II.

Tasso no consagró á Sorrento los versos á que tenía derecho su

hermosura, y Sorrento ha consagrado á Tasso la estatua á que tenía

derecho su gloria. _La Jerusalen Libertada_ es uno de los monumentos

más grandiosos de la lengua italiana. Y en Italia frecuentemente os

encontrais con personas que guardan religioso culto á un poeta y que

le dedican toda su existencia. Prosa, verso, biografías comentarios,

cátedras, paréceles poco para su genio favorito. Y cuando no escriben

oficialmente, hablan á todo el mundo del único asunto de su vida.

Con uno de estos monomaniacos topé yo en mi último viaje á Sorrento;

con uno á quien le habia dado la manía por el Tasso. No me dejaba

ni á sol ni sombra, porque yo suelo tener una virtud rarísima, la

virtud de escuchar. Contábame minuciosidades innumerables recogidas

en libros y manuscritos indecibles sobre la vida de su héroe. Cierto

frances, que viajaba por entónces y que tenía la nostalgia del

café de Madrid y del boulevard de Montmartre, se indignaba contra

aquel delirio por un poeta en cuya lectura sólo habia experimentado

el dulce efecto de dulcísimo sueño. Aquí de nuestro loco; larga,

larguísima disertacion acerca del Tasso y los franceses. Veintiseis

años tenía cuando salió de Italia para Francia en la espléndida

comitiva del cardenal Luis de Este, hijo de Hércules, Duque de

Ferrara; exclamaba el infatigable comentador. La altísima intercesion

de dos princesas fué necesaria para que el Cardenal admitiera en su

servicio á quien él debia haber servido de rodillas como á un Dios

de la poesía. El príncipe de la Iglesia, que iba á fomentar en la

córte de Cárlos IX la fe católica contra la propaganda protestante,

llevaba ochocientos criados, y entre ellos al poeta, á quien dió

un cubierto en su mesa. Reclamó el Tasso algo más, y su protector

convirtió la racion en soldada; pero estimándola á tan bajo precio,

que apénas tenía el infeliz escritor con que satisfacer su hambre.

Los cardenales de aquel tiempo eran más parecidos á príncipes de

Asia que á discípulos de Cristo. El de Este, bastante avaro para

regalar sólo con las migajas de su mesa al genio, cuyos versos debian

regalar á la régia familia de Ferrara con el maná de la inmortalidad,

donaba al criminal Cárlos IX, segun Muratori nos refiere, cuarenta

caballos, todos con arneses riquísimos, sillas y mantas recamadas de

pedrería, conducidos por cuarenta palafreneros cubiertos de seda y

oro á la oriental usanza. Y estoy cierto de que el último parásito

privaria en la córte de Ferrara más que el primer poeta de su tiempo.

Entónces las cortesanas tenian sepulcros magníficos en las grandes

iglesias, con epitafios compuestos por los primeros latinistas de la

córte pontificia, como el elegantísimo consagrado á Imperia, mujer

de tantas riquezas, todas alcanzadas por su hermosura, que cierto

embajador admitido en su casa, no supo donde escupir, temeroso de

manchar algun objeto de precio, y escupió en la cara de uno de

los criados. Y miéntras tanto, el gran poeta se moria de hambre.

Su pobreza era tal, que empeñó, para acompañar á su protector, en

veinticinco libras várias cubiertas de cama, cortinas y tapices,

restos del ajuar legado por su padre.

En su viaje á Francia, le parecieron uniformes las campiñas de

Normandía; incómodas las viviendas, todas de madera; grandes las

iglesias; admirables los vidrios de colores; inconstante el clima,

que pasaba en solo un dia de Abril á Enero; indóciles é inquietas

las gentes; adorable la reina Catalina de Médicis; gran poeta el rey

Cárlos IX; extrañas aquella Margarita de Navarra y aquella Princesa

de Nevers, que llevaban en sus carrozas las cabezas de sus amantes

tronchadas por la cuchilla del verdugo; bellas de color y finas de

facciones las francesas; bajos de estatura los franceses; raquíticos

los nobles y de escasas pantorrillas, aunque muy guerreros; plebeyas

las letras y las ciencias, segun las castas que sabian cultivarlas;

soberbios los caballos y frecuentes los torneos; incomparables los

vinos, muy buenos para las sanas digestiones; flojos los parisienses

y alejadísimos de la austeridad impuesta por Licurgo á Esparta. Pero

tuvo que alejarse bien pronto de Francia, porque cayó de la gracia

del cardenal de Este; y cayó de la gracia del cardenal de Este porque

el príncipe de la poesía era mucho más católico que el príncipe de

la Iglesia. Así es que, apenado por el espectáculo de las discordias

religiosas, políticas, civiles de Francia, pintó en una de sus

sonoras octavas la nacion vestida de negro, como escuálida viuda;

todas sus regiones ultrajadas; todas sus razas doloridas; vacante la

corona; dispersas y dispendiadas las fortunas; opreso y enfermo el

reino; y en la estirpe régia, herido el mejor vástago y su tronco

desgajado por el rayo, _e fulminato il tronco_. Y en Francia se daba

entónces á mediano poeta, por humilde soneto, riquísima abadía que

rentaba diez mil escudos; y el mayor poeta de Italia, para salir de

Francia, tenía que pedir prestados tres escudos, uno á cierta dama de

su particular amistad y dos á un cofrade fiel y admirador ardentísimo.

