DISCURSO pronunciado por D. Emilio Castelar el dia 12 de Mayo,
en el banquete dado en su obsequio por diputados, escritores y
estadistas liberales, en el Círculo progresista de Roma.
Señores: Permitidme que, profundamente conmovido, principie
volviéndome como en espíritu hácia Occidente, y evocando la sombra,
la imágen de mi patria. Santa madre de mi espíritu, hogar sagrado
de mi corazon, templo de mi conciencia, el afecto inmenso que por
ella siento crece con sus desgracias y toma en el extranjero la
solemnidad y la grandeza de un culto. Vuestros elocuentísimos loores,
vuestras ardientes invocaciones á la noble España, han penetrado
hasta el corazon de este su hijo y lo han llenado de inextinguible
agradecimiento. Si en el calor de las improvisaciones, si en la
amistad fervorosa hácia mí, alguna palabra sobre desvío, ú olvido,
ó ingratitud se ha deslizado, sólo me toca protestar contra esa
palabra tan amistosamente como ha sido amistosa la insinuacion; pero
tan enérgicamente como cumple á mi deber y á mi conciencia. España
nada me debe á mí, yo todo cuanto soy se lo debo á ella, y la siento
latir en mi corazon, y arder y brillar en mi mente, penetradas de su
jugo mis venas, de su calor toda mi vida. Sobre los errores de los
partidos y de los gobiernos, se levanta España inmaculada, como la
humanidad sobre los errores de los individuos. España podrá proceder
como quiera con sus hijos; pero sus hijos no dejarán jamas ni por un
momento de adorarla, como la personificacion de todo cuanto han amado
sobre la faz de la tierra.
Y ahora, ¿qué responder á tantas muestras de entusiasmo? Sentir
grandes afectos, fácil cosa es en esta ocasion gratísima con sólo
dejar abierto el corazon á la electricidad de vuestros sentimientos;
pero decirlos en toda su verdad, difícil, muy difícil, porque así
como á cada paso encontramos asuntos propios de la esfera de un
arte, y á la esfera de otro arte imposibles, por los medios varios
de la expresion artística, así ante el espectáculo de esta reunion
brillantísima, ante este enjambre de ideas que se eleva á lo
infinito, entre los acentos de vuestras espléndidas oraciones; ¡ah!
no le queda recurso alguno á mi palabra, y pareceria lo más natural
dejar la gratitud vagando á su arbitrio en la interna inmensidad de
nuestro sér, mayor si cabe que la externa inmensidad del espacio, y
ántes que verterla en formas indignas de su grandeza, aumentarla con
el misterio y la solemnidad de un religioso silencio.
Mas siendo deber de cortesía, de afecto recíproco, de agradecimiento,
hablar en la ocasion ménos favorable, cuando la voz se anuda en
la garganta, considerad cuanto por mí pasará al verme, oscurísimo
resto de un reciente naufragio, enmedio de vosotros, ayer esclavos
y hoy libres, ayer víctimas de los tiranos y hoy representantes del
pueblo, ayer en la soledad del destierro y hoy en el regazo de la
patria, legisladores de esta Italia, que parecia descoyuntada para
siempre en el potro de sus tormentos de quince siglos; que parecia
enterrada para siempre, como los huesos de sus primeros padres los
romanos, bajo la pesadumbre abrumadora de sus recuerdos y de sus
ruinas, y que ha resucitado en trasfiguracion superior á las sublimes
trasfiguraciones trazadas por sus pintores, enseñando una enseñanza
consoladora: como ántes puede perderse en este nuestro planeta el
calor central que el calor de la libertad, y ántes extinguirse
en lo infinito la luz de los astros, que en los corazones de los
desdichados y de los oprimidos la esperanza en una saludable y
definitiva redencion. (_Ruidosos aplausos._)
Yo he visto á Roma en el cilicio y en la penitencia, con el Miserere
en los labios y los restos de un gran sudario sobre su cuerpo;
