II

Traemos achacosa, enclenque y más que medio tísica á nuestra lengua

los que escribimos y nos europeizamos. Europeizarse hace cinco siglos

era hacerse romanos; hoy, hacerse franceses. La lengua castellana y

nuestra literatura padecieron desde entonces de achaque latino; desde

el siglo XVIII ha cargado con otros alifafes, sufre de achaque gálico y

de achaque helénico. No es de bien avisado doctor mudarle la enfermedad

al paciente en cada visita por comezón de novedades. He de volver otra

vez y ciento á este mi diagnóstico, pese á quien me tenga por moledor y

machacón. Antes el mal le venía de Italia; hoy el malhadado neologismo,

que cifra esas tres enfermedades, le llega por Francia; contra ella,

pues, y darle.

No es cosa de tomarse un mal rato por los afrancesados terminajos

que ponen de moda industriales y comerciantes. En un pecho logrero

y mercenario no caben delgadeces literarias. El toque está en

atraerse parroquianos, dar golpe, arremolinar boquiabiertos frente

al escaparate, ofrecer novedades que despierten el apetito, si no

por la sustancia, al menos por lo extraño del rótulo que lleve la

mercancía; y si ese rótulo huele á francés ó es francés puro, tanto

que mejor. Compradores bobillos que paguen lo extranjerizo de un

nombre no faltarán. Señoritas cabizhueras que lo repicoteen después en

los salones, y caballeritos casquivanos que les alaben el buen gusto,

lo lleven á los cuatro vientos, y lo pongan de moda, y le vacíen el

almacén al tendero, sobrarán en esta sociedad, que es una verdadera y

bien surtida pavera.

Tampoco es muy ajeno á la condición de nuestra casta el arremeter á

escritores en busca de honra y provecho barbilampiños mozalbetes,

que no hallan oficio más socorrido. ¿Qué van á hacer? ¿Meterse á

compositores de música, á pintores, á arquitectos? Todo eso pide largos

años de solfear, dibujar, pasar hambre, soledad y silencio, cosas

que no se avienen con lo corto de la vida y la prisa por farolear.

El literato no ha menester más que cuatro cuartillas y un lápiz, y

eso está ahí al alcance del más flaco bolsillo: en las esquinas de

la Puerta del Sol lo ofrecen á voz en cuello los buhoneros con los

Toribios que sacan la lengua. ¿Ideas? En los libros. ¿Y libros? En

las bibliotecas públicas, sin gastar un maravedí. Pero ¿y palabras?

Es lo más barato. El músico se quema las cejas estudiando armonía y

combinaciones de sonidos; el pintor masculla barro y aceite á fuerza de

barajar y templar colores, y se magulla los dedos á puro dibujar. El

material del literato, el habla, maldita la falta que hace írselo á

rebuscar entre las gentes del pueblo ó en los libros clásicos. Á más,

que atiborrándose de lecturas francesas se cazan con las ideas que hoy

halagan una buena montonera de citas y nombres de libros y autores, que

es un consuelo poderlos ir encajando y empedrando entre lo que á uno

le vaya ocurriendo, y otra porción de no menos bienquistos galicismos,

luces y primores del escribir moderno. Allí es donde aprenden griego y

latín, inglés y ruso, los que no tienen lugar ni tiempo para aprenderlo

en esta pícara España.

De los varios géneros literarios no todos abren sus puertas. Hay que

descartar el dramático, que pudiera ir acompañado de poco sabrosos

silbidos y runrunes nada apacibles; el de toda labor seria y erudita,

que tiene contados lectores y es una antigualla; el de la verdadera

poesía, dama antojadiza, no con todos afable y generosa. Queda uno,

el de mayor alcance filosófico, el de más viso, el que hoy como nunca

es apreciado: el de la crítica literaria. Fruto de toda una vida de

estudios macizos, flor del más exquisito y apurado gusto, alquitarado

por el hondo conocimiento de las literaturas antiguas y modernas, la

crítica literaria es para los susodichos mancebos cosa de coser y

cantar, que ni pide tiempo, ni gastos, ni aun saber manejar el idioma.

