CÓMO ACORDAMOS DE NOS IR HUYENDO DE MÉJICO, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.

Como vimos que cada dia iban menguando nuestras fuerzas, y las de los

mejicanos crecian, y veiamos muchos de los nuestros muertos, y todos

los más heridos, é que aunque peleábamos muy como varones, no los

podiamos hacer retirar ni que se apartasen los muchos escuadrones que

de dia y de noche nos daban guerra, y la pólvora apocada, y la comida y

agua por el consiguiente, y el gran Montezuma muerto, las paces que les

enviamos á demandar no las quisieron aceptar; en fin, veiamos nuestras

muertes á los ojos, y las puentes que estaban alzadas; y fué acordado

por Cortés y por todos nuestros capitanes y soldados que de noche nos

fuésemos, cuando viésemos que los escuadrones guerreros estuviesen

más descuidados; y para más les descuidar, aquella tarde les enviamos

á decir con un papa de los que estaban presos, que era muy principal

entre ellos, y con otros prisioneros, que nos dejen ir en paz de ahí á

ocho dias, y que les dariamos todo el oro; y esto por descuidarlos y

salirnos aquella noche.

Y demás desto, estaba con nosotros un soldado que se decia Botello, al

parecer muy hombre de bien y latino, y habia estado en Roma, y decian

que era nigromántico, otros decian que tenia familiar, algunos le

llamaban astrólogo; y este Botello habia dicho cuatro dias habia que

hallaba por sus suertes y astrologías que si aquella noche que venia no

saliamos de Méjico, y si más aguardábamos, que ningun soldado podria

salir con la vida; y aun habia dicho otras veces que Cortés habia de

tener muchos trabajos y habia de ser desposeido de su ser y honra, y

que despues habia de volver á ser gran señor y de mucha renta; y decia

otras muchas cosas deste arte.

Dejemos al Botello, que despues tornaré hablar en él, y diré cómo se

dió luego órden que se hiciese de maderos y ballestas muy recias una

puente que llevásemos para poner en las puentes que tenian quebradas;

y para ponella y llevalla, y guardar el paso hasta que pasase todo

el fardaje y los de á caballo y todo nuestro ejército, señalaron y

mandaron á cuatrocientos indios tlascaltecas y ciento y cincuenta

soldados; y para llevar el artillería señalaron ducientos y cincuenta

indios tlascaltecas y cincuenta soldados; y para que fuesen en la

delantera peleando señalaron á Gonzalo de Sandoval y á Francisco de

Acebedo el pulido, y á Francisco de Lugo y á Diego de Ordás é Andrés de

Tapia; y todos estos capitanes, y otros ocho ó nueve de los de Narvaez,

que aquí no nombro, y con ellos, para que les ayudasen, cien soldados

mancebos sueltos; y para que fuesen entre medias del fardaje y naborías

y prisioneros, y acudiesen á la parte que más conviniese de pelear,

señalaron al mismo Cortés y á Alonso de Ávila, y á Cristóbal de Olí y á

Bernardino Vazquez de Tapia, y á otros capitanes de los nuestros, que

no me acuerdo ya sus nombres, con otros cincuenta soldados; y para la

retaguardia señalaron á Juan Velazquez de Leon y á Pedro de Albarado,

con otros muchos de á caballo y más de cien soldados, y todos los más

de los de Narvaez; y para que llevasen á cargo los prisioneros y á

doña Marina y á doña Luisa señalaron trecientos tlascaltecas y treinta

soldados.

Pues hecho este concierto, ya era noche, y para sacar el oro y llevallo

y repartillo, mandó Cortés á su camarero, que se decia Cristóbal de

Guzman, y á otros sus criados, que todo el oro y plata y joyas lo

sacasen de su aposento á la sala con muchos indios de Tlascala, y

mandó á los oficiales del Rey, que era en aquel tiempo Alonso de Ávila

y Gonzalo Mejía, que pusiesen en cobro todo el oro de su majestad,

y para que lo llevasen les dió siete caballos heridos y cojos y una

yegua, y muchos indios tlascaltecas, que, segun dijeron, fueron más de

ochenta, y cargaron dello lo que más pudieron llevar, que estaba hecho

todo lo más dello en barras muy anchas y grandes, como dicho tengo en

el capítulo que dello habla, y quedaba mucho más oro en la sala hecho

montones.

Entónces Cortés llamó su secretario, que se decia Pedro Hernandez, y á

otros escribanos del Rey, y dijo:

—«Dadme por testimonio que no puedo más hacer sobre guardar este oro.

