SEÑOR.

«Mi venerado padre y señor: he recibido la carta que V. M. se ha

dignado escribirme con fecha de antes de ayer, y trataré de responder a

todos los puntos que abraza con la moderación y respeto debido a V. M.

Trata V. M. en primer lugar de sincerar su conducta con respecto a la

Francia desde la paz de Basilea, y en verdad que no creo haya habido

en España quien se haya quejado de ella; antes bien todos unánimes han

alabado a V. M. por su constancia y fidelidad en los principios que

había adoptado. Los míos en este particular son enteramente idénticos a

los de V. M., y he dado pruebas irrefragables de ello desde el momento

en que V. M. abdicó en mi la corona.

La causa del Escorial, que V. M. da a entender tuvo por origen el odio

que mi mujer me había inspirado contra la Francia, contra los ministros

de V. M., contra mi amada madre, y contra V. M. mismo, si se hubiese

seguido por todos los trámites legales, habría probado evidentemente

lo contrario; y no obstante que yo no tenía la menor influencia, ni

más libertad que la aparente, en que estaba guardado a vista por los

criados que V. M. quiso ponerme, los once consejeros elegidos por V. M.

fueron unánimemente de parecer que no había motivo de acusación, y que

los supuestos reos eran inocentes.

V. M. habla de la desconfianza que le causaba la entrada de tantas

tropas extranjeras en España, y de que si V. M. había llamado las que

tenía en Portugal, y reunido en Aranjuez y sus cercanías las que había

en Madrid, no era para abandonar a sus vasallos sino para sostener

la gloria del trono. Permítame V. M. le haga presente que no debía

sorprenderle la entrada de unas tropas amigas y aliadas, y que bajo

este concepto debían inspirar una total confianza. Permítame V. M.

observarle igualmente, que las órdenes comunicadas por V. M. fueron

para su viaje y el de su real familia a Sevilla; que las tropas las

tenían para mantener libre aquel camino, y que no hubo una sola persona

que no estuviese persuadida de que el fin de quien lo dirigía todo era

transportar a V. M. y real familia a América. V. M. publicó un decreto

para aquietar el ánimo de sus vasallos sobre este particular; pero como

seguían embargados los carruajes, y apostados los tiros, y se veían

todas las disposiciones de un próximo viaje a la costa de Andalucía,

la desesperación se apoderó de los ánimos, y resultó el movimiento de

Aranjuez. La parte que yo tuve en él, V. M. sabe que no fue otra que

ir por su mandado a salvar del furor del pueblo al objeto de su odio,

porque le creía autor del viaje.

Pregunte V. M. al emperador de los franceses, y S. M. I. le dirá sin

duda lo mismo que me dijo a mí en una carta que me escribió a Vitoria;

a saber que el objeto del viaje de S. M. I. a Madrid era inducir a V.

M. a algunas reformas, y a que separase de su lado al príncipe de la

Paz, cuya influencia era la causa de todos los males.

El entusiasmo que su arresto produjo en toda la nación es una prueba

evidente de lo mismo que dijo el emperador. Por lo demás V. M. es buen

testigo de que en medio de la fermentación de Aranjuez no se oyó una

sola palabra contra V. M., ni contra persona alguna de su real familia;

antes bien aplaudieron a V. M. con las mayores demostraciones de júbilo

y de fidelidad hacia su augusta persona: así es que la abdicación de la

corona que V. M. hizo en mi favor, sorprendió a todos, y a mí mismo,

porque nadie lo esperaba, ni la había solicitado. V. M. comunicó su

abdicación a todos sus ministros, dándome a reconocer a ellos por su

rey y señor natural; la comunicó verbalmente al cuerpo diplomático

que residía cerca de su persona, manifestándole que su determinación

procedía de su espontánea voluntad, y que la tenía tomada de antemano.

Esto mismo lo dijo V. M. a su muy amado hermano el infante Don

Antonio, añadiéndole que la firma que V. M. había puesto al decreto de

abdicación era la que había hecho con más satisfacción en su vida, y

últimamente me dijo V. M. a mí mismo tres días después, que no creyese

que la abdicación había sido involuntaria, como alguno decía, pues

había sido totalmente libre y espontánea.

Mi supuesto odio contra la Francia tan lejos de aparecer por ningún

lado, resultará de los hechos que voy a recorrer rápidamente todo lo

contrario.

Apenas abdicó V. M. la corona en mi favor, dirigí varias cartas

desde Aranjuez al emperador de los franceses, las cuales son otras

tantas protestas de que mis principios con respecto a las relaciones

de amistad y estrecha alianza, que felizmente subsistían entre

ambos estados, eran los mismos que V. M. me había inspirado, y

había observado inviolablemente. Mi viaje a Madrid fue otra de las

mayores pruebas que pude dar a S. M. I. de la confianza ilimitada

que me inspiraba, puesto que habiendo entrado el príncipe Murat el

día anterior en Madrid con una gran parte de su ejército, y estando

la villa sin guarnición, fue lo mismo que entregarme en sus manos.

