CAPÍTULO CXXII.

DEL CONCIERTO Y ÓRDEN QUE SE DIÓ EN NUESTRO REAL PARA IR CONTRA

NARVAEZ, Y EL RAZONAMIENTO QUE CORTÉS NOS HIZO, Y LO QUE RESPONDIMOS.

Llegados que fuimos al riachuelo que ya he dicho, que estará obra de

una legua de Cempoal, y habia allí unos buenos prados, despues de

haber enviado nuestros corredores del campo, personas de confianza,

nuestro capitan Cortés á caballo nos envió á llamar, así á capitanes

como á todos los soldados, y de que nos vió juntos dijo que nos pedia

por merced que callásemos; y luego comenzó un parlamento por tan lindo

estilo y plática, tan bien dichas cierto otras palabras más sabrosas y

llenas de ofertas, que yo aquí no sabré escribir; en que nos trajo á la

memoria desde que salimos de la isla de Cuba, con todo lo acaecido por

nosotros hasta aquella sazon, y nos dijo:

—«Bien saben vuestras mercedes que Diego Velazquez, gobernador de

Cuba, me eligió por capitan general, no porque entre vuestras mercedes

no habia muchos caballeros que eran merecedores dello; y saben que

creisteis que veniamos á poblar, y así se publicaba y pregonó; y segun

han visto, enviaba á rescatar; y saben lo que pasamos sobre que me

queria volver á la isla de Cuba á dar cuenta á Diego Velazquez del

cargo que me dió, conforme á su instruccion; pues vuestras mercedes

me mandastes y requeristes que poblásemos esta tierra en nombre de su

majestad, como, gracias á nuestro Señor, la tenemos poblada, y fué cosa

cuerda; y demás desto, me hicistes vuestro capitan general y justicia

mayor della, hasta que su majestad otra cosa sea servido mandar.

»Como ya he dicho, entre algunos de vuestras mercedes hubo algunas

pláticas de tornar á Cuba, que no lo quiero más declarar, pues á manera

de decir, ayer pasó, y fué muy santa y buena nuestra quedada, y hemos

hecho á Dios y á su majestad gran servicio, que esto claro está; ya

saben lo que prometimos en nuestras cartas á su majestad, despues de

le haber dado cuenta y relacion de todos nuestros hechos, que punto no

quedó, é que aquesta tierra es de la manera que hemos visto y conocido

della, que es cuatro veces mayor que Castilla, y de grandes pueblos

y muy rica de oro y minas, y tiene cerca otras provincias; y cómo

enviamos á suplicar á su majestad que no la diese en gobernacion ni de

otra cualquiera manera á persona ninguna; y porque creiamos y teniamos

por cierto que el Obispo de Búrgos don Juan Rodriguez de Fonseca, que

era en aquella sazon presidente de Indias y tenia mucho mando, que

la demandaria á su majestad para el Diego Velazquez ó algun pariente

ó amigo del Obispo, porque esta tierra es tal y tan buena para dar

á un Infante ó gran señor, que teniamos determinado de no dalle á

persona ninguna hasta que su majestad oyese á nuestros procuradores, y

nosotros viésemos su Real firma, é vista, que con lo que fuere servido

mandar los pechos por tierra; y con las cartas ya sabian que enviamos

y servimos á su majestad con todo el oro y plata, joyas é todo cuanto

teniamos habido.»

Y más dijo:

—«Bien se les acordará, señores, cuántas veces hemos llegado á punto

de muerte en las guerras y batallas que hemos habido. Pues no hay que

traellas á la memoria, que acostumbrados estamos de trabajos y aguas y

vientos y algunas veces hambres, y siempre traer las armas á cuestas y

dormir por los suelos, así nevando como lloviendo, que si miramos en

ello, los cueros tenemos ya curtidos de los trabajos.

»No quiero decir de más de cincuenta de nuestros compañeros que nos

han muerto en las guerras, ni de todos vuestras mercedes como estais

entrapajados y mancos de heridas que aun están por sanar; pues que les

queria traer á la memoria los trabajos que trajimos por la mar y las

batallas de Tabasco, y los que se hallaron en lo de Almería y lo de

Cingapacinga, y cuántas veces por las sierras y caminos nos procuraban

quitar las vidas.

