II.

Veniamos de Terni. Acabábamos de estar en comunicacion estrecha

con la Naturaleza; habiamos recorrido plantaciones de moreras,

viñedos, olivares, naranjales cubiertos de blanco azahar y filas de

granados cubiertos de rojas flores; verdes praderas sobre las cuales

discurrian las mariposas y las abejas y los abejorros; trigos rubios

cuyas espigas se doblaban al peso de los maduros granos y ondeaban

al impulso de las sosegadas auras; montañas con sus cimas ceñidas

de oscuras encinas y con sus laderas ornadas de claros castaños;

caminos abiertos sobre los abismos y en las duras peñas desde donde

se descubrian entre los celajes las dentadas cordilleras con sus

picos nevados; lagos tranquilos, como el lago de Pié de Lugo, que

reflejaban todos los matices del cielo y todos los bosques y aldeas

de la orilla en el cristal de sus aguas; impetuosísimas cascadas,

como la cascada del Velino, despeñándose de alturas vertiginosas

entre breñas tapizadas de plantas acuáticas para formar trombas y

torbellinos de espuma sobre cuyas blancas espirales se tendia el arco

íris; maravillas inagotables de la creacion que fortifican y animan;

pues en lugar de mover la actividad febril del pensamiento, como

las maravillas del arte, la adormecen y la serenan, anegándonos por

completo en los torrentes de la vida.

Poco despues de mediodía llegábamos al frente de Asis en hermosa

tarde de Junio. No puedo describir mi entusiasmo y mi asombro. Hácia

el norte, recostada sobre los peñascos, veíase la ciudad pontificia,

sobre la cual se eleva fuerte castillo almenado y á cuyo oriente se

extiende el gótico monasterio ostentando arcos tan fuertes y tan

numerosos como los arcos de antiguos acueductos. Difícil es describir

el efecto maravilloso que desde fuera, desde los alrededores, produce

una de estas ciudades italianas ceñidas de verdor, cortadas á trechos

por floridos jardines, ricas en monumentos, alzando sobre las hileras

de sus tejados ó de sus azoteas, los botareles, las agujas, las

torres, las rotondas, las pirámides, los campanarios, todos de

piedras brillantísimas y preciosos mármoles, realzados y esmaltados

por los reflejos de este cielo y los resplandores de esta luz, sólo

comparables al cielo y á la luz de nuestra España. Parecen, más bien

que realidad, imaginados cuadros; más bien que habitaciones de estos

dias, habitaciones de otras edades estéticas: sus piedras cantan y

murmuran con cantares y rumores inefables como un misterioso bosque;

y por lo alto de los frisos y de las almenas y de las largas líneas

y de las bordadas cresterías se pasean las sombras de los artistas

y de los héroes y se ven subir en luminosos enjambres las ideas de

otros siglos. Para sentir emociones como éstas hay que trasladarse á

las orillas del Tajo y ver en la vega de Toledo, al pié del puente

de Alcántara, las ruinas de la Galiana, los arcos romanos, los

acueductos del artificio de Juanelo, el torreon medio derruido y los

muros medio destrozados del castillo de San Servando, la crestería

greco-romana del alcázar, la puerta del Sol con sus gruesas torres y

sus ajimeces y sus alicatados mudejares; cuadros maravillosos, no tan

admirables por su dibujo y por su color como por las ideas que evocan

y los recuerdos que guardan, mostrando en breve espacio el sagrado

panteon de toda nuestra historia.

Á pesar de lo mucho que Asis nos encantára al descubrirlo desde el

ferro-carril, no dirigimos allá nuestros pasos; los encaminamos al

monasterio de Santa María de los Ángeles, erigido en la llanura,

en la vega, para abrigar la casa donde San Francisco tuviera sus

primeras visiones y fundára su órden. Dos lugares he visto igualmente

famosos como cuna de dos órdenes igualmente célebres. El uno es la

iglesia de los Ángeles en Asis, cuna de los franciscanos; el otro

es la iglesia de Montmartre en París, cuna de los jesuitas. Al ver

el primero de estos lugares, la inteligencia se abre á la fe y el

corazon á la esperanza, sintiendo vivamente la grandeza de aquellos

hombres y participando de sus aspiraciones en la medida que puede

participar el espíritu moderno; pero, al ver el segundo, se os oprime

el pecho y se os nubla la inteligencia, como si cayerais en lo vacío.

