Veniamos de Terni. Acabábamos de estar en comunicacion estrecha
con la Naturaleza; habiamos recorrido plantaciones de moreras,
viñedos, olivares, naranjales cubiertos de blanco azahar y filas de
granados cubiertos de rojas flores; verdes praderas sobre las cuales
discurrian las mariposas y las abejas y los abejorros; trigos rubios
cuyas espigas se doblaban al peso de los maduros granos y ondeaban
al impulso de las sosegadas auras; montañas con sus cimas ceñidas
de oscuras encinas y con sus laderas ornadas de claros castaños;
caminos abiertos sobre los abismos y en las duras peñas desde donde
se descubrian entre los celajes las dentadas cordilleras con sus
picos nevados; lagos tranquilos, como el lago de Pié de Lugo, que
reflejaban todos los matices del cielo y todos los bosques y aldeas
de la orilla en el cristal de sus aguas; impetuosísimas cascadas,
como la cascada del Velino, despeñándose de alturas vertiginosas
entre breñas tapizadas de plantas acuáticas para formar trombas y
torbellinos de espuma sobre cuyas blancas espirales se tendia el arco
íris; maravillas inagotables de la creacion que fortifican y animan;
pues en lugar de mover la actividad febril del pensamiento, como
las maravillas del arte, la adormecen y la serenan, anegándonos por
completo en los torrentes de la vida.
Poco despues de mediodía llegábamos al frente de Asis en hermosa
tarde de Junio. No puedo describir mi entusiasmo y mi asombro. Hácia
el norte, recostada sobre los peñascos, veíase la ciudad pontificia,
sobre la cual se eleva fuerte castillo almenado y á cuyo oriente se
extiende el gótico monasterio ostentando arcos tan fuertes y tan
numerosos como los arcos de antiguos acueductos. Difícil es describir
el efecto maravilloso que desde fuera, desde los alrededores, produce
una de estas ciudades italianas ceñidas de verdor, cortadas á trechos
por floridos jardines, ricas en monumentos, alzando sobre las hileras
de sus tejados ó de sus azoteas, los botareles, las agujas, las
torres, las rotondas, las pirámides, los campanarios, todos de
piedras brillantísimas y preciosos mármoles, realzados y esmaltados
por los reflejos de este cielo y los resplandores de esta luz, sólo
comparables al cielo y á la luz de nuestra España. Parecen, más bien
que realidad, imaginados cuadros; más bien que habitaciones de estos
dias, habitaciones de otras edades estéticas: sus piedras cantan y
murmuran con cantares y rumores inefables como un misterioso bosque;
y por lo alto de los frisos y de las almenas y de las largas líneas
y de las bordadas cresterías se pasean las sombras de los artistas
y de los héroes y se ven subir en luminosos enjambres las ideas de
otros siglos. Para sentir emociones como éstas hay que trasladarse á
las orillas del Tajo y ver en la vega de Toledo, al pié del puente
de Alcántara, las ruinas de la Galiana, los arcos romanos, los
acueductos del artificio de Juanelo, el torreon medio derruido y los
muros medio destrozados del castillo de San Servando, la crestería
greco-romana del alcázar, la puerta del Sol con sus gruesas torres y
sus ajimeces y sus alicatados mudejares; cuadros maravillosos, no tan
admirables por su dibujo y por su color como por las ideas que evocan
y los recuerdos que guardan, mostrando en breve espacio el sagrado
panteon de toda nuestra historia.
Á pesar de lo mucho que Asis nos encantára al descubrirlo desde el
ferro-carril, no dirigimos allá nuestros pasos; los encaminamos al
monasterio de Santa María de los Ángeles, erigido en la llanura,
en la vega, para abrigar la casa donde San Francisco tuviera sus
primeras visiones y fundára su órden. Dos lugares he visto igualmente
famosos como cuna de dos órdenes igualmente célebres. El uno es la
iglesia de los Ángeles en Asis, cuna de los franciscanos; el otro
es la iglesia de Montmartre en París, cuna de los jesuitas. Al ver
el primero de estos lugares, la inteligencia se abre á la fe y el
corazon á la esperanza, sintiendo vivamente la grandeza de aquellos
hombres y participando de sus aspiraciones en la medida que puede
participar el espíritu moderno; pero, al ver el segundo, se os oprime
el pecho y se os nubla la inteligencia, como si cayerais en lo vacío.
