cuyoacoan, y se volvió á Tepeaquilla, que era su puesto y real.

Prendióse Guatemuz y sus capitanes en 13 de Agosto, á hora de vísperas,

dia de señor San Hipólito, año de 1521, gracias á nuestro Señor

Jesucristo y á nuestra Señora la Vírgen Santa María, su bendita Madre,

amen.

Llovió, y tronó y relampagueó aquella noche, y hasta media noche mucho

más que otras veces.

Y como se hubo preso Guatemuz, quedamos tan sordos todos los soldados,

como si de ántes estuviera uno puesto encima de un campanario y tañesen

muchas campanas, y en aquel instante que las tañian cesasen de las

tañer; y esto digo al propósito, porque todos los noventa y tres

dias que sobre esta ciudad estuvimos, de noche y de dia daban tantos

gritos y voces é silbos, unos escuadrones mejicanos apercibiendo los

escuadrones y guerreros que habian de batallar en la calzada, é otros

llamando las canoas que habian de guerrear con los bergantines y con

nosotros en los puentes, y otros apercibiendo á los que habian de

hincar palizadas y abrir y ahondar las calzadas y aberturas y puentes,

y en hacer albarradas, y otros en aderezar piedra y vara y flecha, y

las mujeres en hacer piedra rolliza para tirar con las hondas; pues

desde los adoratorios y casas malditas de aquellos malditos ídolos, los

atambores y cornetas, y el atambor grande y otras bocinas dolorosas,

que de continuo no dejaban de se tocar, y desta manera, de noche y de

dia no dejábamos de tener gran ruido, y tal, que no nos oiamos los

unos á los otros: y despues de preso el Guatemuz cesaron las voces y

el ruido, y por esta causa he dicho como si de ántes estuviéramos en

campanario.

Dejemos desto, y digamos cómo Guatemuz era de muy gentil disposicion,

así de cuerpo como de faiciones, y la cara algo larga y alegre, y los

ojos más parecian que cuando miraba que eran con gravedad y halagüeños,

y no habia falta en ellos, y era de edad de veinte y tres ó veinte y

cuatro años, y el color tiraba más á blanco que al color y matiz de

esotros indios morenos, y decian que su mujer era sobrina de Montezuma,

su tio, muy hermosa mujer y moza.

Y ántes que más pasemos adelante, digamos en qué paró el pleito del

Sandoval y del Garci-Holguin sobre la prision de Guatemuz; y es que,

Cortés le dijo que los romanos tuvieron otra contienda de la misma

manera que esta, entre Mario y Lucio Cornelio Sila, y esto fué cuando

Sila trajo preso á Yugurta, que estaba con su suegro el Rey Ibócos; y

cuando entraba en Roma triunfando de los hechos y hazañas heróicos,

pareció ser que Sila metió en su triunfo á Yugurta con una cadena

de hierro al pescuezo, y Mario dijo que no le habia de meter Sila,

sino él; é ya que le metia, que habia de declarar que el Mario le dió

aquella facultad y le envió por él para que en su nombre le llevase

preso, y se le dió el Rey Ibócos; pues que el Mario era capitan general

y debajo de su mano y bandera militaban, y el Sila, como era de los

patricios de Roma, tenia mucho favor; y como Mario era de una villa

cerca de Roma, que se decia Arpino, y advenedizo, puesto que habia sido

siete veces cónsul, no tuvo el favor que el Sila, y sobre ello hubo las

guerras civiles entre Mario y el Sila, y nunca se determinó á quién se

habia de dar la honra de la prision de Yugurta.