Y es porque en San Francisco nació una órden, que, si ha sido ya

suprimida por nuestro tiempo, realizó verdaderos progresos respecto á

los tiempos anteriores y contribuyó á la educacion del género humano,

obra de libertad y de paz, miéntras que en Montmartre nació otra

órden, que fué como una confabulacion permanente y empedernida contra

todas nuestras libertades y contra todos nuestros progresos, obra de

reaccion y de muerte. En la vega de Asis veis pasar ideas que han

iluminado la conciencia humana y en las alturas de Montmartre sentís

el roce frio en vuestras sienes de las aves nocturnas que habitan las

tinieblas. Todos los progresos ¡ah! son igualmente grandes y todas

las reacciones igualmente funestas en toda la redondez del planeta y

en toda la sucesion de los siglos.

El monasterio de Santa María de los Ángeles tiene armoniosas

proporciones. Lo ideó Vignola, y lo ideó con arreglo al gusto y al

ideal de su tiempo. Los arcos romanos se suceden y sostienen sus

sólidas bóvedas; la cruz latina constituye su planta; en el crucero

se eleva una rotonda airosa, imitacion más ó ménos lejana de la

rotonda de San Pedro; cuadros de la decadencia ornan sus altares;

y la luz del dia penetra libremente por sus anchas ventanas y se

refleja en sus blanquísimas paredes. El edificio peca de todo cuanto

pecan los edificios de esta edad, nuestro Escorial tambien, por sobra

de ciencia matemática y falta de inspiracion religiosa. Para mayor

desgracia, los terremotos frecuentísimos en esta tierra volcánica

lo han tristemente lastimado y las recomposiciones sucesivas no

han sabido restaurarlo. Pero allí, en medio de la iglesia, bajo la

rotonda, se eleva, conservado por la piedad, el humilde tugurio, más

que casa choza de pobre argamasa, de piedras toscas, de estrechas

puertas y ventanas, donde San Francisco meditó, ayunó, rezó,

padeció, lloró hasta el extremo de ver al traves de sus lágrimas

reproducida la tragedia del Calvario y á Cristo agonizando en lo

alto de la Cruz, con sus llagas abiertas, sus ojos extintos, sus

labios cárdenos al dolor y á la agonía. Hoy no tiene el esplendor de

otros tiempos. Estos monumentos, miéntras pasan por la fe, brillan,

y cuando la fe les falta, se oscurecen; como esos meteoros que son

estrellas en los aires y toscos pedruscos al tocar al suelo. Pero

confieso que me sobrecogí con religioso respeto, que me extasié

como si estuviese fuera de mí mismo al tocar aquellas piedras, á

traves de cuyo frio sentíase aún el calor del alma que las habia

penetrado mil veces de pena con su oracion y sus sollozos. Confieso

que me pareció ver una de esas zonas misteriosas que anuncian las

trasformaciones del espíritu humano, especie de líneas ecuatoriales

en los hemisferios del tiempo, especie de puntos que señalan el

crecimiento de nuestro sér como los diversos terrenos señalan el

crecimiento de nuestro planeta; grandes condensaciones de ideas

abstractas, núcleos de la luz espiritual, fin de unas y principio de

otras edades, santos dias del génesis social á que debemos nuestra

difícil existencia y nuestras várias redenciones. No sé por qué,

allí vinieron á mi memoria tantos y tantos redentores como han

contribuido ántes y despues de San Francisco á nuestra emancipacion:

