El augusto emperador de los franceses, nuestro muy caro y muy amado
hermano, nos ha cedido todos los derechos que había adquirido a la
corona de las Españas por los tratados ajustados en los días 5 y 10 de
mayo próximo pasado. La providencia, abriéndonos una carrera tan vasta,
sin duda que ha penetrado nuestras intenciones: la misma nos dará
fuerzas para hacer la felicidad del pueblo generoso que ha confiado a
nuestro cuidado. Solo ella puede leer en nuestra alma, y no seremos
felices hasta el día en que correspondiendo a tantas esperanzas,
podamos darnos a nos mismo el testimonio de haber llenado el glorioso
cargo que se nos ha impuesto. La conservación de la santa religión
de nuestros mayores en el estado próspero en que la encontramos, la
integridad y la independencia de la monarquía serán nuestros primeros
deberes. Tenemos derecho para contar con la asistencia del clero, de
la nobleza y del pueblo, a fin de hacer revivir aquel tiempo en que
el mundo entero estaba lleno de la gloria del nombre español; y sobre
todo deseamos establecer el sosiego, y fijar la felicidad en el seno de
cada familia por medio de una buena organización social. Hacer el bien
público con el menor perjuicio posible de los intereses particulares
será el espíritu de nuestra conducta; y por lo que a nos toca, como
nuestros pueblos sean dichosos, en su felicidad cifraremos toda nuestra
gloria. A este precio ningún sacrificio nos será costoso. Para el bien
de la España, y no para el nuestro, nos proponemos reinar. El consejo
lo tendrá entendido, y lo comunicará a nuestros pueblos. — Yo el rey.
— En Bayona a 10 de junio de 1808. — Al decano del consejo.