A los dos días de mi residencia en la corte se me dio cuenta de la

correspondencia particular de V. M. con el emperador, y hallé que V. M.

le había pedido recientemente una princesa de su familia para enlazarla

conmigo, y asegurar más de este modo la unión y estrecha alianza que

reinaba entre los dos estados. Conforme enteramente con los principios

y con la voluntad de V. M., escribí una carta al emperador pidiéndole

la princesa por esposa.

Envié una diputación a Bayona para que cumplimentase en mi nombre a

S. M. I.: hice que partiese poco después mi muy querido hermano el

infante Don Carlos para que lo obsequiase en la frontera; y no contento

con esto, salí yo mismo de Madrid en fuerza de las seguridades que me

había dado el embajador de S. M. I., el gran duque de Berg y el general

Savary, que acababa de llegar de París, y me pidió una audiencia para

decirme de parte del emperador que S. M. I. no deseaba saber otra cosa

de mí, sino si mi sistema con respecto a la Francia sería el mismo

que el de V. M., en cuyo caso el emperador me reconocería como rey de

España, y prescindiría de todo lo demás.

Lleno de confianza en estas promesas, y persuadido de encontrar en

el camino a S. M. I., vine hasta esta ciudad, y en el mismo día en

que llegué se hicieron verbalmente proposiciones a algunos sujetos de

mi comitiva tan ajenas de lo que hasta entonces se había tratado, que

ni mi honor, ni mi conciencia, ni los deberes que me impuse cuando

las cortes me juraron por su príncipe y señor, ni los que me impuse

nuevamente cuando acepté la corona que V. M. tuvo a bien abdicar en mi

favor, me han permitido acceder a ellas.

No comprendo cómo puedan hallarse cartas mías en poder del emperador

que prueben mi odio contra la Francia después de tantas pruebas de

amistad como le he dado, y no habiendo escrito yo cosa alguna que lo

indique.

Posteriormente se me ha presentado una copia de la protesta que V.

M. hizo al emperador sobre la nulidad de la abdicación; y luego que

V. M. llegó a esta ciudad, preguntándole yo sobre ello, me dijo V.

M. que la abdicación había sido libre, aunque no para siempre. Le

pregunté asimismo por qué no me lo había dicho cuando la hizo, y V.

M. me respondió porque no había querido; de lo cual se infiere que la

abdicación no fue violenta, y que yo no pude saber que V. M. pensaba en

volver a tomar las riendas del gobierno. También me dijo V. M. que ni

quería reinar, ni volver a España.

A pesar de esto en la carta que tuve la honra de poner en las manos de

V. M., manifestaba estar dispuesto a renunciar la corona en su favor,

mediante la reunión de las cortes, o en falta de estas de los consejos

y diputados de los reinos; no porque esto lo creyese necesario para dar

valor a la renuncia, sino porque lo juzgo muy conveniente para evitar

la repugnancia de esta novedad, capaz de producir choques y partidos, y

para salvar todas las consideraciones debidas a la dignidad de V. M., a

mi honor y a la tranquilidad de los reinos.

En el caso que V. M. no quiera reinar por sí, reinaré yo en su real

nombre o en el mío, porque a nadie corresponde sino a mí el representar

su persona, teniendo, como tengo, en mi favor el voto de las leyes y de

los pueblos, ni es posible que otro alguno tenga tanto interés como yo

en su prosperidad.

Repito a V. M. nuevamente que en tales circunstancias, y bajo dichas

condiciones, estaré pronto a acompañar a V. M. a España para hacer allí

mi abdicación en la referida forma: y en cuanto a lo que V. M. me ha

dicho de no querer volver a España, le pido con las lágrimas en los

ojos, y por cuanto hay de más sagrado en el cielo y en la tierra, que

en caso de no querer con efecto reinar, no deje un país ya conocido, en

que podrá elegir el clima más análogo a su quebrantada salud, y en el

que le aseguro podrá disfrutar las mayores comodidades y tranquilidad

de ánimo que en otro alguno.

Ruego por último a V. M. encarecidamente que se penetre, de nuestra

situación actual, y de que se trata de excluir para siempre del trono

de España nuestra dinastía, sustituyendo en su lugar la imperial de

Francia; que esto no podemos hacerlo sin el expreso consentimiento de

todos los individuos que tienen y puedan tener derecho a la corona,

ni tampoco sin el mismo expreso consentimiento de la nación española

reunida en cortes y en lugar seguro: que además de esto, hallándonos

en un país extraño, no habría quien se persuadiese que obrábamos con

libertad, y esta sola circunstancia anularía cuanto hiciésemos, y

podría producir fatales consecuencias.

Antes de acabar esta carta permítame V. M. decirle que los consejeros

que V. M. llama pérfidos, jamás me han aconsejado cosa que desdiga

del respeto, amor y veneración que siempre he profesado y profesaré a

V. M., cuya importante vida ruego a Dios conserve felices y dilatados

años. Bayona 4 de mayo de 1808. — Señor. — A. L. R. P. de V. M. su

más humilde hijo. — Fernando.» — (_Cevallos núm. 9._)

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (1 de 5) · 第 62 / 116 题