_Respuesta dada por el Ilmo. Sr. obispo de Orense a la junta de
gobierno, con motivo de haber sido nombrado diputado para la junta de
Bayona._
Excmo. Sr.: Muy señor mío: un correo de la Coruña me ha entregado en
la tarde del miércoles 25 de este la de V. E. con fecha del 19, por la
que, entre lo demás que contiene, me he visto nombrado para asistir a
la asamblea que debe tenerse en Bayona de Francia, a fin de concurrir
en cuanto pudiese a la felicidad de la monarquía, conforme a los deseos
del grande emperador de los franceses, celoso de elevarla al más alto
grado de prosperidad y de gloria.
Aunque mis luces son escasas, en el deseo de la verdadera felicidad
y gloria de la nación no debo ceder a nadie, y nada omitiría que me
fuese practicable y creyese conducente a ello. Pero mi edad de 73 años,
una indisposición actual, y otras notorias y habituales me impiden un
viaje tan largo y con un término tan corto, que apenas basta para él, y
menos para poder anticipar los oficios, y para adquirir las noticias e
instrucciones que debían preceder. Por lo mismo me considero precisado
a exonerarme de este encargo, como lo hago por esta, no dudando que el
Serenísimo Sr. duque de Berg y la suprema junta de gobierno estimarán
justa y necesaria mi súplica de que admitan una excusa y exoneración
tan legítima.
Al mismo tiempo, por lo que interesa al bien de la nación, y a los
designios mismos del emperador y rey, que quiere ser como el ángel de
paz y el protector tutelar de ella, y no olvida lo que tantas veces ha
manifestado, el grande interés que toma en que los pueblos y soberanos
sus aliados aumenten su poder, sus riquezas y dicha en todo género, me
tomo la libertad de hacer presente a la junta suprema de gobierno, y
por ella al mismo emperador rey de Italia, lo que antes de tratar de
los asuntos a que parece convocada, diría y protestaría en la asamblea
de Bayona, si pudiese concurrir a ella.
Se trata de curar males, de reparar perjuicios, de mejorar la suerte
de la nación y de la monarquía, ¿pero sobre que bases y fundamentos?
¿Hay medio aprobado y autorizado, firme y reconocido por la nación para
esto? ¿Quiere ella sujetarse, y espera su salud por esta vía? ¿Y no
hay enfermedades también que se agravan y exasperan con las medicinas,
de las que se ha dicho: _tangant vulnera sacra nullæ manus_? ¿Y no
parece haber sido de esta clase la que ha empleado con su aliado y
familia real de España el poderoso protector, el emperador Napoleón?
Sus males se han agravado tanto, que está como desesperada su salud.
Se ve internada en el imperio francés, y en una tierra que la había
desterrado para siempre; y vuelto a su cuna primitiva, halla el túmulo
por una muerte civil, en donde la primera rama fue cruelmente cortada
por el furor y la violencia de una revolución insensata y sanguinaria.
Y en estos términos, ¿qué podrá esperar España? ¿Su curación le será
más favorable? Los medios y medicinas no lo anuncian. Las renuncias
de sus reyes en Bayona, e infantes en Burdeos, en donde se cree
que no podían ser libres, en donde se han contemplado rodeados de
la fuerza y del artificio, y desnudos de las luces y asistencia de
sus fieles vasallos: estas renuncias, que no pueden concebirse, ni
parecen posibles, atendiendo a las impresiones naturales del amor
paternal y filial, y al honor y lustre de toda la familia, que tanto
interesa a todos los hombres honrados: estas renuncias que se han hecho
sospechosas a toda la nación, y de las que pende toda la autoridad
de que justamente puede hacer uso el emperador y rey, exigen para su
validación y firmeza, y a lo menos para la satisfacción de toda la
monarquía española, que se ratifiquen estando los reyes e infante
que las han hecho libres de toda coacción y temor. Y nada sería tan
glorioso para el grande emperador Napoleón, que tanto se ha interesado
en ellas, como devolver a la España sus augustos monarcas y familia,
disponer que dentro de su seno, y en unas cortes generales del reino
hiciesen lo que libremente quisiesen, y la nación misma, con la
independencia y soberanía que la compete, procediese en consecuencia a
reconocer por su legítimo rey al que la naturaleza, el derecho y las
circunstancias llamasen al trono español.
