Al llegar al pueblo, la mayor parte de los prisioneros fueron
distribuidos en varias casas. Los considerados como _tunantes_, que
era preciso exterminar, fuimos conducidos a la parte alta de la casa
del Ayuntamiento y encerrados separadamente. Al entrar en mi prisión,
el peso del Empecinadillo me era insoportable: arrojeme sobre el
suelo, poniéndole a mi lado, y cuando los franceses me dejaron solo no
tardé en dormirme profundamente. Mis ojos, al abrirse, recibieron la
impresión de la claridad del día, e hirió mis oídos el débil quejido de
la criatura que pedía de comer. Abrigado por el pedazo de colcha que le
servía de capote, el pobre niño estaba en un rincón, muy bien colocado
y envuelto en una manta desconocida para mí, como si una mano cariñosa
le agasajara en aquella posición durante mi sueño. Yo no recordaba
haberlo hecho.
El niño estaba caliente. Yo sentía mucho frío. Reconociendo el sitio en
que me encontraba, vi que era una habitación abuhardillada, grande y de
techo tan bajo, que era difícil estar en pie sin tocar con la cabeza en
el maderamen. Entraba la luz por una reja compuesta de ocho barrotes
cruzados y poco gruesos, pero nuevos y fuertes. Una puerta de viejas
tablas muy sólidas, aseguradas con planchas de hierro y con barrotes
y dobles resguardos, cerraba la entrada. No había mueble alguno en
aquella fría y tristísima estancia.
Despertó, como he dicho, el Empecinadillo, y extrañando el sitio o la
ausencia de _mamá_ Santurrias, y más que nada la falta de alimento,
puso el grito en el cielo. Yo apuré todas las razones imaginables para
convencerle de su importunidad; mas nada logré. Por fortuna no tardamos
en ser visitados por un soldado francés, que nos traía nuestro desayuno.
--Ya sabréis --me dijo en lengua mixta-- que vais a ser arcabuceado.
Alargome un pan; y como yo no hiciera movimiento alguno para tomarlo,
él mismo cortó un pedazo para darlo al pequeño.
--Que vais a ser arcabuceado por traidor --repitió alzando la voz y
cuadrándose ante mí--. Si cuando os cogieron prisionero os hubierais
contentado con vuestra suerte... Pero asesinasteis al sargento Duclós...
Miré entonces fijamente al francés. Era un toro, un pedazo de hombre
capaz de derribar una pared a puñetazos. Su rostro sanguíneo se
adornaba con una pomposa barba rubia que le salía desde los encendidos
pómulos, y aun la nariz atomatada no estaba exenta de pelo. El conjunto
de su imponente persona era un buen modelo de las históricas figuras
con que la escultura oficial ha adornado los trofeos del Imperio. Usaba
la enorme gorra peluda, y su corpachón se cubría casi totalmente con el
delantal de cuero blanco, distintivo de los gastadores.
Contrariado sin duda por mi laconismo, alzó la voz, y coléricamente
repitió:
--¡Arcabuceado!... Sí, señor... ¿Lo oís bien? Vuestro camarada, que
está en el cuarto próximo, lo sabe también y se ha puesto a rezar. ¿No
rezáis vos? Conviene limpiar de tunantes este país... Es la opinión del
Emperador y la mía.
Mientras se expresaba de este modo, advertí que sus miradas, más que a
mí, se dirigían al Empecinadillo, ocupado en devorar un pedazo de pan.
--¡Pobre niño! --dijo el francés con lástima--. Esta madrugada,
cuando os trajeron aquí, el pequeño estaba muy frío. Le pusisteis en
el suelo... ¡Qué inhumano sois! ¿No temíais que se helara? Mientras
dormíais yo le arropé junto a vos, y además le cubrí con ese pedazo de
manta que veis.
Estas palabras me hicieron fijar la atención en mi carcelero con algún
interés.
--Suponiendo que tendría hambre, os he servido el desayuno temprano, y
además le he traído esto.
El francés, metiendo la mano bajo el mandil de cuero, sacó un pequeño
roscón de mazapán que presentó al Empecinadillo, el cual, una vez
recobrada su actividad y travesura con la pitanza, sintiendo en su
espíritu el generoso impulso de los grandes hechos, se lanzó al centro
de la pieza sable en mano, ejecutando algunas maniobras militares. No
era corto de genio, y más se entusiasmaba cuanto más le aplaudían.
