NÚMERO 2-19.

«Ilustrísimo Señor: Al folio 33 del manifiesto del consejo se dice

que se presentó un oidor del de Navarra disfrazado, que había logrado

introducirse en la habitación del Señor Don Fernando VII, y traía

instrucciones verbales de S. M., reducidas a estrechos encargos y

deseos de que se siguiese el sistema de amistad y armonía con los

franceses. Las consideraciones que debo a ese supremo tribunal por

haber suprimido mi nombre, y lo más esencial de la comisión solo

con el objeto de evitar que padeciese mi persona, sujeta al tiempo

de la publicación a la dominación francesa, exigen mi gratitud y

reconocimiento, y así pido a V. S. I. que se lo haga presente; pero

ahora que aunque a costa de dificultades y contingencias me veo en este

pueblo libre de todo temor, juzgo preciso que sepa el público mi misión

en toda su extensión.

Hallábame yo en Bayona con otros ministros de los tribunales de

Navarra cuando llegó el rey a aquella ciudad: no tardó muchas horas el

emperador de los franceses en correr el velo que ocultaba su misteriosa

conducta; hizo saber a cara descubierta a S. M. el escandaloso e

inesperado proyecto de arrancarle violentamente de sus sienes la

corona de España; y persuadido sin duda de que a su más pronto logro

convenía estrechar al rey por todos medios, uno de los que primero

puso en ejecución fue la interceptación de correos. Diariamente se

expedían extraordinarios; pero la garantía del derecho de las gentes

no era un sagrado que los asegurase contra las tropelías de un gobierno

acostumbrado a no escrupulizar en la elección de los medios para

realizar sus depravados fines: en estas circunstancias creyó S. M.

preciso añadir nuevos y desconocidos conductos de comunicación con la

junta suprema presidida por el infante Don Antonio, y me honró con la

confianza de que fuese yo el que pasando a esta capital, la informase

verbalmente de los sucesos ocurridos en aquellos tres primeros aciagos

días. Salí a su virtud de Bayona sobre las seis de la tarde del 23, y

llegué a esta villa por caminos y sendas extraviadas, no sin graves

peligros y trabajos, al anochecer del 29 de abril: inmediatamente me

dirigí a la junta y anunciándola la real orden, dije: «que el emperador

de los franceses quería exigir imperiosamente del rey Don Fernando VII

que renunciase por sí, y en nombre de la familia toda de los Borbones,

el trono de España y todos sus dominios en favor del mismo emperador

y de su dinastía, prometiéndole en recompensa el reino de Etruria, y

que la comitiva que había acompañado a S. M. hiciese igual renuncia

en representación del pueblo español: que desentendiéndose S. M. I. y

R. de la evidencia con que se demostró que ni el rey ni la comitiva

podían ni debían en justicia acceder a tal renuncia, y despreciando

las amargas quejas que se le dieron por haber sido conducido S. M.

a Bayona con el engaño y perfidia que carecen de ejemplo, tanto más

execrables, cuanto que iban encubiertos con el sagrado título de

amistad y utilidad recíproca, afianzadas en palabras las más decisivas

y terminantes, insistía en ella sin otras razones que dos pretextos

indignos de pronunciarse por un soberano que no haya perdido todo

respeto a la moral de los gabinetes, y aquella buena fe que forma el

vínculo de las naciones; reducidos el primero a que su política no

le permitía otra cosa, pues que su persona no estaba segura mientras

que alguno de los Borbones enemigos de su casa reinase en una nación

poderosa; y el segundo a que no era tan estúpido que despreciase

la ocasión tan favorable que se le presentaba de tener un ejército

formidable dentro de España, ocupadas sus plazas y puntos principales,

nada que temer por la parte del norte, y en su poder las personas del

rey y del señor infante Don Carlos: ventajas todas bien difíciles

para que se las ofreciesen los tiempos venideros. Que con la idea

de procurar dilaciones, y sacar de ellas el mejor partido posible,

se había pasado una nota dirigida a que se autorizase un sujeto que

explicase sus intenciones por escrito; pero que cuando el emperador

se obstinase en no retroceder, estaba S. M. resuelto a perder primero

la vida que acceder a tan inicua renuncia: que con esta seguridad

y firme inteligencia procediese la junta en sus deliberaciones. Y

concluí añadiendo, que habiendo preguntado yo voluntariamente al señor

Don Pedro Cevallos al despedirme de S. E. si prevendría algo a la

junta sobre la conducta que debiera observar con los franceses, me

respondió que aunque la comisión no comprendía este punto, podía decir

que estaba acordado por regla general, que por entonces no se hiciese

novedad, porque era de temer de lo contrario que resultasen funestas

consecuencias contra el rey, el señor infante y cuantos españoles se

hallaban acompañando a S. M., y el reino se arriesgaba, descubriendo

ideas hostiles antes que estuviese preparado para sacudir el yugo de la

opresión.» V. S. I. sabe que con esas mismas o semejantes expresiones

lo expuse todo, no solo en la noche del 29, sí también en la inmediata

del 30 de abril, en que quiso S. A. el señor infante Don Antonio que

asistiese yo a la sesión que se celebró en ella, compuesta a más de

los señores individuos de la junta suprema, de todos los presidentes

de los tribunales, y de dos ministros de cada uno, con el doble objeto

de que todos se informasen de mi comisión, y yo de las novedades de

aquel día y demás de que se tratase, a fin de que diese cuenta de todo

a S. M. en Bayona, adonde regresé la tarde del 6 de mayo con continuos

riesgos y sobresaltos que se aumentaron a mi salida; y pues es a mi

parecer muy debido que no se ignore este rasgo heroico del carácter

firme de nuestro amado soberano, y yo tampoco debo prescindir de que

conste del modo más auténtico el exacto cumplimiento y desempeño de

mi comisión en todas sus partes, ruego a V. I. y al consejo, que

no hallando inconveniente mande insertar este papel en la gaceta y

diario de esta corte. Dios guarde a V. S. I. muchos años. Madrid 27 de

setiembre de 1808. — Justo María Ibarnavarro. — Ilustrísimo señor Don

Antonio Arias Mon y Velarde.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (1 de 5) · 第 49 / 116 题