Han de saber ustedes, señores--dijo el cura--que hay en la orilla
del Duero, no les diré si muy cerca ó muy lejos, un pueblo grande,
que, aunque no se llama el Villar, para los efectos de mi historia le
nombraremos así.
Este pueblo es célebre por sus albaricoques y por otros dulces y
sabrosos frutos; por el zumo de la uva, que es de primera calidad; y
aunque yo sea eclesiástico, tengo que reconocer que también es nombrado
por la belleza de sus mujeres.
En el Villar hay varias casas solariegas é hidalgas, y entre ellas la
más importante es la de los Acostas.
Algunos dicen que estos Acostas proceden de unos judíos portugueses que
se establecieron en el lugar en tiempos de Felipe II; otros afirman que
no, que son cristianos viejos y de rancia prosapia.
Existe un indicio para creer que los Acostas tuvieron relaciones con la
Santa Inquisición, puesto que en su escudo hay una rueda de suplicio y
seis costillas, jeroglífico que parece quiere decir: «Rueda _á costa_
de mis costillas».
Fuera de esto lo que fuera, el caso es que en el Villar, en la casa
solariega de los Acostas, vivía hace siete ú ocho años don Rodrigo de
Acosta, señor que había sido militar y quedado viudo con dos hijos: don
Diego y doña María.
Don Rodrigo, que tenía pleitos en Madrid, solía ir con frecuencia á la
corte y dejaba encomendada la custodia de su hijo á un viejo perdido,
llamado Sarmiento, á quien se le conocía por el Capitán, y á su hija
doña María, al cuidado de una dueña respetable, llamada doña Mercedes.
En este mismo pueblo vivía Antonio García, apodado el Tobalos, hombre
conocido en toda la comarca por su honradez.
El Tobalos tenía cinco ó seis pares de mulas; trabajaba casi todo
el día en el campo y no hablaba apenas. Tenía el Tobalos una hija,
Epifania, que prometía ser una real moza, y recogido en su casa un
sobrino suyo, hijo de una hermana.
Este conjunto de antecedentes es necesario conocer para mi historia.
Se deslizaba la vida del pueblo sin más acontecimientos que los de
costumbre, cuando se comenzó á hablar de las travesuras de don Diego
Acosta, el hijo de don Rodrigo.
Al principio nadie se sorprendió, porque era costumbre de los hijos de
familias poderosas hacer su voluntad y su capricho.
Poco á poco las travesuras subieron de punto y se convirtieron en
verdaderas bellaquerías de rufián.
Don Diego, en compañía de su amigo y consejero Sarmiento, alias el
Capitán, robaba en los garitos, apaleaba á los mozos y violaba á las
muchachas en los campos.
Un día el Tobalos vió á don Diego que rondaba su casa. Sin más
averiguaciones, se vistió y fué al palacio de los Acostas, preguntó por
don Rodrigo, le explicó en pocas palabras lo que ocurría, y añadió:
--Yo no digo más. Si á don Diego le veo de nuevo rondando mi casa, le
pego un tiro.
Don Rodrigo, que sabía que el Tobalos era hombre honrado, le aseguró
que don Diego no volvería á rondar su casa, y, efectivamente, así fué.
Pasaron unos meses y llegó la época de ferias. En esta época solían
descolgarse en el Villar una turba de chalanes, gitanos, jugadores,
tahures y cómicos.
Esta vez llegaron dos carros de comediantes, y entre éstos una dama
joven, muchachita verdaderamente linda, llamada Isabel.
La compañía de cómicos estuvo más de una semana; los galanes del pueblo
asediaron á la dama joven, ofreciéndole regalos y joyas; pero la
muchacha era honesta y rechazó todas cuantas proposiciones la hicieron.
En esto, una mañana se supo con horror en el pueblo que la dama joven
acababa de ser encontrada hecha pedazos en un bosquecillo próximo al
río.
La justicia comenzó sus averiguaciones, y se supo que un cómico de la
compañía había estado la noche del crimen en una casa que una vieja
celestina tenía detrás de la iglesia. Esta vieja era conocida por la
tía Cándida.
Las autoridades prendieron al cómico y encontraron que tenía manchas de
sangre en las botas. Lo llevaron á él y á la tía Cándida á la cárcel.
La Celestina probó la coartada, demostrando que durante todo el día no
estuvo en su casa, y el cómico, que no pudo explicar cómo aparecían
manchas de sangre en sus ropas, fué agarrotado en la plaza pública.
Pasó medio año y comenzó á olvidarse el crimen.
El pueblo estaba muy dividido: cada casa aristocrática tenía sus
partidarios, y las disputas eran constantes. Entonces, no se sabe á
quién, pero muchos supusieron que á don Rodrigo Acosta, se le ocurrió
nombrar alcalde corregidor á Antonio García el Tobalos.
Seguramente, podrá haber un hombre más inteligente que él; pero con
dificultad otro más recto.