Aquí tenemos en esta casa y sala sobre setecientos mil pesos por todo,

y veis que no lo podemos pasar ni poner cobro más de lo puesto; los

soldados que quisieren sacar dello, desde aquí se lo doy, como se ha de

quedar aquí perdido entre estos perros.»

Y desque aquello oyeron, muchos soldados de los de Narvaez y aun

algunos de los nuestros cargaron dello.

Yo digo que nunca tuve codicia del oro, sino procurar salvar la vida:

porque la teniamos en gran peligro; mas no dejé de apañar de una

petaquilla, que allí estaba, cuatro chalchihuies, que son piedras muy

preciadas entre los indios, que presto me eché entre los pechos entre

las armas; y aun entónces Cortés mandó tomar la petaquilla con los

chalchihuies que quedaban, para que la guardase su mayordomo; y aun los

cuatro chalchihuies que yo tomé, si no me los hubiera echado entre los

pechos, me los demandara Cortés; los cuales me fueron muy buenos para

curar mis heridas y comer del valor dellos.

Volvamos á nuestro cuento; que desque supimos el concierto que Cortés

habia hecho de la manera que habiamos de salir y llevar la madera para

las puentes, y como hacia algo escuro, que habia neblina é lloviznaba,

y era ántes de media noche, comenzaron á traer la madera é puente,

y ponella en el lugar que habia de estar, y á caminar el fardaje y

artillería y muchos de á caballo, y los indios tlascaltecas con el oro;

y despues que se puso en la puente, y pasaron todos así como venian,

y pasó Sandoval é muchos de á caballo, tambien pasó Cortés con sus

compañeros de á caballo tras de los primeros, y otros muchos soldados.

Y estando en esto, suenan los cornetas y gritas y silbos de los

mejicanos, y decian en su lengua:

—«Taltelulco, Taltelulco, salí presto con vuestras canoas, que se van

los teules; atajadlos en las puentes.»

Y cuando no me cato, vimos tantos escuadrones de guerreros sobre

nosotros, y toda la laguna cuajada de canoas, que no nos podiamos

valer, y muchos de nuestros soldados ya habian pasado.

Y estando desta manera, carga tanta multitud de mejicanos á quitar la

puente y á herir y matar á los nuestros, que no se daban á manos unos

á otros; y como la desdicha es mala, y en tales tiempos ocurre un mal

sobre otro, como llovia, resbalaron dos caballos y se espantaron, y

caen en la laguna, y la puente caida y quitada; carga tanto guerrero

mejicano para acaballa de quitar, que por bien que peleábamos, y

matábamos muchos dellos, no se pudo más aprovechar della.

Por manera que aquel paso y abertura de agua presto se hinchó de

caballos muertos y de los caballeros cuyos eran, que no podian nadar, y

mataban muchos dellos y de los indios tlascaltecas é indias naborías, y

fardaje y petacas y artillería; y de los muchos que se ahogaban, ellos

y los caballos, y de otros muchos soldados que allí en el agua mataban

y metian en las canoas, que era muy gran lástima de lo ver y oir, pues

la grita y lloros y lástimas que decian demandando socorro: «Ayudadme,

que me ahogo;» otros, «Socorredme, que me matan;» otros demandando

ayuda á Nuestra Señora Santa María y á señor Santiago; otros demandaban

ayuda para subir á la puente, y estos eran ya que escapaban nadando,

y asidos á muertos y á petacas para subir arriba, á donde estaba la

puente; y algunos que habian subido, y pensaban que estaban libres de

aquel peligro, habia en las calzadas grandes escuadrones guerreros que

los apañaban é amorrinaban con unas macanas, y otros que les flechaban

y alanceaban.

Pues quizá habia algun concierto en la salida, como lo habiamos

concertado, maldito aquel; porque Cortés y los capitanes y soldados

que pasaron primero á caballo, por salvar sus vidas y llegar á tierra

firme, aguijaron por las puentes y calzadas adelante, y no aguardaron

unos á otros; y no lo erraron, porque los de á caballo no podian pelear

en las calzadas; porque yendo por la calzada, ya que arremetian á los

escuadrones mejicanos, echábanseles al agua, y de la una parte la

laguna y de la otra azuteas, y por tierra les tiraban tanta flecha y

vara y piedra, y con lanzas muy largas que habian hecho de las espadas

que nos tomaron, como partesanas, mataban los caballos con ellas; y si

arremetia alguno de á caballo y mataba algun indio, luego le mataban el

caballo; y así, no se atrevian á correr por la calzada.