»Pues en las batallas de Tlascala en qué punto nos pusieron y cuáles

nos traian; pues la de Cholula ya tenian puestas las ollas para comer

nuestros cuerpos; pues á la subida de los puertos no se les habia

olvidado los poderes que tenia Montezuma para no dejar ninguno de

nosotros, y bien vieron los caminos todos llenos de pinos y árboles

cortados; pues los peligros de la entrada y estada en la gran ciudad

de Méjico, cuántas veces teniamos la muerte al ojo, ¿quién los podrá

ponderar? Pues vean los que han venido de vuestras mercedes dos veces

primero que no yo, la una con Francisco Hernandez de Córdoba y la otra

con Juan de Grijalva, los trabajos, hambres y sedes, heridas y muertes

de muchos soldados que en descubrir aquestas tierras pasastes, y todo

lo que en aquellos dos viajes habeis gastado de vuestras haciendas.»

Y dijo que no queria contar otras muchas cosas que tenia por decir por

menudo, y no habria tiempo para acaballo de platicar, porque era tarde

y venia la noche; y más dijo:

—«Digamos ahora, señores: Pánfilo de Narvaez viene contra nosotros con

mucha rabia y deseo de nos haber á las manos, y no habian desembarcado,

y nos llamaban de traidores y malos; y envió á decir al gran Montezuma,

no palabras de sábio capitan, sino de alborotador; y demás desto, tuvo

atrevimiento de prender á un oidor de su majestad, que por sólo este

delito es digno de ser castigado. Ya habrán oido cómo han pregonado en

su real guerra contra nosotros á ropa franca, como si fuéramos moros.»

Y luego, despues de haber dicho esto Cortés, comenzó á sublimar

nuestras personas y esfuerzos en las guerras y batallas pasadas, y

que entónces peleábamos por salvar nuestras vidas, y que ahora hemos

de pelear con todo vigor por vida y honra, pues nos vienen á prender

y echar de nuestras casas y robar nuestras haciendas; y demás desto,

que no sabemos si trae provisiones de nuestro Rey y señor, salvo

favores del Obispo de Búrgos, nuestro contrario; y si por ventura

caemos debajo de sus manos de Narvaez (lo cual Dios no permita),

todos nuestros servicios, que hemos hecho á Dios primeramente y á su

majestad, tornarán en deservicios, y harán procesos contra nosotros, y

dirán que hemos muerto y robado y destruido la tierra, donde ellos son

los robadores y alborotadores y deservidores de nuestro Rey y señor;

dirán que le han servido, y pues vemos por los ojos todo lo que he

dicho, y como buenos caballeros somos obligados á volver por la honra

de su majestad y por las nuestras, y por nuestras casas y haciendas;

y con esta intencion salí de Méjico, teniendo confianza en Dios y

de nosotros; que todo lo ponia en las manos de Dios primeramente, y

despues en las nuestras; que veamos lo que nos parece.»

Entónces respondimos, y tambien juntamente con nosotros Juan Velazquez

de Leon y Francisco de Lugo y otros capitanes, que tuviese por cierto

que, mediante Dios, habiamos de vencer ó morir sobre ello, y que mirase

no le convenciesen con partidos, porque si alguna cosa hacia fea, le

dariamos de estocadas.

Entónces, como vió nuestras voluntades, se holgó mucho, y dijo que con

aquella confianza venia; y allí hizo muchas ofertas y prometimientos

que seriamos todos muy ricos y valerosos.

Hecho esto, tornó á decir que nos pedia por merced que callásemos, y

que en las guerras y batallas es menester más prudencia y saber para

bien vencer los contrarios, que no demasiada osadía; y que porque tenia

conocido de nuestros grandes esfuerzos que por ganar honra cada uno

de nosotros se queria adelantar de los primeros á encontrar con los

enemigos, que fuésemos puestos en ordenanza y capitanías; y para que la

primera cosa que hiciésemos fuese tomalles el artillería, que eran diez

y ocho tiros que tenian asestados delante de sus aposentos de Narvaez,

mandó que fuese por capitan suyo de Cortés uno que se decia Pizarro,

que ya he dicho otras veces que en aquella sazon no habia fama de Perú

ni Pizarros, que no era descubierto; y era el Pizarro suelto mancebo,

y le señaló sesenta soldados mancebos, y entre ellos me nombraron á

mí; y mandó que, despues de tomada el artillería, acudiésemos todos á

los aposentos de Narvaez, que estaba en un muy alto cu; y para prender

á Narvaez señaló por capitan á Gonzalo de Sandoval con otros sesenta

compañeros; y como era alguacil mayor, le dió un mandamiento que decia

así:

«Gonzalo de Sandoval, alguacil mayor desta Nueva-España por su

majestad, yo os mando que prendais el cuerpo de Pánfilo de

Narvaez, é si se os defendiere, matadle, que así conviene al

servicio de Dios y de su majestad, y le prendió á un oidor. Dado

en este real.» y la firma, Hernando Cortés, y refrendado de su

secretario Pedro Hernandez.

