XXX

Figuraos cuál sería mi indignación cuando en la plaza de Cifuentes

(media hora después de la partida de mosén Antón) vi que se me

acercaba, con semblante risueño y sin duda con el injurioso intento de

abrazarme, el señor D. Pelayo en persona. El infame me dijo, riendo con

toda la desvergüenza tunesca de las Universidades de aquel tiempo:

--Al fin Dios me depara el gustazo de ver sano y salvo al Sr. de

Araceli. ¡Qué inaudita alegría! ¿Cómo va de salud, señor y dueño mío?

--¡Ah, miserable ladrón falsario! --grité con violenta ira cogiéndole

por el cuello y arrojándole al suelo con intento de deshacer contra las

piedras tan execrable reptil.

--¡Oh! --exclamó con dolor--. Me ha deshecho usted las rodillas,

querido señor mío. Ya, ya comprendo la causa de su disgustillo: poca

cosa, una broma mía.

--Ahora mismo vas a morir, infame, estrellado contra estas piedras

--grité golpeándole sin piedad.

--Perdón, perdón, Sr. de Araceli; perdón para este delincuente. Déjeme

usted decir dos palabras, dos palabricas, y luego será más amigo mío

que Pílades lo fue de Orestes.

--Dime, ¿te cogieron con mosén Antón?

--Quia: yo vine esta mañana. Cuando vi la cosa mal parada allá, me

abracé a las banderas de la patria y entré en Cifuentes gritando:

«¡Viva el Empecinado y Fernando VII!...» Otros cuatro y yo pedimos

perdón al general, diciendo que nos habían engañado.

--Truhan redomado. Ahora mismo vas a dejar de existir, si no me dices a

dónde llevásteis tú, Santorcaz y demás bandidos, a la desgraciada joven

que robasteis en esta villa.

--Sr. de Araceli --repuso--, déjeme usted respirar un poco y diré lo

que sé... Por piedad, quietas las manos. Pues por la salvación de mi

alma, señor y dueño mío, os juro y rejuro que no sé dónde está aquella

hermosa señorita. Si miento, que me muera aquí mismo.

--Tú saliste con ellos de la venta.

--Es cierto; pero como había llegado a mi noticia que D. Juan Martín

estaba en Cíbicas, vi la cosa mal parada y corrí a presentarme a él.

Pregunte usted al mismo general si no me le presenté de madrugada.

--Estás mintiendo como un bellaco y vas a morir.

--Señor, querido Sr. Araceli, por el que murió en la cruz, juro que

digo verdad. ¿Sabe usted quién puede informarle del pueblo a donde

llevaron a la novia de usted?... ¡Hermosa novia a fe mía!

--¿Quién lo sabe?

--Mosén Antón. ¿Por qué no le interrogó usted?

--¿Mosén Antón fue con Santorcaz?

--Sí: Trijueque condujo el convoy hasta no sé qué pueblo, donde parece

que dejaron a la niña, y luego regresó.

--¡Y ese desgraciado huyó sin decirme nada! --exclamé con viva

inquietud--. Corro a buscarle.

Salí precipitadamente del pueblo, internándome en la sierra por la

misma senda que había seguido el cura guerrillero. Como principiaba a

anochecer y concluía obscurísima la tarde, era inútil buscarle con la

vista delante de mí. Corriendo, grité varias veces:

--¡Mosén Antón, mosén Antón!

Pero nadie me respondía. A un cuarto de legua de Cifuentes, y cuando

me disponía a regresar creyendo que el cura había tomado distinta

dirección, divisé un bulto negro, un cuerpo y los jirones de la

hopalanda agitada por el viento. ¡Qué horror! Todo esto colgaba,

sacudiéndose aún de las ramas de una poderosa encina.

--¡Judas! --murmuré con pavor alzando la vista para observar aquel

despojo.

Recé un Padrenuestro y me volví a Cifuentes.

Diciembre de 1874.

Juan Martín el Empecinado · 第 36 / 37 题