LA CONJURACIÓN

Estaba deseando que nuestro alistamiento se arreglase, porque el dinero

nos comenzaba á faltar. Doña Celia, Fermina, la Riojana y Ganisch

gastaban del fondo común, ya tan mermado que de un momento á otro iba á

dar el último suspiro.

Ganisch, enredado con la Riojana, vivía con ella como marido y mujer.

Yo ansiaba que nos llamara el director para acabar con aquella vida de

posada, de chismes y disputas.

A los cinco ó seis días me avisaron que fuera á la calle de la Calera

por la tarde.

Fuí en seguida. Saludé al director, quien me presentó inmediatamente al

deán de Lerma, don Benito Taberner, después obispo de Solsona.

El deán era un cura de esos guapos, altos, que encantan á las mujeres;

tenía el tipo romano, los ojos negros, la nariz fuerte, la frente

desguarnecida, el pelo con bucles y los dientes blancos.

Nos comunicó el director la noticia de haber llegado el comisario regio

de la Junta Suprema Central, el presbítero Peña, el cual traía la

misión de organizar la guerra de partidarios en el Norte.

Realmente, nosotros no sabíamos si esta Junta Central existía ó era

un mito; pero, puesto que venía á preparar la lucha, no se tuvo

inconveniente en dar su existencia como efectiva.

Discurríamos el director, el deán y yo acerca de nuestros medios,

cuando se presentó Peña. Era un cura andaluz, un poco zonzo, charlatán,

no muy activo ni inteligente.

Traía una carta del secretario de la Junta Central, don Martín Garay,

para el director. Se leyó la carta en voz alta y se habló de las

providencias que había que tomar.

Peña se quejó dos ó tres veces del frío de Burgos, cosa que al deán

y al director les produjo un efecto pésimo. Un verdadero patriota no

debía fijarse en estas cosas.

Cuando se fué Peña, el director nos dijo:

--Hay que prescindir de este hombre; es un inútil.

--Lo malo es si, además de inútil, es perjudicial--dijo el deán de

Lerma.

--Le voy á escribir ahora mismo que los franceses le espían, que no

salga de casa ni hable con nadie. Echegaray, ¿quiere usted redactar esa

carta?

--Sí, señor.

Escribí la carta, que firmó el director, y seguimos tratando nuestro

asunto. Se discutió la manera de organizar las guerrillas, y el

deán y el director convinieron en dirigirse al cura de Villoviado,

don Jerónimo Merino, el cual contaba ya con una pequeña partida de

guerrilleros.

Esta partida podía ser el núcleo de otra mayor. La cuestión era

engrosarla y aguerrirla todo lo posible.

--Yo supongo que el cura de Villoviado no se opondrá--dijo el director.

--¡Qué se va á oponer!--exclamó el deán.

--Es que estos curas de pueblo son muy cerriles, y si teme que alguien

le quite el mando es capaz de decir que no.

--Entonces yo, como abad mitrado de la Colegiata de Lerma y superior

jerárquico, le ordenaré lo que deba hacer--dijo don Benito.

--¿Por qué no tienen ustedes una conferencia con él?--pregunté yo.

--Es buena idea--dijo el director--. ¿No le parece á usted, deán?

--Muy bien. ¿En dónde podríamos vernos?

--En algún convento--dije yo; porque como todo se trataba entre curas y

frailes, me parecía el lugar más á propósito.

--¡En qué convento podría ser!--exclamó el deán.

--¿No sería buen sitio el convento de San Pedro de Arlanza?--preguntó

el director.

--No diga usted más. El mejor.

Quedó acordado que tendríamos una reunión en San Pedro de Arlanza con

Merino.

Esta fué la primera vez que oí hablar de aquel cura cabecilla.

El Escuadrón del Brigante · 第 45 / 283 题