Volvamos á nuestro propósito, y es, que Cortés dijo que haria relacion

dello á su majestad, y á quien fuese servido de hacer merced se le

daria por armas, que de Castilla traerian sobre ello la determinacion;

y desde á dos años vino mandado por su majestad que Cortés tuviese por

armas en sus reposteros ciertos Reyes, que fueron Montezuma, gran señor

de Méjico; Cacamatzin, señor de Tezcuco, y los señores de Iztapalapa

y de Cuyoacoan y Tacuba, y otro gran señor que decian que era pariente

muy cercano del gran Montezuma, á quien decian que de derecho le venia

el reino y señorio de Méjico, que era señor de Matalacingo y de otras

provincias; y á este Guatemuz, sobre que fué este pleito.

Dejemos desto, y digamos de los cuerpos muertos y cabezas que estaban

en aquellas casas adonde se habia retraido Guatemuz; y es verdad, y

juro amen, que toda la laguna y casas y barbacoas estaban llenas de

cuerpos y cabezas de hombres muertos, que yo no sé de qué manera lo

escribia.

Pues en las calles y en los mismos patios de Tatelulco no habia otras

cosas, y no podiamos andar sino entre cuerpos y cabezas de indios

muertos.

Yo he leido la destruicion de Jerusalen; mas si en ella hubo tanta

mortandad como esta yo no lo sé; porque faltaron en esta ciudad gran

multitud de indios guerreros, y de todas las provincias y pueblos

sujetos á Méjico que allí se habian acogido, todos los más murieron;

que, como he dicho, así el suelo y la laguna y barbacoas, todo estaba

lleno de cuerpos muertos, y hedia tanto, que no habia hombre que

sufrirlo pudiese; y á esta causa, así como se prendió Guatemuz, cada

uno de los capitanes se fueron á sus reales, como dicho tengo, y

aun Cortés estuvo malo del hedor que se le entró por las narices en

aquellos dias que estuvo allí en el Tatelulco.

Dejemos desto, y pasemos adelante, y digamos cómo los soldados que

andaban en los bergantines fueron los mejor librados é hubieron

buen despojo, á causa que podian ir á ciertas casas que estaban en

los barrios de la laguna, que sentian que habria oro, ropa y otras

riquezas, y tambien lo iban á buscar á los carrizales, donde lo iban á

esconder los indios mejicanos cuando les ganábamos algun barrio y casa;

y tambien porque, so color que iban á dar caza á las canoas que metian

bastimentos y agua, si topaban algunas en que iban algunos principales

huyendo á tierra firme para se ir entre ellos, otomites, que estaban

comarcanos, les despojaban de lo que llevaban.

Quiero decir que nosotros los soldados que militábamos en las calzadas

y por tierra firme no podiamos haber provecho ninguno, sino muchos

flechazos y lanzadas y heridas de vara y piedra, á causa que cuando

íbamos ganando alguna casa ó casas, ya los moradores dellas habian

salido y sacado toda la hacienda que tenian, y no podiamos ir por agua

sin que primero cegásemos las aberturas y puentes; y á esta causa he

dicho en el capítulo que dello habla, que cuando Cortés buscaba los

marineros que habian de andar en los bergantines, que fueron mejor

librados que no los que batallábamos por tierra; y así pareció claro,

porque los capitanes mejicanos, y aun el Guatemuz, dijeron á Cortés,

cuando les demanda el tesoro del gran Montezuma, que los que andaban en

los bergantines habian robado mucha parte dello.

Dejemos de hablar más en esto hasta más adelante, y digamos que, como

habia tanta hedentina en aquella ciudad, que Guatemuz le rogó á Cortés

que diese licencia para que se saliese todo el poder de Méjico á

aquellos pueblos comarcanos, y luego les mandó que así lo hiciesen.

Digo que en tres dias con sus noches iban todas tres calzadas llenas

de indios é indias y muchachos, llenos de bote en bote, que nunca

dejaban de salir, y tan flacos y sucios é amarillos é hediondos, que

era lástima de los ver; y despues que la hubieron desembarazado, envió

Cortés á ver la ciudad, y estaban, como dicho tengo, todas las casas

llenas de indios muertos, y aun algunos pobres mejicanos entre ellos,

que no podian salir, y lo que purgaban de sus cuerpos era una suciedad

como echan los puercos muy flacos que no comen sino yerba; y hallóse

toda la ciudad arada, y sacadas las raices de las yerbas que habian

comido cocidas: hasta las cortezas de los árboles tambien las habian

comido.