Pues vista cosa es que no podian pelear en el agua y puestos; sin

escopetas ni ballestas y de noche, ¿qué podiamos hacer sino lo que

haciamos? Que era que arremetiésemos treinta y cuarenta soldados que

nos juntábamos, y dar algunas cuchilladas á los que nos venian á echar

mano, y andar y pasar adelante, hasta salir de las calzadas; porque si

aguardáramos los unos á los otros, no saliéramos ninguno con la vida,

y si fuera de dia, peor fuera; y aun los que escapamos fué que nuestro

Señor Dios fué servido darnos esfuerzo para ello; y para quien no lo

vió aquella noche la multitud de guerreros que sobre nosotros estaban,

y las canoas que de los nuestros arrebataban y llevaban á sacrificar,

era cosa de espanto.

Pues yendo que íbamos cincuenta soldados de los de Cortés y algunos

de Narvaez por nuestra calzada adelante, de cuando en cuando salian

escuadrones mejicanos á nos echar manos.

Acuérdome que nos decian:

—«¡Oh, oh, oh luilones!» que quiere decir: «Oh putos, ¿aun aquí quedais

vivos, que no os han muerto los tiacanes?»

Y como les acudimos con cuchilladas y estocadas, pasamos adelante; é

yendo por la calzada cerca de tierra firme, cabe el pueblo de Tacuba,

donde ya habian llegado Gonzalo de Sandoval y Cristóbal de Olí y

Francisco de Salcedo, el pulido, y Gonzalo Dominguez, y Lares, y otros

muchos de á caballo, y soldados de los que pasaron adelante ántes que

desamparasen la puente, segun y de la manera que dicho tengo; é ya que

llegábamos cerca oiamos voces que daba Cristóbal de Olí y Gonzalo de

Sandoval y Francisco de Morla, y decian á Cortés, que iba adelante de

todos:

—«Aguardad, señor capitan; que dicen estos soldados que vamos huyendo,

y los dejamos morir en las puentes y calzadas á todos los que quedan

atrás; tornémoslos á amparar y recoger; porque vienen algunos soldados

muy heridos y dicen que los demás quedan todos muertos, y no salen ni

vienen ningunos.»

Y la respuesta que dió Cortés, que los que habiamos salido de las

calzadas era milagro; que si á las puentes volviesen, pocos escaparian

con las vidas, ellos y los caballos: y todavía volvió el mismo Cortés y

Cristóbal de Olí, y Alonso de Ávila y Gonzalo de Sandoval, y Francisco

de Morla y Gonzalo Dominguez, con otros seis ó siete de á caballo, y

algunos soldados que no estaban heridos; mas no fuera mucho trecho,

porque luego encontraron con Pedro de Albarado bien herido, con una

lanza en la mano, á pié, que la yegua alazana ya se la habian muerto,

y traia consigo siete soldados, los tres de los nuestros y los cuatro

de Narvaez, tambien muy heridos, y ocho tlascaltecas, todos corriendo

sangre de muchas heridas; entre tanto volvió Cortés por la calzada con

los capitanes y soldados que dicho tengo, reparamos en los patios

junto á Tacuba, y ya habian venido de Méjico, como está cerca, dando

voces, y á dar mandado á Tacuba y á Escapuzalco y á Teneyuca para que

nos saliesen al encuentro.

Por manera que nos comenzaron á tirar vara y piedra y flecha, y con

sus lanzas grandes, engastonadas en ellas de nuestras espadas que nos

tomaron en este desbarate; y haciamos algunas arremetidas, en que nos

defendiamos dellos y les ofendiamos.

Volvamos á Pedro de Albarado, que, como Cortés y los demás capitanes y

soldados le encontraron de aquella manera que he dicho, y como supieron

que no venian más soldados, se les saltaron las lágrimas de los ojos;

porque el Pedro de Albarado y Juan Velazquez de Leon, con otros más

de á caballo y más de cien soldados, habian quedado en la retaguarda;

y preguntando Cortés por los demás, dijo que todos quedaban muertos,

y con ellos el capitan Juan Velazquez de Leon y todos los más de á

caballo que traia, así de los nuestros como de los de Narvaez, y más de

ciento y cincuenta soldados que traia; y dijo el Pedro que despues que

les mataron los caballos y la yegua, que se juntaron para se amparar

obra de ochenta soldados, y que sobre los muertos y petacas y caballos

que se ahogaron, pasaron la primera puente; en esto no se me acuerda

bien si dijo que pasó sobre los muertos, y entónces no miramos lo que

sobre ello dijo á Cortés, sino que allí en aquella puente le mataron

á Juan Velazquez y más de ducientos compañeros que traia, que no les

pudieron valer.