Despues de tan erudita é incoherente disertacion del comentador de

Tasso, oida hasta el fin último, con paciencia de mi parte, y con

impaciencia de parte del frances, quisimos ambos oyentes dirigir

algunas observaciones al eterno orador. Yo no pude, pues el frances,

más pronto y más resuelto, me ganó por la mano y dijo que el Tasso

era incapaz de comprender toda la grandeza de Francia y de apreciar

toda su hermosura cuando así maldecia de los franceses; y que no

le extrañaba su fin desastrosísimo y su enfermedad cerebral, pues

debió estar loco toda su vida, cuando en el tiempo de la matanza de

San Bartolomé le parecian poco católicos un rey supersticioso como

Cárlos IX, una euménide inquisitorial como Catalina de Médicis, un

prelado romano como Luis de Este, y un Papa infalible como Gregorio

XIII. «Perdon, señor, repuso el italiano con su natural finura, unida

á incontestable tenacidad, perdon; pero no hay sino leer á Ranke

para convencerse de que Gregorio XIII no era un Papa tan severo y

tan creyente como usted cree.»—«No sé lo que sería, ni me importa,

replicó el frances; pero lo tengo por más competente en materias

dogmáticas que á vuestro poeta. Y en confianza, y pidiéndole su

vénia, voy á decirle algo desagradable. La locura contagia, y si no

toma usted precauciones, puede contraer la enfermedad de su ídolo. Al

fin volvióse loco él por una princesa hermosa y viva; pero tendria

poca gracia volverse loco por un poeta fanático y muerto.» Nunca

hubiera tocado nuestro interlocutor el tema de la demencia del Tasso.

Allí ardió Troya; allí se abrieron de par en par las compuertas de la

erudicion del comentador, que llevaba en dos dias hablados más de dos

volúmenes en fólio acerca del poeta.

«¡Locura! ¡locura! Hablemos de esto, dijo, hablemos, no á la ligera

como del viaje á Francia; hablemos largamente. Vuelto el Tasso de

su excursion allende los montes, fué llamado á Ferrara por el

espléndido Alfonso II, que le señaló alojamiento de príncipe en su

palacio, cátedra de astronomía en su Universidad, y renta de ciento

diez francos cincuenta y seis céntimos al mes en su presupuesto,

cantidad bien superior á los miserables veintiun francos mensuales

recibidos por el Ariosto en otro tiempo, y celebrados en el cántico

décimocuarto de su _Orlando_. Á todos estos cargos reunió el de

historiógrafo y secretario del príncipe, mediando entre ambos tal

amistad y confianza, que Tasso le dirigia memoriales en verso para

pedirle, por ejemplo, una bota de vino del Pausílipo, y en verso le

contestaba el magnífico protector al acceder á su demanda, decretar

el memorial y regalársela. Siete años duró esta amistad entrañable,

siete años de no interrumpida concordia, hasta el dia funesto en que

hirió á todos la fatal noticia de la extraña reclusion de tan ilustre

como desgraciado genio.»

Supongo que habréis ido á Ferrara y que habréis estado á punto de

llorar en la estrecha cárcel atribuida por todos á la crueldad de

Alfonso II y á la pasion de Torcuato Tasso. Pues acerca de aquel

extraño lugar andan divulgadas las mismas exageraciones que acerca

de los plomos de Venecia. Entónces pude yo coger la palabra y decir,

poco más ó ménos, lo siguiente: «Es verdad, un dia el poeta de

la duda y de la desesperacion, el genio que dejára su sede en la

Cámara de los lores de Inglaterra por la sombra de los pinos de

Italia y por los escollos de las costas del Adriático, lord Byron,

bello y pervertido como Satanas, en las exaltaciones diabólicas

de su inspiracion y en los espasmos febriles de su delirio, llegó

á Ferrara, visitó el calabozo henchido por las lágrimas y por los

suspiros del poeta mártir, y se estuvo allí encerrado durante dos

horas en contínua agitacion, dando paseos desmesuradísimos por

aquella jaula, rompiéndose casi la frente en sus paredes, como para

absorber todas las tristezas allí amontonadas, y considerar el sol de

la prision que palidece al traves de las rejas espesas, el reflejo

de la retina ardiente que se clava en la bóveda negra, la huella del

cuerpo tendido en la fria losa, el sitio donde apercibian una comida

semejante á la podre del sepulcro, las sombras en que los cánticos

al amor y las elegías á la amistad se mezclaban á los latigazos de

los loqueros crueles y á los horribles gemidos y á las histéricas

carcajadas de los locos vecinos; todos los dolores de un cuerpo

destrozado por el tormento y todas las penas de un alma herida por la

ingratitud y por la injusticia.»

«La visita al oscuro calabozo, añadió el italiano, inspiró á

Byron una lamentacion que por cierto no se parece en nada á las

lamentaciones de Jeremías, hueca de tono, exagerada de frase,

declamatoria de estilo, vacía de ideas, indigna de las otras obras

maestras con que ha honrado su nombre de poeta y ha enriquecido la

literatura de nuestro tiempo. Pero lord Byron materialmente perdió su

trabajo y su poesía. La madriguera estrecha y oscura, llamada prision

del Tasso, no encerró jamas al gran poeta, ó lo encerró por tan

breves dias, que en verdad no valia la pena de tantas exageraciones.

