CAPÍTULO CXXVI.

CÓMO NOS DIERON GUERRA EN MÉJICO, Y LOS COMBATES QUE NOS DABAN, Y OTRAS

COSAS QUE PASAMOS.

Como Cortés vió que en Tezcuco no nos habian hecho ningun recibimiento,

ni aun dado de comer, sino mal y por mal cabo, y que no hallamos

principales con quien hablar, y lo vió todo rematado y de mal arte,

y venido á Méjico lo mismo; y vió que no hacian tianguez, sino todo

levantado, é oyó al Pedro de Albarado de la manera y desconcierto

con que les fué á dar guerra; y parece ser habia dicho Cortés en el

camino á los capitanes, alabándose de sí mismo, el gran acato y mando

que tenia, é que por los pueblos é caminos le saldrian á recibir

y hacer fiestas, y que en Méjico mandaba tan absolutamente, así al

gran Montezuma como á todos sus capitanes, é que le darian presentes

de oro como solian; y viendo que todo estaba muy al contrario de

sus pensamientos, que aun de comer no nos daban, estaba muy airado

y soberbio con la mucha gente de españoles que traia, y muy triste

y mohino; y en este instante envió el gran Montezuma dos de sus

principales á rogar á nuestro Cortés que le fuese á ver, que le queria

hablar, y la respuesta que le dió fué:

—«Vaya para perro, que aun tianguez no quiere hacer ni de comer nos

manda dar.»

Y entónces, como aquello le oyeron á Cortés nuestros capitanes, que fué

Juan Velazquez de Leon y Cristóbal de Olí y Alonso de Ávila y Francisco

de Lugo, dijeron:

—«Señor, temple su ira, y mire cuánto bien y honra nos ha hecho este

Rey destas tierras, que es tan bueno, que si por él no fuese ya

fuéramos muertos y nos habrian comido, é mire que hasta las hijas le

han dado.»

Y como esto oyó Cortés, se indignó más de las palabras que le dijeron,

como parecian de reprension, é dijo:

—«¿Qué cumplimiento tengo yo de tener con un perro que se hacia con

Narvaez secretamente, é ahora veis que aun de comer no nos da?»

Y dijeron nuestros capitanes:

—«Esto nos parece que debe hacer, y es buen consejo.»

Y como Cortés tenia allí en Méjico tantos españoles, así de los

nuestros como de los de Narvaez, no se le daba nada por cosa ninguna,

é hablaba tan airado y descomedido.

Por manera que tornó hablar á los principales que dijesen á su señor

Montezuma que luego mandase hacer tianguez y mercados; si no, que hará

é que acontecerá; y los principales bien entendieron las palabras

injuriosas que Cortés dijo de su señor, y aun tambien la reprension

que nuestros capitanes dieron á Cortés sobre ello; porque bien los

conocian, que habian sido los que solian tener en guarda á su señor,

y sabian que eran grandes servidores de su Montezuma; y segun y de la

manera que lo entendieron, se lo dijeron al Montezuma, y de enojo, ó

porque ya estaba concertado que nos diesen guerra, no tardó un cuarto

de hora que vino un soldado á gran priesa muy mal herido, que venia de

un pueblo que está junto á Méjico, que se dice Tacuba, y traia unas

indias que eran de Cortés, é la una hija del Montezuma, que parece ser

las dejó á guardar allí al señor de Tacuba, que eran sus parientes del

mismo señor, cuando fuimos á lo de Narvaez.

Y dijo aquel soldado que estaba toda la ciudad y camino por donde venia

lleno de gente de guerra con todo género de armas, y que le quitaron

las indias que traia y le dieron dos heridas, é que si no se les

soltara, que le tenian ya asido para le meter en una canoa y llevalle á

sacrificar, y habian deshecho una puente.

Y desque aquello oyó Cortés y algunos de nosotros, ciertamente nos

pesó mucho; porque bien entendido teniamos los que soliamos batallar

con indios, la mucha multitud que de ellos se suelen juntar, que por

bien que peleásemos, y aunque más soldados trujésemos ahora, que

habiamos de pasar gran riesgo de nuestras vidas, y hambres y trabajos,

especialmente estando en tan fuerte ciudad.