Y despues de dado el mandamiento, prometió que al primer soldado que

le echase la mano le daria tres mil pesos, y al segundo dos mil, y al

tercero mil; y dijo que aquello que prometia que era para guantes, que

bien viamos la riqueza que habia entre nuestras manos; y luego nombró á

Juan Velazquez de Leon para que prendiese á Diego Velazquez, con quien

habia tenido la brega, y le dió otros sesenta soldados.

Narvaez estaba en su fortaleza é altos cues, y el mismo Cortés por

sobresaliente con otros veinte soldados para acudir adonde más

necesidad hubiese, y donde él tenia el pensamiento de asistir era para

prender á Narvaez y á Salvatierra; pues ya dadas las copias á los

capitanes, como dicho tengo, dijo:

—«Bien sé que los de Narvaez son por cuatro veces más que nosotros;

mas ellos no son acostumbrados á las armas, y como están la mayor

parte dellos mal con su capitan, y muchos dolientes, les tomaremos

de sobresalto; tengo pensamiento que Dios nos dará vitoria, que no

porfiarán mucho en su defensa, porque más bienes les haremos nosotros

que no su Narvaez; así, señores, pues nuestra vida y honra está,

despues de Dios, en vuestros esfuerzos é vigorosos brazos, no tengo

más que os pedir por merced ni traer á la memoria sino que en esto está

el toque de nuestras honras y famas para siempre jamás; y más vale

morir por buenos que vivir afrentados.»

Y porque en aquella sazon llovia y era tarde no dijo más.

Una cosa he pensado despues acá, que jamás nos dijo tengo tal concierto

en el real hecho, ni Fulano ni Zutano es en nuestro favor, ni cosa

ninguna destas, sino que peleásemos como varones; y esto de no decirnos

que tenia amigos en el real de Narvaez fué de muy cuerdo capitan,

que por aquel efeto no dejásemos de batallar como esforzados, y no

tuviésemos esperanza en ellos, sino, despues de Dios, en nuestros

grandes ánimos.

Dejemos desto, y digamos cómo cada uno de los capitanes por mí

nombrados estaban con los soldados señalados, poniéndose esfuerzo unos

á otros.

Pues mi capitan Pizarro, con quien habiamos de tomar la artillería, que

era la cosa de más peligro, y habiamos de ser los primeros que habiamos

de romper hasta los tiros, tambien decia con mucho esfuerzo cómo

habiamos de entrar y calar nuestras picas hasta tener la artillería en

nuestro poder, y cuando se la hubiésemos tomado, que con ella misma

mandó á nuestros artilleros, que se decian Mesa y el siciliano Aruega,

que con las pelotas que estuviesen por descargar se diese guerra á los

del aposento de Salvatierra.

Tambien quiero decir la gran necesidad que teniamos de armas, que por

un peto ó capacete ó casco ó babera de hierro diéramos aquella noche

cuanto nos pidieran por ello y todo cuanto habiamos ganado; y luego

secretamente nos nombraron el apellido que habiamos de tener estando

batallando, que era Espíritu Santo, Espíritu Santo; que esto se suele

hacer secreto en las guerras porque se conozcan y apelliden por el

nombre, que no lo sepan unos contrarios de otros; y los de Narvaez

tenian su apellido y voz Santa María, Santa María.

Ya hecho todo esto, como yo era gran amigo y servidor del capitan

Sandoval, me dijo aquella noche que me pedia por merced que cuando

hubiésemos tomado el artillería, si quedaba con la vida, siempre me

hablase con él y le siguiese; é yo le prometí, é así lo hice, como

adelante verán.