yo la he visto fuera del espíritu moderno, como un mentís al
progreso, como una excepcion al derecho; de rodillas en las aras
consagradas á su sombría teocracia y circuida, como Níobe, de sus
hijos muertos para la vida más necesaria y más alta, para la vida
del pensamiento; buscando sobre sus cordilleras de ruinas y bajo
su corona de cipreses las antiguas instituciones que fueran su
grandeza, convertidas en sueños, en fantasmas, y doliéndose de no
encontrarlas con lamentos dignos de los versículos de Job y de los
trenos de Jeremías; sin que bastáran á contrastar su dolor ni el
inmenso poder moral de sus pontífices ni la inmarcesible gloria de
sus divinos artistas, desolada Jerusalen de imperecederos recuerdos,
pero tambien de imperecederas tristezas; y ahora por las cenizas
del Foro se despiertan los ecos del antiguo Senado; en la tribuna
de los Rostros resuenan los acentos de la antigua elocuencia; del
Aventino y del Monte-Sacro descienden las sombras de los tribunos á
bendeciros por haberles dado el consuelo de vuestra emancipacion;
entre los fragmentos de sus sepulcros destrozados como restos de otro
planeta, se levantan los manes de Camilo, de Régulo, de Cincinato,
de Escévola, al sentir que por la cima del Capitolio, cima tambien
de la tierra, cerebro de la gente latina, brillan y arden como dos
faros, cuyos rayos penetran hasta en la soledad de lo pasado y hasta
en la region de la muerte, la dulce alma de esta moderna Italia, tan
fecunda en divinas inspiraciones, unidas con el genio austerísimo
de la romana libertad. (_Estrepitosos y repetidos y prolongados
aplausos._)
El gran poeta de vuestras desgracias no podria decir hoy como en su
tiempo:
¡O patria mia! vedo le mura e gli archi
E le colonne, e i simulacri, e l’erme
Torri degli avi nostri,
Ma la gloria non vedo,
Non vedo il lauro e il ferro ond’eran carchi
I nostri padri antichi.
Y no podria con razon añadir, pintando la ilustre nacionalidad
acongojada:
Siede in terra negletta e sconsolata,
Nascondendo la facia
Tra le guinocchia, e piange.
Piangi, che ben hai donde, Italia mia,
Le genti á vincer nata
E nello fausta sorte, e nella ria.
El sublime cantor de la Edad Media, el titánico genio de la
desesperacion, no podria exclamar:
¡Oh serva Italia! di dolore ostello,
Nave senza nachiero in gran tempesta;
Non donna dei provincie; ma bordello.
Sobre los muros, sobre los arcos, sobre las columnas, en las piedras
de vuestros monumentos, en las obras inmortales de vuestros artistas
se ve brillar como en contínua fulguracion, que Italia es una, que
Italia es independiente, que Italia es libre; y vosotros, que,
como italianos, recogeis los frutos de estos grandes progresos; y
yo, que, como parte de la humanidad y como hijo de la raza latina,
participo de sus ventajas, debemos beber en comun por la unidad, por
la libertad, por la independencia de Italia (_Aplausos_), por todos
aquellos que han contribuido á fundarlas entre los escollos de la
diplomacia europea y los azares de la guerra, por todos aquellos que
la salvan, la defienden y la consolidan, pues la existencia de esta
nacion libre en el mundo moderno es garantía al progreso universal y
áncora segurísima á los derechos de unos, á las esperanzas de otros,
á la autonomía á la dignidad, á la grandeza de todos. (_Prolongados
aplausos._)
Señores, vosotros habeis hablado mucho de mí, consagrándome alabanzas
dignas de vuestra magnanimidad, en desproporcion completa con mis
méritos (_Voces_: No, no); permitidme que yo recuerde un hecho, no
más que un hecho sencillo de mi vida. Crecí y me eduqué en tiempos
de desesperacion respecto á vuestra patria. Para todos pasaba como
axioma indiscutible que Italia estaba muerta y no resucitaria jamas.
