_Mémoires du cardinal de Retz, tom. 3._
NÚMERO 3-6 bis.
Don Lorenzo Calvo de Rozas intendente general del ejército y reino
de Aragón, secretario de la suprema junta de las cortes del mismo,
celebrada en la capital de Zaragoza en el día 9 del mes de junio del
presente año de 1808: — Certifico:
Que reunidos en la sala consistorial de la ciudad los diputados de las
de voto en cortes, y de los cuatro brazos del reino, cuyos nombres
se anotan al fin, y habiéndose presentado el Excmo. Sr. Don José
Rebolledo de Palafox y Melci gobernador y capitán general del mismo, y
su presidente, fui llamado y se me hizo entrar en la asamblea para que
ejerciese las funciones de tal secretario, y habiéndolo verificado
así, se me entregó el papel de S. E., que original existe en la
secretaría: se leyó y dice así:
Excmo. Sr.: Consta ya a V. E. que por el voto unánime de los habitantes
de esta capital, fui nombrado y reconocido de todas las autoridades
establecidas como gobernador y capitán general del reino: que
cualquiera excusa hubiera producido infinitos males a nuestra amada
patria, y sido demasiado funesta para mi.
Mi corazón agitado ya largo tiempo, combatido de penas y amarguras,
lloraba la pérdida de la patria, sin columbrar aquel fuego sagrado
que la vivifica; lloraba la pérdida de nuestro amado rey Fernando
VII, esclavizado por la tiranía y conducido a Francia con engaños y
perfidias; lloraba los ultrajes de nuestra santa religión, atacada por
el ateísmo, sus templos violentados sacrílegamente por los traidores
el día 2 de mayo, y manchados con sangre de los inocentes españoles;
lloraba la existencia precaria que amenazaba a toda la nación, si
admitía el yugo de un extranjero orgulloso, cuya insaciable codicia
excede a su perversidad, y por fin la pérdida de nuestras posesiones
en América, y el desconsuelo de muchas familias, unas porque verían
convertida la deuda nacional en un crédito nulo, otras que se verían
despojadas de sus empleos y dignidades y reducidas a la indigencia
o la mendicidad, otras que gemirían en la soledad la ausencia o
el exterminio de sus hijos y hermanos conducidos al Norte para
sacrificarse, no por su honor, por su religión, por su rey, ni por
la patria, sino por un verdugo, nacido para azote de la humanidad,
cuyo nombre tan solo dejará a la posteridad el triste ejemplo de los
horrores, engaños y perfidias que ha cometido, y de la sangre inocente
que su proterva ambición ha hecho derramar.
Llegó el día 24 de mayo, día de gloria para toda España, y los
habitantes de Aragón siempre leales, esforzados y virtuosos, rompieron
los grillos que les preparaba el artificio, y juraron morir o vencer.
En tal estado lleno mi corazón de aquel noble ardor que a todos nos
alienta, renace y se enajena de pensar que puedo participar con mis
conciudadanos de la gloria de salvar nuestra patria.
Las ciudades de Tortosa y Lérida invitadas por mí, como puntos muy
esenciales, se han unido a Aragón; he nombrado un gobernador en Lérida
a petición de su ilustre ayuntamiento, les he auxiliado con algunas
armas y gente, y puedo esperar que aquellas ciudades se sostendrán, y
no serán ocupadas por nuestros enemigos.
La ciudad de Tortosa quiere participar de nuestros triunfos: ha
conferenciado de mi orden con los ingleses; les ha comunicado
el manifiesto del día 31 de mayo para que lo circulen en toda
Europa, y trata de hacer venir nuestras tropas de Mallorca y de
Menorca, siguiendo mis instrucciones; ha enviado un diputado para
conferenciar conmigo, y yo he nombrado otro que partió antes de ayer
con instrucciones secretas dirigidas al mismo fin, y al de entablar
correspondencia con el Austria.
