IV

Los tristísimos sucesos de Cuba en estos días no pueden menos de

llegarnos al alma á cuantos llevamos en las venas una misma sangre,

á todos los españoles y americanos. Americanos son y españoles los

cubanos, que no así como quiera se desmembra y descuartiza en trozos

una raza de una plumada, aunque esa plumada se rasguñe en un Congreso

de París. Dolorosos acaecimientos que sólo pueden parar en una de dos:

ó en la pérdida de la independencia y el consiguiente deshacerse y

desleirse la raza cual gota que cae en el océano de otra raza extraña,

como está sucediendo á ojos vistas á nuestros hermanos de ayer, los

españoles de La Florida, de California, de Tejas, que no sé yo hasta

qué punto lo serán ya hoy; ó pasar por la secular tragedia de guerras

intestinas, tiranías brutales, degüellos y bandolerías, por donde han

pasado las demás Repúblicas americanas después de haberse escabullido

del regazo de la madre patria. Paraderos lastimosos, pero ello era de

esperar, y no pocos cubanos se lo temían con sobrada razón á poco que

tuviesen conocido y calado el metal de nuestra gente.

Si algo hay que pueda sacarse en limpio del estudio de nuestra

historia, es el humor levantisco, nada domeñable, y como efecto natural

el amor á la independencia, entrañado hasta el tuétano de nuestros

huesos, pero de la independencia tan por el cabo que no se ciñe dentro

de las fronteras de la Nación para desalojar al extranjero que se

arroje á hollarlas, sino que va particularizándose á la provincia, al

municipio, al barrio, á la familia, hasta llegar al individuo. Ese

individualismo que diz trajeron al imperio romano los germanos, era

fruta asaz saboreada y resaboreada por estas tierras de los Viriatos

y de las Numancias, de los Saguntos y Calahorras. Cada español fué

siempre rey en su casa, y los cubanos son españoles, éranlo por lo

menos hace unos meses, y los hispano-americanos son españoles, fuéronlo

al menos hace unos años, y ni unos meses, ni unos años, ni aun unos

siglos pesan un comino ni miden un jeme tratándose de razas.

Achaque excusado, porque nadie se lo pide, es el no quererse llamar

españoles, ni hispano-americanos, sino latino-americanos. Dícese que

somos de raza latina, y todo porque pasaron acá hará la friolera de

veinte ó veintiún siglos algunos miles de latinos; en cambio los

americanos no son españoles, por más que toda la población culta esté

compuesta de españoles que pasaron, ayer como quien dice, á América.

Los negros allá llevados de África no son para ellos americanos, y sí

los _latinos_ llegados de España. Es donoso el cuento. D. Pedro Pérez

y D.ª Juana López hubieron de partirse para la Cochinchina, no sé con

qué motivo. Nacióles allí un robusto vástago á quien llamaron José

Pérez y López, doméstica y caseramente Pepito. ¡Vaya usted á decir á D.

Pedro Pérez y á D.ª Juana López que José Pérez y López no es español!

Arremangaráse el uno sus mostachos y encrespará la otra su copete, y

hechos unas furias os dirán que su Pepito nada tiene de cochín ni de

chino.

El hábito no hace al monje: menos lo hace un nombre que se pega

todavía menos á las carnes. Eres peruano, mejicano, chileno,

rioplatense, cubano; pero esos son sobrenombres: tu propio y natural

nombre, el que brota de la sangre de tus venas, de tu testarudez

y apego á lo tuyo, de tu individualismo brutal, de tu cariño á

_independizarte_, es el de español. No te sonroje el apelativo de tu

raza, no te corras de proceder de esta tierra de garbanzos, que no es,

créeme, tan villana y ratera como te lo zumban al oído algunos lindos

que ayer andaban por las selvas.

La raza y el idioma son los que fraguan el natural de los hombres: la

raza en el cuerpo, el idioma en el alma; bien que, á decir verdad, raza

é idioma se compenetran tal vez más que alma y cuerpo.

Al cubano de casta, quiero decir al español de Cuba, no puede caerle

muy en gracia el que los anglo-sajones, con ser la flor y nata del

género humano, como dicen, con ser los sobrehombres de la presente

generación, vayan á meterle en pretina, y el que su sangre, sea latina

ó sea española, se desustancie y aniquile, anegada en el mar de otra

raza. Tampoco es de esperar que eso caiga en gracia á los demás

hispano-americanos. Á vista del peligro común todas esas Repúblicas se

mancomunarán, porque siempre fué así, que olvidadas las reyertas de

barrio, los españoles, acicateados por el espíritu de conservación,

convirtieron su individualismo en amor á la independencia nacional.

