_Proclama de Don Manuel Godoy._
En circunstancias menos arriesgadas que las presentes han procurado
los vasallos leales auxiliar a sus soberanos con dones y recursos
anticipados a las necesidades; pero en esta previsión tiene el mejor
lugar la generosa acción de súbdito hacia su señor. El reino de
Andalucía privilegiado por la naturaleza en la producción de caballos
de guerra ligeros; la provincia de Extremadura que tantos servicios
de esta clase hizo al señor Felipe V ¿verán con paciencia que la
caballería del rey de España esté reducida e incompleta por falta de
caballos? No, no lo creo; antes sí espero que del mismo modo que los
abuelos gloriosos de la generación presente sirvieron al abuelo de
nuestro rey con hombres y caballos, asistan ahora los nietos de nuestro
suelo con regimientos o compañías de hombres diestros en el manejo del
caballo, para que sirvan y defiendan a su patria todo el tiempo que
duren las urgencias actuales, volviendo después llenos de gloria y con
mejor suerte al descanso entre su familia. Entonces sí que cada cual
se disputará los laureles de la victoria; cual dirá deberse a su brazo
la salvación de su familia; cual la de su jefe; cual la de su pariente
o amigo, y todos a una tendrán razón para atribuirse a sí mismos la
salvación de la patria. Venid pues amados compatriotas: venid a jurar
bajo las banderas del más benéfico de los soberanos: venid y yo os
cubriré con el manto de la gratitud, cumpliéndoos cuanto desde ahora os
ofrezco, si el Dios de las victorias nos concede una paz tan feliz y
duradera cual le rogamos. No, no os detendrá el temor, no la perfidia:
vuestros pechos no abrigan tales vicios, ni dan lugar a la torpe
seducción. Venid pues y si las cosas llegasen a punto de no enlazarse
las armas con las de nuestros enemigos, no incurriréis en la nota de
sospechosos, ni os tildaréis con un dictado impropio de vuestra lealtad
y pundonor por haber sido omisos a mi llamamiento.
Pero si mi voz no alcanzase a despertar vuestros anhelos de gloria, sea
la de vuestros inmediatos tutores o padres del pueblo a quienes me
dirijo, la que os haga entender lo que debéis a vuestra obligación, a
vuestro honor, y a la sagrada religión que profesáis. — El príncipe de
la Paz.