De manera que agua dulce no les hallamos ninguna, sino salada.

Tambien quiero decir que no comian las carnes de sus mejicanos, sino

eran de los enemigos tlascaltecas y las nuestras que apañaban; y no se

ha hallado generacion en el mundo que tanto sufriese la hambre y sed y

contínuas guerras como esta.

Dejemos de hablar en esto, y pasemos adelante: que mandó Cortés que

todos los bergantines se juntasen en unas atarazanas que despues se

hicieron.

Volvamos á nuestras pláticas: que despues que se ganó esta grande y

populosa ciudad, y tan nombrada en el universo, despues de haber dado

muchas gracias á Nuestro Señor y á su bendita Madre, ofreciendo ciertas

promesas á Dios Nuestro Señor, Cortés mandó hacer un banquete en

Cuyoacan, en señal de alegrías de la haber ganado, y para ello tenian

ya mucho vino de un navío que habia venido al puerto de la Villa-Rica,

y tenia puercos que le trujeron de Cuba; y para hacer la fiesta mandó

convidar á todos los capitanes y soldados que le pareció que era

bien tener cuenta con ellos en todos tres reales; y cuando fuimos al

banquete no habia mesas puestas, ni aun asientos para la tercia parte

de los capitanes y soldados que fuimos, y hubo mucho desconcierto,

y valiera más que no se hiciera, por muchas cosas no muy buenas que

en él acaecieron, y tambien porque esta planta de Noé hizo á algunos

hacer desatinos, y hombres hubo en él que, despues de haber comido,

anduvieron sobre las mesas, que no acertaban á salir al patio; otros

decian que habian de comprar caballos con sillas de oro, y ballesteros

hubo que decian que todas las saetas que tuviesen en su aljaba que

habian de ser de oro, de las partes que les habian de dar, y otros iban

por las gradas rodando abajo.

Pues ya que habian alzado las mesas, salieron á danzar las damas que

habia, con los galanes cargados con sus armas, que era para reir, y

fueron las damas pocas, que no habia otras en todos los reales ni en

la Nueva-España; é dejo de nombrarlas por sus nombres é de referir

cómo otro dia hubo sátira; porque quiero decir que, como hubo cosas

tan malas en el convite y en los bailes, el buen fraile fray Bartolomé

de Olmedo lo murmuraba, é le dijo á Sandoval lo mal que le parecia, é

que bien dábamos gracias á Dios para que nos ayudase adelante; é el

Sandoval tan presto le dijo á Cortés lo que fray Bartolomé murmuraba é

gruñia, y el Cortés, que era discreto, le mandó llamar é le dijo:

—«Padre, no excusaba solazar y alegrar los soldados con lo que vuestra

reverencia ha visto é yo he hecho de mala gana; ahora resta que vuestra

reverencia ordene una procesion, y que diga Misa é nos predique, y

diga á los soldados que no roben las hijas de los indios, y que no

hurten ni riñan pendencias é que hagan como católicos cristianos, para

que Dios nos haga bien.»

É fray Bartolomé se lo agradeció á Cortés; que no sabia lo que habia

dicho Albarado, y pensaba que salia del buen Cortés, su amigo; y

el fraile hizo una procesion, en que íbamos con nuestras banderas

levantadas y algunas cruces á trechos, y cantando las letanías, y á la

postre una imágen de nuestra Señora; y otro dia predicó fray Bartolomé,

é comulgaron muchos en la Misa despues de Cortés y Albarado, é dimos

gracias á Dios por la vitoria.