El idioma no es una simple enseña y bandera; es algo más, es el alma

de la raza, y por consiguiente la fuerza y baluarte último, el más

interior y recogido, el que ante todo y por cima de todo hemos de

procurar defender los que en caso de rebato esperamos alzarnos como un

solo hombre. El pensar y el querer, las dos caras del alma, distinguen

la manera de ser de cada raza; y el idioma no es un mero espejo del

pensar y del querer, es la turquesa en que se han vaciado, al propio

tiempo que es el vaciado sonoro formado en la turquesa del pensar y

querer de la raza. Porque son dos cosas que se forjaron á la par el

alma y el idioma de cada pueblo, moldeándose entre sí, siendo cada

una materia y forma á la vez de la otra, correspondiéndose como los

dos polos eléctricos, positivo y negativo, que sólo se distinguen

convencionalmente por esos nombres, siendo entrambos tan importantes el

uno como el otro para que salte la chispa y se establezca la corriente,

es decir, para que brote esa fuerza que llamamos electricidad.

Tal es para mí la importancia de procurar la conservación del idioma

castizo, y ajeno de extrañas escorias, entre todos los pueblos de

raza española. Mientras esa unidad de idioma se guarde como la joya

más rica y preciada que es, el alma será una, la raza no se habrá

despedazado, la unión de pensares y quereres se levantará sobre

las divisiones políticas y territoriales habidas y por haber, y al

estruendo de los invasores venidos de fuera, esa raza una despertará

por adormecida que esté y se apiñará como un solo pueblo robusto y

recio al amago del peligro común.

Ahora bien, la conservación y unidad de un idioma repartido entre

Naciones y Repúblicas tan distantes y separadas geográfica y

políticamente sólo puede lograrse mirando todos á un ideal, á un

dechado común, norma y pauta del lenguaje literario. Ese dechado no

puede ser otro que el lenguaje del cual arranca toda la literatura

hispano-americana, el lenguaje clásico del siglo XVI, de aquel

maravilloso lenguaje que, llevando en sí la pujanza del movimiento

histórico en que nuestra raza se agigantó y rayó más alto que en ningún

otro de antes ni después, mostró más á las claras lo que bien cultivado

y cuidado con esmero puede dar de sí. No que nuestro lenguaje de hoy

haya de enlazarse y abrazarse á él cual hiedra á un tronco envejecido

y trasañejado. El lenguaje literario de hoy está pegoteado y empañado

de remiendos traídos de otras lenguas, con los que creyeron ataviar

nuestro idioma los que lo tuvieron por enfermizo, enclenque y para

poco. No es el lenguaje un ser orgánico que crece por yuxtaposición ó

agregación externa de moléculas; es un organismo, un árbol que crece

por intususcepción, como dicen, por desenvolvimiento propio, por empuje

del zumo vital que echa nuevos brotes y lozanos ramones, escogollándose

y acopándose conforme á su natural gallardía.

Ese zumo vital está en el habla popular, lo mismo de América como

de España, y de él ha de renovar el suyo á la continua el lenguaje

literario. Nuestros clásicos no fueron modelos de lenguaje castizo por

haber abierto la puerta á todas las novedades, ó digamos vejestorios

del latín y del griego de lo cual se lamentan Lope y todos los buenos

españoles á vueltas de caer ellos mismos en lo que condenaban. Fuéronlo

por haber sabido diestramente traer á la literatura el riquísimo y

nunca agotado caudal del habla del pueblo español, de aquel pueblo

que pasó á América con su habla pintoresca de Castilla, y por haber

tenido habilidad para formar derivados y compuestos lindos y expresivos

conforme al ingenio del mismo idioma y al buen humor y poético natural

de la raza.

El que quiera engalanar su pluma con bizarría verdaderamente castiza,

no tiene que andarse mendigando términos desusados del francés ó del

latín; los hallará á manos llenas en nuestros clásicos y entre las

gentes del campo y de las aldeas.

Los vocablos traídos de fuera ni encajan en el fonetismo castellano

ni los entienden más que los que conocen esos idiomas; los populares

y los clásicos llevan todo el corte fonético y semántico del modo

de pensar y fantasear de nuestra raza, y su valor se trasluce tan

claramente como el agua de la fuente para todos los que se criaron con

el idioma castellano, porque está encerrado en los radicales y sufijos

derivativos bien conocidos.

Desentendámonos, pues, de cierta nota infamante, de cierto olor á

rutina leñosa y sin vida, que lleva malhadadamente consigo el término

de _clásico_, y entendiendo por él lo castizo, lo ingénito y propio

de esta tan menospreciada y hollada casta española, no sólo por los

extraños que la ven postrada, sino por sus mismos hijos de España y

América, apreciemos en lo que vale nuestro idioma bebiéndolo en el

clasicismo castizo de otros tiempos mejores, envidia y causa tal vez de

la mordacidad de los extranjeros y en los siempre corrientes manantíos

del habla popular de España y América, no menos despreciada por las

personas de juicio somero, que sólo se pagan de culturas superficiales

y de oropeles, por no haber gustado jamás los insondables veneros de la

virgen naturaleza.

[Ilustración]

Cabos sueltos: Literatura y lingüística · 第 73 / 81 题