Fué privado de libertad, si se quiere preso, en el mismo edificio

donde señalan los guías su prision, allí, en el hospital de Santa

Ana, en el manicomio, pero no en el mismo cuarto donde le hubiera

faltado luz y espacio para escribir, como escribió por aquellos dias,

cánticos enteros de su poema y diálogos magistrales de su filosofía.

El Tasso se vió privado de la amistad de su príncipe, y recluido

en lo que hoy suele llamarse á la francesa una casa de salud, y á

consecuencia de esto sus lamentos, que, como todos los lamentos del

genio, han penetrado en el corazon de la posteridad y lo han herido

de mortal dolor. Para explicaros esta desgracia, comenzad por una

cosa; por que Tasso padecia ya de esa demencia ingénita á todo exceso

de facultades extraordinarias, al exceso de sentimiento y al exceso

de imaginacion, á las exaltaciones del carácter y de la idea. Esta

exaltacion se agravaba con aprensiones tales, que creia al mundo

entero conjurado contra su honor, contra su nombre, contra su vida.

La tenacidad de esta aprension llegó á intensísima monomanía. El

cardenal de Albano le llamaba en sus amistosas cartas gravemente

enfermo, y le pedia con verdaderas instancias que para libertarse de

aprensiones y sospechas se dejára purgar por sus médicos, aconsejar

por sus amigos y dirigir por sus patronos. Pero Tasso tenía tal

horror á la córte, que cuando escribia á las gentes de su mayor

confianza les rogaba no empleáran de ninguna manera en él artificios

maléficos, ó lo que es igual, artificios cortesanos. Así, consistió

la causa primera de su desgracia en el desasosiego con que soportaba

su estancia entre los Estes y en el deseo que tenía de partirse á

otras ciudades y trabar amistades con otros príncipes. Como hubo papa

de aquellos tiempos dispuesto á declarar guerra á vecina república

por retener excelso pintor, hubo príncipe capaz de atormentar al sumo

poeta por haber querido marcharse á la córte de otro príncipe.

«Á pesar de todo esto, el Tasso tuvo durante su prision habitaciones

cómodas; tiempo de vagar sobrado; visitas de príncipes reinantes,

como el Duque de Mantua; veraneos en la quinta de la bellísima

princesa Marfisa de Este y disertaciones sobre la naturaleza del

amor; regalos de libros como las maravillosas obras de Aldo el jóven,

que son todavía monumentos de la imprenta; lecturas profundas, como

la _Suma Teológica_ de Santo Tomás y las _Historias políticas_ del

cardenal Bembo; consultas que podrian satisfacer su amor propio,

como la de Francisco Terzi, grabador celebérrimo, que iba á pedirle

consejo sobre ilustraciones y estampas; oro enviado en escudos

sonantes y contantes por el Duque de Guastala; ofrendas en los versos

del poeta boloñes Julio Segui; satisfacciones en las magníficas

estampas trazadas para su poema por Bernardo del Castello; afectos,

como la amistad del Padre Ángel Grillo, sapientísimo benedictino, el

cual se encerraba en la estancia del poeta á departir sobre arte y

religion, prefiriendo aquel encierro á todas las libertades y aquel

dolor á todos los placeres; y excursiones de carnaval en los bailes

indescriptibles de Ferrara, imitacion de los tiempos clásicos, donde,

vestido de tisú y acompañado de otros gentiles hombres, danzaba, y

bromeaba, y bebia hasta caer rendido de gozo y de fatiga.

«Mas era tan pueril, que se atraia la cólera de los carceleros con

sus caprichos; tan raro, que se daba por demente con gusto, diciendo

que de igual enfermedad padecieron el griego Solon y el romano

Bruto; tan cambiante de humor, que mostraba en pocos momentos

excesos de placer y de pena, como de garrulería y de silencio; tan

indócil, que no tomaba ninguna medicina desagradable al paladar y

olfato; tan cuidadoso de su persona, que disponia para vestir en la

reclusion los mejores terciopelos de Génova, y los gorros de dormir

más historiados y ricos; tan goloso, que importunaba á sus amigos en

demanda de libras de fino azúcar para las ensaladas; tan confiado,

que le robaban y despojaban de todo sus domésticos y compinches;

tan pedigüeño, que reclamaba de sus visitantes hasta las medias de

seda que llevaban puestas; tan desgraciado, que los médicos no le

cuidaban porque jamas les pagaba las consultas, y lo recibian los

tristes hospitales con frecuencia, porque en mil ocasiones no contaba

con otra vivienda ni otro abrigo; tan desconocedor de sus aptitudes

y facultades, que los escasos recursos recibidos de providenciales

herencias los evaporaba en pleitos dañosos á su salud y á su

hacienda, á su gloria y á su nombre; tan tímido, que la menor crítica

le descorazonaba, precipitándole desde las cimas de un orgullo sin

medida, en el abismo de una desesperacion sin límites; desgraciado

por todo, especialmente desgraciado por su propio carácter y por la

guerra á muerte que se hacía á sí mismo en contínuos tormentos.»