Para halagar al común de los lectores cortando sayos al vecino, basta

con afilar bien la pluma y desvergonzarse de una vez. Para colgar de

los cuernos de la luna una obra que sale á luz, dejando probablemente

también colgado y pataleando á la vergüenza pública á su autor, no es

menester más que encaramarla á son de bombo y platillos, música barata

y callejera, que tiene otra ventaja, la de dejarle á uno bien con

todos, lo cual no es de pequeña monta para muchos menesteres.

El tal crítico literario no pasará á la historia, aunque se acompañe

de muchedumbre de autores que suele citar en comprobación de una

perogrullada; pero él se lo cree bonitamente á los pocos aplausos que

oiga, de fueren quienes fueren; que ya los habrá tan contentadizos que

les llene y le alienten á él con sus encomios.

¿Y todo eso á propósito del neologismo gálico-greco-latino? Allá voy,

que estos tales son los que nos lo traen, cuando habían de ser los

mastines que guardasen el rebaño y ahuyentasen el lobo.

Hay críticos literarios que, sin ser de esos adocenados parlanchines,

por falta de hondos conocimientos en el habla castellana, trompiquean

no menos que ellos. Para poner el dedo en la llaga y no hablar en el

aire, abro una revista de estos días y doy con sendos artículos sobre

Rubén Darío en dos de sus números seguidos. Su autor acaba de publicar

en París otros dos, no artículos, sino tomos de crítica literaria.

Maguer mozo, no es lerdo ni poco avispado: baste decir que llegan

editados por Garnier, hombre que sabe dónde le aprieta el zapato y

entiende del oficio. En los artículos hay derroche de citas, lecturas,

autores, todo de fuera de España. Es un dolor que por acá, donde él

vive y le dan de comer, no haya autor, libro ni sentencia digna de

citarse.

Voy á lo mío, al neologismo, al desconocimiento y menosprecio del

castellano, y por ende al lenguaje poco artístico en un crítico de arte

literario. «Voz asexuada y argentina, voz de timbre metálico, voz de

querubín entre nubes rosa, voz tiple, voz alba y angélica...» Siguen

muchedumbre ensordecedora de voces de todos calibres, entre ellas la de

tenor, que dice ser _ambigua_, é _intersexual_ y _guapa_ y _rubia_; y

la de contralto, que se le antoja «voz de monja andaluza, que llora en

el coro su vocación perdida». Son las siete voces de la lira humana.

Dejo la voz de monja y monja andaluza, no gallega, que sería dar en la

tercera por dar en la prima. Lo de voz _asexuada_ y voz _intersexual_

es lo guapo y rubio. Por extravagancias gongorinas pasaran en otro

tiempo. Hoy deben de ser lindezas de los modernistas españoles, que no

es lo mismo que modernistas de buena ley. No hay hombre ni mujer, chico

ni chaco, que no tenga voz _asexuada_, y no hay alma viva que la tenga

_intersexual_, á lo menos no ha llegado á mi noticia.

Si os pregunta un castellano viejo, de ésos que tararean coplas de

Gabriel y Galán, que cómo se come eso de _voz asexuada_, porque no es

fruta de su tierra, decidle que es voz de sexo. Y si añade que qué es

_voz de seso_, después de corregirle porque no sabe pronunciar la _x_

latina, le declararéis que _sexo_ es un cierto vocablo que usaron, allá

hace dieciocho ó veinte siglos, unos señores romanos, y que significa

el ser hombre ó mujer, y no las dos cosas á la vez. ¡Acabáramos!, os

responderá; pero ¿por qué no lo dijo así en cristiano? Voz hombruna ó

voz mujeril: no hay quien no lo entienda.--Pero es que el autor que tal

escribe no ha querido decir eso.--Os apretará reponiendo si se trata

de una voz que sea hombruna y mujeril de una sola pieza.--Tal es lo

que la palabra suena, le diréis, si no significa hombruna ó mujeril

exclusivamente; pero yo creo que ese señor quiso decir voz mujeril, por

más que el vocablo no lo diga. Convendrá el castellano viejo en que

seguramente hay en Madrid literatos que saben más que él, pues saben

escribir; pero que no hablan ni escriben castellano, sino lengua de

romanos, y que ellos se sabrán su por qué.

