LA HIJA DE MARTINILLO

--Supongo que Eugenio--siguió diciendo Ganisch--le habrá contado y

ponderado los combates de la partida del cura. Es muy amigo de dar

importancia á todos los sucesos donde interviene él.

--Pero la acción de Hontoria del Pinar, ¿no fué importante?--pregunté

yo.

--¡Bah!--murmuró Ganisch.

--¡Cómo, bah! ¿No lucharon ustedes con un escuadrón francés numeroso?

--Sí.

--¿No hubo muchos muertos y heridos?

--Sí; creo que sí.

--Es extraño. ¿No se acuerda usted bien de esa acción?

--Sí; algo me acuerdo. Estuvimos en un pinar durmiendo en el campo, y

todos los días aseguraban que venían, y luego que no venían... Bueno;

pues una mañana dijeron que los franceses acababan de pasar por el

camino. Yo no les vi.

Esperamos en un punto, y luego tuvimos que ir á otro sitio, y luego á

otro. Después dimos una carga, y como no se pudo romper la formación

francesa, comenzamos á pelear unos cuantos del escuadrón con diez ó

doce dragones de esos de gorra de pelo; y cuando vinieron á ayudarnos

los nuestros nos dijeron que ya se había terminado todo.

Sin duda, Ganisch no se había enterado de los preparativos de Merino

para la sorpresa del Portillo de Hontoria ni del desarrollo general de

la acción.

--Y al día siguiente, ¿fueron ustedes á la Vid?

--Sí. ¿También eso le ha contado Eugenio?

--También.

--Lo que no le habrá contado, seguramente, será lo de la niña y lo del

desafío.

--No. ¿Qué fué lo del desafío?

--Verá usted. Teníamos nosotros en la partida un muchacho joven que se

llamaba Martinillo.

--¿Un pastor?

--Eso es. En ese día de Hontoria del Pinar murieron veinte ó treinta de

nuestro escuadrón, y entre ellos Martinillo el pastor.

Al día siguiente marchamos á la Vid y no volvimos al alojamiento hasta

quince días después. Al llegar á Hontoria, y al preguntar por la

Teodosia, la viuda de Martinillo, supimos con pena que acababa de morir

de sobreparto, dejando una niña, á la que se puso también Teodosia.

¡Y aquí se ve lo que son las mujeres de raras y de locas! Fermina la

Navarra, que había tenido tanto odio por Martinillo y por la Teodosia

madre, recogió á la niña y se fué á vivir con ella á una casa de Huerta

del Rey. Los del escuadrón solíamos ir á verla alguna que otra vez;

pero, sobre todo, Eugenio y un amigo suyo, llamado Lara.

Eugenio pensó en casarse con la Fermina y prohijar á la niña; pero como

no estaba en el regimiento alistado con su nombre, era una cosa difícil.

La Fermina no pensaba mas que en la chiquilla.

Muchas veces le oí á Fermina que preguntaba á Aviraneta:

--Eugenio, si yo muero, no la abandonarás; ¿verdad?

--¡Yo abandonar á la Teodosia! Nunca--replicaba él.

Murió la niña, y la Fermina y Eugenio, que estaban muy amartelados,

riñeron en seguida. Fermina volvió á vestir de guerrillera, y todos los

días le armaba un escándalo á Aviraneta.

--Estamos ofendiendo á Dios con esta vida--le decía ella--. O te casas

conmigo, ó nos separamos en seguida.

--Espera que acabe esto--contestaba él--. Habiendo dicho á la gente que

estamos casados, va á ser un escándalo ahora si vamos á la vicaría.

Eugenio se hubiera casado; pero al ver el genio que iba tomando la

otra, se espantó.

Fermina no pensaba de nuevo mas que en luchar, matar y pegarle fuego al

mundo entero.

El Escuadrón del Brigante · 第 201 / 283 题