Digamos ahora en qué se entendió un rato de la noche, sino en aderezar

y pensar en lo que teniamos por delante, pues para cenar no teniamos

cosa ninguna; y luego fueron nuestros corredores del campo, y se puso

espías y velas á mí y á otros dos soldados, y no tardó mucho, cuando

viene un corredor del campo á me preguntar que si he sentido algo, é yo

dije que no; y luego vino un cuadrillero, y dijo que el Galleguillo que

habia venido del real de Narvaez no parecia, y que era espía echada del

Narvaez; é que mandaba Cortés que luego marchásemos camino de Cempoal,

é oimos tocar nuestro pífaro y atambor, y los capitanes apercibiendo

sus soldados, y comenzamos á marchar; y al Galleguillo hallaron

debajo de unas mantas durmiendo; que, como llovió y el pobre no era

acostumbrado á estar al agua ni frios, metióse allí á dormir.

Pues yendo nuestro paso tendido, sin tocar pífaro ni atambor, que

luego mandó Cortés que no tocasen, y nuestros corredores del campo

descubriendo la tierra, llegamos al rio, donde estaban las espías de

Narvaez, que ya he dicho que se decian Gonzalo Carrasco é Hurtado, y

estaban descuidados, que tuvimos tiempo de prender al Carrasco, y el

otro fué dando voces al real de Narvaez y diciendo:

—«Al arma, al arma, que viene Cortés.»

Acuérdome que cuando pasábamos aquel rio, como llovia, venia un poco

hondo, y las piedras resbalaban algo, y como llevábamos á cuestas las

picas y armas, nos hacia mucho estorbo; y tambien me acuerdo cuando se

prendió á Carrasco decia á Cortés á grandes voces:

—«Mira, señor Cortés, no vayas allá; que juro á tal que está Narvaez

esperándoos en el campo con todo su ejército.»

Y Cortés le dió en guarda á su secretario Pedro Hernandez; y como vimos

que el Hurtado fué á dar mandado, no nos detuvimos cosa, sino que el

Hurtado iba dando voces y mandando dar al arma, y el Narvaez llamando

sus capitanes, y nosotros calando nuestras picas y cerrando con su

artillería, todo fué uno, que no tuvieron tiempo sus artilleros de

poner fuego sino á cuatro tiros, y las pelotas algunas dellas pasaron

por alto, é una dellas mató á tres de nuestros compañeros.

Pues en este instante llegaron todos nuestros capitanes, tocando al

arma nuestro pífaro y atambor; y como habia muchos de los de Narvaez á

caballo, detuviéronse un poco con ellos, porque luego derrocaron seis ó

siete dellos.

Pues nosotros los que tomamos el artillería no osábamos desampararla,

porque el Narvaez desde su aposento nos tiraba saetas y escopetas; y en

aquel instante llegó el capitan Sandoval y sube de presto las gradas

arriba, y por mucha resistencia que le ponia el Narvaez y le tiraban

saetas y escopetas y con partesanas y lanzas, todavía las subió él y

sus soldados; y luego como vimos los soldados que ganamos el artillería

que no habia quien nos la defendiese, se la dimos á nuestros artilleros

por mí nombrados, y fuimos muchos de nosotros y el capitan Pizarro á

ayudar al Sandoval, que les hacian los de Narvaez venir seis ó siete

gradas abajo retrayéndose, y con nuestra llegada tornó á las subir, y

estuvimos buen rato peleando con nuestras picas, que eran grandes; y

cuando no me cato oimos voces del Narvaez, que decia:

—«Santa María, váleme; que muerto me han y quebrado un ojo;»

Y cuando aquello oimos, luego dimos voces:

—«Vitoria, vitoria por los del nombre del Espíritu Santo; que muerto es

Narvaez.»

Y con todo esto no les pudimos entrar en el cu donde estaban hasta

que un Martin Lopez, el de los bergantines, como era alto de cuerpo,

puso fuego á las pajas del alto cu, y vinieron todos los de Narvaez

rodando las gradas abajo; entónces prendimos á Narvaez, y el primero

que le echó mano fué un Pero Sanchez Farfan, é yo se lo dí al Sandoval

y á otros capitanes del mismo Narvaez que con él estaban todavía dando

voces y apellidando:

—«Viva el Rey, viva el Rey, y en su Real nombre Cortés; vitoria,

vitoria; que muerto es Narvaez.»

