CÓMO SE RECOGIERON TODAS LAS MUJERES Y ESCLAVOS DE TODO NUESTRO REAL
QUE HABIAMOS HABIDO EN AQUELLO DE TEPEACA Y CACHULA, TECAMECHALCO Y EN
CASTILBLANCO Y EN SUS TIERRAS, PARA QUE SE HERRASEN CON EL HIERRO EN
NOMBRE DE SU MAJESTAD, Y LO QUE SOBRE ELLO PASÓ.
Como Gonzalo de Sandoval hubo llegado á la villa de Segura de la
Frontera, de hacer aquellas entradas que ya he dicho, y en aquella
provincia todos los teniamos ya pacíficos, y no teniamos por entónces
donde ir á entrar, porque todos los pueblos de los rededores habian
dado la obediencia á su Majestad, acordó Cortés, con los oficiales
del Rey, que se herrasen las piezas y esclavos que se habian habido,
para sacar su quinto, despues que se hubiese primero sacado el de su
majestad, y para ello mandó dar pregones en el real é villa que todos
los soldados llevásemos á una casa que estaba señalada para aquel
efeto á herrar todas las piezas que tuviesen recogidas, y dieron de
plazo aquel dia que se pregonó y otro; y todos ocurrimos con todas las
indias, muchachas y muchachos que habiamos habido; que de hombres de
edad no nos curábamos dellos, que eran malos de guardar, y no habiamos
menester su servicio, teniendo á nuestros amigos los tlascaltecas.
Pues ya juntas todas las piezas, y hecho el hierro, que era una G
como esta, que queria decir guerra, cuando no nos catamos, apartan el
real quinto, y luego sacan otro quinto para Cortés; y demás desto,
la noche ántes, cuando metimos las piezas, como he dicho en aquella
casa, habian ya escondido y tomado las mejores indias, que no pareció
allí ninguna buena, y al tiempo del repartir dábannos las viejas y
ruines; y sobre esto hubo muy grandes murmuraciones contra Cortés y
de los que mandaban hurtar y esconder las buenas indias; y de tal
manera se lo dijeron al mismo Cortés soldados de los de Narvaez, que
juraban á Dios que no habian visto tal, haber dos Reyes en la tierra
de nuestro Rey y señor y sacar dos quintos; y uno de los soldados que
se lo dijeron fué un Juan Bono de Quejo; y más dijo, que no estarian
en tal tierra, y que lo harian saber en Castilla á su majestad y á los
de su Real Consejo de Indias; y tambien dijo á Cortés otro soldado muy
claramente que no bastó repartir el oro que se habia habido en Méjico
de la manera que lo repartió, y que cuando estaba repartiendo las
partes decia que eran trecientos mil pesos los que se habian llegado,
y que cuando salimos huyendo de Méjico mandó tomar por testimonio que
quedaban más de setecientos mil, y que agora el pobre soldado que
habia echado los bofes y estaba lleno de heridas por haber una buena
india, y les habian dado enaguas y camisas, habian tomado y escondido
las tales indias, y que cuando dieron el pregon para que se llevasen
á herrar, que creyeron que á cada soldado volverian sus piezas y que
apreciarian qué tantos pesos valian, y que como las apreciasen pagasen
el quinto á su majestad, y que no habria más quinto para Cortés; y
decian otras murmuraciones peores que estas; y como Cortés aquello vió,
con palabras algo blandas dijo que juraba en su conciencia (que aquesto
tenia costumbre de jurar) que de allí adelante no seria ni se haria de
aquella manera, sino que buenas ó malas indias, sacallas al almoneda,
y la buena que se venderia por tal, y la que no lo fuese por ménos
precio, y de aquella manera no ternian que reñir con él.
Y puesto que allí en Tepeaca no se hicieron más esclavos, mas despues
en lo de Tezcuco casi que fué desta manera, como adelante diré.
Y dejaré de hablar en esta materia, y digamos otra cosa casi peor que
esto de los esclavos, y es que ya he dicho en el capítulo que dello
habla, cuando la triste noche que salimos de Méjico huyendo, cómo
quedaban en la sala donde posaba Cortés muchas barras de oro perdido,
que no lo podian sacar, más de lo que cargaron en la yegua y caballos
y muchos tlascaltecas, y lo que hurtaron los amigos y otros soldados
que cargaron dello; y como lo demás se quedaba perdido en poder de los
mejicanos, Cortés dijo delante de un escribano del Rey que cualquiera
que quisiese sacar oro de lo que allí quedaba, que se lo llevase mucho
en buena hora por suyo, como se habia de perder; y muchos soldados de
los de Narvaez cargaron dello, y asimismo algunos de los nuestros, y
por sacallo perdieron muchos dellos las vidas, y los que escaparon con
la presa que traian, habian estado en gran riesgo de morir y salieron
llenos de heridas.
Y como en nuestro real y villa de Segura de la Frontera, que así se
llamaba, alcanzó Cortés á saber que habia muchas barras de oro, y que
andaban en el juego, y como dice el refran que el oro y amores son
malos de encubrir, mandó dar un pregon, so graves penas, que traigan á
manifestar el oro que sacaron, y que les dará la tercia parte dello, y
si no lo traen, que se lo tomará todo; y muchos soldados de los que lo
tenian no lo quisieron dar, y alguno se lo tomó Cortés como prestado,
y más por fuerza que por grado; y como todos los más capitanes tenian
oro, y aun los oficiales del Rey muy mejor, que hicieron sacos dello,
se calló lo del pregon, que no se habló en ello; mas pareció muy mal
esto que mandó Cortés.
Dejémoslo ya de más declarar, y digamos cómo todos los demás capitanes
y personas principales de los que pasaron con Narvaez demandaron
licencia á Cortés para se volver á Cuba, y Cortés se la dió, y lo que
más acaeció.