_Asexuada_ es una rareza fabricada malamente sobre otra rareza

francesa, cual es la de llamar _personas del sexo_ á las mujeres, como

si los demás fuéramos eunucos á nativitate. Pican á la puerta y entra

á pasarme la doméstica el siguiente recado: ¡¡¡Viene una persona del

sexo!!!

Es como lo otro de llamarlas del «bello sexo». En sana filosofía,

hermosas son las mujeres para mujeres; pero más hermoso y acabado

es el varón, como lo es el macho más que la hembra en todo linaje

de animales, el pavo real, el león, el toro, el caballo. Para las

mujeres me sospecho yo que el hombre es más hermoso; y si no lo creen

así, allá ellas con su avieso gusto, que á nosotros más hermosas nos

parecen ellas que los barbados, aunque sabemos que en hecho fisiológico

y psicológico de verdad es todo lo contrario. De todos modos no deja

de ser un galicismo muy cortés y una cortesía muy francesa y muy

cumplimentera, mentirosa y bobalicona eso del _bello sexo_.

Pues ¿y la _voz intersexual_? El autor quiso decir que es á la vez de

hombre y mujer, y lo que dijo es que se halla en medio de los dos, es

decir, que no es ni uno ni otro. Además, en tierra castellana siempre

se dijo _entre_, no _inter_. Los que han formado vocablos con _inter_,

como con _super_ por _sobre_, ejemplo _superhombre_, sabrán tanto latín

como ese señor crítico literario; pero castellano, ni por pienso.

Las _nubes rosa_ es una vizcainada. ¿También sabe vizcaíno el hondo

crítico? Pues no bastan esas hondas sabidurías para venirnos á

destrozar el castellano, que llama á eso nubes rosadas ó de rosa ó

sonrosadas, ó más castizamente arreboles, término que sin duda no le

ocurrió porque andaba en aquel entonces pensando en Francia, donde á la

cuenta no los debe de haber.

Decidle, pues, al castellano viejo que _voz rosa_ es voz de rosa. ¡Así

entenderá él de por sí que _voz alba_ es voz del alba ó de alborada!

¿Qué más dice alba que blanca? Pues dice que el crítico su autor se

pica de latino y de buscar regodeos en el hablar.

Otra muestra de francés y latín que pasa por castellano: «la tendencia

á la fusión de estos géneros se ha ido acentuando». ¡Recórcholis!,

¿eso francés y latín? Todos entendemos la frase. Triste habla la

nuestra literaria, que la entendamos los españoles y por castellana

la tengamos. Tendencia, fusión, género, acentuar no nacieron acá ni

vinieron del habla de los romanos; nos los regalaron los latinistas,

tomándolos del Diccionario latino-francés. Lo de acentuarse una

tendencia es una raquítica metáfora de escribidores que van á beber su

inspiración poética, no en las fuentes de la umbría, sino en la seca

prosodia. ¡Bonita fuente de galanas metáforas, la prosodia! Esa y otras

francesas de su laya las repetimos á diario, dejando marchitar las

ricas y frescas de nuestro pueblo.