Nuestros padres, que tornaban del destierro para encontrarse con la
guerra civil, vieron, trataron allá en la Gran Bretaña el sublime
poeta de los sepulcros, hijo natural de Grecia, hijo adoptivo de
Italia, que llevaba sobre su frente espaciosa los resplandores del
genio de las dos naciones, y sobre su henchido corazon el luto de
las desgracias y de las tristezas italianas y helénicas, luto más
negro y más profundo en las tinieblas, donde le faltaba á un tiempo
el acento de las músicas lenguas meridionales en los oidos y en los
ojos el resplandor de nuestra luz y de nuestro cielo: en tal guisa,
aterido por la duda y por el frio, aquel gran genio, creyendo eterna
la noche y eterna la soledad de entónces, habia dicho, y ellos lo
habian difundido, que estaba él condenado á morir en la proscripcion
é Italia condenada á desaparecer en la servidumbre, rotas las cuerdas
de su corazon como las cuerdas de su lira, semejante á sus antiguas
sacerdotisas cuando bajaron del ara y se desciñeron la corona de
verbena, al conjuro de los penitentes que salian de los desiertos del
Asia y al golpe de las tribus que bajaban de las selvas del Norte, en
la última apocalíptica hora del antiguo mundo. (_Bien, bien._)
Y yo, á pesar de haber oido esto constantemente, pensé y creí
siempre que Italia resucitaria. En el Jurado de Madrid, ante un
pueblo inmenso, el año 1855, en el ardor de la primera juventud,
yo dije que veriamos la unidad y la libertad y la independencia de
Italia. Todavía guardo en mi poder una felicitacion que entónces me
dirigieron, y que anda impresa, muchos patriotas italianos, entre
los cuales se encuentran nombres tan ilustres como los nombres de
Garibaldi, Manin, Mancini, Mamiani, Tomaseo y otros varios. Pero
entónces, si habia muchos que participáran de mis ideas, habia
pocos, muy pocos, que participáran de mis esperanzas. Hasta los más
liberales me tenian por visionario y declaraban que mis anuncios,
nacidos más en la fantasía que en el conocimiento de las cosas, no
se cumplirian ¡Valor se necesitaba para esa afirmacion señores, en
aquellos momentos! El mundo estaba lleno de desterrados italianos; el
esfuerzo de 1848 habia recrudecido los dolores y enconado las llagas;
el Piamonte, aplastado entre el Imperio de los Bonapartes y el
Imperio de los Hapsburgos, no podia apénas respirar ni sostener sus
nacientes instituciones; cebábase el despotismo en las Dos Sicilias,
donde veiamos arriba todas las demencias y abajo todas las desgracias
de nuestro tiempo de Fernando VII; las bayonetas imperiales mantenian
la donacion de Pipino y cerraban todo paso al esfuerzo y al trabajo;
príncipes absolutos en Toscana; príncipes más absolutos en Parma;
príncipes absolutísimos en Módena, sargentos todos asalariados del
Austria; las plazas del Cuadrilátero, como otros tantos clavos,
sosteniendo el cuerpo de vuestra nacion martirizada en su cruentísima
cruz; Milan, caida exánime en el dolor y en la desesperacion;
Venecia, flotando como un gran cadáver en sus lagunas que parecian
lagunas de lágrimas; por los horizontes de Europa ni un solo
vislumbre de esperanza, dispersas las democracias alemanas; errantes
sus ilustres apóstoles, volcada al golpe de Estado la gloriosa
tribuna francesa; desvanecidas las ideas que brotáran de la Asamblea
de Francfort y soterrada Hungría como si hubiéramos vuelto á los
tiempos de la Santa Alianza, á la exaltacion de todos los tiranos y á
la esclavitud eterna de todos los pueblos, no quedando á los grandes
patriotas más recurso, despues de tantas catástrofes, que el recurso
de Bruto y de Caton; la desesperacion y el suicidio. (_Frenéticos
aplausos._)
Y sin embargo, mi fe tenía un fundamento racional; mi fe tenía el
fundamento de las ideas progresivas, de las ideas de libertad y de
patria. Penetrando como penetraban ya en el espíritu de los pueblos,
debian necesariamente conducirlos desde la concepcion de lo ideal
á su inmediato cumplimiento. Una idea, por etérea, por impalpable
que parezca, trasforma la impura realidad, modifica y renueva las
sociedades humanas. Como las ciencias experimentales van cada dia
demostrando más la unidad de las diversas fuerzas cosmogónicas, las
ciencias de indagacion van, á su vez, demostrando que arte, religion,
Estado, filosofía, son como cristalizaciones várias de una misma
idea. (_Bien, bien._) Y esta idea de la libertad, y de la igualdad
en la libertad que debia crear la democracia, de la cual se derivaba
esta otra idea de la union, de la identificacion de aquellos que
tienen orígenes comunes y comunes destinos históricos en una misma
nacionalidad, debian penetrar en el seno de Italia y redimirla y
salvarla. Os habiais formado una concepcion superior de vuestro
derecho, y, merced á las intuiciones rápidas de nuestra inteligente
raza, habiais podido llevar esta concepcion á las últimas clases
sociales, al seno de los pueblos, y de aquí la unidad italiana.