Dejemos este combate, é vamos á Cortés y á los demás capitanes que

todavía estaban batallando cada uno con los capitanes del Narvaez

que aún no se habian dado, porque estaban en muy altos cues, y con

los tiros que les tiraban nuestros artilleros y con nuestras voces,

é muerte del Narvaez, como Cortés era muy avisado, mandó de presto

pregonar que todos los de Narvaez se vengan luego á someter debajo de

la bandera de su majestad, y de Cortés en su Real nombre, so pena de

muerte; y aun con todo esto no se daban los de Diego Velazquez el mozo

ni los de Salvatierra, porque estaban en muy altos cues y no les podian

entrar; hasta que Gonzalo de Sandoval fué con la mitad de nosotros los

que con él entramos, y se prendieron así al Salvatierra como los que

con él estaban, y al Diego Velazquez el mozo; y luego Sandoval vino

con todos nosotros los que fuimos en prender al Narvaez á ponelle más

en cobro, puesto que le habiamos echado dos pares de grillos, y cuando

Cortés y el Juan Velazquez y el Ordás tuvieron presos á Salvatierra y

al Diego Velazquez el mozo y á Gamarra y á Juan Yuste y á Juan Bono,

vizcaino, y á otras personas principales, vino Cortés desconocido,

acompañado de nuestros capitanes, adonde teniamos á Narvaez, y con el

calor que hacia grande, y como estaba cargado con las armas é andaba

de una parte á otra apellidando á nuestros soldados y haciendo dar

pregones, venia muy sudando y cansado, y tal, que no le alcanzaba un

huelgo á otro, é dijo á Sandoval dos veces, que no lo acertaba á decir

del trabajo que traia, é dijo:

—«¿Qué es de Narvaez? ¿Qué es de Narvaez?»

É dijo Sandoval:

—«Aquí está, aquí está, é á muy buen recaudo.»

Y tornó Cortés á decir muy sin huelgo:

—«Mirá, hijo Sandoval, que no os quiteis dél vos y vuestros compañeros,

no se os suelte miéntras yo voy á entender en otras cosas; é mirad

estos capitanes que con él teneis presos que en todo haya recaudo.»

Y luego se fué, y mandó dar otros pregones que, so pena de muerte, que

todos los de Narvaez luego en aquel punto se vengan á someter debajo

de la bandera de su majestad, y en su Real nombre de Hernando Cortés,

su capitan general y justicia mayor, é que ninguno trajese ningunas

armas, sino que todos las diesen y entregasen á nuestros alguaciles; y

todo esto era de noche, que no amanecia, y aun llovia de rato en rato,

y entónces salia la luna, que cuando allí llegamos hacia muy escuro y

llovia, y tambien la escuridad ayudó; que, como hacia tan escuro, habia

muchos cucuyos (así los llaman en Cuba), que relumbraban de noche, é

los de Narvaez creyeron que eran mechas de las escopetas.

Dejemos esto, y pasemos adelante: que, como el Narvaez estaba muy

mal herido y quebrado el ojo, demandó licencia á Sandoval para que

un cirujano que traia en su armada, que se decia maestre Juan, le

curase el ojo á él y otros capitanes que estaban heridos, y se la

dió, y estándole curando llegó allí cerca Cortés disimulando, que no

lo conociesen, á le ver curar; dijéronle al Narvaez que estaba allí

Cortés, y como se lo dijeron, dijo el Narvaez:

—«Señor capitan Cortés, tené en mucho esta vitoria que de mí habeis

habido y en tener presa mi persona.»

Y Cortés le respondió que daba muchas gracias á Dios, que se la dió, y

por los esforzados caballeros y compañeros que tenia, que fueron parte

para ello. É que una de las menores cosas que en la Nueva-España ha

hecho es prendelle y desbaratalle; y que si le ha parecido bien tener

atrevimiento de prender á un oidor de su majestad.

Y cuando hubo dicho esto se fué de allí, que no le habló más, y mandó

á Sandoval que le pusiese buenas guardas, y que él no se quitase dél

con personas de recaudo; ya le teniamos echado dos pares de grillos

y le llevábamos á un aposento, y puestos soldados que le habiamos de

guardar, y á mí me señaló Sandoval por uno dellos, y secretamente me

mandó que no dejase hablar con él á ninguno de los de Narvaez hasta que

amaneciese, que Cortés le pusiese más en cobro.