El francés le miraba con admiración y ternura, siguiéndole en sus
inquietos giros y vueltas; se sonrió, y luego, volviendo hacia mí sus
ojazos alegres y su boca risueña, me dijo estas palabras:
--Cuando os hayan arcabuceado, recogeré a vuestro niño y me lo llevaré
conmigo... Es muy lindo y muy galán...
No le respondí nada.
--Hacéis bien en traer vuestro niño a la guerra. Así os distraéis con
él... Lo dicho: cuando os despachen, me quedaré con esta alhaja y le
llevaré conmigo a todas partes. No le faltará nada y le enseñaré a que
me llame _papá_.
Al decir esto, noté súbita alteración en las rudas facciones del
soldado. Hizo algunos visajes como luchando con una inoportuna
sensibilidad; mas no pudiendo vencerla, le vi que con disimulo se
llevaba la mano a los ojos para limpiarse una lágrima.
--¿Llora usted? --le dije.
--¡No... yo llorar! --exclamó ahuecando la voz--. Nada de eso... Es
que... Os diré la verdad. Este muñeco me recuerda a mi pequeño Claudio,
a quien dejé en mi pueblo. Yo soy de Arnay-le-Duc, en Borgoña. Mi niño
tiene ahora dos años y medio, y debe de estar lo mismo que este.
--¿Es usted casado?
--Sí --respondió cogiendo al Empecinadillo en una de sus rápidas
vueltas y besándole con brutal cariño--. Soy casado; pero en la última
conscripción, el Emperador echó mano a los casados. Es un dolor, una
picardía, ¿no es verdad? Ahora que nadie nos oye... ¡Separarle a uno de
su mujer y de su hijo para traerle a esta maldita guerra de España, que
no se acaba nunca!... Mi pequeño Claudio no se aparta de mi memoria.
En aquel caso sí podía decirse que el chico era comido a besos. El
francés oprimía de tal modo la cabecita y el cuerpo de mi camarada, que
este lloró.
--No llores, mi amor --le dijo--. Hagamos el ejercicio... tum, turum,
tum... ¡Marchen! ¡Armas al hombro!
Y marcando vivamente el paso, recorrió el descomunal soldado la
habitación, imitando el ruido de cornetas y tambores. Viéndole con el
niño en brazos, recordaba yo las imágenes de San Cristóbal que había
visto en algunas catedrales.
Por fin el gastador dejó al chico a mi lado después de besarle mucho
y de prometerle que le traería alguna golosina. En el mismo instante,
como yo mirase al exterior por la reja, único respiro de la triste
estancia, púsome su pesada mano en el hombro, y me dijo, ya sin
sensibilidades ni enternecimientos:
--No creáis que podréis escaparos. No os salvarán la astucia, ni la
fuerza, ni el soborno, ni nada. Esta reja cae sobre el balcón, y del
balcón abajo no podréis saltar sin romperos el espinazo. Al fin de la
huerta hay un centinela, y lo que es por esa puerta me parece que no
encontraréis salida... Y cuidado con intentar alguna picardía, porque...
Me miró con expresión terrible y amenazadora.
--Creo que os mandarán al otro mundo esta tarde. Si queréis que se
anticipe la función, tratad de escaparos.
Marchose después de hablar así, despidiéndose del Empecinadillo con
caricias y besos.
Cuando me quedé solo, medité largo rato sobre mi suerte; y si en un
momento me dejé arrebatar por la más amarga desesperación, luego, con
elevar a Dios mis pensamientos, se calmaron un tanto las borrascas de
mi espíritu. Con la resignación llenose este de una paz dulce y triste
que me disponía al doloroso cambio de nuestra vida por otra mejor.
Traía a la memoria las imágenes de las personas amadas, hablaba con
ellas, les dirigía tiernas palabras, y explorando después con la mirada
del espíritu el tiempo futuro, aquel tiempo en que nadie se acordaría
de mi existencia cortada en flor, me sumergía en hondas melancolías.
Pero la esperanza no abandona al hombre cristiano. Yo traía a Dios a mi
corazón. No puedo expresar de otro modo aquel empeño mío de santificar
mis últimas horas.
Habían pasado dos horas desde la visita del gastador, cuando la
puerta de mi prisión se abrió de nuevo, y presentose el hombre que
había pasado por delante de mí como imagen fugaz en el momento de caer
prisionero.
Era D. Luis de Santorcaz. Había variado bastante su aspecto desde la
última vez que le vi en Madrid, y estaba pálido su rostro y desmejorada
y enflaquecida su persona, como quien convalece de penosa enfermedad.
En cambio había ganado mucho en el vestir, y al pronto agradaba su buen
porte, no exento de nobleza y grave elegancia.