La merindad de Tudela y la ciudad de Logroño me han pedido un jefe y
auxilios; quieren defenderse e impedir la entrada en Aragón a nuestros
enemigos. He nombrado con toda la plenitud de poderes por mi teniente
y por general del ejército destinado a este objeto al Excmo. Sr.
marqués de Lazán y Cañizar mariscal de campo de los reales ejércitos,
que marchó el día 6 a las doce de la noche con algunas tropas, y
las competentes armas y municiones. No puedo dudar de su actividad,
patriotismo y celo, ni dudará V. E.: otros muchos pueblos de Navarra
han enviado sus representantes, y la ciudad y provincia de Soria sus
diputados. He dispuesto comunicaciones con Santander; establecido
postas en el camino de Valencia, y pedido armas y artilleros,
dirigiendo por aquella vía todos los manifiestos y órdenes publicadas,
con encargo de que se circulen a la Andalucía, Mancha, Extremadura,
Galicia y Asturias, invitándolos a proceder de acuerdo. He enviado al
coronel barón de Versages, y al teniente coronel y gobernador que ha
sido en América Don Andrés Boggiero, a organizar y mandar la vanguardia
del ejército destinado hacia las fronteras de la Alcarria y Castilla la
Nueva.
Para dirigir el ramo de hacienda con la rectitud, energía y acierto
que exige tan digna causa, y velar sobre las rentas y fondos públicos,
he nombrado por intendente a Don Lorenzo Calvo de Rozas, cuyos
conocimientos en este ramo, y cuya probidad incorruptible me son
notorias, y me hacen esperar los más felices resultados. La casualidad
de haber enviado aquí a principios de mayo su familia para librarla del
peligro, y el temor de permanecer él mismo en Madrid en circunstancias
tan críticas, lo trajo a Zaragoza el día 28 del pasado, lo hice
detener, y lo he precisado a admitir este encargo a pesar de que sus
negocios y la conservación de su patrimonio reclamaban imperiosamente
su vuelta a Madrid. Fiado este importante ramo a un sujeto de sus
circunstancias, presentaré a su tiempo a la nación el estado de rentas,
su procedencia e inversión, y en ellas un testimonio público de la
pureza con que se manejarán.
Resta pues el sacrificio que es más grato a nuestros corazones;
que reunamos nuestras voluntades, y aspiremos al fin que nos hemos
propuesto. Salvemos la patria, aunque fuera a costa de nuestras vidas
y velemos por su conservación. Para ello propongo a V. E. los puntos
siguientes:
1.º Que los diputados de las cortes queden aquí en junta permanente o
nombren otra que se reunirá todos los días para proponerme y deliberar
todo lo conveniente al bien de la patria y del rey.
2.º Que V. E. nombre entre sus ilustres individuos un secretario para
extender y uniformar las resoluciones, en las cuales debe haber una
reserva inviolable, extendiendo por hoy el acuerdo uno de los que se
hallan presentes como tales o el intendente.
3.º Que cada diputado corresponda con su provincia, le comunique las
disposiciones ya generales ya particulares que tomaré como jefe militar
y político del reino, y las que acordaremos para mayor bien de la
España.
4.º Que la junta medite y me proponga sucesivamente las medidas de
hacer compatible con la energía y rapidez que requiere la organización
del ejército el cuidado de la recolección de granos que se aproxima y
no debe desatenderse.
5.º Que medite y me proponga la adopción de medios de sostener el
ejército que presentará el intendente de él, y del reino Don Lorenzo
Calvo.
6.º Que me proponga todas las disposiciones que crea convenientes tomar
para conservar la policía, el buen orden y la fuerza militar en cada
departamento del reino.
7.º Que cuide de mantener las relaciones con los demás reinos y
provincias de España que deben formar con nosotros una misma y sola
familia.
8.º Que se encargue y cuide de firmar y circular en todo el reino,
impresas o manuscritas, las órdenes emanadas de mí o de las que con mi
acuerdo expidiese la junta de diputados del reino.
9.º Que acuerde desde luego si deben o no concurrir los diputados que
vinieren de las provincias o merindades de fuera del reino de Aragón
mediante que la reunión de sus luces puede ser interesante a la defensa
de la causa pública.
10. Que decida desde luego la proclamación de nuestro rey Fernando VII
determinando el día en que haya de verificarse.
11. Que resuelva igualmente acerca de si deben reunirse en un solo
punto las diputaciones de las demás provincias y reinos de España,
conforme a lo anunciado en el manifiesto del 31 de mayo último.
12. Que declare desde luego la urgencia del día, y que la primera
atención debe ser la defensa de la patria. Zaragoza 9 de julio de 1808.
— José de Palafox y Melci.