Para fundarla más sólidamente la unisteis al pensamiento moderno, á
la libertad; porque no puede prevalecer todo aquello que contra la
libertad se dirija. Italia estaba dibujada y delineada en el espíritu
ántes de brotar en el espacio. Italia era ya vista, descubierta en
el éxtasis de sus hijos ántes de que brotára en las instituciones,
como esas místicas figuras que el beato Angélico adoraba en espíritu
ántes de animarlas en el áureo fondo de sus cuadros. Así, esta idea
universal suscitó la inspiracion de vuestros artistas, el heroismo
de vuestros soldados, la fe de vuestros mártires y el genio de
vuestros hombres de Estado. Y supisteis sumar á los ímpetus del
sentimiento los cálculos de las probabilidades políticas, y al
culto por lo ideal y por los principios abstractos el conocimiento
práctico de las realidades de la historia. Supisteis, cuando fué
necesario, evocar vuestros muertos ilustres, reunir vuestros jóvenes
ejércitos y marchar, en alas del entusiasmo, desde una inmerecida
servidumbre á vuestra redencion en la libertad. Y despues de 1848,
despues de aquel gran desastre, no perdisteis la esperanza como Caton
despues de Farsalia y como Bruto despues de Filipos, perseverasteis,
combatisteis, y desde San Martino hasta Marsala, y desde Marsala
hasta Gaeta, una serie de victorias ilustres fundaron la libertad y
la independencia de Italia, que completasteis luégo con la unidad,
recabando en una mezcla rara de valor y de prudencia vuestra mágica
Venecia y vuestra sublime Roma. El sueño de quince siglos se ha
realizado. Lo que no pudieron los antiguos Césares ni los reyes
ostrogodos y lombardos; lo que no alcanzaron ni Federico de Suabia
ni sus ilustres descendientes en el combate á muerte con los güelfos
y los angevinos; lo que no vieron ni Dante ni Petrarca, á pesar de
invocar á los Emperadores de Alemania para que convirtieran la espada
del Sacro Imperio en el eje de Italia; lo que no alcanzó Julio II con
sus cañones, ni Leon X con sus artes; lo que no realizó Savonarola
dándose á Dios, ni Maquiavelo dándose al diablo; la Italia una, la
Italia libre, la Italia independiente, lo habeis conseguido vosotros,
que, sin duda, sois la generacion más favorecida, por haber reunido
á los esfuerzos de las generaciones anteriores y á sus martirios la
idea vital por excelencia, la idea por excelencia poderosa, la idea
de libertad. (_Grandes aplausos._)
Pero no basta con haberla conseguido, es necesario á toda costa
conservarla. Una larga experiencia enseña cuánto más fácil es la
fundacion que la consolidacion de las libertades públicas. Para lo
primero acaso basta con una virtud muy grande, pero muy extendida y
rudimentaria; con el valor; para lo segundo se necesitan la sabiduría
y la prudencia. Todo se puede dejar en parte á los azares de lo
imprevisto, todo, ménos la suerte de las naciones. Las aventuras en
los pueblos concluyen casi siempre, como las aventuras de la obra
inmortal de nuestro Cervántes, por grandes catástrofes. Sólo se debe
extirpar aquello que no se puede reformar. Y ántes de pedir á las
leyes una reforma, es necesario formularla con claridad, difundirla
con perseverancia, propagarla en los comicios, conseguir que desde
los comicios suba como una savia misteriosa á los parlamentos y de
los parlamentos á los gobiernos. Si un principio, por progresivo
