Fermina se separó de Aviraneta y comenzó á andar, acompañada de un
alemán, Müller, que era uno de los prisioneros que se quedó amigo de
los españoles.
El alemán guardaba las espaldas de la guerrillera; ella le trataba con
altivez, y él, á pesar de todo, le servía humildemente.
Eugenio estaba furioso; le miraba al alemán con su ojo bizco y
frunciendo el ceño. Cuando Aviraneta se pone á mirar así hay que
temblar, porque, con la mala sangre que tiene, es capaz de cualquier
cosa.
La situación entre los dos hombres era muy violenta, y al fin vino el
encuentro.
Eugenio y el alemán, por una cuestión de poca monta, se lanzaron el uno
contra el otro. Eugenio quiso arrestar á Müller; pero al ver en éste
una risa de desprecio, suspendió el arresto y concertaron entre los dos
un desafío.
Estábamos en Hontoria.
Lara y yo fuimos los testigos de Aviraneta, y dos desertores franceses
los de Müller el alemán. Se decidió que otro desertor polaco hiciera de
juez de campo.
Marchamos los siete al galope al pinar, y entramos en una calvera del
monte, grande como una plazoleta.
Antes de comenzar el duelo, el alemán dijo que él era un simple
soldado, y mayormente extranjero; que si se sabía que se había batido
con un oficial le costaría el ser fusilado, y que, por lo tanto, exigía
juráramos todos guardar el secreto de lo ocurrido.
El alemán, sin duda, tenía completa confianza en su triunfo. Juramos
callar.
Al momento Müller y Aviraneta se quitaron las casacas. Müller tenía un
pecho de gigante y unos brazos fuertes, cubiertos de vello rojo.
Se midieron los sables y se entregó á cada uno el suyo. El alemán
manejaba su arma como un juguete. Se colocaron los dos en guardia.
--Uno, dos, tres... Adelante, señores--dijo el polaco.
Los sables chocaron uno contra otro y comenzó el asalto.
Müller no tenía idea de la esgrima, pero era valiente, y tiraba unos
mandobles á Eugenio que yo creí que le deshacía. Aviraneta se defendía
con mucha maña y dirigía á Müller golpes á la cabeza y al brazo.
El alemán, viendo que no alcanzaba al enemigo, comenzó á dirigirle
estocadas furiosas al pecho.
Hubo un descanso por orden del polaco, juez de campo.
Müller estaba congestionado y torpe; Eugenio, algo pálido, pero muy
tranquilo.
--Yo intentaba desarmar á este bárbaro--nos dijo Eugenio á Lara y á
mí--, y herirle levemente; pero tiene tan mala intención, que voy á
tener que matarlo, si no, me va á matar él.
Siguió el duelo y vimos que, efectivamente, Eugenio cambiaba de
sistema; ya, después de parar, no marcaba un golpe ligero en el brazo ó
en el hombro del contrario, sino que se tiraba á fondo de una estocada.
Müller hacía lo mismo con una furia terrible. Eugenio estaba cada vez
más pálido y más ceñudo; se notaba la decisión en sus ojos.
Durante un momento estuvieron los dos forcejeando casi con los puños
juntos, y al separarse se vió que Aviraneta tenía un rasguño en el
brazo que le manchaba de sangre.
Aquella sangre y la sonrisa de triunfo del alemán enardecieron á
Aviraneta, dándole una de aquellas decisiones violentas que le
caracterizaban.
El polaco hizo la señal del nuevo asalto. Aviraneta se lanzó con tanto
brío, que acorraló al alemán, que tuvo que retroceder, y, dándole un
sablazo en la muñeca, le hizo tirar el sable.
Creímos que aquí terminaría el lance; pero Müller protestó y volvió
con más furia á la pelea. Ya no era dueño de sí mismo; se descubría,
parecía un toro más que un hombre. Se veía en él la decisión de
atravesar á su contrario, aunque quedara muerto.
Aviraneta se encontraba en un aprieto grave; se iba cansando y
perdiendo la serenidad.
En esto, Müller con el sable rozó la oreja de Eugenio. Aviraneta sintió
la sangre que le caía y, enardecido, se lanzó sobre el enemigo, se tiró
á fondo y hundió el sable en el pecho del alemán.
Müller abrió los brazos, se le cayó el arma, se tambaleó y, dando una
vuelta como un peón, cayó á tierra.
Los dos testigos franceses no pudieron sostener su cuerpo fuerte y
pesado.
--Lo he matado--nos dijo Aviraneta--; no he podido hacer otra cosa.
El alemán bramaba, escupiendo espumarajos de sangre.
Aviraneta, ceñudo, tomó su sable y empezó á limpiarlo en unas hierbas.
Esperó un momento por si Müller le llamaba; pero el alemán estaba en
las últimas convulsiones de la agonía, y poco después había muerto.
Montamos de nuevo á caballo. Los dos franceses, que tenían sangre en
las manos, y Aviraneta, se lavaron en un arroyo y volvimos á Hontoria.
Todos los que presenciamos el duelo guardamos el secreto de lo
ocurrido, hasta el punto de que se creyó que Müller había desertado de
nuestro campo. Sin embargo, algunos sospecharon la verdad.