«Sacamos, dijo el frances, en limpio dos cosas: primera, que no hubo

tal demencia en Tasso, y segunda, que se debió su prision, dulce

ciertamente, no á desgracias de amor, á desgracias de córte.»—«Hará

unos veinticinco ó treinta años, añadió nuestro italiano, tratóse

largamente de las causas de esa prision y de esa locura. Un profesor

pisano sostuvo que habia sido encarcelado el Tasso por su pasion á la

princesa Leonor, hermana de Alfonso II, y un historiador florentino

sostuvo que por haber intentado pasar del servicio de la casa de los

Estes al servicio de la casa de los Médicis. Considerable apuesta se

propuso entre los dos contendientes, sometida primero al Instituto de

Francia y despues á las Academias de Italia, que nunca dictaron la

sentencia ni resolvieron el asunto. Y salió un señor con manuscritos

de Montpellier, y otro con manuscritos de Roma, y otro con

manuscritos de Ferrara, sosteniendo cada cual su version, y alguno

la singularísima de que Tasso tuvo amores con las tres hermanas

del duque Alfonso de Ferrara y hasta con su mujer doña Bárbara. Lo

cierto es que encarándose el poeta con el Duque le dice en magníficos

versos: «Puedes arrancarme, poderoso señor, la vida, que tal es de

los monarcas el derecho; pero á causa de haber escrito del amor, al

cual nos invitan el cielo y la naturaleza, arrancarme esta razon

mia, centella de la divina bondad, no puedes, porque sería el crímen

de los crímenes. Te pedí perdon y lo negaste. ¡Ah! Me arrepiento de

haberme arrepentido.» Confesad que el príncipe pecó de sufrido, dada

la naturaleza de aquellos rudos tiempos, pues uno de sus parientes,

un cardenal, en la misma Ferrara, arrancó los ojos á hermoso mancebo

de sangre real, porque su hondo y deslumbrador mirar habia fijado

una vez la atencion de bella dama. Aparte de todo esto, confesad

conmigo que ningun poeta italiano puede compararse con el Tasso en la

hermosura de la forma, en la riqueza y armonía de la lengua, en la

dulzura de los versos, en la correccion del estilo, en el encanto de

la rima, en la viveza de los sentimientos, en la severa majestad del

conjunto de sus obras, en la sobria sencillez, verdadera señal de la

mezcla feliz del gusto con el genio.»

Confesaré cuanto queráis, dije yo al entusiasta defensor del Tasso;

pero le creo poeta de decadencia, á pesar de pertenecer, por su

estilo, á los tiempos de la más clásica y más consumada perfeccion

literaria. Poeta que no presiente en su corazon y no adivina en su

inteligencia y no se anticipa á su tiempo, carece para mí de la

facultad esencialísima al genio; carece del don de profecía. Cuando

os abismais en los profundos senos de la epopeya católica; cuando

recorreis la sátira maravillosa que ha enterrado la caballería

feudal; cuando asistís á _La Vida es sueño_, de nuestro genio

dramático, y á _El Hipócrita_, del genio cómico frances, lo que

más hiere vuestro ánimo y lo trasporta, aparte del sentimiento y

del arte, está en las mágicas y sobrenaturales intuiciones de lo

porvenir. Pero un poeta cortesano que pasa su vida mendigando, de

puerta en puerta, el favor de los príncipes y cardenales; más papista

que el férreo papa Pío V; más monárquico que el siniestro monarca

Cárlos IX; exaltado hasta aplaudir las persecuciones y las guerras

religiosas; impasible ante la carnicería de la trágica noche de

San Bartolomé; un poeta así, no siembra ninguna de esas ideas, ni

despierta ninguno de esos afectos que vienen á ser como los hilos

misteriosos con los cuales se teje la urdimbre de la vida y se

prepara á la iniciacion del progreso el espíritu de las generaciones

por venir. El Dante hiere en lo vivo, profundiza en el abismo,

sorprende el secreto de aquellas sus edades, eleva la conciencia en

el altar de lo eterno, como una hostia consagrada; tiene con los

dolores profundos y las adivinaciones sobrenaturales toda la colosal

grandeza de los profetas hebraicos, de Isaías y Jeremías, los cuales,

valiéndose de los símbolos y de la lengua de lo pasado, fulguran el

alma y el pensamiento de generaciones todavía perdidas en la nada,

pero evocadas ya de las sombras, y prontas á entrar en la existencia,

merced á este soplo creador que ha pasado por el abismo de los

tiempos como un llamamiento de la eternidad. El Ariosto mismo, lleno

de gracia y de vida, ébrio de pensamientos, exaltado de pasiones;

con aquella risa que roba á la alegría clásica, con aquella vena de

invencion que agota las fuerzas creadoras del genio, con aquella

selva de ideas que produce en el suelo manchado de torvo feudalismo;

burlándose de las instituciones más fuertes y de las leyes más

admitidas; abriendo el cielo encantado de su mágica invectiva al

delirio de los sentidos despiertos tras tantos siglos de sueños

místicos, personifica, medio pagano y medio cristiano, en aquellas

orgías de su inspiracion y en aquella pascua de universal regocijo,

toda la grandeza del Renacimiento.