el que nos sacó de la servidumbre de Egipto al traves de las aguas

del mar Rojo y el que rompió las últimas cadenas del esclavo á las

orillas del Misisipí; el que arrancó su fuego á los cielos para

animar el hombre primitivo frio como sus dólmenes de piedra y el que

talló las letras de imprenta con cristal y plomo para multiplicar

las ideas en la inteligencia como se multiplican los mundos en los

cielos; el que murió en ignominioso patíbulo por la igualdad y

la fraternidad de todos, y el que padeció en los calabozos de la

Inquisicion por agrandar el espacio á nuestros ojos; el que bebió

la cicuta y en el fondo de su copa dejó la idea de la libertad de

nuestra conciencia para darla á beber en comunion santísima á todas

las generaciones, y el que, extendiendo sus brazos desde débil

esquife al mar velado por misterios pavorosos como las grandes

tempestades, completó la tierra y ensanchó el alma; coro unido á

traves del tiempo y del espacio en una misma obra, cuyo fundamento

arranca de las más recónditas profundidades del espíritu humano y

cuya cima se pierde en el seno de Dios. Aquella casa, que despertará

emociones vivísimas en todos cuantos amen las verdaderas grandezas de

la historia, ha sido profanada por una obra de partido, por una obra

de reaccionarias escuelas. En la parte que da á la puerta principal

se ve una pintura neocatólica de Overbek. Engendróse al mismo

tiempo que se engendraba la Santa Alianza, una doctrina filosófica,

la cual tendia á llevar el arte más allá de Rafael, como tendia á

llevar la ciencia más allá de Kant y de Descártes, la historia más

allá de Vico y de Herder, la política más allá de las instituciones

modernas, al seno de la Iglesia intolerante y de los castillos

feudales. Tal escuela, no contenta con creer que podia restaurarse

cuanto habia destruido la mágica lira de Ariosto, la inmortal sátira

de Cervántes, la voz tempestuosa de Lutero, la sardónica risa de

Voltaire, las llamaradas de elocuencia lanzadas desde lo alto de la

tribuna por Mirabeau, creia tambien que estaba en el caso de ir á

los siglos medios y resucitar los cuadros de escuelas anteriores al

descubrimiento de la perspectiva, á la resurreccion de la naturaleza,

al estudio de la forma humana, al despertar de la Grecia y de su

inagotable inspiracion, á todas las espléndidas irradiaciones del

Renacimiento. Para estos reaccionarios, el bello ideal se encontraba

en los tiempos en que no se habian medido las proporciones, ni

estudiado la anatomía, ni conocido nuestro cuerpo, entre las figuras

escuálidas, todavía sobrecogidas por los terrores del infierno y

apartadas de todo contacto con el Universo, hijas del vivo recuerdo

de nuestra primera culpa, atormentadas por todos los torcedores del

remordimiento. Si tal teoría fuese cierta, si solamente tuviéramos

por estéticas las obras inspiradas en una fe vivísima, en una fe

apartada de nosotros, en una fe ortodoxa, debiamos menospreciar esas

mismas escuelas de Umbría y de Siena por donde ha pasado un soplo

anticipadísimo del Renacimiento; esos mismos Cimabue y Giotto que

han entrevisto el crepúsculo de los nuevos dias del espíritu; esos

mismos Nicolás y Juan de Pisa que han estudiado la caza de Meleagro

en los sarcófagos griegos; y debiamos irnos á los maestros mosaistas,

á sus figuras colosales y rígidas, á sus ojos muertos, á sus rostros

inexpresivos, á sus grupos arreglados litúrgicamente, á su ausencia

de toda anatomía en el cuerpo y de toda perspectiva y de todo paisaje

en los fondos, privándonos hasta de penetrar en las catacumbas,

porque sus cuadros se hallan muy cerca del antiguo paganismo y han

tomado la mayor parte de sus símbolos en los bajos relieves, así

griegos como romanos, y han reproducido los antiguos sepulcros.

Para contestar á estos reaccionarios, sería preciso que se

restaurase el poder temporal y se devolviera el dominio absoluto

en la conciencia y en la política á los papas; que en cada marca

se descubriese un castillo feudal con sus fosos y sus almenas, sus

puentes levadizos abajo, y arriba sus horcas ocupadas por cuatro

ó cinco villanos ahorcados, gran vista para sus señores y gran

festin para los cuervos; que volviésemos á escribir y hablar el

latin eclesiástico en vez de estas lenguas modernas cuyas primeras

palabras han sido tambien el primer balbuceo de la política láica;