Pasemos adelante, y digamos que luego mandó á un capitan que se decia

Diego de Ordás, que fuese con cuatrocientos soldados, y entre ellos,

los más ballesteros y escopeteros y algunos de á caballo, é que mirase

qué era aquello que decia el soldado que habia venido herido y trajo

las nuevas; é que si viese que sin guerra y ruido se pudiese apaciguar,

lo pacificase; y como fué el Diego de Ordás de la manera que le fué

mandado, con sus cuatrocientos soldados, aún no hubo bien llegado á

media calle por donde iba, cuando le salen tantos escuadrones mejicanos

de guerra y otros muchos que estaban en las azuteas, y les dieron

tan grandes combates, que le mataron á las primeras arremetidas ocho

soldados, y á todos los más hirieron, y al mismo Diego de Ordás le

dieron tres heridas.

Por manera que no pudo pasar un paso adelante, sino volverse poco á

poco al aposento; y al retraer le mataron otro buen soldado, que se

decia Lezcano, que con un montante habia hecho cosas de muy esforzado

varon; y en aquel instante si muchos escuadrones salieron al Diego de

Ordás, muchos más vinieron á nuestros aposentos, y tiran tanta vara

y piedra con hondas y flechas, que nos hirieron de aquella vez sobre

cuarenta y seis de los nuestros, y doce murieron de las heridas.

Y estaban tanto sobre nosotros, que el Diego de Ordás, que se venia

retrayendo, no podia llegar á los aposentos por la mucha guerra que les

daban, unos por detrás y otros por delante y otros desde las azuteas.

Pues quizá aprovechaban mucho nuestros tiros y escopetas, ni ballestas

ni lanzas, ni estocadas que les dábamos, ni nuestro buen pelear; que,

aunque les matábamos y heriamos muchos dellos, por las puntas de las

picas y lanzas se nos metian; con todo esto, cerraban sus escuadrones y

no perdian punto de su buen pelear, ni les podiamos apartar de nosotros.

Y en fin, con los tiros y escopetas y ballestas, y el mal que les

haciamos de estocadas, tuvo lugar el Ordás de entrar en el aposento;

que hasta entónces, aunque queria, no podia pasar; y con sus soldados

bien heridos y veinte y tres ménos, y todavía no cesaban muchos

escuadrones de nos dar guerra y decirnos que éramos como mujeres, y nos

llamaban de bellacos y otros vituperios.

Y aun no ha sido nada todo el daño que nos han hecho hasta ahora, á lo

que despues hicieron.

Y es, que tuvieron tanto atrevimiento, que, unos dándonos guerra por

una parte y otros por otra, entraron á ponernos fuego en nuestros

aposentos, que no nos podiamos valer con el humo y fuego, hasta que se

puso remedio en derrocar sobre él mucha tierra y atajar otras salas

por donde venia el fuego, que verdaderamente allí dentro creyeron de

nos quemar vivos; y duraron estos combates todo el dia y aun la noche,

y aun de noche estaban sobre nosotros tantos escuadrones, y tiraban

varas y piedras y flechas á bulto y piedra perdida, que entónces

estaban todos aquellos patios y suelos hechos parvas dellos.

Pues nosotros aquella noche en curar heridos, y en poner remedio en los

portillos que habian hecho y en apercibirnos para otro dia, en esto se

pasó.

Pues desque amaneció, acordó nuestro capitan que con todos los nuestros

y los de Narvaez saliésemos á pelear con ellos, y que llevásemos tiros,

y escopetas y ballestas, y procurásemos de los vencer, á lo ménos que

sintiesen más nuestras fuerzas y esfuerzo mejor que el dia pasado.

Y digo que si nosotros teniamos hecho aquel concierto, que los

mejicanos tenian concertado lo mismo, y peleábamos muy bien; mas ellos

estaban tan fuertes y tenian tantos escuadrones, que se mudaban de

rato en rato, que aunque estuvieren allí diez mil Hétores troyanos y

otros tantos Roldanes, no les pudieran entrar; porque sabello ahora

yo aquí decir cómo pasó, y vimos este teson en el pelear, digo que

no lo sé escribir; porque ni aprovechaban tiros, ni escopetas, ni

ballestas, ni apechugar con ellos, ni matalles treinta ni cuarenta de

cada vez que arremetiamos; que tan enteros y con más vigor peleaban

que al principio; y si algunas veces les íbamos ganando alguna poca de

tierra ó parte de calle, y hacian que se retraian, era para que les

siguiésemos, por apartarnos de nuestra fuerza y aposento, para dar más

á su salvo en nosotros, creyendo que no volveriamos con las vidas á los

aposentos; porque al retraernos hacian mucho mal.

Pues para pasar á quemalles las casas, ya he dicho en el capítulo que

dello habla, que de casa á casa tenian una puente de madera levadiza,

alzábanla, y no podiamos pasar sino por agua muy honda.

Pues desde las azuteas, los cantos, y piedras, y varas no lo podiamos

sufrir.