Al reves, el Tasso canta un hecho, la toma de Jerusalen, que

conmovió á Europa en el siglo undécimo y en el siglo duodécimo,

pero completamente ajeno á su tiempo, y mucho más á los tiempos

posteriores. ¡Guárdeme Dios de ignorar ó desconocer toda la belleza

contenida en el gran movimiento religioso que levanta nuestras razas

occidentales, aisladas por el feudalismo, y las junta y las arroja

sobre el Oriente! Al convertir hácia las cruzadas los ojos, veis,

entre arreboles de poesía, los pobres ermitaños que, con severo

sermon en los labios y el tosco crucifijo en las manos, suscitan

la guerra santa y divierten el ánimo de las luchas feudales para

llevarlo á otras empresas más altas; las públicas invocaciones á

Dios, que suben á los siervos desde el terruño y bajan á los señores

desde el castillo; las hileras de mondados huesos que se extienden

de Europa al Asia, fecundando el suelo y la conciencia; la antigua

Constantinopla, aparecida en medio de nosotros con sus resplandores

y sus recuerdos; el Egipto y sus misterios, resucitados á la voz y

al rumor de aquellas legiones sin número, movidas por una idea y

realizando la contraria, movidas por la idea teocrática y abriendo

su iniciacion á la democracia; las deliciosas orillas del Oriente

y del Cidno, sembradas de penitentes, á un tiempo en oracion y en

armas; los jardines de Dafne, impregnados de paganismo y cantados

por los poetas de la naturaleza junto á las abrasadas arenas del

desierto, reveladoras de la unidad divina á los sacerdotes del

espíritu; las flotas de Venecia, y de Pisa, y de Génova trayendo

sus vientres henchidos por los productos del comercio, y sus velas

hinchadas por la brisa de la libertad; Antioquía, con sus altos

muros y sus quinientas torres; Damasco, embriagada con los aromas

de sus floridos bosques; los cedros del Líbano, bendecidos por el

profeta, que sirvieron á Tiro para sus naves, á Salomon para su

templo, á Alejandro para el lecho donde debia juntar los dioses

de Grecia con las ideas de Oriente; la Palestina, la tierra de

los patriarcas, con más ánsia buscada por los nuevos cruzados que

por los antiguos israelitas, y libertando, como á los unos del

cautiverio de los Faraones egipcios, á los otros del cautiverio de

los caballeros feudales; el torrente Cedron, donde corrieron las

lágrimas de David, y el monte Olivete, donde manaron los sudores

de Cristo, y el Calvario, donde se consumó el sacrificio de la

Redencion, y el sepulcro, donde estuvo entre los átomos de la

tierra el que ahora está entre los ángeles del cielo; la toma de

Jerusalen, cuyas mezquitas se empaparon tanto en sangre que llegaba

hasta la cincha de nuestros caballos; las elegías de los árabes, á

quienes sólo quedaba, si vivos, el lomo de sus camellos para huir,

y si muertos, el estómago de los buitres para enterrarse; la figura

mística de Godofredo de Bouillon, el rey-vírgen que no puede ceñirse

una corona de oro allí donde Cristo llevára una corona de espinas;

la figura poética de Tancredo, en el cual se personifica el genio

de la caballería; las órdenes militares, con sus cruces rojas sobre

sus túnicas blancas, y las órdenes monásticas que resucitan por un

momento la antigua fecundidad moral de la Tierra Santa: grandiosa

epopeya donde verdaderamente el espíritu moderno sufre una de sus

más bellas metamórfosis y la humanidad una de sus más admirables

trasfiguraciones.

Pero el Tasso canta este hecho con el espíritu de la Edad Media.

Compañero de los cruzados, su poesía hubiera sido maravillosa entre

los espejismos del desierto y los dolores de la guerra. Despues de

tres ó cuatro siglos que las cruzadas se han interrumpido, y San

Luis ha muerto, y Cárlos de Anjou ha despojado, á guisa de pirata,

los últimos cristianos dispersos, y la órden de los Templarios se ha

disuelto por las maquinaciones de los reyes, y la rápida victoria

de Federico II se ha malogrado por la invasion de los tártaros, y

las huestes de Juan de Brienne han retrocedido á las inundaciones

del Nilo, y los que iban resueltos á reconquistar Jerusalen se han

contentado sólo con establecer un Imperio latino en Constantinopla,

y los mismos pueblos cristianos han reclamado que los libertáran

de los cruzados por temor á las depredaciones, y Felipe Augusto y

Ricardo Corazon de Leon sólo han sabido luchar entre sí, más que

luchar con sus comunes enemigos, y Federico Barbaroja ha muerto en

las fatales aguas del Cidno, y Conrado III ha vuelto casi solo, y

Luis VII casi deshonrado de la segunda cruzada, y Saladino, despues

de derrotar á los francos en Tiberíades, ha reconquistado á Jerusalen

y destruido la obra de Godofredo, entregando la ciudad á los árabes;

francamente, despues de todo esto, la epopeya del Tasso es una pura

epopeya erudita, académica, arqueológica, cual esos poemas latinos

consagrados en los albores del Renacimiento, por Petrarca, á Escipion

y al África.