Este magnánimo y generoso proceder sería el mayor elogio del mismo
emperador, y sería más grande y admirable por él que por todas
las victorias y laureles que le coronan y distinguen entre todos
los monarcas de la tierra, y aun saldría la España de una suerte
funestísima que la amenaza, y podría finalmente sanar de sus males
y gozar de una perfecta salud, y dar después de Dios las gracias,
y tributar el más sincero reconocimiento a su salvador y verdadero
protector, entonces el mayor de los emperadores de Europa, el moderado,
el justo, el magnánimo, el benéfico Napoleón el grande.
Por ahora la España no puede dejar de mirarlo bajo otro aspecto muy
diferente: se entreve, si no se descubre, un opresor de sus príncipes
y de ella: se mira como encadenada y esclava cuando se la ofrecen
felicidades: obra, aun más que del artificio, de la violencia y de un
ejército numeroso que ha sido admitido como amigo o por la indiscreción
y timidez, o acaso por una vil traición, que sirve a dar una autoridad
que no es fácil estimar legítima.
¿Quién ha hecho teniente gobernador del reino al Sermo. Sr. duque de
Berg? ¿No es un nombramiento hecho en Bayona de Francia por un rey
piadoso, digno de todo respeto y amor de sus vasallos, pero en manos de
lados imperiosos por el ascendiente sobre su corazón, y por la fuerza
y el poder a que le sometió? ¿Y no es una artificiosa quimera nombrar
teniente de su reino a un general que manda un ejército que le amenaza,
y renunciar inmediatamente su corona? ¿Solo ha querido volver al trono
Carlos IV para quitarlo a sus hijos? ¿Y era forzoso nombrar un teniente
que impidiese a la España por esta autorización y por el poder militar
cuantos recursos podía tener para evitar la consumación de un proyecto
de esta naturaleza? No solo en España, en toda la Europa dudo se
halle persona sincera que no reclame en su corazón contra estos actos
extraordinarios y sospechosos, por no decir más.
En conclusión, la nación se ve como sin rey, y no sabe a qué atenerse.
Las renuncias de sus reyes, y el nombramiento de teniente gobernador
del reino, son actos hechos en Francia, y a la vista de un emperador
que se ha persuadido hacer feliz a España con darle una nueva dinastía
que tenga su origen en esta familia tan dichosa, que se cree incapaz
de producir príncipes que no tengan o los mismos o mayores talentos
para el gobierno de los pueblos que el invencible, el victorioso, el
legislador, el filósofo, el grande emperador Napoleón. La suprema
junta de gobierno, a más de tener contra sí cuanto va insinuado, su
presidente armado y un ejército que la cerca, obligan a que se la
considere sin libertad, y lo mismo sucede a los consejos y tribunales
de la corte. ¡Qué confusión, qué caos, y qué manantial de desdichas
para España! No puede evitarla una asamblea convocada fuera del
reino, y sujetos que componiéndola ni pueden tener libertad ni aun
teniéndola creerse que la tuvieran. Y si se juntasen a los movimientos
tumultuosos que pueden temerse dentro del reino pretensiones de
príncipes y potencias extrañas, socorros ofrecidos o solicitados, y
tropas que vengan a combatir dentro de su seno contra los franceses y
el partido que les siga; ¿qué desolación y qué escena podrá concebirse
más lamentable? La compasión, el amor y la solicitud en su favor del
emperador podía antes que curarla causarla los mayores desastres.
Ruego pues con todo el respeto que debo se hagan presentes a la suprema
junta de gobierno los que considero justos temores y dignos de su
reflexión, y aun de ser expuestos al grande Napoleón. Hasta ahora he
podido contar con la rectitud de su corazón, libre de la ambición,
distante del dolo y de una política artificiosa, y espero aún que
reconociendo no puede estar la salud de España en esclavizarla, no
se empeñe en curarla encadenada, porque no está loca ni furiosa.
Establézcase primero una autoridad legítima, y trátese después de
curarla.
Estos son mis votos, que no he temido manifestar a la junta y al
emperador mismo, porque he contado con que si no fuesen oídos, serán
a lo menos mirados, como en realidad lo son, como efecto de mi amor a
la patria y a la augusta familia de sus reyes, y de las obligaciones
de consejo, cuyo título temporal sigue al obispado en España. Y sobre
todo los contemplo no solo útiles sino necesarios a la verdadera gloria
y felicidad del ilustre héroe que admira la Europa, que todos veneran,
y a quien tengo la felicidad de tributar con esta ocasión mis humildes
y obsequiosos respetos. Dios guarde a V. E. muchos años. Orense 29 de
mayo de 1808. — Excmo. Sr. — B. L. M. de V. E. su afecto capellán. —
Pedro obispo de Orense. — Excmo. Sr. Don Sebastián Piñuela.»