que parezca, puede comprometer todo lo que habeis alcanzado, no lo
propongais ni lo implanteis; contentaros con prepararlo para lo
porvenir. Vosotros, que sois naturalezas sintéticas, no caigais en
el error de los errores: mirar sólo á la libertad y prescindir de la
autoridad; mirar sólo al progreso y prescindir de la estabilidad;
mirar sólo al derecho del individuo y prescindir de la fuerza
social; mirar sólo á lo porvenir, cuando todo movimiento encierra en
trinidad misteriosa lo pasado, lo porvenir y lo presente. El ideal
debe formularse, sostenerse, difundirse todos los dias con sin igual
constancia, porque es la promesa de las renovaciones necesarias en
las sociedades humanas; mas para plantearlo no olvideis nunca, no,
que toda idea encierra una serie lógica de ideas y que toda obra
grande crece con la misma lentitud con que crecen los seres muy
duraderos en la naturaleza. Los partidos radicales, los partidos
avanzados de toda Europa deben unir al valor la mesura, al sentido
científico el sentido histórico, á la noble impaciencia por el
progreso aquel tacto político, aquella medida de la realidad, aquel
conocimiento de pueblos, sin los cuales sembrais el bien y recogeis
el mal. No os satisfagais con haber fundado Italia, conservadla. Y
no se diga jamas que por corregir un defecto de vuestra estatua, por
quitarle una imperfeccion, quizá necesaria, la habeis destrozado
en mil pedazos. (_Grandes aplausos._) Brindemos, pues, no sólo al
empuje y á la iniciativa de los que fundaron Italia, sino tambien á
la prudencia y al tacto de los que saben conservarla y sostenerla con
maravillosa unidad de propósitos.
No me cansaré jamas de tratar este punto, porque creo que el mayor
mal de las democracias modernas es la impaciencia, y el escollo único
está en la demagogia. Los períodos revolucionarios, los períodos de
violencia se van cerrando en toda Europa. Los pueblos que caen por su
desgracia en reacciones absurdas, los pueblos que ven reaparecer por
conjuraciones de cuartel épocas aborrecidas de tiranía, los pueblos
que pierden su prensa y su tribuna, los pueblos lanzados del derecho
á los piés de la teocracia, esos pueblos que conservadores insensatos
empujan hácia el abismo, no tienen otro remedio sino apelar á la
revolucion, obra siempre de los opresores y no de los oprimidos,
los cuales tienden incontrastablemente, como todos los seres, á
respirar su aire, á ver su luz, á ver y respirar la libertad. Pero
los pueblos que tienen las condiciones necesarias de la vida moderna;
aquellos que poseen el sistema constitucional en toda su latitud,
que gozan de prensa y de tribuna libres y que pueden reformarlo todo
por la iniciativa del Parlamento y por el voto de los comicios,
esos pueblos, cuando apelan á la revolucion, me parecen á la verdad
tan insensatos como los conservadores reaccionarios, y forjan su
propia opresion y mueren dementes en la infamia del suicidio. No
olvideis, no, que solamente los déspotas, creidos de que su voluntad
y su pensamiento representan toda la nacion, pueden intentar cuanto
quieran sin contar con nadie; nosotros los demócratas, para gobernar
las sociedades humanas y reformarlas, necesitamos de todos, de la
mayoría cuando ménos, y no podemos ganarlos á todos sino por la
persuasion y por la propaganda.
