Ha tiempo que un servidor de ustedes anda buscando en las revistas que
se publican en España, ya que buscarlo en los anuncios bibliográficos
sería pedir cotufas en el golfo, algo que sepa á esa nueva ciencia del
lenguaje que nuestros vecinos los franceses llaman _Lingüistique_; los
italianos, más comunmente, _Glottologia_; los ingleses, _Science of
language_; pero en balde. Eso sí, se ve estampado en letras de molde,
y se oye á cada paso, el nombre de _Lingüística_, y más aún, el de
_Filología_; pero ni siquiera parece que se entienden (digo del público
en general) estos términos, puesto que se truecan indistintamente el
uno y el otro, y suelen aplicarse al estudio práctico de las lenguas
ó á las obras que miran á ese blanco, lo cual ni es Filología, ni
es Lingüística, propiamente hablando. Fuera de los rótulos en las
bibliotecas y de los títulos de secciones en las revistas, donde, de
pocos años á esta parte, aparece más á menudo el de _Lingüística_, sin
duda por copiar á los franceses, en las conversaciones, y aun en los
libros, se halla, sobre todo, el nombre de _Filología_. Todo lo cual
da bien á entender que hemos oído campanas; pero..., y que, si del
nombre no se nos alcanza gran cosa, de lo que el nombre suena se nos
alcanza menos. De los contados escritores que daban alguna esperanza de
traernos acá algunas ideas de esa nueva ciencia alemana, á unos hemos
tenido la desgracia de perderlos, como Ayuso y Simonet; otros, andan
desperdigados, y no hallan favor, ni arrimo, ni medios, ni aun público
para emprender tamaña empresa, que lo ha sido siempre en España todo
buen deseo de traer algo nuevo.
Cansado, pues, de buscar y de esperar, me he resuelto yo á ser el
primero. Voy á darme, pues, el gusto de leer un artículo de Lingüística
en una revista española, aunque para ello tenga que escribírmelo yo
mismo.
El asunto es muy vago; tan vago, que muchos ni distinguen, como digo,
la Lingüística de la Filología, ni podrían declarar buenamente lo que
son una y otra; por eso lo he tomado yo también tan vagamente como
reza el título del presente artículo. Luego que hayamos echado hoy
una ojeada sobre esta nueva región, aunque sea tan ligera como la
del turista, que la ve _al vapor_ desde la ventanilla del tren, y
después que la hayamos deslindado y dividido en sus términos naturales,
podremos estudiarla más en particular, parcela por parcela, si es que
los lectores no se cansan, y tampoco yo.
Pero, ante todo, ¿qué se entiende por _Lingüística_ y por _Filología_?
Porque, fuera de España, semejante pregunta sabría ya á rancio; pero
aquí, ogaño, todavía es pregunta que puede y debe hacerse, y, sobre
todo, merece la pena de que se le dé alguna respuesta.
Siempre que he puesto los pies por vez primera en una ciudad, lo
primero que he hecho, si mis ocupaciones me lo permitían, ha sido irme
á las bibliotecas públicas, como los pretendientes á las porterías, y
los que por primera vez llegan á la Corte, á la Puerta del Sol. Y en
las bibliotecas me voy derecho á las secciones de _Lingüística_ y de
_Literatura_.
Ésta última, en las bibliotecas españolas de provincias, suele
reducirse á dos docenas de libros viejos, que tuvieron la dicha de
acogerse allí como á sagrado, cuando la exclaustración de los frailes,
y á unos cuantos menos de autores modernos, menos todavía de los que
de camino se habrán podido ver en el escaparate de cualquier librero.
Si los Gobiernos no abastecen nuestras bibliotecas públicas de obras
literarias, será, sin duda, porque las tendrán por obras ligeras, que
los españoles, según somos hechos, diz que nos damos de preferencia á
estudios más serios. Pero, consolémonos, que la sección de Lingüística
estará mejor surtida, aunque, al parecer, no es más que una hijuela de
la anterior, allá en el último rincón. En ella daremos, de hecho, con
cuatro ó diez, ó, si á mano viene, veinte Gramáticas de Ahn, Ollendorf,
etc., para aprender á las mil maravillas y _sin maestro_ el francés
ó el inglés, por si alguno, aprovechando la serena quietud que allí
reina, y la no interrumpida soledad, tan á propósito para el estudio,
se decide á frecuentar aquel silencioso cementerio de la ciencia
antigua.