El Tasso pertenece á un período de reaccion religiosa y política, al

período en que los Papas restauran, merced á la energía de Pío V, su

poder quebrantado, miéntras Felipe II extiende su sombra letal en

Francia por medio de los Valois, sometidos á su yugo, y en Alemania

por medio de los Austrias, desgajados de su familia, exacerbándose

la Inquisicion en todas partes y viéndose persecuciones y matanzas

como la inolvidable de aquella noche triste en que una poblacion

entera fué cazada por las calles de París, cual alimañas feroces por

montes y por selvas, al toque de la campana, cuyos religiosos acentos

debieran recordar la caridad y la mansedumbre de Cristo á los crueles

cristianos. Ya la libertad ha muerto en las ciudades italianas; los

titanes se han tristemente encerrado en su sepulcro; el arte ha caido

en la exageracion y en la extravagancia; los jesuitas han levantado

sus abigarradísimos templos faltos de toda inspiracion religiosa.

Las escuelas decadentes de Nápoles y de Bolonia han reemplazado á las

bellísimas escuelas de Roma, de Venecia, de Umbría, de Florencia;

la escultura ha trocado en monstruos las piedras ántes cinceladas

por Sansovino y Buonarroti; las asambleas de los pueblos se han

sustituido con las artificiosas córtes de los príncipes; y en aquella

universal degeneracion, la obra del Tasso no podia ser más que una

obra de reaccion y por consiguiente, de decadencia y de muerte. La

misma aparatosa decoracion de una arquitectura teatral y la misma

falsedad de un cincel exagerado, y la misma hipérbole de una pintura

convencional, y la misma naturaleza contrahecha en los jardines de

los príncipes, y la misma falsa mitología de la última época de Julio

Romano, y la misma falsa religion de los Carraccios, y los adornos

riquísimos de las mundanas iglesias de los jesuitas, que nada dicen

ni al corazon ni á la conciencia, y el decaimiento universal de

Italia esclava: todo eso encuentro en la epopeya del Tasso, unido

á un esplendor de forma, á una armonía de versos, á una belleza de

lenguaje, que no bastan á ocultar todo el artificio de su fondo y

toda la pobreza de su idea.

Mirad lo que verdaderamente ennoblece al Tasso; lo que sobre todo

le eleva es aquello mismo destruido por vuestra erudicion, la cual

será, si quereis, grande, pero tambien inoportuna; lo que le eleva

y le ennoblece es su desgracia, su inmensa desgracia, ó mejor dicho,

su vida, su tormentosa vida. No apagueis esa aureola al soplo frio

de la crítica. Ya ha pasado al mundo como la personificacion más

augusta en la historia de las tristezas y de los dolores del ingenio

y del amor. Yo le quiero tal como le presenta la tradicion poética

en sus ensueños de gloria y lo detesto en vuestras disecciones de

embalsamador. Dejadme creer que ha sido como nosotros lo ideamos y no

como vosotros le habeis puesto. Byron expresó admirablemente, en esa

misma elegía tachada de ampulosa, el dolor de Tasso, cuando puso en

sus labios estas palabras: «Me han condenado porque tú eres bella y

yo no soy ciego.» Admiro al autor de _La Jerusalen Libertada_ en el

calvario que ha levantado la tradicion y véole allí en la verdadera

gloria que le ha ceñido de inmortal diadema las sienes. Paréceme

descubrir en los jardines de Ferrara, entre los bultos de los poetas,

á la sombra de los árboles, bajo coronas de laurel y en altares de

mirto, los versos pareados que tallaba en los troncos, celebrando

misterios de la poesía y del amor. Paréceme que veo las jóvenes

princesas, vestidas de pastoras como en las églogas y en los idilios,

tejer guirnaldas con flores todavía humedecidas del rocío para

coronar la frente de los genios inmortales, y departir en diálogos

platónicos, dignos de Hipatia, sobre si el amor de los poetas abraza

todas las cosas creadas é increadas en su ideal, ó se fija sobre un

solo sér, porque esa religion no puede admitir más que un solo Dios.

Oigo á unas decir que Tasso recibe en su seno los efluvios del amor

universal y canta á la lejana estrella, enardecido por una pasion

imposible; y decir á otras que el ruiseñor tiene su nido en la tierra

y ama algun sér más hermoso, y más animado, y más semejante á él, y

más cerca de su corazon y de sus labios que la lejana estrella de

la noche. Nos acostumbramos á fingir los poetas, serenos como sus

estatuas, envueltos en sus túnicas blancas como las nubes, ceñidos

del laurel de la inmortalidad, ocultos en bosques de mirtos al borde

de la Castalia fuente, acompañados por los Elíseos Campos de coros

que entonan odas sin fin de admiracion y culto á su estro y á su

gloria. Pero el genio es una hoguera, el amor en él, un tormento;

las nobles aspiraciones, una pasion sin esperanza; las obras en que

encarna su sér, un parto homicida; y la corona que ciñe á sus sienes

algo abrasador y letal como los rayos de un sol demasiado vivo que,

encendiendo la sangre en el cerebro, al cabo produce la muerte. El

genio ve su idea en lo infinito, y sus medios de expresion en lo

finito. Ve una luz ideal, divina, inefable, y tiene que encerrarla

en el tosco barro de la forma. Esta desproporcion entre lo que piensa

y lo que expresa, le causa tormentos indecibles. Y si concluido su

trabajo lo contempla, al verlo cuán léjos está del ideal, se vuelve

airado contra sí mismo, contra sus obras, contra los pedazos de su

corazon y de sus entrañas, contra los hijos del alma, siempre en el

potro de indecibles tormentos, abrumado por la inmensa pesadumbre

de su triste superioridad, y enardecido por la llama invisible y

ardiente de su genio. Creedlo, su corona de gloria es una corona de

espinas, el licor de la inmortalidad un brevaje de hiel y vinagre,

la luz que sobre los demas proyecta una llama, en la cual se abrasa

tristemente sin consumirse jamas. Tal es el genio, tal sus dolores

y sus tormentos. Y por eso Tasso, que los personifica en tan alto

grado, es mayor á causa de su vida tormentosa que á causa de su

correcta obra.