Y es porque en San Francisco nació una órden, que, si ha sido ya
suprimida por nuestro tiempo, realizó verdaderos progresos respecto á
los tiempos anteriores y contribuyó á la educacion del género humano,
obra de libertad y de paz, miéntras que en Montmartre nació otra
órden, que fué como una confabulacion permanente y empedernida contra
todas nuestras libertades y contra todos nuestros progresos, obra de
reaccion y de muerte. En la vega de Asis veis pasar ideas que han
iluminado la conciencia humana y en las alturas de Montmartre sentís
el roce frio en vuestras sienes de las aves nocturnas que habitan las
tinieblas. Todos los progresos ¡ah! son igualmente grandes y todas
las reacciones igualmente funestas en toda la redondez del planeta y
en toda la sucesion de los siglos.
El monasterio de Santa María de los Ángeles tiene armoniosas
proporciones. Lo ideó Vignola, y lo ideó con arreglo al gusto y al
ideal de su tiempo. Los arcos romanos se suceden y sostienen sus
sólidas bóvedas; la cruz latina constituye su planta; en el crucero
se eleva una rotonda airosa, imitacion más ó ménos lejana de la
rotonda de San Pedro; cuadros de la decadencia ornan sus altares;
y la luz del dia penetra libremente por sus anchas ventanas y se
refleja en sus blanquísimas paredes. El edificio peca de todo cuanto
pecan los edificios de esta edad, nuestro Escorial tambien, por sobra
de ciencia matemática y falta de inspiracion religiosa. Para mayor
desgracia, los terremotos frecuentísimos en esta tierra volcánica
lo han tristemente lastimado y las recomposiciones sucesivas no
han sabido restaurarlo. Pero allí, en medio de la iglesia, bajo la
rotonda, se eleva, conservado por la piedad, el humilde tugurio, más
que casa choza de pobre argamasa, de piedras toscas, de estrechas
puertas y ventanas, donde San Francisco meditó, ayunó, rezó,
padeció, lloró hasta el extremo de ver al traves de sus lágrimas
reproducida la tragedia del Calvario y á Cristo agonizando en lo
alto de la Cruz, con sus llagas abiertas, sus ojos extintos, sus
labios cárdenos al dolor y á la agonía. Hoy no tiene el esplendor de
otros tiempos. Estos monumentos, miéntras pasan por la fe, brillan,
y cuando la fe les falta, se oscurecen; como esos meteoros que son
estrellas en los aires y toscos pedruscos al tocar al suelo. Pero
confieso que me sobrecogí con religioso respeto, que me extasié
como si estuviese fuera de mí mismo al tocar aquellas piedras, á
traves de cuyo frio sentíase aún el calor del alma que las habia
penetrado mil veces de pena con su oracion y sus sollozos. Confieso
que me pareció ver una de esas zonas misteriosas que anuncian las
trasformaciones del espíritu humano, especie de líneas ecuatoriales
en los hemisferios del tiempo, especie de puntos que señalan el
crecimiento de nuestro sér como los diversos terrenos señalan el
crecimiento de nuestro planeta; grandes condensaciones de ideas
abstractas, núcleos de la luz espiritual, fin de unas y principio de
otras edades, santos dias del génesis social á que debemos nuestra
difícil existencia y nuestras várias redenciones. No sé por qué,
allí vinieron á mi memoria tantos y tantos redentores como han
contribuido ántes y despues de San Francisco á nuestra emancipacion:
el que nos sacó de la servidumbre de Egipto al traves de las aguas
del mar Rojo y el que rompió las últimas cadenas del esclavo á las
orillas del Misisipí; el que arrancó su fuego á los cielos para
animar el hombre primitivo frio como sus dólmenes de piedra y el que