También topará allí el sabio con no pocos _Auctores latinatitis_ de las
Escuelas Pías ó de otros coleccionistas, y buen golpe de Gramáticas
latinas, de esas que corren hoy de texto, y que los muchachos,
ratonadas y todo las puntas, y con originales glosas en las márgenes,
suelen abandonar en las profanas manos de bedeles ó de ilustrados
libreros de viejo. ¡Y sobre todo eso se lee el pomposo rótulo de
_Lingüística_ ó el de _Filología_! Gracias que los conserjes, como
personas de algún sentido común, al preguntarles por dicha sección,
suelen responder con toda llaneza: «De eso que usted busca hay muy
poco». ¡Y tan poco!
Con que, á los encargados de rotular los estantes, plúteos y anaqueles
de nuestras bibliotecas, si no lo llevan á mal, me atrevería á
decirles quedo y al oído, para que no se escandalicen los extranjeros
que las visiten: «Pongan todos esos libracos en la sección del desecho
ó del rastro; pero, ¡por honra de la cultura española!, no les ocurra
llamar á eso _Lingüística_, por más que lean el título de esa sección
en algún _Manual del Bibliotecario_, aunque éste sea el del Congreso de
los ídem de Bélgica; y mucho menos lo llamen _Filología_».
¿Qué se entiende entonces por _Filología_ y _Lingüística_?, porque
ahora lo entiendo menos. Si fuéramos á atenernos á la etimología
de estas dos palabras, y no al sentido en que se toman en el mundo
literario, que es lo que tratamos de aclarar, no tendríamos poco que
reponer. _Filología_ vale _afición al lenguaje_; como _Filosofía,
afición á la sabiduría_. Llevado de un sentimiento de modestia,
se llamó á sí mismo por vez primera _filólogo_ el eruditísimo
Wolf, como por parecido sentimiento se había llamado _filósofo_
el sabio Pitágoras. En otra acepción muy distinta usó el término
_filólogo_ Platón[1]; y el de _sofistas_ ó _profesores de sabiduría_,
aplicándoselo á sus propias personas, sus conocidos adversarios
Protágoras, Gorgias y Compañía.
_Lingüística_ suena propiamente _arte del lenguaje_; pero la
_Lingüística_ moderna no es un arte, es una _ciencia del lenguaje_.
Para deslindar el sentido corriente que hoy tienen estos dos términos,
menester será acudir á la Historia, puesto que histórica es la
discusión del valor de cualesquiera términos, y más de los términos de
que tratamos.
La Filología y la Lingüística son cosas muy distintas: la primera, es
ya de antiguo abolengo, nació en Alejandría antes de la Era Cristiana,
aunque tomó nuevos y desusados vuelos, y se la bautizó con este nombre,
en Alemania por los tiempos del renacimiento de la Crítica; la segunda,
es ciencia de ayer, nació el siglo pasado, de la Filología.
En la época del renacimiento de los estudios clásicos, renovóse, por
decirlo así, el de la Gramática greco-latina, como base indispensable
para los estudios de Humanidades y Retórica clásica, que tanto empuje
tomaron con los bizantinos llegados por entonces á Italia. En aquel
movimiento helénico, los ojos se volvieron á la antigua Atenas y á la
antigua Roma; la belleza serena del Apolo de Belveder y de la Venus de
Milo, los extremados poemas de Virgilio y Homero, las elegantes líneas
y el viviente relieve de aquel divino Partenon, que resalta como una
síntesis simbólica de la Atenas del siglo de Pericles en el riente azul
del cielo de la Grecia, eran el único ideal artístico de aquellos
cristianos, que olvidados de las fuentes en que habían bebido sus
doctrinas los Santos Padres, abrieron con ansia los ojos á la nueva luz
étnica que se levantaba á alumbrar el siglo de los Médicis y de León
X, después de una noche de diez y ocho siglos. Todo el afán se ponía
en remedar las obras clásicas, y era natural que la institución de la
juventud siguiera la norma de los nuevos Quintilianos. Se necesitaba
saber manejar el instrumento propio de aquel arte consumado, el griego
y el latín; se quería hablar y escribir como Cicerón y Virgilio, como
Demóstenes y Homero; así que la Gramática greco-latina y el ejercicio
de composición se pusieron en práctica con mayor fervor que en los
tiempos de Quintiliano y de Donato.
Pero aquel primer empuje, venido de fuera, sea que lo acabado del
modelo hiciera caer el cincel y la pluma de mano de los artistas,
desesperanzados de alcanzar lo que ansiaban, sea que la plasticidad
y la galanura de la forma no llenase los anhelos que la cultura
cristiana, más espiritual que plástica, más subjetiva que objetiva, más
lírica que épica, había hecho nacer en los pueblos de Europa, lo cierto
es que, llegado á cierta altura de su trayectoria, torció luego el
camino, y volvió á entrar en la atmósfera del mundo cristiano.
