Fuimos Lara y yo dando la vuelta hasta colocarnos en la parte de atrás
de la posada del Riojano.
Yo hubiera querido que Lara quedase al lado de la tapia de la huerta
con nuestros dos caballos; pero era imposible, porque de cuando en
cuando pasaban patrullas de caballería francesa que rondaban los
alrededores. Dimos vuelta á toda la tapia de la huerta y encontramos
que tenía una puertecilla.
--Vamos á ver una cosa--le dije á Lara.
--¿Qué?
--Voy á ver si se puede abrir por dentro esta puertecilla de la huerta.
Apoyándome en las manos juntas de Lara, y luego en sus hombros, escalé
la tapia de la huerta y bajé, agarrándome á las ramas de un árbol
frutal, al suelo. La puertecilla de la huerta tenía una llave un poco
mohosa, pero pude abrirla.
--¿Vas?--me dijo Lara.
--Sí.
--¿Yo me quedo aquí de guardia?
--No, vale más que vayas al parador y esperes allí con los caballos
preparados.
Lara se fué; yo cerré la puerta sujetándola ligeramente con una piedra
y avancé hacia la casa.
La subida no fué difícil. El tronco de la parra era grueso y retorcido,
y las galerías estaban próximas una de otra. Lo único malo que ocurría
era que al trepar las ramas de la parra chocaban contra las maderas y
metían ruido.
De pronto oí pasos en la galería, sobre mi cabeza. Me agazapé y estuve
quieto, agarrándome al tronco. El gendarme, cuyas pisadas parecía iban
á hundir las tablas del suelo del balcón, se asomó á la barandilla,
pero no me vió.
Pensé un momento en volverme atrás; pero olvidé esta idea y seguí
adelante. Subí más arriba; llegué á la segunda galería y salté sobre
ella despacio, porque al poner el pie crujían las maderas. Me acerqué á
la ventana del director.
Di dos golpecitos en el cristal de la ventana. Nada.
--¡Este hombre es un imbécil!--pensé incomodado--. ¿No habrá visto el
aviso?
Volví á dar otros dos golpes y se abrió la ventana y apareció en el
cristal la cabeza asombrada del director.
--¿Es usted?--me dijo temblando.
--Sí. ¿No ha visto usted mi aviso?
--No.
--Yo creí que estaría usted preparado.
El director se hallaba perplejo, aturdido. Se puso una chaqueta y
acercó una silla á la ventana para saltarla.
--Vamos, vamos--le decía yo.
En esto dos manos de hierro cayeron sobre mis hombros y entraron varios
gendarmes en el cuarto del director.
--¡Ah, brigand!--me dijo uno.
Yo me libré como pude de sus zarpas y, saltando el barandado de la
galería, me agarré al tronco de la parra y fuí bajando hasta el jardín.
Lo crucé á largas zancadas y me acerqué á la puerta. Estaba cerrada.
Intenté escapar subiendo por el tronco de un árbol, pero en la
obscuridad no encontré ninguno.
En tanto, los gendarmes habían entrado en el jardín con la bayoneta
calada. No tuve más remedio que rendirme. Me cogieron, me ataron y me
reconocieron como el comensal de la tarde anterior.
Me dirigieron una porción de bromas acerca de mi suerte, y decidieron
llevarme á presencia del comandante jefe de la escolta, que estaba
alojado en una casa de enfrente.
Rodeado de cuatro gendarmes y un cabo cruzamos la calle y entramos en
el portal de una casa próxima. Subimos al primer piso y llamaron á una
puerta.
Se abrió ésta y vimos tres oficiales sentados alrededor de una mesa:
uno el comandante, hombre fuerte, de alguna edad; los otros dos,
jovencitos.
--¿Qué pasa, cabo?--preguntó el comandante.
El cabo contó lo ocurrido y me hicieron avanzar en el cuarto.
--¿Qué, es un ladrón?
--No, no; es un bandido que venía á libertar al preso.
--¡Ah, diablo! ¡Es audaz el joven!--dijo un oficial.
Di unos pasos hasta acercarme á la mesa.
--Me han atado como un fardo, mi comandante--dije yo en francés--; creo
que podían dejarme respirar un poco.
--Sabe francés el pícaro--exclamó riendo uno de los oficiales
jóvenes--. Desatadlo. No se escapará.
Me desataron. Los tres oficiales me miraban sonriendo, pero, á pesar de
esto, mi suerte me parecía muy poco halagüeña. En aquel momento tuve la
inspiración de acordarme de la masonería.
Ya con los brazos libres, hice el signo masónico de gran peligro, lo
que llaman los franceses señal de _détresse_.
El comandante me miró atentamente y habló luego con los oficiales que
se despidieron.
--Podéis iros--dijo después á los gendarmes.
El comandante y yo quedamos solos.
De pronto se volvió á mí y me preguntó:
--¿Cuál es tu palabra masónica?
--Mac-Ben-Ac--contesté yo.
Esta era nuestra contraseña en la logia de Bayona.
El comandante pareció quedar satisfecho de mi contestación.
Yo empecé á explicar lo que había hecho; por qué intenté libertar al
preso; dije cómo éste había sido absuelto por un tribunal militar...
--No necesito explicaciones, hermano--replicó el comandante, con
asombro mío--. Vamos, ven conmigo.
¿Adónde me llevará este hombre?--pensé yo.
Salimos á la calle, pasamos el puente y llegamos cerca del parador del
Espíritu Santo.
--No intentes nada--me dijo el oficial--. Sería inútil. Se va á
aumentar la escolta del preso y á redoblar la vigilancia.
--No pienso intentar nada--repliqué yo.
--Adiós, hermano--me dijo después; y me estrechó entre sus brazos.
Al verme solo, en medio de la obscuridad de la noche, me quedé
asombrado de mi suerte; agité los brazos alegremente, castañeteé los
dedos y eché á correr al parador.
Pocos momentos después, Lara y yo marchábamos á caballo camino de
Pancorbo.
Ya no era posible seguir la empresa.
Por lo que supimos después, el coche del director marchó desde
Miranda con una escolta de mil quinientos hombres de infantería, y no
permitieron que nadie se acercara á él.
El director siguió hasta Irún, y luego á Bayona, donde fué encerrado
en el castillo Viejo en compañía del guerrillero ex capuchino don
Juan Delica, del gobernador y defensor de Ciudad Rodrigo, Pérez de
Herrazti, y del brigadier Perona, que llevaba en la antigua fortaleza
mucho tiempo.
Yo ya no le volví á ver más al director; y sólo años después supe que,
llegado de la deportación, achacoso y triste, había muerto en Aranda de
Duero, á raíz de terminar la guerra.