Como si todas las posibilidades de encumbramiento se presentaran de
pronto, García vió que don Diego Acosta se dirigía formalmente á su
hija Epifania, pidiéndola en matrimonio. Poco después su sobrino
Fernando galanteaba á doña María, la hija de la poderosa familia de los
Acostas, y con asombro de todos era aceptado en ella.
El pueblo acusó al corregidor de sentirse orgulloso; no era cierto.
El Tobalos no quería nada con don Diego de Acosta, aunque le permitía
hablar con la Epifania por la reja. Creía que el perdido había de
volver á las andadas.
Si el Tobalos no se deslumbraba con su posición, su hija Epifania y la
señora Manuela, su mujer, estaban cerca de volverse locas de contento.
Así las cosas, una noche se presentó á ver al alcalde García un
muchacho joven forastero vestido de negro.
Le hicieron pasar al cuarto del alcalde, y al entrar en él se arrodilló
y dijo:
--Señor corregidor, vengo á pedir justicia.
--Si está en mi mano hacerla, se hará--contestó el alcalde--.
Levántate, muchacho. ¿Qué pasa?
El joven vestido de negro habló en estos términos:
--Yo, señor, soy hermano de un cómico que ha sido ejecutado en el
patíbulo en la plaza del Villar por considerársele autor de un crimen
contra una muchacha violada y descuartizada á orillas del río. Mi
hermano había sido un calavera; había arruinado á mi padre, que es
librero en Valladolid, y era la deshonra de la familia. A pesar de
esto, ni mi padre ni mi madre creyeron nunca á mi hermano capaz de
cometer un crimen así, y afirmaron siempre que debía haber un error en
su condena. Efectivamente; lo hay.
El corregidor quedó contemplando atentamente al joven, que siguió
hablando así:
--Mi padre, que tiene amigos en el Villar, encargó á uno de ellos que
hiciera averiguaciones acerca del crimen, y el amigo las hizo; y como
estas indagaciones dieron resultado, mi padre me encargó que viniera
aquí. Ayer, ese amigo y yo fuimos á ver á una anciana enferma y
moribunda, y ella nos confirmó que mi hermano era inocente y que los
asesinos de la muchacha fueron otros. El amigo nuestro, al saber los
nombres de los verdaderos criminales tembló, y desde este momento ya
no ha querido mezclarse en nada. Estaba abatido, creyendo que nadie
querría ayudarme en la reivindicación de la memoria de mi hermano,
cuando una buena mujer, en cuya casa vivo, me dijo: «Vete á casa del
alcalde García; si él cree que tienes razón, aunque sea contra el rey,
te ayudará». ¿Qué me contesta usted, señor alcalde?--preguntó el joven
vestido de negro.
--Cuenta los hechos, dame los nombres y las pruebas... y se hará
justicia.
El muchacho narró lo ocurrido y terminó diciendo:
--La anciana enferma moribunda no tiene inconveniente en declarar.
--Entonces, que vengan dos testigos y el notario, y vamos allá.
El corregidor se envolvió en su capa, y en compañía de los dos
testigos, del notario, de un escribiente y del muchacho fueron á una
casa pequeña próxima á la iglesia parroquial.
La vieja era muy vieja y muy enferma, pero estaba en el dominio de
todas sus facultades; recibió la visita de las autoridades con calma, y
después de jurar en nombre de Dios decir la verdad, exclamó:
--Me alegro que hayan venido usías á mi pobre casa, porque el
remordimiento me tiene atosigada el alma. Sí, yo creo que conozco á
los que mataron á la cómica, y no lo he dicho ante la justicia porque
estoy baldada por el reúma y no he podido ir á declarar; y cuando conté
á un hijo mío lo que pasaba, me dijo éste que veía visiones y que no me
metiera en lo que no me importaba.
--Está bien. Cuente claramente lo que pasó y lo que vió--dijo el
alcalde.
--Pues verá usía: todo fué una pura casualidad. El día del crimen,
mi hijo, al marcharse, después de comer, á trabajar al majuelo, me
preguntó si yo recordaba dónde estaban unas botas viejas suyas. Por la
tarde fuí á un cuarto que tenemos en la parte de atrás, donde guardamos
los aperos de labranza, y estaba allí registrando y viendo las cosas
una á una. Este cuarto tiene, y luego si ustedes quieren lo pueden ver,
un ventanillo que da á la calle de la Cadena. No sé qué ocurrencia me
dió, ó si es que oí alguna voz, el caso es que tuve la curiosidad de
mirar por allí, y poniendo un cajón en el suelo y subiéndome á él me
asomé por el ventanillo y vi á dos hombres en acecho.
--¿Los conoció usted?--preguntó el corregidor.
--Sí.
--¿Quiénes eran?
--Don Diego de Acosta y el Capitán.
Los testigos y el notario y el jovencito vestido de negro miraron á
García, que no parpadeó.
--No deje usted de apuntarlo todo--dijo el corregidor al escribiente; y
luego añadió, dirigiéndose á la vieja:
--Siga usted.