que eleváramos para reemplazar nuestras fábricas y nuestras

máquinas, un cordon de fortalezas y otro cordon de monasterios, y

sustituyéramos al telégrafo el mensajero y al vapor el rocinante de

los nobles ó el rocin de los plebeyos; que la retorta química donde

se ha descompuesto el agua y el aire y se han encontrado elementos

nuevos necesarios á la vida, se sustituyera con la cocina de los

alquimistas y el espectro solar y el telescopio herscheliano con los

horóscopos y la quiromancia; que pulverizáramos la Vénus de Milo, el

Apolo del Belvedere, las Gracias de Siena y pusiéramos en su lugar

las esculturas bizantinas de los siglos décimo y undécimo con sus

cuerpos groseros como la barbarie y sus labios contraidos por el

_Dies iræ_ de la desesperacion y de la muerte; que volcáramos de

nuevo el infierno con todos sus horrores sobre la tierra desgarrada

y devolviéramos su viejo poderío al demonio de la Edad Media; que

eleváramos en el trono de la autoridad un esqueleto inmenso con

la guadaña por cetro y en las alturas del infinito el implacable

semítico Dios de la cólera y de la venganza. La reaccion artística

se ha verificado. Ha tenido su estética y ha tenido sus pintores

en Alemania. El fresco de Overbek trazado sobre el exterior de la

casita de San Francisco en la iglesia de la Porciúncula, es uno de

sus más bellos monumentos y una de las más felices imitaciones de

la Edad Media. Yo no puedo ver sin verdadero entusiasmo las obras

de los artistas místicos de los siglos católicos, porque tienen

las dos condiciones esenciales al arte, la inspiracion espontánea

y la naturalidad completa. Pero yo no puedo ver sin repugnancia

las figuras modernas que no han nacido de la cándida fe, sino

del recalentado estudio. La escuela académica, con sus griegos y

romanos de convencion, paréceme fria y mentida; pero la escuela

pre-rafaelista, con sus santos de encargo, paréceme reaccionaria y

absurda. Los pintores como Giotto, como Fra Angélico, que es la más

alta expresion del misticismo artístico, han pensado y han sentido

lo que han hecho; y sus ángeles y sus Vírgenes y sus Cristos traen

visiblemente en los ojos y en los rostros un divino resplandor de

los cielos. Pero estas figuras convencionales de Overbek no tienen

ni siquiera un reflejo de sus inmortales modelos. Aquellos grandes

artistas han descuidado los cuerpos como cosa poco apreciable en

las edades olvidadas de la naturaleza; pero han reconcentrado la

idea purísima y el puro espíritu en los rostros, de una expresion

inimitable por el candor y la profundidad del sentimiento, absorto en

las divinas contemplaciones y en los arrobados trasportes: Overbek,

más sabio, más matemático, dibuja mejor que sus maestros los cuerpos,

ciertamente; pero no acierta, ni de léjos, á pintar como ellos los

rostros. Y es porque los pintores místicos sólo han debido convertir

los ojos á sí mismos para encender en fe y caridad á sus santos,

miéntras los pintores neo-católicos han fingido unas creencias y una

inspiracion que realmente ni recogian por sus venas en la naturaleza

y en la temperatura de este nuestro siglo, ni llevaban dentro de sí

como una idea innata.

Hay tiempos de mucha fe, que son poco propicios al arte. Para

persuadirse de ello, basta contemplar uno de esos Cristos bizantinos

que han brotado de la religion más pura, que han sido adorados con

el fervor más intenso, que han hecho los milagros más patentes, pero

que hieren todo sentimiento estético por su monstruoso dibujo y su

deforme rostro. Mas preguntadle á un creyente, y los proclamará obra

perfecta de los ángeles del Empíreo. Los que al ver una estatua

griega creian ver al demonio, son tan poco artistas como los que

al ver un cuadro místico sólo se fijan en las incorrecciones de la

forma y no sienten la ingenuidad de la fe. Ciertamente se puede

aprender mucha religion en San Justino, San Basilio, San Cirilo

y San Clemente; pero no se puede aprender mucha estética, si es

verdad, como afirma Toulgoüt en su sábia obra de los _Museos de

Roma_ y Rio en su _Historia del Arte Cristiano_, que sostenian la

tésis de la fealdad material de Cristo. Lo que sí puede asegurarse

es que la práctica de esa tésis se encuentra en casi todas las obras

anteriores al nacimiento de la pintura y de la escultura modernas.