Y dejemos de más hablar en esto, y quiero decir otras cosas que

pasaron que se me olvidaba, y aunque no vengan ahora dichas sino algo

atrás, sin propósito; y es, que nuestros amigos Chichimecatecle y los

dos mancebos Xicotengas, hijos de D. Lorenzo de Vargas, que se solia

llamar Xicotenga el viejo y ciego, guerrearon muy valientemente contra

el poder de Méjico, y nos ayudaron muy esforzada y extremadamente de

bien; y asimismo un hermano del señor de Tezcuco D. Hernando, que se

decia Suchel, que despues se llamó don Cárlos; este hizo cosas de

muy esforzado y valiente varon; y otro capitan natural de una ciudad

de la laguna, que no se me acuerda su propio nombre, tambien hacia

maravillas, y otros muchos capitanes de pueblos que nos ayudaban,

todos guerreaban muy poderosamente; y Cortés les habló y les dió muchas

gracias y loores porque nos habian ayudado, con muchas buenas palabras

y promesas de que el tiempo andando les daria tierras y vasallos y

les haria grandes señores, y les despidió; y como estaban ricos de

ropa de algodon y oro, y otras muchas cosas ricas de despojos, se

fueron alegres á sus tierras, y aun llevaron hartas cargas de tasajos

cecinados de indios mejicanos, que repartieron entre sus parientes y

amigos, y como cosas de sus enemigos, la comieron por fiestas.

Agora, que estoy fuera de los recios combates y batallas de los

mejicanos, que con nosotros, y nosotros con ellos teniamos de noche

y de dia, por que doy muchas gracias á Dios, que dellas me libró,

quiero contar una cosa muy temeraria que me acaeció, y es, que despues

que vide abrir por los pechos y sacar los corazones y sacrificar á

aquellos sesenta y dos soldados que dicho tengo que llevaron vivos

de los de Cortés, ofrecelles los corazones á los ídolos, y esto que

agora diré, les parece á algunas personas que es por falta de no tener

muy grande ánimo; y si bien lo consideran, es por el demasiado ánimo

con que en aquellos dias habia de poner mi persona en lo más recio

de las batallas, porque en aquella sazon presumia de buen soldado y

era tenido en esta reputacion, y habia de hacer lo que más osados y

atrevidos soldados suelen hacer, y en aquella sazon yo hacia delante

de mis capitanes; y como de cada dia via llevar á nuestros compañeros

á sacrificar, y habia visto, como dicho tengo, que les aserraban por

los pechos y sacalles los corazones bullendo, y cortalles piés y

brazos, y se los comieron á los sesenta y dos que dicho tengo, temia

yo que un dia que otro habian de hacer de mí lo mismo, porque ya me

habian asido dos veces, y quiso Dios que me escapé; y acordóseme de

aquellas muertes, y por esta causa desde entónces temí desta cruel

muerte; y esto he dicho porque ántes de entrar en las batallas se me

ponia por delante una como grima y tristeza grandísima en el corazon;

y encomendándome á Dios y á su bendita Madre nuestra Señora, y entrar

en las batallas, todo era uno, y luego se me quitaba aquel temor,

y tambien quiero decir qué cosa tan nueva era agora tener yo aquel

temor no acostumbrado, habiéndome hallado en muchos rencuentros muy

peligrosos, ya habia de estar curtido el corazon y esfuerzo y ánimo

en mi persona agora á la postre más arraigado que nunca; porque, si

bien lo sé contar y traer á la memoria, desde que vine á descubrir con

Francisco Fernandez de Córdoba y con Grijalva, y volví con Cortés, y

me hallé en lo de la Punta de Cotoche y en lo de Lázaro, que por otro

nombre se dice Campeche, y en Potonchan y en la Florida, segun que

más largamente lo tengo escrito cuando vine á descubrir con Francisco

Fernandez de Córdoba.