El alma cristiana se había empapado del lirismo de David, de la
profunda y filosófica poesía de _Job_ y del _Cantar de los Cantares_;
la elocuencia arrebatadora de los profetas, que lleva en alas de lo
sublime misterioso á la vida inmortal y al reino eterno de Cristo,
henchía el alma cristiana; y ni los dioses del Olimpo, ni las arengas
del Foro lograron otra cosa más que despertarla de su adormecimiento y
hacerla volver á la más honda inspiración cristiana, ó, por lo menos,
al arte espiritualista del sentimiento, que de ella procede.
Esta inspiración, incubada en el corazón de las razas europeas durante
toda la Edad Media, el romanticismo en lo que tiene de sincera
aspiración y quitada toda la hojarasca de que hubo de vestirse en un
principio, el arte subjetivo del vuelo hacia lo infinito, el arte del
corazón, en fin, estalló y prendió fuego á los mismos dioses paganos y
al arte clásico que le había servido de despertador.
Tras unas cuantas frías y amaneradas muestras que, más bien como
alardes y escarceos de escuela, que como obras imperecederas de un
arte espontáneo, dió aquel primer movimiento clásico, el romanticismo,
el arte cristiano, brotó como por ensalmo y volvió á recobrar sus
antiguos fueros. En vano las vallas francesas quisieron atajarle los
pasos: el seudo-clasicismo, en que había de degenerar necesariamente el
clasicismo al ser trasplantado entre cristianos, feneció con la mentida
pompa de la corte de Versalles para no volverse á levantar jamás.
Á nuevo arte, nuevo instrumento: las lenguas nacionales tomaron el
lugar y vez de las lenguas clásicas; porque el hervor y la vida no
se dejaban encerrar en aquellas lenguas muertas, que no daban de sí
nuevas formas sin mudarse por el mismo hecho y dejar de ser lo que
eran bajo el sol de la cultura antigua. La inspiración romántica y
moderna rebosaba en aquellos tiesos y viejos moldes, y la Gramática
greco-latina sólo se siguió estudiando con la única mira de penetrar en
la Literatura clásica, no con el de crear obras artísticas.
Pero precisamente mientras el griego y latín iban perdiendo tierra como
instrumentos de hablar y escribir, acrecentábase su valer y dignidad,
y hacíanse más fáciles, primero gracias á la Filología y luego á la
Lingüística.
El movimiento romántico en las artes, y sobre todo en la Literatura,
fué al principio algún tanto brusco y hasta brutal, como el de toda
reacción; pero pasados los primeros ímpetus, se ciñó al renacimiento de
las literaturas nacionales. Todas ellas, bañadas del espíritu cristiano
y fraguadas en el crisol de la civilización europea, hija de ese mismo
espíritu, se distinguieron hasta lo infinito por su propio natural,
conforme á la manera de ser de cada pueblo. Shakespeare, Calderón y
Schiller, nos ofrecen tres facetas muy distintas de un mismo prisma,
por reflejar ingenios de pueblos muy diferentes, siquiera todos tres
lleven el sello de una misma idea cristiana y de una misma civilización
europea.
No paró aquí esta nueva tendencia literaria. Los europeos recorrieron
el mundo, se entraron por todos los pueblos y razas, dieron sacomano,
una tras otra, á todas las literaturas, y el rico botín tomó el nombre
de _Filología_. Verdad es que sus más preciados tesoros el codicioso
Renacimiento no los había podido desenterrar en Grecia é Italia:
las antigüedades helénicas y latinas, apuradas y acrisoladas con el
trabajo de la crítica, con el fehaciente veredicto de la numismática,
etcétera, etc., encaminaron más derechamente al filólogo para conocer y
penetrar el espíritu de las antiguas gentes y pueblos clásicos, harto
más acabadamente que lo que alcanzaron los humanistas del Renacimiento.
Pero, fuera de la Europa clásica, los estudios orientales descubrieron
nuevos veneros en el hebreo, el siriaco y el árabe, el copto y los
caracteres geroglíficos del Egipto; dieron con las desconocidas y
no sospechadas lenguas y alfabetos cuneiformes de Besitun, Nínive y
Babilonia; llegaron á señorearse de las ricas literaturas persa, china
y japonesa; coronándolo todo el trascendental hallazgo de la lengua, de
la literatura y de la sabiduría de los indios, que abrió la puerta á la
comparación del sanskrit, del zend y de las lenguas europeas.