talló las letras de imprenta con cristal y plomo para multiplicar
las ideas en la inteligencia como se multiplican los mundos en los
cielos; el que murió en ignominioso patíbulo por la igualdad y
la fraternidad de todos, y el que padeció en los calabozos de la
Inquisicion por agrandar el espacio á nuestros ojos; el que bebió
la cicuta y en el fondo de su copa dejó la idea de la libertad de
nuestra conciencia para darla á beber en comunion santísima á todas
las generaciones, y el que, extendiendo sus brazos desde débil
esquife al mar velado por misterios pavorosos como las grandes
tempestades, completó la tierra y ensanchó el alma; coro unido á
traves del tiempo y del espacio en una misma obra, cuyo fundamento
arranca de las más recónditas profundidades del espíritu humano y
cuya cima se pierde en el seno de Dios. Aquella casa, que despertará
emociones vivísimas en todos cuantos amen las verdaderas grandezas de
la historia, ha sido profanada por una obra de partido, por una obra
de reaccionarias escuelas. En la parte que da á la puerta principal
se ve una pintura neocatólica de Overbek. Engendróse al mismo
tiempo que se engendraba la Santa Alianza, una doctrina filosófica,
la cual tendia á llevar el arte más allá de Rafael, como tendia á
llevar la ciencia más allá de Kant y de Descártes, la historia más
allá de Vico y de Herder, la política más allá de las instituciones
modernas, al seno de la Iglesia intolerante y de los castillos
feudales. Tal escuela, no contenta con creer que podia restaurarse
cuanto habia destruido la mágica lira de Ariosto, la inmortal sátira
de Cervántes, la voz tempestuosa de Lutero, la sardónica risa de
Voltaire, las llamaradas de elocuencia lanzadas desde lo alto de la
tribuna por Mirabeau, creia tambien que estaba en el caso de ir á
los siglos medios y resucitar los cuadros de escuelas anteriores al
descubrimiento de la perspectiva, á la resurreccion de la naturaleza,
al estudio de la forma humana, al despertar de la Grecia y de su
inagotable inspiracion, á todas las espléndidas irradiaciones del
Renacimiento. Para estos reaccionarios, el bello ideal se encontraba
en los tiempos en que no se habian medido las proporciones, ni
estudiado la anatomía, ni conocido nuestro cuerpo, entre las figuras
escuálidas, todavía sobrecogidas por los terrores del infierno y
apartadas de todo contacto con el Universo, hijas del vivo recuerdo
de nuestra primera culpa, atormentadas por todos los torcedores del
remordimiento. Si tal teoría fuese cierta, si solamente tuviéramos
por estéticas las obras inspiradas en una fe vivísima, en una fe
apartada de nosotros, en una fe ortodoxa, debiamos menospreciar esas
mismas escuelas de Umbría y de Siena por donde ha pasado un soplo
anticipadísimo del Renacimiento; esos mismos Cimabue y Giotto que
han entrevisto el crepúsculo de los nuevos dias del espíritu; esos
mismos Nicolás y Juan de Pisa que han estudiado la caza de Meleagro
en los sarcófagos griegos; y debiamos irnos á los maestros mosaistas,
á sus figuras colosales y rígidas, á sus ojos muertos, á sus rostros
inexpresivos, á sus grupos arreglados litúrgicamente, á su ausencia
de toda anatomía en el cuerpo y de toda perspectiva y de todo paisaje
en los fondos, privándonos hasta de penetrar en las catacumbas,
porque sus cuadros se hallan muy cerca del antiguo paganismo y han
tomado la mayor parte de sus símbolos en los bajos relieves, así
griegos como romanos, y han reproducido los antiguos sepulcros.