La crucifixion, que luégo ha sido la apoteósis más pura del dolor,

que ha inspirado á Rafael su Camino del Calvario ó Pasmo de Sicilia;

á Velazquez y á Murillo sus dos Cristos en la agonía; á Rubens y á

Rembrandt sus Descendimientos; á Miguel Ángel su Soledad al pié de

la Cruz con el Divino Hijo muerto en los brazos; esa tragedia, quizá

la más reproducida de todos los Evangelios, no fué jamas pintada

por los primeros pintores hasta fines del siglo séptimo, en que el

Cánon de un Concilio celebrado en seiscientos noventa y dos, permitió

asunto tan religioso á los buriles y á los pinceles. La maternidad

misma de María, fuente inagotable de inspiraciones profundísimas, no

aparece en los primeros tiempos. La Vírgen es una cándida jóven,

sencillamente vestida, de pié siempre, la mano sobre el corazon, los

ojos en el cielo, y sólo más tarde surge contemplando un cielo más

bello y más extenso en las tiernas miradas de su Divino Hijo.

En el arte precisa buscar, no lo más religioso, sino lo más bello,

y es lo más bello lo más inspirado, y es lo más inspirado lo más

natural y espontáneo. El poder creador del genio se parece al

poder creador del Cósmos, en que muestra la relacion misteriosa

del espíritu con la naturaleza y la no ménos misteriosa de la

naturaleza y del espíritu con Dios. Sin duda por esta razon, las

obras espontáneas llevan el sello de la originalidad y de la vida,

en tanto que las obras imitadas llevan el sello del artificio y de

la decadencia. Sumergíos en el océano de la poesía nativa, recoged

luégo el espíritu universal de vuestros tiempos, inspiraos en

vuestra propia personalidad, y obtendréis la expresion bella de la

idea, mereciendo el nombre de artistas. Cada siglo tiene su propia

inspiracion. Y en el nuestro, así como ha crecido el Universo, ese

teatro de la idea en sus más primitivas manifestaciones; y ha crecido

la Historia, ese teatro de la libertad; y ha crecido la sociedad,

ese teatro del derecho, debemos esperar que crezca el arte, donde

llega, por intuiciones sobrehumanas, lo finito á compenetrarse de

lo infinito, y el alma del hombre á enrojecerse en la sustancia de

Dios. Cuando la antigua mitología llegó al mito de Psíquis, de la

jóven misteriosa que deseando conocer el Amor, encendiera su lámpara,

y solamente lográra verlo perderse entre los astros; en este mito,

que desconcertaba la armonía del alma con la naturaleza, diríase

perdido para siempre el arte, brotó la idea cristiana, y el alma,

triste, desolada, llorosa, encontró á Dios. Pues en nuestro tiempo

busca tambien la razon algo tan misterioso como el espíritu que, al

comenzar nuestra era, se escapára de su seno y se perdiera en el

cielo. Fiemos en que encontrará para el arte una zona más espléndida

y una esfera más lata, donde se compenetren lo finito con lo infinito

sin necesidad de restaurar ni los ídolos del Paganismo, ni los ídolos

de la Edad Media.

Así, en el monasterio de Santa María de los Ángeles, ni las largas

líneas de Vignola, ni los aparatosos cuadros de la escuela boloñesa,

ni las secas pinturas de Overbek, ya quebrantadas y borrosas como

la reaccion de que han sido símbolo, llegan á conmoveros como os

conmueve la casita, la Porciúncula, pobre choza de la oracion,

donde un verdadero penitente ha padecido y ha llorado. Despues de

visitarla, despues de recoger la idea que se escapa de sus piedras,

ya podeis dirigiros al monasterio de Asis y penetrar en sus góticas

bóvedas y recibir en vuestra alma el presente de grandes y profundas

emociones con la evocacion misteriosa de una sincera fe. Y penetrados

de estas ideas, nos dirigimos al monasterio y al sepulcro de San

Francisco.

Recuerdos de Italia (parte 2 de 2) · 第 19 / 46 题