Se encontraban las memorias en un estado embrionario, cuando, unas
semanas después de comenzar á copiar el cuaderno, don Eugenio me envió
á San Sebastián con una carta y un recado para el secretario del
Ayuntamiento, don Lorenzo de Alzate.
Me dijeron en San Juan de Luz que iba á salir un barquito de Socoa para
San Sebastián, y en vez de seguir por tierra, como más fácil y menos
peligroso me decidí á ir por mar.
Llegué á San Sebastián é inmediatamente me presenté en la secretaría de
la Casa de la Ciudad y estuve conferenciando con Alzate.
Mientras hablábamos, entró con una carta un cabo de chapelgorris, el
cual esperó á que termináramos la entrevista.
Al despedirme de don Lorenzo, éste me dijo:
--Recuerdos á Eugenio.
--De su parte.
Salí de la secretaría, bajé á la plaza, y en el arco se me acercó el
cabo de chapelgorris apresuradamente.
--¿Cómo está Eugenio?--me preguntó.
--Bien. ¿Qué, le conoce usted?
--¡Si le conozco! Desde chico. Algunas barbaridades hemos hecho juntos.
Ya le habrá usted oído hablar de mí alguna vez.
--La verdad... no sé su nombre de usted...
--Yo soy Juan Larrumbide, pero mis amigos me llaman Ganisch.
--¡Hombre! ¡Usted es Ganisch!
--Sí.
Era un tipo alto, de unos cincuenta años, de muy buen aspecto,
afeitado, la nariz larga, un poco roja; los ojos algo tiernos é
inyectados, como de buen bebedor, y el aire socarrón.
Le dije á Ganisch que tendría mucho gusto en convidarle á cualquier
cosa, siempre que mi barco no estuviese para partir, y fuimos juntos
á una taberna de la calle del Puerto, frecuentada por marineros, que
se llamaba «el Globulillo»; nombre inspirado, sin duda, en la medicina
homeopática, pero mal aplicado, porque en aquella taberna no se
administraba el alcohol en dosis pequeñas, ni mucho menos.
Ganisch era hombre aficionado al vino y hablador. Le hice contar su
vida en tiempo de la guerra de la Independencia. Supongo que me dijo
algunas mentiras, pero, aunque así fuera, su narración me sirvió para
completar las memorias de don Eugenio.
Efectivamente; el quijotesco Aviraneta eliminaba de su narración una
mujer. Sin duda le parecía indigno de su carácter revolucionario el
intercalar en sus acciones de guerra una historia de amores.
Lo que contó Ganisch aclaró la vida de nuestro héroe.
Por el relato del antiguo camarada pude comprender también que aquel
capítulo de novela titulado La Evasión, no era realmente un capítulo de
novela, sino un episodio de la vida azarosa y llena de vicisitudes de
mi querido y viejo maestro Aviraneta.