Por manera que nos maltrataban y herian muchos de los nuestros, é

no sé yo para qué lo escribo así tan tibiamente; porque unos tres ó

cuatro soldados que se habian hallado en Italia, que allí estaban con

nosotros, juraron muchas veces á Dios que guerras tan bravosas jamás

habian visto en algunas que se habian hallado entre cristianos, y

contra la artillería del Rey de Francia ni del Gran Turco, ni gente

como aquellos indios con tanto ánimo cerrar los escuadrones vieron;

y porque decian otras muchas cosas y causas que daban á ello, como

adelante verán.

Y quedarse ha aquí, y diré cómo con harto trabajo nos retrujimos á

nuestros aposentos, y todavía muchos escuadrones de guerreros sobre

nosotros con grandes gritos é silbos, y trompetillas y atambores,

llamándonos de bellacos y para poco, que no sabiamos atendelles todo

el dia en batalla, sino volvernos retrayendo.

Aquel dia mataron diez ó doce soldados, y todos volvimos bien heridos;

y lo que pasó de la noche fué en concertar para que de ahí á dos dias

saliésemos todos los soldados cuantos sanos habia en todo el real, y

con cuatro ingenios á manera de torres, que se hicieron de madera bien

recios, en que pudiesen ir debajo de cualquiera dellos veinte y cinco

hombres; y llevaban sus ventanillas en ellos para ir los tiros, y

tambien iban escopeteros y ballesteros, y junto con ellos habiamos de

ir otros soldados escopeteros, y ballesteros, y los tiros, y todos los

demás de á caballo hacer algunas arremetidas.

Y hecho este concierto, como estuvimos aquel dia que entendiamos en la

obra y fortalecer muchos portillos que nos tenian hechos, no salimos

á pelear aquel dia; no sé cómo lo diga, los grandes escuadrones de

guerreros que nos vinieron á los aposentos á dar guerra, no solamente

por diez ó doce partes, sino por más de veinte; porque en todo

estábamos repartidos, y otros en muchas partes; y entre tanto que los

adobábamos y fortaleciamos, como dicho tengo, otros muchos escuadrones

procuraron entrarnos los aposentos á escala vista, que por tiros ni

ballestas ni escopetas, ni por muchas arremetidas y estocadas les

podian retraer.

Pues lo que decian, que en aquel dia no habia de quedar ninguno de

nosotros, y que habian de sacrificar á sus dioses nuestros corazones

y sangre, y con las piernas y brazos, que bien tendrian para hacer

hartazgas y fiestas; y que los cuerpos echarian á los tigres y leones y

víboras y culebras que tienen encerrados, que se harten dellos; é que

á aquel efecto há dos dias que mandaron que no les diesen de comer;

y que el oro que teniamos, que habriamos mal gozo dél y de todas las

mantas; y á los de Tlascala que con nosotros estaban les decian que les

meterian en jaulas á engordar, y que poco á poco harian sus sacrificios

con sus cuerpos.

Y muy afectuosamente decian que les diésemos su gran señor Montezuma,

y decian otras cosas; y de noche asimismo siempre silbos y voces, y

rociadas de vara y piedra y flecha; y cuando amaneció, despues de nos

encomendar á Dios, salimos de nuestros aposentos con nuestras torres,

que me parece á mí que en otras partes donde me he hallado en guerras

en cosas que han sido menester, las llaman buros y mantas; y con los

tiros y escopetas y ballestas delante, y los de á caballo haciendo

algunas arremetidas; é como he dicho, aunque les matábamos muchos

dellos, no aprovechaba cosa para les hacer volver las espaldas, sino

que si siempre muy bravamente habian peleado los doce dias pasados,

muy más fuertes con mayores fuerzas y escuadrones estaban este dia; y

todavía determinamos que, aunque á todos costase la vida, de ir con

nuestras torres é ingenios hasta el gran cu del Huichilóbos.

No digo por extenso los grandes combates que en una casa fuerte nos

dieron, ni diré cómo á los caballos los herian ni nos aprovechábamos

dellos; porque, aunque arremetian á los escuadrones para rompellos,

tirábanles tanta flecha y vara y piedra, que no se podian valer, por

bien armados que estaban; y si los iban alcanzando, luego se dejaban

caer los mejicanos á su salvo en las acequias y laguna, donde tenian

hechos otros reparos para los de á caballo; y estaban otros muchos

indios con lanzas muy largas para acabar de matarlos; así que no

aprovechaba cosa ninguna dellos.