Su apoteósis está en su desgracia. La naturaleza ha dado al Tasso

todos sus dones; le ha puesto inspiracion inagotable en la mente,

lira inmarcesible en las manos, corazon pronto al amor en el pecho,

corona de genio en las sienes, vista para alcanzar las ideales

formas sobre las formas reales de los seres en los ojos, palabra tan

armoniosa como un cántico en los labios, fuerza bastante á contener

con la idealidad eterna la realidad pasajera, con las cosas los

arquetipos, con la luz del pensamiento la llama de las pasiones; y

luégo, cuando ha venido con esos dones de otro mundo superior á este

bajo mundo, se ha estrellado contra todos los límites de la universal

contingencia, se ha herido en todas las espinas de nuestras selvas de

abrojos, se ha asfixiado en esta atmósfera cargada con las cenizas

de la muerte, y el recuerdo de su patria ideal y el resplandor de

sus lejanos cielos sólo han servido para aumentar las tristezas de

su destierro. Así ha nacido poeta y grande poeta en una edad en que

se han agotado, sobre el suelo de su Italia esterilizada por los

tiranos, todas las fuentes de poesía. Sobre los tiempos que cantaba

habian pasado cuatro siglos; y el Sepulcro, cuyo rescate celebrára,

estaba en manos de los infieles, guardado por los perros de Mahoma.

La libertad sufria eclipse no ménos triste y no ménos largo que el

arte y la conciencia. Como todos los sacerdotes del pensamiento,

habia nacido para las libres asambleas de los pueblos, y su negra

estrella le lanzó en las esclavas córtes de los príncipes. Así no

hay sitio por donde haya pasado el mártir que no esté oscurecido

por uno de sus dolores y regado por una de sus lágrimas. En las

sombrías paredes del Louvre, á las orillas del Sena, se ve su sombra

triste como las nieblas del rio, comparando el resplandor que da

en el mundo la corona de poeta, tejida por la mano de los ángeles,

y la corona de monarca, forjada por la mano de los hombres. En los

jardines de Ferrara, á la sombra de aquellos bosques, se ven sus

ojos que buscan los ojos de una princesa, apartada de su corazon

por los abismos insalvables de las supersticiones seculares y de

sus artificiosas jerarquías tan opuestas á las jerarquías naturales

en el universo. Los edificios de la risueña córte de los Estes se

hallan oscurecidos por aquellos tormentos del genio que rayaron en

locura y por aquellos recelos del tirano que rayaron en crueldad.

Aquí en Sorrento respira todo alegría; la vegetacion que enriquece

este suelo bienhadado; la luz que brilla en esos horizontes diáfanos;

el labriego y el marinero que fecundizan las tierras y las aguas;

los pueblos que conservan el antiguo genio de Grecia; todo, ménos

la tristísima sombra del Tasso, que se pasea por estas orillas y

que evoca el momento de su vuelta, solitario y receloso como un

bandido, á presentarse con la pobre túnica de tosco pastor á las

puertas del hogar. En Roma, en el monasterio de San Onofrio, sitio

de su muerte, el recuerdo de la agonía del poeta cuadra á todos los

fúnebres objetos que os circundan. ¡Cuántas veces allí, á la sombra

de un cipres fúnebre, recostado sobre los restos de una columna

rota, junto al cenobio triste como oscuro panteon, al eco de la

campana, perdido en los solitarios claustros y del rezo murmurado

por los penitentes monjes, últimos huéspedes de aquellos lugares

desiertos, he contemplado la lejana Vía Apia con sus hileras de

sepulcros amontonados como las generaciones en el juicio final, las

colosales ruinas por cuyas grietas vagan, como fuegos fatuos, las

ideas muertas; los templos solitarios, sin culto y sin ceremonias,

habitados por los cuervos en vez de ser habitados por los dioses;

los campos de batalla henchidos todavía de sangre, engendrando con

sus letales vapores eternos remordimientos en la conciencia humana;

las lagunas pontinas, semejantes á inmensos depósitos de lágrimas,

despidiendo en nubes de extraña forma y sombríos matices el hálito

de la muerte; los ángeles exterminadores levantándose de tantos

seculares despojos para vagar por esta necrópolis del mundo, por

esta catacumba de todas las creencias, por este sombrío Josafat de

la historia! Entónces, toda la vida del poeta subia tristemente á mi

memoria. Veíale tierno, y desposeido á los primeros años de su madre,

libre, y obligado al oficio de cortesano; inspiradísimo, y buscando

la fuente de sus inspiraciones allá en las cenizas de los recuerdos;