Conozco que insisto mucho; pero permitídmelo en puro interes de la
libertad y de la democracia, causa que con desinteres completo he
servido toda mi vida. Los excesos nos han perdido siempre. Entre
aquel estallido de pasiones que acompañó á la primera revolucion
francesa, no se pudo fundar una república duradera; entre el
estallido de utopias que acompañó á la revolucion de 1848, perdióse
tambien la república. Hoy, que parecia la obra más difícil, la
reaccion más fuerte, nuestro ideal extinto en las ruinas humeantes
de la guerra civil y de la guerra extranjera, la república se ha
salvado, la república se ha establecido en Francia, gracias á la
prudencia de los republicanos, que han alcanzado la más difícil,
pero la más gloriosa de todas las victorias, la que ha consistido
en vencerse á sí mismos, sometiendo á la realidad un ideal que se
extinguiera si intentáran realizarlo en una sola hora ó en un solo
dia. Para confirmar esta verdad encontraréis cumplidísimo ejemplo
en el pueblo quizá más fuerte, más valeroso y más desgraciado de
Europa, en el pueblo español. Este gran pueblo habia conseguido los
tres mayores bienes á que pueden aspirar los pueblos modernos: habia
conseguido la libertad, la democracia y la república. Su conciencia
y su pensamiento, su prensa y su tribuna eran completamente libres;
la tolerancia religiosa habia sustituido á la intolerancia más
arraigada y más antigua; sus Universidades tenian todos los derechos
de las primeras Universidades del mundo; administraba allí justicia
el jurado y elegia la autoridad en todos sus grados el sufragio
universal: bienes inapreciables que llegaron á encarnarse en su forma
propia, en su organismo natural, en la república; pero el empeño
de exagerar todas las ideas, de extremar todas las conquistas, de
pedir á combinaciones utópicas y no ensayadas de un republicanismo
indefinido, todos estos gravísimos errores nos perdieron y nos
llevaron á una descomposicion que ha sido al par causa de nuestra
ruina y de la ruina de aquellas venerandas instituciones, á las
cuales habiamos unido con el trabajo de toda nuestra vida la honra
de nuestro nombre y la suerte de nuestra patria, ejemplo tristísimo
que invocaré siempre para inculcar en las democracias europeas las
dos virtudes que deben ir unidas á su valor y á su tenacidad, la
moderacion y la prudencia. (_Aplausos, asentimiento._)
Pero dicho esto, hecha esta confesion dolorosísima, réstame otra
cosa que decir, otra enseñanza que sacar de los acontecimientos
de España. Se habla mucho de la solidaridad que existe entre los
elementos liberales, entre los partidos democráticos, entre los
gobiernos afines de Europa. Se habla mucho de lo que ha dado en
llamarse el cosmopolitismo revolucionario. Yo puedo decir, yo puedo
declarar que no he hallado esa unidad de miras y esa solidaridad de
intereses en el liberalismo europeo, sobre todo en el liberalismo
oficial que pretende servir la moderna civilizacion. Para nadie era
un misterio que, proclamada la república en España, su caida traia
consigo necesariamente una reaccion inmediata, una reaccion hácia la
teocracia más ó ménos hipócrita. Un reconocimiento de los Gabinetes
europeos, un reconocimiento oficial de aquella forma de gobierno,
emanada, no de revoluciones populares, no de pronunciamientos
pretorianescos, sino de la voluntad libérrima de una Asamblea
soberana, producto del sufragio universal, hubiera podido salvarnos,
hubiera podido traernos en el interior autoridad y fuerza moral para
vencer los mayores obstáculos, y conservar un pueblo nobilísimo á la
civilizacion y á la libertad europea. Ningun Gobierno, ninguno, en
aquella crísis nos tendió la mano. Tuvimos ofertas de algunos de esos
hombres extraordinarios que han consagrado su vida á la libertad,
como Garibaldi; no tuvimos más. En Francia habia una república, y
esta república no reconoció á su infeliz hermana. En Inglaterra habia
un Gobierno radical, un Gobierno que tenía interes en salvar la
libertad religiosa y la libertad mercantil allende el Pirineo; este
Gobierno tampoco quiso reconocernos. Ni siquiera allá en la pensadora
Alemania, que tanto y tanto lucha con la teocracia universal, se
comprendió que tras la ruina de la república se encontraba la
exaltacion de los elementos clericales. Y allí tenian el deber de
adivinar que las reacciones son contagiosas, y que los contagios
atacan quizá á los más sanos y á los más fuertes. Nosotros nos
vimos abandonados de todos hasta en los momentos en que luchábamos