El estudio de la Gramática, dado de manos por los literatos, cayó
entonces en las de los filólogos y más tarde en las de los lingüistas.
No sirvió ya de mero instrumento para hablar ó escribir en lenguas
muertas, sino para buscar los restos literarios de todos los pueblos de
las pasadas generaciones, restos que nos daban á conocer las variadas
manifestaciones del ingenio y de la belleza en toda la humanidad, no
ya en un solo rincón de Grecia: la Gramática vino á ser el instrumento
de la _Filología_. Y mientras la _Estética_ nacía entre las manos de
Hegel al abarcar con su mirada los varios monumentos que de todos
los rincones del mundo le ponía delante el incansable afán de los
filólogos; mientras la _Psicología de los pueblos_ se delineaba ante
la vista de los Steinthal y Lazarus al abrazar de una ojeada estos
mismos monumentos de la humanidad entera; mientras la _Etnología_ se
aprovechaba de los datos aportados por los viajeros y descubiertos en
los libros indígenas de todas las naciones; mientras la Literatura se
iba embebiendo de todos los colores y matices que le traían las maneras
de ver y fantasear de todos los pueblos, ¿quién se iba á entretener
en aprender griego y latín para escribir ó hablar con los muertos,
sino sólo para entender la Literatura clásica, como se estudiaban el
sanskrit y el árabe, el chino y el asirio, el godo y el celta, para
seguir el movimiento filológico más universal ó para crear obras
de arte, cada cual en su lengua patria, allegando ideas y elementos
estéticos de todo el universo? Otro fué, pues, el rumbo de la enseñanza
gramatical en Europa, porque otras eran las miras á que se enderezaba,
otro el gusto artístico que la dirigía, otro el espíritu que la
alentaba.
La _Filología_ es, pues, el estudio de todos los monumentos de un
cierto pueblo, mayormente de los literarios, para calar más á fondo en
el ingenio y las ideas, en el espíritu y la cultura, en una palabra, en
la civilización de ese mismo pueblo.
Pero de la _Filología_ nació la _Lingüística_. Al rebuscar y escudriñar
las literaturas y los demás monumentos de las gentes que pasaron con
el intento filológico de hacer revivir las antiguas civilizaciones, se
preguntó el hombre pensador si no era por ventura el habla el de mayor
momento y valía, el espejo que retrataba el ingenio y la cultura de
cada raza, el tesoro de todos sus conocimientos é instituciones, la
obra de las obras humanas, no sólo como instrumento literario, sino
como monumento propio de cada raza y de cada pueblo. «Nada presta tanta
luz á la investigación de los orígenes de las naciones, como el estudio
de las lenguas», dijo Leibnitz. Y Creuzer: «El lenguaje es el documento
más fidedigno de los pueblos». _Die Sprache ist die treueste Urkunde
der Völker._ De esta suerte consideraron el lenguaje los fundadores de
la Lingüística, Leibnitz, Hervás y G. Humboldt, y creyeron que en su
estudio hallarían solución los más intrincados é interesantes problemas
de Psicología, de Etnología, de Historia.
De aquí á mirar el lenguaje como objeto propio y particular de estudio,
prescindiendo hasta de las luces que su estructura, sus palabras, sus
conexiones con otras lenguas podían derramar en las investigaciones
etnológicas, psicológicas, en una palabra, filológicas, no había más
que un paso. Y ese paso se dió, y lo que antes había sido puro arte,
se remontó á la categoría de ciencia, y el estudio de las lenguas,
que hasta entonces sólo se emprendía como un medio para ser literato
ó filólogo, que sólo era simple instrumento literario ó filológico,
se tomó como objeto final y propio, constituyendo _la Ciencia del
lenguaje_ ó _Lingüística_.
La Ciencia del lenguaje ó Lingüística prescinde, por lo tanto, de
cualquiera aplicación práctica que se quiera hacer de sus consecuencias
á las demás ramas de la ciencia. Teniendo su objeto propio, es una
ciencia ó arte, de cuyas conclusiones puede valerse el filólogo, ya
para conocer el espíritu y la civilización de los pueblos, ya para
aprender mejor la lengua que le ha de servir de instrumento en sus
investigaciones propias.