«El poeta lírico debe ser un susceptible, en la hermosa acepción de

esta palabra». ¿Véis cómo el mal viene de Roma, pero pasando por

Francia? ¿Qué dice á la fantasía ese _susceptible_ para ser nada menos

que hermoso? ¿Quién sabe si le dió ese epíteto por llevar la contra

á Baralt y á todo el mundo, pues todo el mundo siente lo feo de ese

galicismo? El poeta siente, es blando, tierno, delicado, sensible,

impresionable. Pero estos señores críticos no entienden ni conocen el

castellano, y todo lo que leen en francés les sabe á mieles. «Tiende á

rebajar el arte _en l’amignonant_, para decirlo con intraducible frase

francesa». Este señor debe de ser el único en España que no sabe decir

empequeñecer, achicar, apocar, aniñar, amuchachar.

«En un aire de matinée inmundo y equívoco». Cuidado, que no se trata

del aire de la mañana, ni del garbo y desenvuelto meneo, que es lo que

aire suena en castellano. Un garbo inmundo, sólo le ocurre decirlo á

un galiparlante. Aire es, pues, aquí tan puro francés como _matinée_,

é inmundo y equívoco son francés y latín. ¡Aire equívoco! El que

ha equivocado los aires de su vocación es el que se mete á crítico

y pretende escribir artísticamente con esa jerga franco-latina. Á

cualquier cosa llaman escribir estos ensartadores de citas francesas.

«O en esta otra, que tanto se le asimila (ó inversamente, á lo cual

tanto aquélla se asimila)». Yo no negaré que en el Diccionario oficial

se halle el verbo asimilar; pero ¿qué tiene que ver el Diccionario

oficial con la lengua castellana? Preguntad en cualquier villorrio

de Castilla qué es eso de asimilar, y no os sabrán responder. Pero

lo entenderán, me replicará alguno, en las ciudades. Es decir, que

ese verbo y otros sin cuento, que andan en el Diccionario, no los

entienden en los pueblos, y sí en las ciudades. Señal clara de que

hay dos lenguas en España: una la castellana del pueblo, otra la

afeada con toda suerte de escorias gálico-latinas, que le han echado

encima los cultos y galiparleros. Esas, lacras son, pues, y achaques

del castellano. Como necios latiniparlantes los ha habido por aquí á

montones, raras serán las palabras latinas que no se les haya ocurrido

á uno ú á otro de nuestros escritores de cuenta poner en sus escritos.

Ahora bien, en la Academia reina y puja el criterio de tener por

castellano cuanto se halle en nuestros escritores más salientes y aun

en los que no lo son tanto. Así el Diccionario está encostrado de

latinismos, que ocupan el lugar de muchedumbre de vocablos de castizo

abolorio, los cuales usan las gentes por toda España y usaron nuestros

mismos clásicos. Sólo que el criterio latinista ha sobrepujado allí

siempre, y los tales latinistas no tienen oídos para oir lo que no

sea claramente latino, y en cambio no se les trasconeja al revisar

los libros un solo latinismo, porque andan al husmeo y á caza de

ellos. ¿Qué más da decir asimilarse ó decir, como todo español dice,

asemejarse, que se derivó de ese verbo latino? Ganas de novelerías

sosas y hueras. ¿Por qué no dicen alio por ajo, palia por paja, cilia

por ceja? Porque se trata de vocablos caseros y de todos los españoles;

y los que afectan latinismos no escriben para todos los españoles, sino

para los que saben latín. ¿No fuera, pues, mejor escribirles en latín?

Es que no lo entenderían ni ellos sabrían escribirlo. ¿Á qué, pues,

esos pujos de escribir en una lengua que ni unos ni otros conocen?

¡Velay! ¡Qué verdad es que los menos entendidos en una cosa son los

que más de ella se pican, por ejemplo, los que tanto francés, latín

y griego entrometen en sus escritos, á falta de limpio castellano!

Dejémosles en esas niñerías de copistas; pero quede asentado que ellas

son las que tienen postrada y achacosa la lengua castellana.

[Ilustración]

Cabos sueltos: Literatura y lingüística · 第 75 / 81 题