Para contestar á estos reaccionarios, sería preciso que se
restaurase el poder temporal y se devolviera el dominio absoluto
en la conciencia y en la política á los papas; que en cada marca
se descubriese un castillo feudal con sus fosos y sus almenas, sus
puentes levadizos abajo, y arriba sus horcas ocupadas por cuatro
ó cinco villanos ahorcados, gran vista para sus señores y gran
festin para los cuervos; que volviésemos á escribir y hablar el
latin eclesiástico en vez de estas lenguas modernas cuyas primeras
palabras han sido tambien el primer balbuceo de la política láica;
que eleváramos para reemplazar nuestras fábricas y nuestras
máquinas, un cordon de fortalezas y otro cordon de monasterios, y
sustituyéramos al telégrafo el mensajero y al vapor el rocinante de
los nobles ó el rocin de los plebeyos; que la retorta química donde
se ha descompuesto el agua y el aire y se han encontrado elementos
nuevos necesarios á la vida, se sustituyera con la cocina de los
alquimistas y el espectro solar y el telescopio herscheliano con los
horóscopos y la quiromancia; que pulverizáramos la Vénus de Milo, el
Apolo del Belvedere, las Gracias de Siena y pusiéramos en su lugar
las esculturas bizantinas de los siglos décimo y undécimo con sus
cuerpos groseros como la barbarie y sus labios contraidos por el
_Dies iræ_ de la desesperacion y de la muerte; que volcáramos de
nuevo el infierno con todos sus horrores sobre la tierra desgarrada
y devolviéramos su viejo poderío al demonio de la Edad Media; que
eleváramos en el trono de la autoridad un esqueleto inmenso con
la guadaña por cetro y en las alturas del infinito el implacable
semítico Dios de la cólera y de la venganza. La reaccion artística
se ha verificado. Ha tenido su estética y ha tenido sus pintores
en Alemania. El fresco de Overbek trazado sobre el exterior de la
casita de San Francisco en la iglesia de la Porciúncula, es uno de
sus más bellos monumentos y una de las más felices imitaciones de
la Edad Media. Yo no puedo ver sin verdadero entusiasmo las obras
de los artistas místicos de los siglos católicos, porque tienen
las dos condiciones esenciales al arte, la inspiracion espontánea
y la naturalidad completa. Pero yo no puedo ver sin repugnancia
las figuras modernas que no han nacido de la cándida fe, sino
del recalentado estudio. La escuela académica, con sus griegos y
romanos de convencion, paréceme fria y mentida; pero la escuela
pre-rafaelista, con sus santos de encargo, paréceme reaccionaria y
absurda. Los pintores como Giotto, como Fra Angélico, que es la más
alta expresion del misticismo artístico, han pensado y han sentido
lo que han hecho; y sus ángeles y sus Vírgenes y sus Cristos traen
visiblemente en los ojos y en los rostros un divino resplandor de
los cielos. Pero estas figuras convencionales de Overbek no tienen
ni siquiera un reflejo de sus inmortales modelos. Aquellos grandes
artistas han descuidado los cuerpos como cosa poco apreciable en
las edades olvidadas de la naturaleza; pero han reconcentrado la
idea purísima y el puro espíritu en los rostros, de una expresion
inimitable por el candor y la profundidad del sentimiento, absorto en
las divinas contemplaciones y en los arrobados trasportes: Overbek,
más sabio, más matemático, dibuja mejor que sus maestros los cuerpos,
ciertamente; pero no acierta, ni de léjos, á pintar como ellos los
rostros. Y es porque los pintores místicos sólo han debido convertir
los ojos á sí mismos para encender en fe y caridad á sus santos,
miéntras los pintores neo-católicos han fingido unas creencias y una
inspiracion que realmente ni recogian por sus venas en la naturaleza
y en la temperatura de este nuestro siglo, ni llevaban dentro de sí
como una idea innata.
Hay tiempos de mucha fe, que son poco propicios al arte. Para
persuadirse de ello, basta contemplar uno de esos Cristos bizantinos
que han brotado de la religion más pura, que han sido adorados con
el fervor más intenso, que han hecho los milagros más patentes, pero
que hieren todo sentimiento estético por su monstruoso dibujo y su
deforme rostro. Mas preguntadle á un creyente, y los proclamará obra
perfecta de los ángeles del Empíreo. Los que al ver una estatua
griega creian ver al demonio, son tan poco artistas como los que
al ver un cuadro místico sólo se fijan en las incorrecciones de la
forma y no sienten la ingenuidad de la fe. Ciertamente se puede
aprender mucha religion en San Justino, San Basilio, San Cirilo
y San Clemente; pero no se puede aprender mucha estética, si es
verdad, como afirma Toulgoüt en su sábia obra de los _Museos de
Roma_ y Rio en su _Historia del Arte Cristiano_, que sostenian la
tésis de la fealdad material de Cristo. Lo que sí puede asegurarse
es que la práctica de esa tésis se encuentra en casi todas las obras
anteriores al nacimiento de la pintura y de la escultura modernas.