Pues apartarnos á quemar ni á deshacer ninguna casa, era por demás;

porque, como he dicho, están todas en el agua, y de casa á casa una

puente levadiza; pasalla á nado era cosa muy peligrosa, porque desde

las azuteas tiraban tanta piedra y cantos, que era cosa perdida

ponernos en ello.

Y demás desto, en algunas casas que les poniamos fuego tardaba una casa

á se quemar todo un dia entero, y no se podia pegar fuego de una casa

á otra, lo uno por estar apartadas la una de otra, el agua en medio, y

lo otro por ser de azuteas; así que eran por demás nuestros trabajos en

aventurar nuestras personas en aquello.

Por manera que fuimos al gran cu de sus ídolos, y luego de repente

suben en él más de cuatro mil mejicanos, sin otras capitanías que

en ellos estaban, con grandes lanzas y piedra y vara, y se ponen en

defensa, y nos resistieron la subida un buen rato, que no bastaban las

torres ni los tiros ni ballestas ni escopetas, ni los de á caballo;

porque, aunque querian arremeter los caballos, habia unas losas muy

grandes, empedrado todo el patio, que se iban á los caballos los piés y

manos; y eran tan lisas, que caian; é como desde las gradas del alto cu

nos defendian el paso, é á un lado é otro teniamos tantos contrarios,

aunque nuestros tiros llevaban diez ó quince dellos, é á estocadas y

arremetidas matábamos otros muchos, cargaba tanta gente, que no les

podiamos subir al alto cu, y con gran concierto tornamos á porfiar sin

llevar las torres, porque ya estaban desbaratadas, y les subimos arriba.

Aquí se mostró Cortés muy varon, como siempre lo fué.

¡Oh qué pelear y fuerte batalla que aquí tuvimos! Era cosa de notar

vernos á todos corriendo sangre y llenos de heridas, é más de cuarenta

soldados muertos.

É quiso nuestro Señor que llegamos adonde soliamos tener la imágen de

Nuestra Señora, y no la hallamos; que pareció, segun supimos, que el

gran Montezuma tenia ó devocion en ella ó miedo, y la mandó guardar;

y pusimos fuego á sus ídolos, y se quemó un pedazo de la sala con los

ídolos Huichilóbos y Tezcatepuca.

Entónces nos ayudaron muy bien los tlascaltecas.

Pues ya hecho esto, estando que estábamos unos peleando y otros

poniendo el fuego, como dicho tengo, ver los papas que estaban en este

gran cu y sobre tres ó cuatro mil indios, todos principales, y que

nos bajábamos, cuál nos hacian venir rodando seis gradas y aun diez

abajo, y hay tanto que decir de otros escuadrones que estaban en los

petriles y concavidades del gran cu, tirándonos tantas varas y flechas,

que así á unos escuadrones como á los otros no podiamos hacer cara

ni sustentarnos; acordamos, con mucho trabajo y riesgo de nuestras

personas, de nos volver á nuestros aposentos, los castillos deshechos

y todos heridos, y muertos cuarenta y seis, y los indios siempre

apretándonos, y otros escuadrones por las espaldas, que quien nos vió,

aunque aquí más claro lo diga, yo no lo sé significar; pues aun no digo

lo que hicieron los escuadrones mejicanos, que estaban dando guerra en

los aposentos en tanto que andábamos fuera, y la gran porfía y teson

que ponian de les entrar á quemallos.

En esta batalla prendimos dos papas principales, que Cortés nos mandó

que los llevasen á buen recaudo.

Muchas veces he visto pintada entre los mejicanos y tlascaltecas esta

batalla y subida que hicimos en este gran cu; y tiénenlo por cosa muy

heróica, que aunque nos pintan á todos nosotros muy heridos corriendo

sangre, y muchos muertos en retratos que tienen dello hechos, en mucho

lo tienen esto de poner fuego al cu y estar tanto guerrero guardándolo

en los petriles y concavidades, y otros muchos indios abajo en el suelo

y patios llenos, y en los lados otros muchos, y deshechas nuestras

torres, cómo fué posible subille.

Dejemos de hablar dello, y digamos cómo con gran trabajo tornamos á

los aposentos; y si mucha gente nos fueron siguiendo y dando guerra,

otros muchos estaban en los aposentos, que ya les tenian derrocadas

unas paredes para entralles; y con nuestra llegada cesaron, mas no de

manera que en todo lo que quedó del dia dejaban de tirar vara y piedra

y flecha, y en la noche grita y piedra y vara.