El lenguaje es _medio_ para el filólogo y _objeto_ propio de estudio
para el lingüista. Además, el filólogo sólo mira al uso de aquella
lengua particular que le puede servir para su propósito; el lingüista
abarca todas las lenguas en general, aunque se ciña á una sola
familia, ó tal vez á una sola lengua; y no para usarlas, sino en sí,
en su naturaleza, causas, mudanzas y origen, como término final de
investigación. ¿Quién no distingue el oficio del droguero, que echa
mano de los cuerpos para otros intentos, y las ciencias Química y
Botánica, que se detienen á desmenuzar y estudiar las substancias y las
plantas en sí mismas, y no por su aplicación práctica para confeccionar
drogas?
Ya lo dijo bien claramente Castrén (Ethnologisch. Vorlesung, 3):
«_Die Sprachenkunde in ihrer hochsten, wissenschaftlichen Bedeutung,
tragt den Namen Linguistik, und ihr Zweck ist die Sprache selbst als
solche_». «El conocimiento del lenguaje, en el sentido más elevado
y científico de la palabra, se llama _Lingüística_, y su fin es el
lenguaje mismo, como tal».
Muy de otra suerte se han desgajado en ramas especiales de la Ciencia
filológica la Numismática, la Crítica, la Arqueología, etcétera; pues
semejantes disciplinas, por más que se ensanchen, siempre quedarán
como ayudadoras del filólogo y del historiador, siempre serán ciencias
auxiliares; mientras que la Lingüística, aunque pueda servir, en
parte, como ciencia auxiliar (puesto que en su aplicación utilitaria
principal entra como indispensable instrumento de la Filología y
queda bajo el dominio del filólogo y del literato), pero en sí tiene
su objeto propio y dignísimo de estudio, que la convierte en ciencia
aparte; bien así como la Zoología y la Botánica son ciencias separadas
y no caen bajo el dominio de la Agricultura y de la Industria,
aunque su principal aplicación práctica esté en la Industria y en la
Agricultura.
Tampoco es objeto propio de la Lingüística el aprender á leer,
entender, hablar y escribir una ó más lenguas, para todo lo cual vale
el arte gramatical. La ciencia y el arte son cosas bien distintas: la
una es conocimiento especulativo, el otro es conocimiento práctico.
Lo cual, por claro que parezca, lo confunden, con todo, no pocos. Hay
quien no alcanza cómo pueda darse un lingüista que no sepa hablar,
ó por lo menos entender las lenguas, en las cuales trae puesto su
estudio. Pero menos alcanzo yo cómo haya quien sepa hablar una ó más
lenguas, sin tener un solo átomo de ciencia Lingüística: cosa, sin
embargo, que vemos todos los días.
Si hay muchos, que leyendo, y aun oyendo, entienden una lengua, la
cual no saben hablar, porque les falta, como se dice, el _ejercicio_;
más hacedero es que, sin saber hablar y aun sin entender una lengua,
puedan darse cuenta de las leyes que la gobiernan, de su estructura y
cambios fónicos y morfológicos. Y si esto no fuera así, nunca podría
lingüista alguno pretender que conocía el lenguaje científicamente.
A lo más conocería alguna ó varias lenguas; pero no las bastantes
para poder decir que conocía el lenguaje. Yo no sé que Bopp supiese
hablar y escribir las lenguas que estudió en su Gramática comparada:
creo que no; y con todo eso fué el primer fundador de la Lingüística
indo-europea. ¿Y quién es capaz de aprenderse, hasta entender y hablar,
ni la vigésima parte de las lenguas que tiene que conocer el que desee
poseer á fondo la ciencia del lenguaje?
Max Müller, cierto que no sabía así todas esas lenguas de que trata ó
que trae á colación en sus obras; en cambio el Cardenal Mezzofanti, que
dicen sabía tantas lenguas, era, en verdad, un gran hablista, si puede
pasar el término, pero no creo fuera ni aun pequeño lingüista.
Hay personas que poseen una potencia asombrosa de asimilación para
aprender lenguas; y que, sin embargo, por falta de ingenio comparativo
y raciocinador, no se dan cuenta de la trabazón que encadena entre sí
las diversas lenguas que tan bien manejan, y serán capaces de derivar
_lacayo_ de _leguleyo_, á la manera de Lope de Vega: tendrán excelente
memoria mecánica y de papagayo, pero no ingenio ni cabeza de lingüista.
En resumen, la práctica de las lenguas y su conocimiento científico
distan _toto coelo_: tanto como las Gramáticas de Ahn, Ollendorf,
etc., de las de Bopp, Brugmann, etc.; á pesar de los rótulos de las
bibliotecas, que llaman _Lingüística_ á las primeras y... nada á las
segundas, porque están ausentes.
[Ilustración]