Y asimismo á esta otra puente, que les hizo Dios mucha merced en

escapar con las vidas; y decia que todas las puentes y calzadas estaban

llenas de guerreros.

Dejemos esto, y diré que en la triste puente que dicen ahora que fué el

salto del Albarado, yo digo que en aquel tiempo ningun soldado se paró

á vello, si saltaba poco ó mucho, que harto teniamos en mirar y salvar

nuestras vidas, porque eran muchos los mejicanos que contra nosotros

habia; porque en aquella coyuntura no lo podiamos ver ni tener sentido

en salto, si saltaba ó pasaba poco ó mucho; y así seria cuando el Pedro

de Albarado llegó á la puente, como él dijo á Cortés, que habia pasado

asido á petacas y caballos y cuerpos muertos, porque ya que quisiera

saltar y sustentarse en la lanza en el agua, era muy honda, y no

pudiera allegar al suelo con ella para poderse sustentar sobre ella; y

demás desto, la abertura muy ancha y alta, que no la podria saltar por

muy más suelto que era.

Tambien digo que no la podia saltar ni sobre la lanza ni de otra

manera; porque despues desde cerca de un año que volvimos á poner cerco

á Méjico y la ganamos, me hallé muchas veces en aquella puente peleando

con escuadrones mejicanos, y tenian allí hechos reamparos y albarradas,

que se llama ahora la puente del salto de Albarado; y platicábamos

muchos soldados sobre ello, y no hallábamos razon ni soltura de un

hombre que tal saltase.

Dejemos este salto, y digamos que, como vieron nuestros capitanes que

no acudian más soldados, y el Pedro de Albarado dijo que todo quedaba

lleno de guerreros, y que ya que algunos quedasen rezagados, que en los

puentes los matarian, volvamos á decir desto del salto de Albarado:

digo que para qué porfian algunas personas que no lo saben ni lo

vieron, que fué cierto que la saltó el Pedro de Albarado la noche que

salimos huyendo, aquella puente y abertura del agua; otra vez digo que

no la pudo saltar en ninguna manera; y para que claro se vea, hoy dia

está la puente; y la manera del altor del agua que solia venir y que

tan alta estaba la puente, y el agua muy honda, que no podia llegar al

suelo con la lanza.

Y porque los lectores sepan que en Méjico hubo un soldado que se decia

Fulano de Ocampo, que fué de los que vinieron con Garay, hombre muy

plático, y se preciaba de hacer libelos infamatorios y otras cosas á

manera de masepasquines; y puso en ciertos libelos á muchos de nuestros

capitanes cosas feas que no son de decir no siendo verdad; y entre

ellos, demás de otras cosas que dijo de Pedro de Albarado, que habia

dejado morir á su compañero Juan Velazquez de Leon con más de ducientos

soldados y los de á caballo que les dejamos en la retaguarda, y se

escapó él, y por escaparse dió aquel gran salto, como suele decir el

refran: «Saltó, y escapó la vida.»

Volvamos á nuestra materia: é porque los que estábamos ya en salvo en

lo de Tacuba no nos acabásemos del todo de perder, é porque habian

venido muchos mejicanos y los de Tacuba y Escapuzalco y Teneyuca y de

otros pueblos comarcanos sobre nosotros, que todos enviaron mensajeros

desde Méjico para que nos saliesen al encuentro en las puentes y

calzadas, y desde los maizales nos hacian mucho daño, y mataron tres

soldados que ya estaban heridos, acordamos lo más presto que pudiésemos

salir de aquel pueblo y sus maizales, y con seis ó siete tlascaltecas

que sabian ó atinaban el camino de Tlascala, sin ir por camino derecho

nos guiaban con mucho concierto hasta que saliésemos á unas caserías

que en un cerro estaban, y allí junto á un cu é adoratorio y como

fortaleza, adonde reparamos; que quiero tornar á decir que, seguidos

que íbamos de los mejicanos, y de las flechas y varas y piedras con sus

hondas nos tiraban; y cómo nos cercaban, dando siempre en nosotros,

es cosa de espantar; y como lo he dicho muchas veces, estoy harto de

decirlo, los lectores no lo tengan por cosa de prolijidad, por causa

que cada vez ó cada rato que nos apretaban y herian y daban recia

guerra, por fuerza tengo de tornar á decir de los escuadrones que nos

seguian, y mataban muchos de nosotros.

Dejémoslo ya de traer tanto á la memoria, y digamos cómo nos

defendiamos en aquel cu y fortaleza, nos albergamos, y se curaron los

heridos, y con muchas lumbres que hicimos.