Dejemos desto, y volvamos á hablar en lo de Grijalva y en la misma

de Potonchan, y con Cortés en lo de Tabasco y la de Cingapacinga, y

en todas las guerras y rencuentros de Tlascala y en lo de Cholula, y

cuando desbaratamos á Narvaez me señalaron para que les fuésemos á

tomar la artillería, que eran diez y ocho tiros que tenian cebados

y cargados con sus pelotas de piedra, los cuales les tomamos, y

este trance fué de mucho peligro; y me hallé en el primer desbarate

cuando los mejicanos nos echaron de Méjico, ó por mejor decir,

salimos huyendo cuando nos mataron en obra de ocho dias ochocientos y

cincuenta soldados; y me hallé en las entradas de Tepeaca y Cachula y

sus rededores, y en otros rencuentros que tuvimos con los mejicanos

cuando estábamos en Tezcuco sobre coger las mielpas de maíz, y en lo

de Iztapalapa cuando nos quisieron anegar, y me hallé cuando subimos

en los peñoles, y ahora los llaman las fuerzas ó fortaleza que ganó

Cortés, y en lo de Suchimileco, é otros muchos rencuentros; y entré

con Pedro de Albarado con los primeros á poner cerco á Méjico, y

les quebramos el agua de Chalputepeque, y en la primera entrada que

entramos en la calzada con el mismo Pedro de Albarado; y despues desto,

cuando desbarataron por la misma nuestra parte y llevaron seis soldados

vivos, y á mí me llevaban, é ya se hacia cuenta que eran siete conmigo,

segun me llevaban engarrafado á sacrificar; y me hallé en todas las

demás batallas ya por mí memoradas, que cada dia y de noche teniamos,

hasta que vi, como dicho tengo, las crueles muertes que dieron delante

de mis ojos á aquellos sesenta y dos soldados nuestros compañeros; ya

he dicho que agora que por mí habian pasado todas estas batallas y

peligros de muerte, que no lo habia de temer como lo temia agora á la

postre.

Digan agora todos aquellos caballeros que desto del militar entienden,

y se han hallado en trances peligrosos de muerte, á qué fin echarán

mi temor, si es á mucha flaqueza de ánimo ó á mucho esfuerzo; porque,

como he dicho, sentia yo en mi pensamiento que habia de poner por

mi persona, batallando en parte que por fuerza habia de temer la

muerte más que otras veces, y por esto me temblaba el corazon y temia

la muerte; y todas aquestas batallas que aquí he dicho donde me he

hallado, verán en mi relacion en qué tiempo y cómo y cuándo y dónde

y de qué manera otras muchas entradas y rencuentros tuvo Cortés y

muchos de nuestros capitanes, sin estos que aquí tengo dichos que no

me hallé yo en ellos, porque eran de cada dia tantos, que aunque fuera

de hierro mi cuerpo, no lo pudiera sufrir, en especial que siempre

andaba herido y pocas veces estaba sano, y á esta causa no podia ir á

todas las entradas; pues aun no han sido nada los trabajos y peligros y

rencuentros de muerte que de mi persona he recontado, que despues que

ganamos esta fuerte y gran ciudad pasé otros muchos, como adelante

verán cuando venga á coyuntura.

Y dejemos ya, y diré y declararé por qué he dicho en todas estas

guerras mejicanas cuando nos mataron nuestros compañeros, digo

lleváronlos, y no digo matáronlos, y la causa es esta: porque los

guerreros que con nosotros peleaban, aunque pudieran matar luego á

los que llevaban vivos de nuestros soldados, no los mataban luego,

sino dábanles heridas peligrosas porque no se defendiesen, y vivos los

llevaban á sacrificar á sus ídolos, y aun primero les hacian bailar

delante de Huichilóbos, que era su ídolo de la guerra; y esta es la

causa porque he dicho los llevaron.

Y dejemos esta materia, y digamos lo que Cortés hizo despues de ganado

Méjico.

Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) · 第 53 / 67 题