Dejemos de su gran teson y porfía que siempre á la continua tenian de

estar sobre nosotros, como he dicho; é digamos que aquella noche se nos

fué en curar heridos y enterrar los muertos, y en aderezar para salir

otro dia á pelear, y en poner fuerzas y mamparos á las paredes que

habian derrocado é á otros portillos que habian hecho, y tomar consejo

cómo y de qué manera podriamos pelear sin que recibiésemos tantos daños

ni muertos; y en todo lo que platicamos no hallábamos remedio ninguno.

Pues tambien quiero decir las maldiciones que los de Narvaez echaban á

Cortés, y las palabras que decian, que renegaban dél y de la tierra, y

aun de Diego Velazquez, que acá les envió; que bien pacíficos estaban

en sus casas en la isla de Cuba; y estaban embelesados y sin sentido.

Volvamos á nuestra plática, que fué acordado de demandalles paces para

salir de Méjico; y desque amaneció y vienen muchos más escuadrones de

guerreros, y muy de hecho nos cercan por todas partes los aposentos;

y si mucha piedra y flecha tiraban de ántes, mucho más espesas y con

mayores alaridos y silbos vinieron este dia; y otros escuadrones por

otras partes procuraban de nos entrar, que no aprovechaban tiros ni

escopetas, aunque les hacian harto mal.

Y viendo todo esto, acordó Cortés que el gran Montezuma les hablase

desde una azutea, y les dijesen que cesasen las guerras y que nos

queriamos ir de su ciudad; y cuando al gran Montezuma se lo fueron á

decir de parte de Cortés, dicen que dijo con gran dolor:

—«¿Qué quiere de mí ya Malinche? Que yo no deseo vivir ni oille, pues

en tal estado por su causa mi ventura me ha traido.»

Y no quiso venir; y aun dicen que dijo que ya no le querian ver ni oir

á él ni á sus falsas palabras ni promesas y mentiras; y fué el padre de

la Merced y Cristóbal de Olí, y le hablaron con mucho acato y palabras

muy amorosas.

Y díjoles el Montezuma:

—«Yo tengo creido que no aprovecharé cosa ninguna para que cese la

guerra, porque ya tienen alzado otro señor, y han propuesto de no os

dejar salir de aquí con la vida; y así creo que todos vosotros habeis

de morir en esta ciudad.»

Y volvamos á decir de los grandes combates que nos daban, que Montezuma

se puso á un petril de una azutea con muchos de nuestros soldados que

le guardaban, y les comenzó á hablar á los suyos con palabras muy

amorosas, que dejasen la guerra, que nos iriamos de Méjico; y muchos

principales mejicanos y capitanes bien le conocieron, y luego mandaron

que callasen sus gentes y no tirasen varas ni piedras ni flechas, y

cuatro dellos se allegaron en parte que Montezuma les podia hablar, y

ellos á él, y llorando le dijeron:

—«¡Oh señor, é nuestro gran señor, y cómo nos pesa de todo vuestro mal

y daño, y de vuestros hijos y parientes! Hacemos os saber que ya hemos

levantado á un vuestro primo por señor.»

Y allí le nombró cómo se llamaba, que se decia Coadlauaca, señor de

Iztapalapa, que no fué Guatemuz, el cual desde á dos meses fué señor.

Y más dijeron, que la guerra que la habian de acabar, y que tenian

prometido á sus ídolos de no lo dejar hasta que todos nosotros

muriésemos; y que rogaban cada dia á su Huichilóbos y á Tezcatepuca

que le guardase libre y sano de nuestro poder, é como saliese como

deseaban, que no lo dejarian de tener muy mejor que de ántes por señor,

y que les perdonase.

Y no hubieron bien acabado el razonamiento, cuando en aquella sazon

tiran tanta piedra y vara, que los nuestros le arrodelaban; y como

vieron que entre tanto que hablaba con ellos no daban guerra, se

descuidaron un momento del rodelar, y le dieron tres pedradas é un

flechazo, una en la cabeza y otra en un brazo y otra en una pierna; y

puesto que le rogaban que se curase y comiese, y le decian sobre ello

buenas palabras, no quiso; ántes cuando no nos catamos, vinieron á

decir que era muerto, y Cortés lloró por él, y todos nuestros capitanes

y soldados: é hombres hubo entre nosotros, de los que le conociamos y

tratábamos, que tan llorado fué como si fuera nuestro padre; y no nos

hemos de maravillar dello viendo que tan bueno era; y decian que habia

diez y siete años que reinaba, y que fué el mejor Rey que en Méjico

habia habido, y que por su persona habia vencido tres desafios que tuvo

sobre las tierras que sojuzgó.

Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) · 第 20 / 67 题