Pues de comer no lo habia, y en aquel cu y adoratorio, despues de

ganada la gran ciudad de Méjico, hicimos una iglesia, que se dice

Nuestra Señora de los Remedios, muy devota, é van ahora allí en romería

y á tener novenas muchos vecinos y señoras de Méjico.

Dejemos esto, y volvamos á decir qué lástima era de ver curar y

apretar con algunos paños de mantas nuestras heridas; y como se habian

resfriado y estaban hinchadas, dolian.

Pues más de llorar fué los caballos y esforzados soldados que faltaban;

¿qué es de Juan Velazquez de Leon, Francisco de Salcedo y Francisco

de Morla, y un Lares el buen jinete, y otros muchos de los nuestros

de Cortés? ¿Para qué cuento yo estos pocos? Porque para escribir los

nombres de los muchos que de los nuestros faltaron, es no acabar tan

presto.

Pues de los de Narvaez, todos los más en las puentes quedaron cargados

de oro.

Digamos ahora, ¿qué es de muchos tlascaltecas que iban cargados de

barras de oro, y otros que nos ayudaban? Pues al astrólogo Botello no

le aprovechó su astrología, que tambien allí murió.

Volvamos á decir cómo quedaron muertos, así los hijos de Montezuma como

los prisioneros que traiamos, y el Cacamatzin y otros reyezuelos.

Dejemos ya de contar tantos trabajos, y digamos cómo estábamos pensando

en lo que por delante teniamos, y era que todos estábamos heridos, y no

escaparon sino veinte y tres caballos.

Pues los tiros y artillería y pólvora no sacamos ninguna; las

ballestas fueron pocas, y esas se remediaron luego, é hicimos saetas.

Pues lo peor de todo era que no sabiamos la voluntad que habiamos de

hallar en nuestros amigos los de Tlascala.

Y demás desto, aquella noche, siempre cercados de mejicanos, y grita

y vara y flecha, con hondas sobre nosotros, acordamos de nos salir

de allí á media noche, y con los tlascaltecas, nuestros guias, por

delante con muy gran concierto; llevábamos los muy heridos en el camino

en medio, y los cojos con bordones, y algunos que no podian andar y

estaban muy malos á ancas de caballos de los que iban cojos, que no

eran para batallar, y los de á caballo sanos delante, y á un lado y

á otro repartidos; y por este arte todos nosotros los que más sanos

estábamos haciendo rostro y cara á los mejicanos, y los tlascaltecas

que estaban heridos iban dentro en el cuerpo de nuestro escuadron, y

los demás que estaban sanos hacian cara juntamente con nosotros; porque

los mejicanos nos iban siempre picando con grandes voces y gritos y

silbos, diciendo:

—«Allá ireis donde no quede ninguno de vosotros á vida.»

Y no entendiamos á qué fin lo decian, segun adelante verán.

Olvidado me he de escribir el contento que recebimos de ver viva

á nuestra doña Marina y á doña Luisa, hija de Xicotenga, que las

escaparon en las puentes unos tlascaltecas hermanos de la doña Luisa,

que salieron de los primeros, y quedaron muertas todas las más

naborías que nos habian dado en Tlascala y en Méjico: allí quedaron en

las puentes con los demás.

Y volvamos á decir cómo llegamos aquel dia á un pueblo grande que

se dice Gualquitan, el cual pueblo fué de Alonso de Ávila; y aunque

nos daban grita y voces y tiraban piedra y vara y flecha, todo lo

soportábamos.

Y desde allí fuimos por unas caserías y pueblezuelos, y siempre los

mejicanos siguiéndonos, y como se juntaban muchos, procuraban de nos

matar, y nos comenzaban á cercar, y tiraban tanta piedra con hondas,

y vara y flecha, que mataron á dos de nuestros soldados en un paso

malo, que iban mancos, y tambien un caballo, é hirieron á muchos de los

nuestros; y tambien nosotros á estocadas les matamos algunos dellos, y

los de á caballo á lanzadas les mataban, aunque pocos; y así, dormimos

en aquellas casas, y allí comimos el caballo que mataron.

