Otro de los puntos de refugio de los guerrilleros, y donde guardábamos
muchas armas, fué la cueva del Abejón, situada en la cumbre del pinar
de San Leonardo, en las inmediaciones de Regumiel.
En la cueva del Abejón, que es grande, cabía mucha gente. Allí estuvo
el Brigante con la mitad de sus hombres.
Hoy la recordaba en esta maldita Cárcel de Corte, donde me encuentro
preso, al leer en un periódico que esa cueva es uno de los puntos de
reunión de los carlistas.
¡Qué vida aquélla! Los guerrilleros, sucios, negros, hacían la comida
en un hornillo de piedras, y á la luz de las llamas se les veía con más
aspecto de bandidos que de soldados.
Se comía unas cuantas piltrafas de carne de cabra frita con sebo, se
asaban patatas en el rescoldo, y los huecos del estómago se llenaban
con pan. Después se bebía un poco de aguardiente, de ése que llaman
matarratas, y se fumaba un tabaco apestoso.
A pesar de la miseria que nos carcomía, y de que toda nuestra
alimentación se reducía á unas cuantas hebras de carne que parecían de
correa, conservo de aquella vida gratos recuerdos. El más desagradable
es el de unos dolores reumáticos producidos por la humedad.
Entonces, aquella parte de los alrededores de Covaleda era muy
primitiva y salvaje. Se vivía como en la Edad Media; probablemente hoy
se seguirá viviendo lo mismo. Todos allí vestían á la antigua; llevaban
el pelo largo y tufos por encima de las orejas.
El traje regional de los hombres consistía en una especie de marsellés,
atado por delante con una sola cinta, como un corsé, debajo del cual
llevaban un pañuelo de colores, pantalones anchos y cortos, y abarcas.
Estos serranos del Urbión parecían bretones por su aspecto, y, según
algunos, procedían de unas familias llegadas allí desde Bretaña.
El Brigante y yo solíamos ir con frecuencia á cazar al Urbión y á la
garganta de Covaleda, uno de los desfiladeros más hermosos de España.
La garganta de Covaleda se halla formada por un largo barranco cubierto
de espesos pinares.
En su fondo corre el Duero por entre peñas cubiertas de musgo, saltando
en las cascadas, remansándose en las presas, moviendo las paletas de
las serrerías de tejados rojos y brillantes.
Como la estancia en la cueva del Abejón no me convenía por mi
reumatismo, cada vez mayor, y como por aquel entonces las tropas
de Roquet nos rodeaban por todas partes, andando solo de noche fuí
atravesando gran parte de la provincia de Soria hasta Coruña del Conde.
El cura de este pueblo, amigo de Merino, me acogió en su casa, y en
ella estuve algún tiempo, hasta que me repuse.
En la aldea se encontraba un grupo de la partida de Merino.
Por lo que dijeron, habían encontrado en las ruinas del anfiteatro
romano de Clunia una porción de agujeros y de espacios abovedados,
donde se recogían para dormir.
De día, los guerrilleros trabajaban con los labradores y ganaban su
jornal.
Como en esta parte, ya próxima á la ribera del Duero, no se vigilaba
tanto como en la sierra, yo pude vivir en casa del cura de Coruña del
Conde completamente tranquilo.