filósofo, y caido en el infierno de la intolerancia religiosa;

católico, y en pos de figuras ménos que paganas, figuras mágicas,

surgidas al conjuro de los sortilegios de Oriente; poeta, y en vez de

adelantarse á lo porvenir, descaminándose y perdiéndose en lo pasado;

brillante de genio, y eclipsado entre los ornamentos de un palacio;

henchido de amor, y sin saber ni él mismo, ni la posteridad siquiera,

á qué mujer amaba; destinado á embellecer, tanto la lengua como la

literatura patria, y oscurecido por todas las sombras, y ahogado en

todas las penas, y puesto en el potro de todos los tormentos; nacido

para dominar, y dominado; para lucir, y perseguido; para consolar,

y desgraciado; para encantar, y siempre entre angustias; adorando,

como Reinaldo, la magia de una hechicera que toma mil formas y que

le trastorna el seso, imágen de un deseo jamas realizado; hiriendo

de su propia mano la poesía que le consolaba, como Tancredo á

Clorinda; próximo á recoger en la cima del Capitolio, al ocaso de su

vida, la corona de mirtos y laureles con que soñara á todas horas,

é interrumpiéndole en aquel momento, al instante de su triunfo, la

muerte, para que ni siquiera en el sepulcro tuviera reposo alguno su

eterna inquietud, ni alivio y consuelo sus dolores.

El genio es mortal para aquel que lleva su voraz llama en la frente.

Un grande artista, un grande poeta, un grande filósofo dobla en

los demas los goces de la vida, y en sí mismo solamente dobla de la

vida las penas. Los que están alrededor del genio se alumbran con

su luz y se animan con su calor; pero él se consume, y se disipa, y

se desvanece. Esa luz ó esa lumbre del hogar, ¡cuán grata es para

los que en torno de su llama se juntan; pero cuán devoradora para

la pobre mecha ó para la pobre tea que lo produce! La corona que

tiene sobre las sienes el verdor del laurel, tiene sobre las almas

el reflejo del martirio. Acontecimiento lejano, dolor extraño,

astro apartadísimo, aereolito errante, chispa eléctrica perdida,

vapor disipado en los aires, lágrimas evaporadas de las mejillas,

ideas muertas, ensueños febriles, todo aquello que en el vulgo

de los mortales no ejerce ningun género de influjo, apena al sér

extraordinario en cuya alma individual penetra con el espíritu de

la humanidad el espíritu de la naturaleza. Un sér que padece por

todos los seres, no puede eximirse del dolor que le trae la propia

grandeza. El amor será en él como una pasion que nunca se satisface,

la verdadera pasion de lo infinito. Ya adore á la Beatriz ideal que

ha pasado como una primavera por la tierra y se ha ido entre los

astros del firmamento; ya á la hermosa Laura, asentada en otro hogar,

esposa de otro hombre, madre de hijos que no son hijos del poeta; ó

ya á la mágica Armida, engañosa como la serpiente, este amor tendrá

en parte la levadura de tosca realidad, pero en su parte mayor la

esencia de lo ideal. Y este ideal, como un fuego sutil, abrasará su

sangre y calcinará sus huesos, y devorará su existencia, no habiendo

para ellos ni más consuelo, ni más remedio, ni más narcótico que el

veneno de la muerte. Imaginaos á Tasso, que ha soñado toda su vida un

triunfo semejante al triunfo de Petrarca, con una palma y un laurel

en la cima del Capitolio, eterno templo de la gloria. En el penoso

trabajo de la creacion contínua, le ha sostenido esa esperanza. En

las tristes amarguras de la realidad, le ha consolado ese espejismo.

Y llega la hora, y se acerca el momento. Y en su fiebre ve el

triunfo. La colina sagrada del Capitolio está pronta; el palacio

de los senadores, engalanado como para una fiesta de la antigua

historia; las escalinatas que conducen á la cima, henchidas de pajes

y de alabarderos, en cuyas armas y en cuyas preseas se refleja el sol

de la Ciudad Eterna; el pueblo romano, en las calles que avecinan,

anhelante por aclamar y aplaudir; procesion de jóvenes vestidos de

escarlata le precede; el Senado le acompaña, el Papa le aguarda en

su trono, las músicas entonan himnos, y el laurel va á tocar á sus

sienes, y cuando ve, y toca, y palpa todo esto con verdadera ánsia,

muere, y sólo recibe el frio contacto de la guadaña y el triste asilo

de una oscura tumba fria y desolada, cuyo único ornamento está por

muchos siglos en las dos sencillas palabras de su nombre. ¿No os

parece una imágen de la humanidad, y de sus dolores sin tregua, y de

sus esperanzas sin realizacion, y de sus aspiraciones sin término,

y de su eterno prolongado martirio? La grandeza del Tasso está toda

entera, más que en la hermosura de sus poemas, en la inmortalidad

de sus dolores. Aquel laurel, que no puede ceñir á sus sienes, ha

brotado de su tumba, y crece hasta llenar la eternidad, regado por

las lágrimas de cien generaciones. Su miseria es su gloria, y sus

tormentos su triunfo, y sus dolores su Tabor. La humanidad preferirá

siempre á todas las glorias la gloria del martirio.

Recuerdos de Italia (parte 2 de 2) · 第 28 / 46 题