Dejemos desto, y digamos cómo Narvaez habia enviado cuarenta de á

caballo para que nos estuviesen aguardando en el paso del rio cuando

viniésemos á su real, como dicho tengo en el capítulo que dello habla,

y supimos que andaban todavía en el campo; tuvimos temor no nos

viniesen á acometer para nos quitar sus capitanes é al mismo Narvaez

que teniamos presos, y estábamos muy apercebidos; y acordó Cortés de

les enviar á pedir por merced que se viniesen al real, con grandes

ofrecimientos que á todos prometió; y para los traer envió á Cristóbal

de Olí, que era nuestro maestre de campo, é á Diego de Ordás, y fueron

en unos caballos que tomaron de los de Narvaez, que de todos los

nuestros no trajimos ningunos, que atados quedaron en un montecillo

junto á Cempoal; que no trajimos sino picas, espadas y rodelas y

puñales; y fueron al campo con un soldado de los de Narvaez, que les

mostró el rastro por donde habian ido, y se toparon con ellos; y en

fin, tantas palabras de ofertas y ofrecimientos les dijeron por parte

de Cortés, y ántes que llegasen á nuestro real ya era de dia claro; y

sin decir cosa ninguna Cortés ni ninguno de nosotros á los atabaleros

que el Narvaez traia, comenzaron á tocar los atabales y á tañer sus

pífaros y tambores, y decian:

—«Viva, viva la gala de los romanos, que siendo tan pocos han vencido á

Narvaez y á sus soldados.»

É un negro que se decia Guidela, que fué muy gracioso truhan, que

traia el Narvaez, daba voces que decia:

—«Mirad que los romanos no han hecho tal hazaña.»

Y por más que les deciamos que callasen y no tañesen sus atabales, no

querian, hasta que Cortés mandó que prendiesen al atabalero, que era

medio loco, que se decia Tapia; y en este instante vino Cristóbal de

Olí y Diego de Ordás, y trajeron á los de á caballo que dicho tengo, y

entre ellos venia Andrés de Duero y Agustin Bermudez y muchos amigos de

nuestro capitan; y así como venian, iban á besar las manos á Cortés,

que estaba sentado en una silla de caderas, con una ropa larga de color

como naranjada, con sus armas debajo, acompañado de nosotros.

Pues ver la gracia con que les hablaba y abrazaba, y las palabras de

tantos cumplimientos que les decia, era cosa de ver qué alegre estaba;

y tenia mucha razon de verse en aquel punto tan señor y pujante; y así

como le besaban la mano se fueron cada uno á su posada.

Digamos ahora de los muertos y heridos que hubo aquella noche.

Murió el alférez de Narvaez, que se decia Fulano de Fuentes, que era un

hidalgo de Sevilla; murió otro capitan de Narvaez que se decia Rojas,

natural de Castilla la Vieja; murieron otros dos de Narvaez; murió

uno de los tres soldados que se le habian pasado, que habian sido de

los nuestros, que llamábamos Alonso García el Carretero, y heridos de

los de Narvaez hubo muchos; y tambien murieron de los nuestros otros

cuatro, y hubo más heridos, y el cacique gordo tambien salió herido;

porque, como supo que veniamos cerca de Cempoal, se acogió al aposento

de Narvaez, y allí le hirieron, y luego Cortés le mandó curar muy bien

y le puso en su casa, y que no se le hiciese enojo.

Pues Cervantes el loco y Escalonilla, que son los que se pasaron al

Narvaez que habian sido de los nuestros, tampoco libraron bien, que

Escalona salió bien herido, y el Cervantes bien apaleado, é ya he dicho

que murió el Carretero.

Vamos á los del aposento de Salvatierra, el muy fiero, que dijeron sus

soldados que en toda su vida vieron hombre para ménos ni tan cortado de

muerte cuando nos oyó tocar al arma y cuando deciamos:

—«Vitoria, vitoria; que muerto es Narvaez.»

Dicen que luego dijo que estaba muy malo del estómago, é que no fué

para cosa ninguna. Esto lo he dicho por sus fieros y bravear; y de los

de su compañía tambien hubo heridos.

Digamos del aposento del Diego Velazquez y otros capitanes que estaban

con él, que tambien hubo heridos, y nuestro capitan Juan Velazquez

de Leon prendió al Diego Velazquez, aquel con quien tuvo las bregas

estando comiendo con el Narvaez, y le llevó á su aposento y le mandó

curar y hacer mucha honra.

Pues ya he dado cuenta de todo lo acaecido en nuestra batalla, digamos

agora lo que más se hizo.

Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3) · 第 16 / 67 题