--Don Diego iba á cuerpo; el Capitán, á pesar de que no hacía frío,
llevaba una capa negra. Como yo, lo mismo que todo el pueblo, sabía
que don Diego y el Capitán eran hombres de aventuras, supuse que se
trataría de algún enredo amoroso. Estuve mirándolos durante algún
tiempo ir y venir por la calle desierta; me fuí á trabajar, y al
anochecer volví de nuevo á curiosear desde el ventanillo. De pronto,
apareció un hombre y entró en el portal de la tía Cándida; no era ni
don Diego ni el Capitán; no era ninguno del pueblo.
--Era mi hermano el cómico--interrumpió el jovencito vestido de negro.
--Estuvo esperando el hombre en el portal--siguió diciendo la
vieja--hasta que se acercó una mujer tapada, alta, gruesa, que
desapareció en la casa.
Creía yo en aquel instante que don Diego y el Capitán se habrían
marchado; pero en esto les vi aparecer á los dos, y á los pocos
momentos volvieron corriendo. El Capitán llevaba una mujer en los
brazos. Entraron en casa de la tía Cándida. La mujer no gritó; quizá
llevaba la boca tapada. Esperé, y una hora más tarde, ya de noche,
salieron la señora alta y el galán de negro, y poco después, el Capitán
y don Diego, con un bulto obscuro en brazos. Ya no vi más.
Mi hijo volvió aquel día muy tarde del majuelo, y me contó que debajo
del puente había visto á dos hombres, que le parecieron el Capitán y
don Diego, apisonando la tierra.
Al día siguiente, cuando se supo la muerte de la cómica, le dije yo á
mi hijo:
--¿No habrán sido los asesinos esos dos? Porque yo les vi salir de casa
de la tía Cándida... Y mi hijo me contestó:--Madre, usted chochea,
usted no ha visto nada.
--Eso es todo lo que sé, señores--concluyó diciendo la vieja.
Se le leyó la declaración, en la que puso una cruz por no saber firmar,
y se retiraron las autoridades.
Al día siguiente, el corregidor, con el alguacil y el escribano, fueron
á la orilla del río; debajo del puente mandaron cavar en distintos
puntos á un bracero y encontraron la capa del Capitán manchada de
sangre y dos puños, que pertenecían á don Diego.
Por la noche, don Diego y el Capitán eran presos y llevados á la cárcel
con escolta.
El asombro del pueblo fué extraordinario. Don Rodrigo de Acosta
se presentó en casa de García furioso, indignado; pero cuando el
corregidor le mostró las pruebas, el viejo hidalgo quedó confundido.
El alcaide de la cárcel, que consideraba todos los procedimientos
buenos para descubrir un crimen, comenzó por atemorizar á los
culpables, poniendo por las noches en su calabozo una calavera entre
dos velas; luego dió tormento al Capitán y á don Diego, y al fin éstos
confesaron.
El pueblo entero se había declarado en contra de los culpables; creía
que don Rodrigo intentaría salvar á su hijo por cualquier medio y todo
el mundo estaba dispuesto á no permitirlo.
Sobre el alcalde pesaban mil influencias; su hija estaba enferma,
grave; su mujer lloraba constantemente; su sobrino Fernando y don
Rodrigo pedían indulto.
--Antes que nada es la justicia--repetía el corregidor.
El viejo Acosta compró al alcaide y á los demás carceleros á peso de
oro para que permitiesen escapar á don Diego y propuso al corregidor
que hiciera la vista gorda.
García no aceptó.
Acosta le suscitó pleitos para arruinarle.
El alcalde no se rindió.
La hija se agravó; pidió á su padre perdón para su novio. El alcalde
dijo que él no era quién para perdonar.
Contra viento y marea llevó el proceso hasta el fin, y no paró hasta
que envió á los dos criminales al patíbulo.
Su hija Epifania murió; el sobrino Fernando huyó del pueblo; de la
hacienda del Tobalos no quedó nada; toda se la comieron los curiales.
El día de la ejecución, por la mañana, el buen alcalde García cruzó el
pueblo. La gente, al verle, le abría paso, le miraba y le saludaba con
respeto. Las campanas tocaban á muerto. Un gran paño negro cubría el
escudo del palacio de los Acostas.
El alcalde vió cómo el verdugo agarrotaba á los dos criminales; luego
volvió á su casa, sacó el macho, en donde hizo montar á su mujer, y
dijo:
--Vamos, mujer. Ya no tenemos nada que hacer aquí.
Y los dos, cruzando el pueblo, se marcharon de él para no volver más.
* * * * *
--Este es el Tobalos--concluyó diciendo el cura, paisano suyo.
--¡Hombre terrible!--murmuró el párroco de Coruña del Conde--. Con
muchos como él, de otra manera marcharía España.
Hicimos algunos comentarios acerca del ex alcalde y guerrillero y nos
fuimos á acostar.