La tierra huye, tendida y anchurosa, bordada de surcos y de huertos con
apagados tonos de tapiz.
El aeroplano gira sobre la ciudad, y árboles, torres y edificios le
apuntan en momentánea persecución, al hundirse bajo el solemne vuelo.
Se dibuja un punto, el seno turgente de los montes; después todo el
paisaje se humilla, aplastado como un mapa, sin relieves ni contornos.
El viento ruge: hendido por las alas vertiginosas del aparato, se queja
a voces del intruso que le corta y le vence, y que grita, a su vez, con
acento poderoso.
En lo profundo del horizonte, el mar, dormido, calla el inmortal
secreto de su existencia, y sobre él se remonta el avión, reflejándose
en el quieto espinazo de las aguas. Al mirarle, esfumado entre la
bruma, diríase que un bergantín con las velas tendidas había echado a
volar.
El cabello rubio de _Talín_ flota destrenzado como los airones de la
neblina, y la muchacha, ebria de felicidad, se asoma a ver si bajo las
aguas traslúcidas descubre la belleza del Cantábrico algún bosque de
flores marineras, alguna playa de color de rosa. Nada distingue, porque
el aviador, que ha hecho un precioso «picado» sobre la bahía, deja de
pronto que la nave se encabrite, como brioso corcel, y la manda sobre
las nubes que en patrullas galopan hacia lo sumo del cielo: queda el
aparato mecido en un halo tembloroso de claridad; se rompe en seguida
todo el velo del celaje y aparece lo azul, inflamado de sol.
La viajera, en pleno tramonto, arrebatada a las humanas ligaduras
en aquel glorioso viaje, siente la vaga estupefacción de vivir, el
infinito roce de la eternidad. Rechaza el abrigo que la envuelve, y se
pone de pie, apoyándose con temerario impulso en el borde de la nave.
Sin saber lo que dice, grita, con los ojos ciegos de llantos y de
resplandores:
--¡Te quiero, Rafael, te quiero!
Su voz, transida de inquietudes, se deslíe en el aire que la sorbe y la
empapa con inmensa dulzura.
El piloto, a la vanguardia del aeroplano, va sumido en las múltiples
atenciones de su ciencia llena de arte y de riesgo, emuladora de la
divina virtud. Lleva detrás de sí a la pasajera; entre ambos, el
cristal del parabrisas, y ni la ve ni la oye, muy lejos de suponer
que en aquel instante la enamorada se dobla en el vacío, al peso de su
corazón.
El _San Ignacio_ pierde bajo el envés de las alas el surco de un
vestido rojo que tiembla como una lágrima de sangre, como una gota de
sol, y con los brazos abiertos en una entrega brusca, _Talín_ se hunde
en el mar, hasta el mismo légamo azul...
Vuelve el avión del cielo con firme serenidad; descubre las colinas
y los bosques, el caserío y los jardines, la alfombra entera de
Santander, aún descolorida por el nublado, y aterriza en un vuelo
insuperable, entre los aplausos del público y las muletas de la
inválida, semejantes a una interrogación.
Trae el viento el aroma húmedo de la lluvia primaveral: en la linde
remota de la pista, un álamo esbelto y fino, inclinándose a un lado y a
otro, parece un dedo que niega.
Sin detenerse, el _San Ignacio_ entra en el _hangar_ como un ave que
retorna al nido.
Allí Rafael quiere felicitar con orgullo a su compañera. Se levanta,
sonríe, da la vuelta con las manos tendidas y queda atónito delante
de un lugar vacío: ¡No vuelve _Talín_ del viaje que emprendió!... ¡El
canario montés ha volado con misterioso rumbo, más allá de las cimas
que remontan los pastores; al otro lado de las nieblas y los luceros!
Ya la gente se arremolina en torno a la máquina triunfante, y el
estupor se divulga ante la incertidumbre de que se haya quedado en el
cielo la niña de Cintul...
Acaban de rasgarse las nubes, y en la soledad majestuosa del espacio se
levanta, como en supremo altar de inmolaciones, la divina patena del
sol.