En esto nos dieron la orden de salir á la carretera.
Aparecimos á un cuarto de legua del sitio de la pelea. Nos formamos
allí y nos lanzamos al galope.
Los franceses, al divisarnos, se parapetaron detrás de sus carros y
comenzaron á hacernos fuego.
Nosotros embestíamos, retrocedíamos, acuchillábamos á los que se nos
ponían por delante.
Los guerrilleros, emboscados, hacían un fuego certero y terrible, pero
los franceses no se rendían.
Nuestra victoria era cuestión de tiempo.
El Brigante y yo y otros dos ó tres luchábamos en primera línea con un
grupo de soldados imperiales que se defendían á la bayoneta.
En esto se oyó un grito que nos alarmó, y los franceses se irguieron
levantando los fusiles y dando vivas al Emperador.
Yo me detuve á ver qué pasaba. De pronto oí como un trueno que se
acercaba. Miré alrededor estaba solo.
Un escuadrón francés llegaba al galope á salvar á los del convoy
atacado.
Yo quedé paralizado, sin voluntad.
Afortunadamente para mí, el amontonamiento de carros y furgones del
camino impidió avanzar á la caballería enemiga; si no, hubiera perecido
arrollado.
Cuando reaccioné y tuve decisión para escapar, me encontré seguido de
cerca por un dragón francés que me daba gritos de que me detuviera.
¡Qué pánico! Afortunadamente, mi caballo saltaba mejor que el del
francés por encima de las piedras y de las matas y pude salvarme.
Cuando me reuní con los míos me recibieron con grandes extremos.
Creían que me habrían matado; como es natural, no confesé que el miedo
me había impedido escapar, sino lo atribuí al ardor bélico que me
dominaba.
Esta primera escaramuza me impresionó bastante.
Realmente, produce efecto el ruido de las herraduras de más de mil
caballos que parece que van galopando por encima del cráneo de uno.
Aquel fué mi primer hecho de armas. Después, hablando de este combate
con el Brigante, yo le decía que nuestros escopeteros debían haber
hecho frente á los franceses para detenerlos un instante y no dejarnos
sin defensa.
El Brigante se encogió de hombros, como dando á entender que no quería
hablar.
El Brigante y Merino no estaban conformes en muchas cosas.
Para el cura, la cuestión en la guerra era exterminar al enemigo sin
exponerse. El Brigante y yo creíamos que la cuestión era matar, pero
matar con nobleza, dando cuartel, respetando á los heridos. Otros
opinaban que no, que si se hubiera podido echar veneno al agua que
habían de beber los franceses, sería lo mejor.
Las mujeres eran de este último partido; el odio al francés, sólo por
extranjero, se manifestaba en ellas de una manera selvática.
Cuando yo le decía á Fermina la Navarra que había tenido amistad con
algunos franceses, le parecía una cosa monstruosa.
En todo el mes de Marzo, Abril y Mayo los nuestros se dedicaron á
cazar correos y á atacar á los destacamentos enemigos. Solamente los
dejábamos en paz cuando iban en grandes núcleos.
Merino mandaba exploradores para que no nos ocurriera lo de la primera
escaramuza y no nos viésemos combatidos por la caballería.
Los generales del Imperio, en vista de las emboscadas de los
guerrilleros, se decidieron á no enviar correos ni convoyes mas que
acompañados de grandes escoltas de caballería.
A Juan el Brigante y á los de nuestro escuadrón nos hubiera gustado
luchar con los franceses en número igual para probar la fuerza y la
dureza de los guerrilleros; pero Merino no atacaba mas que emboscado y
cuando contaba con doble número de gente que el enemigo.
Lo demás le parecían simplezas y ganas ridículas de figurar.
En cambio, nosotros encontrábamos su guerra una cosa ratera y baja.
Con tanto sigilo y tanta prudencia, sentíamos todos, por contagio, más
inclinaciones para la intriga que para el combate á campo abierto.
V