con la demagogia, y restablecimos la autoridad y el órden bajo la
bandera de la república, es verdad, pero de la república moderada y
prudente. En cambio, los enemigos de todo progreso, los mantenedores
del absolutismo, los que pelean por el trono y por el altar han
tenido el auxilio de todos los interesados en restaurar la antigua
trama sobre el suelo volcanizado de Europa. El partido legitimista
frances se ha arruinado por socorrerlos; y los católicos ingleses
han mandado constantemente naves cargadas de armas á nuestras costas
cantábricas; y un solo comité ha dicho al disolverse en Viena que
le habia remitido tres millones de francos al Pretendiente; y donde
quiera que alienta una esperanza ó interes absolutista, allí ha
brotado un recurso, un auxilio para nuestros enemigos, de suerte que
España padece, sus hijos mueren, sus hogares arden, sus caminos se
cierran bajo un diluvio de sangre, no sólo por las pasiones y los
errores nacionales, sino tambien porque el absolutismo universal ha
concentrado sobre nosotros todas sus fuerzas á fin de restaurar con
una victoria en aquel suelo, sus viejos ídolos sobre los altares de
toda Europa. Nosotros somos, ante todo, las víctimas sacrificadas por
la implacable reaccion universal.
Puesto que es antigua y arraigadísima costumbre el dirigir votos
en estos momentos solemnes, elevémoslos por la union de los dos
pueblos, por la union del pueblo de Italia y del pueblo de España.
Olvidemos que unas veces vosotros habeis sido los conquistadores y
nosotros los conquistados, que unas veces nosotros hemos sido los
conquistadores y vosotros los conquistados, para acordarnos tan sólo
de que siempre hemos sido hermanos por la identidad de nuestros
orígenes, hermanos por la analogía de nuestras lenguas, hermanos
por la comunidad de nuestras creencias, hermanos por la semejanza
de nuestras regiones meridionales, hermanos por nuestras artes, por
nuestras ciencias y por nuestra historia. No se puede saber qué sería
del mundo, qué de la civilizacion, si los pueblos mediterráneos se
suprimieran: aquella Andalucía, que enmedio de la barbarie feudal
enseñó á Europa las matemáticas, y con ellas la astronomía de los
cielos, las ciencias filosóficas y con ellas la astronomía del
pensamiento; aquella Provenza, que con sus córtes de amor y con sus
torneos poéticos fundó la literatura moderna, y fué lazo de union
estrecha entre todos nosotros; aquella Grecia, que ha esculpido la
forma humana con el buril de sus artistas, y le ha puesto en la
frente el resplandor de lo divino con las ideas de sus filósofos; y
esta Italia, que ha sido la Grecia de estos tiempos, nuestra Academia
y nuestro templo, la musa de la moderna historia. (_Aplausos._)
Registrad vuestros anales, registradlos, y veréis cuántas glorias,
cuántas grandezas tenemos, que son y serán perpétuamente comunes
entre vosotros y nosotros. Las escuelas de Córdoba y de Sevilla
han contribuido al Renacimiento hasta en Italia, y han llevado la
filosofía de Aristóteles hasta el seno de Sicilia. Las naves de
vuestras repúblicas, las naves de Pisa, las naves de Génova han
redimido y han emancipado ciudades tan españolas como Almería y
como Mallorca. Los almogávares catalanes, invocados por los grandes
patriotas sicilianos, vencieron las ambiciones de la teocracia
y alzaron el guantelete de Conradino en Mesina, en Nicotena, en
Catania, mezclándose en los anales de vuestra libertad y en los
tercetos del Dante sus nombres con los nombres de los fundadores de
vuestra libertad. La gloria de Colon es una gloria de España y de
Italia; el nombre de Andrea Doria es un nombre de Italia y de España;
las proezas del gran general Colonna son proezas de Italia y de
España; las victorias de Filiberto de Saboya son victorias de España
y de Italia; los versos de Garcilaso pertenecen tanto á vosotros como
á nosotros; los pinceles del Españoleto ilustran la antigua Campania
y la moderna Valencia; en la epopeya de Lepanto, en la ocasion
más grande de la historia moderna, cuando detuvimos el fatalismo
oriental y evitamos que todo el Mediterráneo fuera, como el Bósforo,
un lago turco, las naves de Barcelona se consagraban, confundidas con
las naves de Génova y de Venecia, á la obra eternamente gloriosa de
salvar para siempre del mayor de sus riesgos á la civilizacion y la
libertad en toda Europa. (_Ruidosos y prolongados aplausos._) Hasta
recuerdos comunes tenemos en la historia de nuestras libertades.
