El cura no gastaba confianzas con nadie. Se le tenía respeto, pero no
se le quería.
Cuando se incomodaba y se ponía á hablar con una voz aguda y seca, de
timbre metálico, todo el mundo temblaba. Había llevado la reserva hasta
el último extremo.
Merino estaba el tiempo necesario al frente de sus tropas; luego se
largaba. ¿Adónde? Nadie lo sabía. Variaba todos los días de escondrijo.
Al que hubiese tenido una curiosidad indiscreta, probablemente le
hubiese costado la vida.
A sus espías les hablaba de noche en sitio seguro, y no los esperaba
nunca; siempre tenían ellos que esperarle. Además, se presentaba de
improviso.
Cuando tenía que tratar con alguno á quien no conocía, le daba cita
en la calvera de un monte, y el cura, oculto, estudiaba el tipo y los
movimientos del desconocido.
Es indudable que cada oficio da un carácter profesional al que lo
ejerce. A pesar de no saber latín, ni cánones, ni teología, el cura
Merino era cura hasta la médula de los huesos.
Merino, al decir de los guerrilleros, había empleado meses en recorrer
en todos sentidos los pinares y desfiladeros de las sierras de
Quintanar y Soria con los pastores y cazadores del país; así, conocía,
aun de noche, los caminos, las sendas, los escondrijos y cuevas de los
contornos. No necesitaba guías; él marcaba la dirección.
Merino no aceptaba pretextos. Era la severidad misma.
Se manifestaba implacable para todo lo que le pareciese espíritu de
rebelión y de crítica. Había que obedecerle sin discurrir. Si alguno
no cumplía al pie de la letra una orden por parecerle imposible ó por
haberlo hecho ya otro, le llamaba:
--¿Qué te he mandado yo?--preguntaba.
--Tal cosa.
--Y ¿por qué no la has hecho?
El preguntado daba sus razones.
--Está bien; pero otra vez no discurras, y lo que te se mande haz.
Merino exigía la obediencia ciega. El hombre que no discurría le
encantaba. Hubiese podido recomendar la máxima de los frailes de la
universidad de Cervera: «Lejos de nosotros la peligrosa manía de
pensar».
Toda la filosofía de Merino se reducía á afirmar que lo tradicional
es sagrado. Usos, costumbres, rutinas, fueran buenos ó malos, si eran
antiguos, para él, eran respetables.
En esto pensaba como las mujeres. Se ve que los manteos y las sayas dan
la misma manera de discurrir á las personas.
Merino no toleraba ni permitía en su tropa juegos de azar.
Si olfateaba alguna partida de naipes se presentaba de improviso, y
desgraciados de los guerrilleros á quienes encontrase jugando.
Tenía también un odio especial por los borrachos.
--A ninguno que beba se le debe tolerar en la partida--decía á los
capitanes--, y menos confiarle una guardia ó un pliego.
A los que juraban y blasfemaban les castigaba cruelmente, dándoles de
palos. Era también feroz con los ladrones.
En cambio, con el que se sometía en absoluto á la disciplina se
mostraba á veces cariñoso.
Estas tiranías de curas son casi siempre así: crueles y femeninas. El
cura y la mujer tienen algo de común; por eso se entienden tan bien.
Merino mantenía la leyenda de que contaba con grandes recursos y
manejaba resortes secretos.
En el campo se oía hablar de las expediciones de Merino á Burgos
disfrazado de pimentonero. Según los nuestros, iba á ver á los
franceses para engañarlos.
Era la voz que corría por los pueblos acerca del cura de _Villoviáu_,
como decían los aldeanos.
--¿Qué dicen del cura?--se preguntaban unos á otros.
--Que si le pescan los franceses le van á hacer tajaditas así.
--¿Y le cogerán?
--¡Qué le van á coger! ¿No ve usted que les engaña? Se disfraza, se
acerca á los franceses y les pregunta:--Y ustedes, ¿qué van á hacer?
¿Por dónde van á ir?--Pues nosotros vamos por aquí ó por allá.--Y,
claro, el cura los espera y los destroza.
El pueblo es niño y le agrada creer en estas historias absurdas.
Ni á Merino le gustaba exponerse de una manera tan grande, ni sabía
hablar francés para entenderse con los soldados de Napoleón, ni tenía
resortes desconocidos.
Los recursos más importantes se los proporcionaban las Juntas de
la provincia, y los mejores informes se los daba el director y el
espionaje espontáneo de los alcaldes y curas de pueblo.