Y otro dia muy de mañana comenzamos á caminar con el concierto que de

ántes, y aun mejor, y siempre la mitad de los de á caballo adelante; y

poco más de una legua, en un llano, ya que creimos ir en salvo, vuelven

tres de los nuestros de á caballo, y dicen que están los campos llenos

de guerreros mejicanos aguardándonos; y cuando lo oimos, bien que

tuvimos temor, é grande, mas no para desmayar del todo, ni dejar de

encontrarnos con ellos y pelear hasta morir; y allí reparamos un poco,

y se dió órden cómo habian de entrar y salir los de á caballo á media

rienda, y que no se parasen á lancear, sino las lanzas por los rostros

hasta romper sus escuadrones, y que todos los soldados, las estocadas

que diésemos, que les pasásemos las entrañas, y que todos hiciésemos de

manera que vengásemos muy bien nuestras muertes y heridas, por manera

que si Dios fuese servido, que escapásemos con las vidas; y despues de

nos encomendar á Dios y á Santa María muy de corazon, é invocando el

nombre del señor Santiago, desque vimos que nos comenzaban á cercar,

de cinco en cinco de á caballo rompieron por ellos, y todos nosotros

juntamente.

¡Oh qué cosa de ver era esta tan temerosa y rompida batalla, cómo

andábamos en pié con pié, y con qué furia los perros peleaban, y qué

herir y matar hacian en nosotros con sus lanzas y macanas y espadas de

dos manos! Y los de á caballo, como era el campo llano, cómo alanceaban

á su placer, entrando y saliendo á media rienda; y aunque estaban

heridos ellos y sus caballos, no dejaban de batallar muy como varones

esforzados.

Pues todos nosotros los que teniamos caballos, parece ser que á todos

se nos ponia esfuerzo doblado, que aunque estábamos heridos, y de

refresco teniamos más heridas, no curábamos de los apretar, por no nos

parar á ello, que no habia lugar, sino con grandes ánimos apechugábamos

á les dar de estocadas.

Pues quiero decir cómo Cortés y Cristóbal de Olí, y Pedro de Albarado,

que tomó otro caballo de los de Narvaez, porque su yegua se la habian

muerto, como dicho tengo, y Gonzalo de Sandoval, cuales andaban de una

parte á otra rompiendo escuadrones, aunque bien heridos; y las palabras

que Cortés decia á los que andábamos envueltos con ellos, que la

estocada y cuchillada que diésemos fuese en señores señalados; porque

todos traian grandes penachos con oro y ricas armas y divisas.

Pues oir cómo nos esforzaba el valiente y animoso Sandoval, y decia:

—«Ea, señores, que hoy es el dia que hemos de vencer; tened esperanza

en Dios que saldremos de aquí vivos; para algun buen fin nos guarda

Dios.»

Y tornaré á decir los muchos de nuestros soldados que nos mataban y

herian.

Y dejemos esto, y volvamos á Cortés y Cristóbal de Olí y Sandoval,

y Pedro de Albarado y Gonzalo Dominguez, y otros muchos que aquí no

nombro; y todos los soldados poniamos grande ánimo para pelear, y

esto, Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Señora la Vírgen Santa María

nos lo ponia, y señor Santiago que ciertamente nos ayudaba; y así lo

certificó un capitan de Guatemuz, de los que se hallaron en la batalla;

y quiso Dios que allegó Cortés con los capitanes por mí nombrados en

parte donde andaba el capitan general de los mejicanos con su bandera

tendida, con ricas armas de oro y grandes penachos de argentería,

y como lo vió Cortés al que llevaba la bandera, con otros muchos

mejicanos, que todos traian grandes penachos de oro, dijo á Pedro de

Albarado y á Gonzalo de Sandoval y á Cristóbal de Olí y á los demás

capitanes:

—«Ea, señores, rompamos con ellos.»

Y encomendándose á Dios, arremetió Cortés y Cristóbal de Olí, y

Sandoval y Alonso de Ávila y otros caballeros, y Cortés dió un

encuentro con el caballo al capitan mejicano, que le hizo abatir

su bandera, y los demás nuestros capitanes acabaron de romper el

escuadron, que eran muchos indios; y quien siguió al capitan que traia

la bandera, que aún no habia caido del encuentro que Cortés le dió, fué

un Juan de Salamanca, natural de Ontiveros, con una buena yegua overa,

que le acabó de matar y le quitó el rico penacho que traia, y se le dió

á Cortés, diciendo que, pues él le encontró primero y le hizo abatir la

bandera y hizo perder el brio, le daba el plumaje; mas dende á ciertos

años su majestad se le dió por armas al Salamanca, y así las tienen en

sus reposteros sus descendientes.

Volvamos á nuestra batalla, que Nuestro Señor Dios fué servido que,

muerto aquel capitan que traia la bandera mejicana y otros muchos que

allí murieron, aflojó su batallar de arte, que se iban retrayendo, y

todos los de á caballo siguiéndoles y alcanzándoles.