Cuando toda España ardia en la guerra sublime de su independencia,
en la guerra de 1808, reunidos sus legisladores sobre el escollo
de Cádiz, bajo las bombas del conquistador y bajo el azote de la
peste, trazaron el Código democrático de 1812, que consagraba las
grandes libertades modernas, y que ungia la frente de los pueblos
con el sufragio universal. Pues ese Código invocó el Piamonte,
invocaron las Dos Sicilias en 1821 al levantarse para pedir el
régimen constitucional y las modernas instituciones democráticas. El
recuerdo de ese Código era una religion, lo mismo entre vosotros que
entre nosotros, la religion de la libertad. El nombre de Riego es tan
popular en Italia como el nombre de Garibaldi, el gran Garibaldi, es
popular en España.
Todavía se conservaba esa religion en nuestros tiempos; todavía
Palermo sublevado significaba á sus enemigos y á sus tiranos que
no cesaria en su lucha como no le concediesen el código de sus
libertades, el resúmen de sus derechos, el objeto de su culto,
la Constitucion española de 1812. Por consecuencia, señores, si
tantos son nuestros recuerdos, tantas nuestras glorias, si vuestros
opresores han sido nuestros opresores, y vuestros enemigos nuestros
enemigos, brindemos todos por la union de la España liberal y de la
Italia liberal en la obra civilizadora y humanitaria del progreso y
de la democracia.
Yo he oido decir aquí á grandes pensadores y políticos, que no
creen, que no pueden creer en la raza latina. Yo, por lo contrario,
creo en la existencia de esta raza, y creo que las razas, como las
nacionalidades, responden á la ley de variedad y de unidad que impera
así en las sociedades humanas como en el universo. Pero ni deseo
el panlatinismo como los escritores de otra raza desean el dominio
universal, ni predico esta idea de raza por oposicion ó por ódio á
raza ninguna de la tierra, y ménos de nuestra tierra europea. Creo
que así como la familia completa al individuo, y la nacionalidad
completa la familia, la raza completa las nacionalidades, y la idea
de humanidad completa y contiene todos estos elementos de vida. Las
razas diversas son necesarias, son indispensables, y sirven á la
naturaleza como los planetas y los soles al cosmos, como las fuerzas
contrarias á la mecánica y al equilibrio universal; como el oxígeno,
el ázoe y el carbono al aire; como el oxígeno y el hidrógeno al agua,
elementos que á primera vista parecen opuestos, y que, en realidad,
componen las armonías de la vida y el conjunto de la naturaleza.
Descended á vuestra conciencia, tocad vuestro corazon, examinaos en
la ciencia y en la historia, y veréis cómo, siendo vuestro espíritu
una evolucion de la vida superior á la naturaleza, y siendo arte,
Estado, nacionalidad, encarnaciones várias de vuestro espíritu,
en todo cuanto os rodea á vosotros y nos rodea á nosotros hay un
elemento esencial, un elemento latino que ha formado desde nuestras
artes, expresion del sentimiento, hasta nuestras lenguas, expresion
de las ideas, y que si este elemento latino en otros tiempos de
fatalidad nos ha unido por los impulsos de la fuerza en el seno de
mutuas conquistas, hoy, en estos tiempos de razon, debe unirnos
á todos los latinos, pero especialmente á los españoles y á los
italianos, en el seno de la libertad y de la democracia. He dicho.
(_Ruidosos y repetidos y prolongados aplausos. Los asistentes saludan
calurosamente al orador y le felicitan con entusiasmo._)