La crucifixion, que luégo ha sido la apoteósis más pura del dolor,
que ha inspirado á Rafael su Camino del Calvario ó Pasmo de Sicilia;
á Velazquez y á Murillo sus dos Cristos en la agonía; á Rubens y á
Rembrandt sus Descendimientos; á Miguel Ángel su Soledad al pié de
la Cruz con el Divino Hijo muerto en los brazos; esa tragedia, quizá
la más reproducida de todos los Evangelios, no fué jamas pintada
por los primeros pintores hasta fines del siglo séptimo, en que el
Cánon de un Concilio celebrado en seiscientos noventa y dos, permitió
asunto tan religioso á los buriles y á los pinceles. La maternidad
misma de María, fuente inagotable de inspiraciones profundísimas, no
aparece en los primeros tiempos. La Vírgen es una cándida jóven,
sencillamente vestida, de pié siempre, la mano sobre el corazon, los
ojos en el cielo, y sólo más tarde surge contemplando un cielo más
bello y más extenso en las tiernas miradas de su Divino Hijo.
En el arte precisa buscar, no lo más religioso, sino lo más bello,
y es lo más bello lo más inspirado, y es lo más inspirado lo más
natural y espontáneo. El poder creador del genio se parece al
poder creador del Cósmos, en que muestra la relacion misteriosa
del espíritu con la naturaleza y la no ménos misteriosa de la
naturaleza y del espíritu con Dios. Sin duda por esta razon, las
obras espontáneas llevan el sello de la originalidad y de la vida,
en tanto que las obras imitadas llevan el sello del artificio y de
la decadencia. Sumergíos en el océano de la poesía nativa, recoged
luégo el espíritu universal de vuestros tiempos, inspiraos en
vuestra propia personalidad, y obtendréis la expresion bella de la
idea, mereciendo el nombre de artistas. Cada siglo tiene su propia
inspiracion. Y en el nuestro, así como ha crecido el Universo, ese
teatro de la idea en sus más primitivas manifestaciones; y ha crecido
la Historia, ese teatro de la libertad; y ha crecido la sociedad,
ese teatro del derecho, debemos esperar que crezca el arte, donde
llega, por intuiciones sobrehumanas, lo finito á compenetrarse de
lo infinito, y el alma del hombre á enrojecerse en la sustancia de
Dios. Cuando la antigua mitología llegó al mito de Psíquis, de la
jóven misteriosa que deseando conocer el Amor, encendiera su lámpara,
y solamente lográra verlo perderse entre los astros; en este mito,
que desconcertaba la armonía del alma con la naturaleza, diríase
perdido para siempre el arte, brotó la idea cristiana, y el alma,
triste, desolada, llorosa, encontró á Dios. Pues en nuestro tiempo
busca tambien la razon algo tan misterioso como el espíritu que, al
comenzar nuestra era, se escapára de su seno y se perdiera en el
cielo. Fiemos en que encontrará para el arte una zona más espléndida
y una esfera más lata, donde se compenetren lo finito con lo infinito
sin necesidad de restaurar ni los ídolos del Paganismo, ni los ídolos
de la Edad Media.
Así, en el monasterio de Santa María de los Ángeles, ni las largas
líneas de Vignola, ni los aparatosos cuadros de la escuela boloñesa,
ni las secas pinturas de Overbek, ya quebrantadas y borrosas como
la reaccion de que han sido símbolo, llegan á conmoveros como os
conmueve la casita, la Porciúncula, pobre choza de la oracion,
donde un verdadero penitente ha padecido y ha llorado. Despues de
visitarla, despues de recoger la idea que se escapa de sus piedras,
ya podeis dirigiros al monasterio de Asis y penetrar en sus góticas
bóvedas y recibir en vuestra alma el presente de grandes y profundas
emociones con la evocacion misteriosa de una sincera fe. Y penetrados
de estas ideas, nos dirigimos al monasterio y al sepulcro de San
Francisco.