Pues á nosotros no nos dolian las heridas ni teniamos hambre ni sed,

sino que parecia que no habiamos habido ni pasado ningun mal trabajo.

Seguimos la vitoria matando é hiriendo.

Pues nuestros amigos los de Tlascala estaban hechos unos leones, y con

sus espadas y montantes y otras armas que allí apañaron, hacíanlo muy

bien y esforzadamente.

Ya vueltos los de á caballo de seguir la victoria, todos dimos muchas

gracias á Dios, que escapamos de tan gran multitud de gente; porque no

se habia visto ni hallado en todas las Indias, en batalla que se haya

dado, tan gran número de guerreros juntos; porque allí estaba la flor

de Méjico y de Tezcuco y Salcocan, ya con pensamiento que de aquella

vez no quedara roso ni velloso de nosotros.

Pues qué armas tan ricas que traian, con tanto oro y penachos y

divisas, y todos los más capitanes y personas principales, y allí junto

donde fué esta reñida y nombrada y temerosa batalla para en estas

partes (así se puede decir, pues Dios nos escapó con las vidas), habia

cerca un pueblo que se dice Obtumba; la cual batalla tienen muy bien

pintada, y en retratos entallada los mejicanos y tlascaltecas, entre

otras muchas batallas que con los mejicanos hubimos hasta que ganamos á

Méjico.

Y tengan atencion los curiosos lectores que esto leyeren, que quiero

traer aquí á la memoria que cuando entramos al socorro de Pedro de

Albarado en Méjico fuimos por todos sobre más de mil y trecientos

soldados, con los de á caballo, que fueron noventa y siete, y ochenta

ballesteros y otros tantos escopeteros, y más de dos mil tlascaltecas,

y metimos mucha artillería; y fué nuestra entrada en Méjico dia del

señor San Juan de Junio de 1520 años, y fué nuestra salida huyendo á

10 del mes de Julio del año siguiente, y fué esta nombrada batalla de

Obtumba á 14 del mes de Julio.

Digamos ahora, ya que escapamos de todos los trances por mí atrás

dichos, quiero dar otra cuenta qué tantos mataron, así en Méjico,

en puentes y calzadas, como en todos los reencuentros, y en esta de

Obtumba, y los que mataron por los caminos.

Digo que en obra de cinco dias fueron muertos y sacrificados sobre

ochocientos y setenta soldados, con setenta y dos que mataron en un

pueblo que se dice Tustepeque, y á cinco mujeres de Castilla; y estos

que mataron en Tustepeque eran de los de Narvaez, y mataron sobre mil y

ducientos tlascaltecas.

Tambien quiero decir cómo en aquella sazon mataron á un Juan de

Alcántara el viejo, con otros tres vecinos de la Villa-Rica, que venian

por las partes del oro que les cabia; de lo cual tengo hecha relacion

en el capítulo que dello trata.

Por manera que tambien perdieron las vidas y aun el oro, y si miramos

en ello, todos comunmente hubimos mal gozo de las partes del oro que

nos dieron; y si de los de Narvaez murieron muchos más que los de

Cortés en las puentes, fué por salir cargados de oro, que con el peso

dello no podian salir ni nadar.

Dejemos de hablar en esta materia, y digamos cómo íbamos muy alegres

y comiendo unas calabazas que llaman ayotes, y comiendo y caminando

hácia Tlascala; que por salir de aquellas poblaciones, por temor no

se tornasen á juntar escuadrones mejicanos, que aun todavía nos daban

grita en partes que no podiamos ser señores dellos, y nos tiraban mucha

piedra con hondas, y vara y flecha, hasta que fuimos á otras caserías

y pueblo chico; porque estaba todo poblado de mejicanos, y allí estaba

un buen cu y casa fuerte, donde reparamos aquella noche y nos curamos

nuestras heridas, y estuvimos con más reposo; y aunque siempre teniamos

escuadrones de mejicanos que nos seguian, mas ya no se osaban llegar; y

aquellos que venian era como quien decia: «Allá ireis fuera de nuestra

tierra.»

Y desde aquella poblacion y casa donde dormimos se parecian las

sierrezuelas que están cabe Tlascala, y como las vimos, nos alegramos

como si fueran nuestras casas. Pues quizá sabiamos cierto que nos

habian de ser leales ó qué voluntad ternian, ó qué habia acontecido á

los que estaban poblados en la Villa-Rica, si eran muertos ó vivos.

