Siempre que acometíamos á tropas de caballería pesada, dragones ó
coraceros, maniobrábamos á nuestro capricho y dominábamos la situación.
La caballería ligera, formada por húsares y cazadores, era mucho más
peligrosa; pues la velocidad de los caballos y la agilidad y pequeña
talla de los jinetes les permitía darnos alcance y estorbar nuestro
sistema de retirarnos y reunirnos rápidamente.
Como he dicho varias veces, no atacábamos mas que á columnas ó
destacamentos menores que los nuestros.
Esas historias de partidas de campesinos que vencen á doble número de
tropas regulares, creo que no pasan de ser historias. Claro que habrá
casos de éstos; pero, en general, la victoria en la guerra es una
resultante de fuerzas, y el que en un momento presente más hombres
disciplinados con mayor suma de medios, vencerá.
La lógica y el sentido común triunfan en los campos de batalla como en
todas partes.
La caballería pesada, poco temible por su lentitud, era peligrosa en
las luchas cuerpo á cuerpo. Nosotros teníamos gente fuerte y aguerrida,
pero no se podían comparar con los coraceros imperiales.
Sobre todo los alemanes, á quienes conocíamos por sus correas
amarillas, eran unos bárbaros. Había entre ellos hombres que de un
sablazo eran capaces de cortar el tronco de una encina.
Formaban los regimientos de Nassau, de Westfalia, de Wittemburgo y
otros.
En ellos teníamos los mayores enemigos y los mayores amigos de España.
La causa de esta discrepancia debía ser la religión. Los unos eran, sin
duda, protestantes, y allí donde veían una iglesia entraban en ella,
derribaban los altares, hacían abrevar los caballos en las pilas de
agua bendita y pegaban fuego á todo lo que podían.
Los soldados imperiales italianos, suizos y polacos, en su mayoría
católicos, eran de menos cuidado; desertaban muchos, y con facilidad se
pasaban á nuestro campo.
A estos desertores y á los prisioneros los enviábamos al ejército
aliado por la vía de Alicante y Valencia, con su hoja de ruta,
alojamiento y raciones.
Se excitaba la deserción de los alemanes por medio de proclamas
escritas en su lengua, que se esparcían en los pueblos donde estaban
acantonados. A los prusianos se les aconsejaba que no lucharan á favor
del enemigo de su patria, y á los católicos se les decía que ayudando á
los impíos y á los hugonotes contra sus hermanos en religión, perdían
su alma.
Los curas y las mujeres eran los más activos repartidores de estos
papeles.
«EL QUADRO»
Los católicos y realistas franceses enviaban folletos y hojas contra
Napoleón, en francés y en castellano, desde Inglaterra y Austria.
Uno de estos folletos se llamaba _El Quadro_, y venía á ser una aleluya
de la familia Bonaparte.
El padre de Napoleón aparecía de carnicero en Ajaccio; su hijo
Carlos, de mendigo; la mujer de éste, Leticia Catalina Fesch, de cena
alegre con el conde de Marbeuf, gobernador de Córcega, enseñándole
la pantorrilla; la emperatriz Josefina, abrazada á Barras; Elisa, la
hermana de Napoleón, de planchadora, y luego embarazada; Pascual Bona,
ó sea Félix Bacciochi, de mozo de café; Murat, gran duque de Berg, de
cocinero, y Luciano Bonaparte, de arriero.
En medio de todos aparecía Napoleón sentado en un trono, con un puñal
en la mano y rodeado de serpientes. Alrededor de la corona se leía:
_Napoleone_, é irradiando de las letras de su nombre se formaba este
acróstico:
N EMICE
A MICUS
P ROTECTOR
O MNIUM
L ATRONUM
E CLESIÆ
O PRESSOR
N ERONIS
E MULATOR
Napoleón enemigo, amigo y protector de todos los ladrones, opresor de
la Iglesia, emulador de Nerón.
En casi todos los papeles antibonapartistas se citaba esta conversación
entre dos italianos:
--Tutti li francesi son latri?--preguntaba uno; y el otro contestaba:
--Non tuttima _buona parte_.
Como el apellido originario de Napoleón era _Buonaparte_, y todos los
realistas lo pronunciaban así, recalcando la ú, parecía esto una cosa
ingeniosísima.
En los libelos contra el rey José se le llamaba siempre Pepillo, Pepe
Botellas ó el Rey de Copas; se le pintaba borracho y cayéndose.
Se decía que en Logroño subió al púlpito de una iglesia á predicar, y
se vendía una hoja suelta titulada: «Sermón que predicó el señor Josef
Bonaparte, intruso rey de España, en la santa iglesia de Logroño, en
italiano».
También corrían entre nosotros dos folletos, en francés: «La Santa
Familia» y _Les Nouvelles a la main_, en los cuales se atribuían
infinidad de crímenes y de villanías á los Bonapartes.
Yo para mí pensaba que por muchos horrores que se les atribuyeran no
se podía menos de reconocer que era una familia de hombres de talento,
bien diferente de la de los Borbones, que unía la estolidez á la
degeneración.
Al mismo tiempo se cantaba la inocencia de Fernando, se tenía un amor
por él verdaderamente ridículo, y se creía en una protección especial
de Dios por la dinastía de los Narices. A pesar de ser yo guerrillero
patriota, esta alianza entre Dios y el rey de España, de que nos
hablaban los fanáticos, me repugnaba, me recordaba las historias de la
Biblia y las ilusiones de un pueblo tan miserable como el pueblo judío,
que se creía elegido por Dios.
Fuera por los libelos ó por lo que fuera, el caso es que el número
de desertores de los ejércitos imperiales aumentaba. Al principio
se quedaban entre nosotros; pero cuando ya había muchos, Merino que
temía ser víctima de un _complot_ combinado entre los desertores y los
enemigos, iba enviando aquellos al ejército aliado.
Uno de los que quedó con nosotros, y en el escuadrón del Brigante, fué
un bávaro, Pablo Müller, de religión católica, hombre fuerte, fanático,
que llegó á ser un buen amigo de todos.