Y Cortés nos dijo que, pues éramos pocos, que no quedamos sino

cuatrocientos y cuarenta, con veinte caballos y doce ballesteros y

siete escopeteros, y no teniamos pólvora, y todos heridos y cojos

y mancos, que mirásemos muy bien cómo nuestro Señor Jesucristo fué

servido escaparnos con las vidas; por lo cual siempre le hemos de dar

muchas gracias y loores, y que volvimos otra vez á disminuirnos en el

número y copia de los soldados que con él pasamos desde Cuba, y que

primero entramos en Méjico cuatrocientos y cincuenta soldados; y que

nos rogaba que en Tlascala no les hiciésemos enojo, ni se les tomase

ninguna cosa; y esto dió á entender á los de Narvaez, porque no estaban

acostumbrados á ser sujetos á capitanes en las guerras, como nosotros;

y más dijo, que tenia esperanza en Dios que los hallariamos buenos y

leales; é que si otra cosa fuese, lo que Dios no permita, que nos han

de tornar á andar los puños con corazones fuertes y brazos vigorosos, y

que para eso fuésemos muy apercebidos, y nuestros corredores del campo

adelante.

Llegamos á una fuente que estaba en una ladera, y allí estaban unas

como cercas y reamparos de tiempos viejos, y dijeron nuestros amigos

los tlascaltecas que allí partian términos entre los mejicanos y ellos;

y de buen reposo nos paramos á lavar, y á comer de la miseria que

habiamos habido, y luego comenzamos á marchar, y fuimos á un pueblo de

los tlascaltecas, que se dice Gualiopar, donde nos recibieron y nos

daban de comer; mas no tanto, que si no se lo pagábamos con algunas

piecezuelas de oro y chalchihuies que llevábamos algunos de nosotros,

no nos lo daban de balde; y allí estuvimos un dia reposando, curando

nuestras heridas, y ansimismo curamos los caballos.

Pues cuando lo supieron en la cabecera de Tlascala, luego vino

Masse-Escaci y principales, y todos los más sus vecinos, y Xicotenga

el viejo, y Chichimeclatecle y los de Guaxocingo; y como llegaron

á aquel pueblo donde estábamos, fueron á abrazar á Cortés y á todos

nuestros capitanes y soldados; y llorando algunos dellos, especial el

Masse-Escaci y Xicotenga, y Chichimeclatecle y Tecapenaca, dijeron á

Cortés:

—«¡Oh Malinche, Malinche, y cómo nos pesa de vuestro mal y de todos

vuestros hermanos, y de los muchos de los nuestros que con vosotros

han muerto! Ya os lo habiamos dicho muchas veces, que no os fiásedes

de gente mejicana, porque de un dia á otro os habian de dar guerra; no

me quisistes creer: ya es hecho, al presente no se puede hacer más de

curaros y daros de comer; en vuestras casas estais, descansad, é iremos

luego á nuestro pueblo y os aposentaremos; y no pienses, Malinche,

que habeis hecho poco en escapar con las vidas de aquella tan fuerte

ciudad y sus puentes; é yo digo que si de ántes os teniamos por muy

esforzados, ahora os tenemos en mucho más.

»Bien sé que lloran muchas mujeres é indios destos nuestros pueblos las

muertes de sus hijos y maridos y hermanos y parientes; no te congojes

por ello, y mucho debes á tus dioses, que te han aportado aquí, y

salido de entre tanta multitud de guerreros que os aguardaban en lo de

Obtumba, que cuatro dias habia que lo supe que os esperaban para os

matar. Yo queria ir en vuestra busca con treinta mil guerreros de los

nuestros, y no pude salir, á causa que no estábamos juntos y los andaba

juntando.»

Cortés y todos nuestros capitanes y soldados los abrazamos, y les

dijimos que se lo teniamos en merced, y Cortés les dió á todos los

principales joyas de oro y piedras que todavía se escaparon, cada cual

soldado lo que pudo; y asimesmo dimos algunos de nosotros á nuestros

conocidos de lo que teniamos.

Pues qué fiesta y alegría mostraron con doña Luisa y con doña Marina

cuando las vieron en salvamento, y qué llorar, y qué tristeza tenian

por los demás indios que no venian, que se quedaron muertos, en

especial el Masse-Escaci por su hija doña Elvira, y lloraba la muerte

de Juan Velazquez de Leon, á quien la dió; y desta manera fuimos á la

cabeza de Tlascala con todos los caciques, y á Cortés aposentaron en

las casas de Masse-Escaci, y Xicotenga dió sus aposentos á Pedro de

Albarado, y allí nos curamos y tornamos á convalecer, y aun se murieron

cuatro soldados de las heridas, y á otros soldados no se les habian

sanado.

Y dejallo he aquí, y diré lo que más pasó.

Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) · 第 23 / 67 题